La fiesta del extraño
La música me golpeó el pecho antes de que pudiera ver nada.
Un bajo profundo que trepaba por los tacones y se me instalaba en las caderas sin pedir permiso.
Lidia me agarró del brazo y me arrastró entre cuerpos sudados hacia la barra, gritando algo que no entendí, y yo me dejé arrastrar porque el vestido negro me ceñía las costillas como una segunda piel y el calor de tanta gente junta me producía un cosquilleo en la nuca que no se parecía a nada que hubiera sentido con el cuerpo de Marcos.
—¡Dos gin-tonics! —chilló Lidia apoyando los codos en la barra.
El camarero asintió sin mirarla. Yo me apoyé a su lado y noté el filo de la barra contra el hueso de la cadera.
El espejo detrás de las botellas me devolvió una imagen que todavía no terminaba de reconocer: el pelo suelto sobre los hombros, el escote mínimo, las piernas larguísimas rematadas en tacones de aguja.
Me miré y pensé en Elena peinándome esa misma tarde, colocándome el vestido con la paciencia de quien viste a una muñeca.
—Estás espectacular —me había dicho, y yo le había creído.
Lidia me pasó el gin-tonic y chocamos los vasos.
A mi izquierda, dos chicas de administración que no recordaba haber visto antes reían con la boca muy abierta.
Una de ellas llevaba un top de lentejuelas que reflejaba las luces azules del local y la otra se había pintado los labios de un rojo tan oscuro que parecía negro.
Me saludaron con la mano y yo levanté el vaso.
—¿Y el chico ese de sistemas? —preguntó la del top de lentejuelas, acercándose para que la oyera.
—Alberto —dije, y el nombre me salió con una familiaridad que no me esperaba –. Hoy no ha venido.
—Una pena. Te mira como si fueras el café de las ocho y media.
Las tres se rieron. Yo también me reí, y el gin-tonic me supo a victoria.
Marcos, desde algún rincón remoto de mi cabeza, intentó decir algo sobre la banalidad de aquella conversación, sobre la pérdida de tiempo que suponía estar allí con aquellas niñas en vez de aprovechar la noche para obtener información útil.
Pero su voz sonaba lejana, amortiguada por el bajo de la música y por el calor del alcohol bajando por mi garganta.
Bailamos. No recuerdo quién me arrastró a la pista ni cuánto tiempo estuvimos allí.
Recuerdo el sudor en la nuca, el roce de otros cuerpos, la sensación de levantar los brazos y dejar que las caderas siguieran el ritmo sin que yo tuviera que decidir nada.
Recuerdo que me gustó. Recuerdo que me gustó mucho más de lo que Marcos habría tolerado admitir.
En algún momento volví a la barra a por otro gin-tonic.
Lidia se había enredado con un chico de camisa blanca junto a la cabina del DJ y las otras dos habían desaparecido.
Pedí la copa y me apoyé en la barra, mirando el local desde allí.
Las luces azules y violetas dibujaban sombras en las caras de la gente.
Olía a perfume dulce, a sudor, a hielo derretido sobre el metal de la barra.
Y entonces me tropecé.
No sé con qué. Con el taburete, con mis propios tacones, con el borde de la barra.
El gin-tonic se me resbaló de la mano y noté el líquido frío salpicándome el muslo antes de que el vaso estallara contra el suelo.
Di un paso atrás para apartarme de los cristales y el tacón se me dobló hacia dentro.
El tobillo cedió. Solté un gritito ridículo, agudo, y dos manos grandes me sujetaron por la cintura antes de que cayera.
—Cuidado.
Me giré. El hombre que me sostenía era alto, mucho más alto que yo incluso con los tacones puestos. Llevaba una camisa oscura con las mangas remangadas hasta el antebrazo y tenía las manos muy grandes. Las noté sobre mi cintura, calientes, firmes, y tardé un segundo de más en apartarme.
—Lo siento —dije, y mi voz sonó más aguda de lo que pretendía –. Qué torpe.
—No pasa nada.
Me soltó, pero no se apartó. El camarero apareció con una bayeta y un recogedor y empezó a limpiar los cristales sin decir nada. Yo me quedé allí, de pie, con el muslo mojado y el tobillo dolorido, mirando al desconocido sin saber muy bien qué hacer con las manos.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, sí. El tacón. Ya sabes.
Él sonrió. Tenía los dientes un poco torcidos, el pelo castaño muy corto, los hombros anchos.
No era guapo. No era feo. Era un hombre cualquiera, de esos que Marcos habría ignorado en un ascensor sin dedicarles un segundo de atención.
Pero el cuerpo de Clara no lo ignoró. El cuerpo de Clara notó el tamaño de sus manos, la anchura de su espalda, el olor a colonia barata mezclada con tabaco, y decidió que le gustaba.
—¿Quieres otro? —señaló el gin-tonic derramado.
—Bueno.
—¿Bueno sí o bueno no?
Me reí. Otra vez esa risa tonta, aguda, que no era mía y que sin embargo me salía cada vez con más facilidad.
—Bueno sí.
Pidió dos copas. Me dio una y se quedó con la otra, apoyado en la barra a mi lado, tan cerca que notaba el calor de su brazo contra mi hombro.
Me preguntó cómo me llamaba. Le dije Clara.
Me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que trabajaba en una oficina, en administración, y que era nueva.
Me preguntó si había venido sola. Le dije que con unas amigas, pero que se habían dispersado.
Me preguntó si me dolía el tobillo. Le dije que un poco.
—A ver.
Se agachó. Se agachó delante de mí, en medio del bar, con la copa en una mano, y me cogió el pie con la otra. Me quitó el zapato. Me rodeó el tobillo con los dedos, despacio, y presionó un poco.
—No parece hinchado.
Marcos gritó. Gritó desde el fondo de mi cráneo, desde el último reducto de su identidad que aún no se había disuelto, y yo lo oí como se oye una radio en otra habitación.
Gritó que aquello era humillante, que un desconocido me estaba tocando el pie en un bar de mala muerte, que me levantara y me fuera, que recuperara el control.
Pero el cuerpo de Clara no se levantó. El cuerpo de Clara notó los dedos ásperos sobre la piel del tobillo y se quedó muy quieto, respirando despacio, dejando que aquel hombre le sostuviera el pie como si fuera algo frágil y valioso.
—Gracias —dije, y la palabra me salió con un hilo de voz que no reconocí.
Él me devolvió el zapato. Me lo puse despacio, apoyándome en su hombro para no perder el equilibrio, y cuando me incorporé su cara estaba muy cerca de la mía. Olía a ginebra. Tenía los ojos marrones, pequeños, con pestañas cortas.
—¿Bailamos? —dijo.
Y yo dije que sí.
Bailamos. Me pegó contra su cuerpo en la pista, con las dos manos apoyadas en la parte baja de mi espalda, y yo le rodeé el cuello con los brazos y dejé que me moviera.
La música era más lenta ahora, un ritmo envolvente que me empujaba contra él.
Noté su muslo entre mis piernas. Noté su aliento en el cuello.
Noté sus dedos bajando un centímetro, dos, hasta el nacimiento de mis nalgas, y no me aparté.
Marcos seguía gritando, pero su voz era ya un rumor indistinto, una interferencia que no conseguía atravesar la niebla cálida del gin-tonic y del deseo.
Porque era deseo. No había otra palabra.
El cuerpo de Clara deseaba a aquel hombre con una urgencia que me asustaba y me excitaba a partes iguales.
Deseaba sus manos grandes, su boca, su peso.
Deseaba que me arrinconara contra la pared del fondo y me besara hasta quedarme sin aire.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Me llevó a la zona más oscura del local, junto a la salida de emergencia, y me apoyó contra la pared.
Las luces no llegaban allí. Olía a humedad y a ambientador de baño.
Me besó. Me besó con la boca abierta, con la lengua, con una urgencia que no dejaba espacio para la torpeza.
Yo le devolví el beso. Le rodeé la nuca con las manos y le devolví el beso como si llevara toda la noche esperando ese momento, como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida que besar a desconocidos en rincones oscuros.
—¿Nos vamos? —murmuró contra mi boca.
Y yo dije que sí. Otra vez. Sin dudarlo. Sin consultar con nadie. Sin que la voz de Marcos pudiera articular una sola palabra de protesta.
No recuerdo el trayecto. Recuerdo la calle fría, el ruido de mis tacones sobre la acera, su chaqueta sobre mis hombros.
Recuerdo el portal viejo, el ascensor minúsculo, el olor a fritura del rellano.
Recuerdo la puerta al abrirse, un pasillo estrecho, una bombilla desnuda colgando del techo. Y luego el dormitorio.
La cama era pequeña, deshecha, con sábanas que olían a detergente barato y a su piel.
Me tumbó de espaldas y se colocó encima de mí, y entonces noté su peso.
El peso aplastante de un hombre de verdad, grande, pesado, real.
El cuerpo de Clara se hundió en el colchón bajo aquel peso y yo sentí las costillas comprimirse, el aire escaparse de los pulmones, las caderas abrirse para acomodarlo.
Era una sensación nueva. No incómoda. No dolorosa.
Simplemente nueva: la fragilidad de un cuerpo pequeño bajo la masa de otro cuerpo, la entrega física que aquella posición exigía.
Me besó el cuello. Me bajó el tirante del vestido con los dientes. Me mordió el hombro, despacio, y yo solté un gemido que no había planeado soltar. Sus dedos encontraron el borde del escote y tiraron hacia abajo, y el vestido cedió, y mis pechos quedaron expuestos al aire frío del dormitorio.
—Qué bonita eres —dijo.
Y yo le creí.
Me tocó los pechos con las dos manos, con una rudeza que no esperaba.
Los apretó, los pellizcó, los amasó como quien maneja algo que le pertenece.
Y lo que sintió el cuerpo de Clara fue placer.
Un placer agudo, eléctrico, que nacía en los pezones y se ramificaba hacia el vientre en oleadas calientes.
La piel de aquel cuerpo era hipersensible, cada terminación nerviosa disparada hacia un centro de recompensa que Marcos jamás había conocido.
El dolor y el placer se mezclaban en una frecuencia nueva, indescifrable, y yo arqueé la espalda y gemí otra vez, más fuerte, sin poder evitarlo.
Él bajó la boca. Me lamió el pezón izquierdo, luego el derecho, y yo le agarré la cabeza con las dos manos y se la apreté contra el pecho.
El calor de su lengua me atravesó el esternón y se instaló en la base del vientre, denso, líquido, palpitante.
Noté la humedad entre las piernas. La noté como una evidencia física, como un hecho biológico que no admitía interpretación: aquel cuerpo estaba preparado, abierto, hambriento.
Me quitó el vestido del todo. Me quitó las bragas. Me separó las piernas con las rodillas y se colocó entre ellas, y yo lo miré desde la almohada, con el pelo revuelto y la boca entreabierta, y supe que ya no había vuelta atrás.
La penetración fue lenta, trabajosa, porque el cuerpo de Clara era estrecho y él era grande.
Noté la presión abriéndome, cediendo, ensanchándose.
Noté cada centímetro de su carne entrando en la mía, y la sensación era tan abrumadora que se me llenaron los ojos de lágrimas.
No de dolor. De pura intensidad. De la imposibilidad de procesar tanto estímulo a la vez.
Él empezó a moverse. Primero despacio, luego más rápido, luego con un ritmo duro y regular que me sacudía entera contra el colchón.
Mi cuerpo respondió sin consultarme. Mis caderas se alzaron para recibirlo.
Mis piernas le rodearon la cintura. Mis uñas se clavaron en su espalda.
Y mi voz, la voz de Clara, empezó a decir palabras que Marcos jamás habría pronunciado: sí, más, así, no pares.
El placer se acumuló en el bajo vientre como una presión insoportable.
No se parecía a nada. No se parecía al orgasmo masculino, a aquella descarga breve y localizada que Marcos conocía desde la adolescencia.
Esto era otra cosa. Esto era una marea que subía desde dentro, que me llenaba el vientre y el pecho y la garganta, que me tensaba los muslos y me curvaba los dedos de los pies.
Esto era una inminencia que lo ocupaba todo.
Y entonces estalló.
El orgasmo me atravesó como una corriente eléctrica, una sucesión de espasmos que me sacudieron de arriba abajo sin que pudiera controlarlos.
Grité. Grité con la boca abierta contra el hombro de aquel hombre, y las lágrimas me rodaron por las mejillas, y las piernas me temblaron, y el vientre se me contrajo una y otra y otra vez alrededor de su carne.
Fue largo. Fue interminable. Fue la aniquilación de todo lo que había sido antes de ese momento.
Marcos dejó de gritar.
No sé en qué instante exacto se calló. No sé si fue durante el orgasmo o justo después, cuando el cuerpo de Clara se quedó inmóvil sobre las sábanas revueltas, empapado en sudor, con el pecho subiendo y bajando a sacudidas.
Pero en algún momento, entre un espasmo y el siguiente, la voz de Marcos enmudeció. Y lo que quedó fue solo Clara.
Clara llorando de puro éxtasis sobre el pecho de un desconocido.
Clara sintiendo el calor del semen ajeno dentro de su cuerpo.
Clara, fundida en el placer de su nueva realidad, sin desear otra cosa que quedarse allí para siempre.
El hombre se apartó al cabo de un rato. Me dijo algo que no entendí.
Me pasó un brazo por los hombros y me tapó con la sábana, y yo me acurruqué contra su costado y cerré los ojos.
Olía a sexo y a tabaco y a colonia barata.
El colchón tenía un muelle roto que se me clavaba en la cadera.
Fuera, en la calle, alguien gritó algo y un coche aceleró.
Me dormí.