Lecciones de obediencia
El tintineo de la loza contra el mármol me llegó desde algún lugar lejano del apartamento, un sonido que mi mano producía sin consultarme.
Yo fregaba. Mis dedos —los dedos de Clara, finos y pálidos – sostenían la esponja con una soltura que cinco días atrás me habría parecido imposible.
La enjuagaba, la escurría, la pasaba por el borde del plato con un movimiento circular que no había aprendido en ninguna parte.
Elena leía el periódico apoyada en la encimera, una taza de café humeante junto a su codo. Llevaba el pelo recogido en una coleta baja y una blusa de seda color marfil que le suavizaba los ángulos de la mandíbula. No me miraba. No necesitaba hacerlo.
—¿Has pasado ya la bayeta por la vitrocerámica?
—Ahora mismo iba.
La respuesta salió antes de que pudiera retenerla.
Dócil. Servicial. La voz de Clara —mi voz – modulada en ese registro agudo y complaciente que se me había pegado al paladar como un residuo dulzón.
Seguí fregando y noté el calor húmedo del agua en las muñecas, el olor a lavavajillas de limón, el peso familiar del delantal anudado a la cintura.
Todo encajaba. Todo era aterradoramente natural.
Marcos Alcázar no fregaba platos. Marcos Alcázar no llevaba delantal. Pero Marcos Alcázar llevaba cinco días sin pronunciar una sola palabra en voz alta, y yo —Clara – acababa de prometerle a mi tía Elena que pasaría la bayeta por la vitrocerámica sin que me temblara la voz.
—Buena chica —dijo Elena, y pasó la página del periódico.
El elogio me recorrió la nuca como un dedo tibio.
Cerré el grifo, cogí la bayeta y me agaché sobre la placa de inducción.
El reflejo de mi cara en la superficie negra me devolvió a una desconocida de pómulos suaves y labios entreabiertos.
Una muchacha aplicada. Una sobrinita dócil que se alojaba en casa de sus tíos durante las vacaciones.
Esa era la ficción que Elena había deslizado en la conversación con la portera, con el frutero, con la vecina del cuarto.
Y yo la representaba sin esfuerzo, como si el papel me hubiera estado esperando desde siempre.
El pánico no llegaba en forma de grito. Llegaba en estos momentos de calma, cuando me sorprendía a mí mismo haciendo algo que Marcos jamás habría hecho y descubría que no me costaba nada.
—A ver, date la vuelta.
Elena había dejado el periódico sobre la encimera. Me observaba con los brazos cruzados, la cabeza ladeada, el gesto de quien evalúa un maniquí antes de vestirlo. Me sequé las manos en el delantal y giré sobre mis talones descalzos.
—Esa falda no te favorece —dijo –. Ve a cambiarte y ponte la de tubo, la gris. La que te llega a medio muslo.
—Pero si esta me queda bien.
—He dicho la gris. Para tener contento a Goñi.
El nombre de Goñi me golpeó en el esternón. No era dolor. Era otra cosa: un tirón visceral, una corriente caliente que me bajaba desde la boca del estómago hasta un punto que no quería nombrar. Apreté los muslos sin darme cuenta.
—¿Para tener contento a Goñi? —repetí, y esta vez la voz no me salió dócil.
Algo crujió dentro de mí. Un chispazo. El último rescoldo de un ejecutivo que había despedido a tres personas por conducta inapropiada y que ahora recibía instrucciones sobre cómo vestirse para complacer al hombre que le resultaba...
¿neusebundo? Las baldosas del suelo estaban frías bajo mis plantas.
—Elena, ¿qué me está pasando en la cabeza?
Mi voz se quebró en la última sílaba. Noté el escozor de las lágrimas antes de decidir que iba a llorar, y eso era lo peor: que el llanto de Clara no pedía permiso. Llegaba y punto.
—Ayer escuché a dos directivos en el pasillo. Hablaban de Marcos Alcázar. Dijeron que está de baja médica indefinida. Lo dijeron como si ya no fuera a volver. Como si se hubiera muerto.
Elena no se movió. Sus ojos —castaños, serenos, idénticos a los de la mujer con la que me había casado seis años atrás – me sostuvieron sin pestañear.
—Clara, ven aquí.
Y fui. Mis pies descalzos recorrieron los tres metros de mármol que me separaban de ella sin que yo les diera permiso. Elena me tomó la barbilla con dos dedos y me levantó la cara. Luego me apartó un mechón rubio de la frente con una dulzura que olía a veneno.
—El rumor de la baja médica lo he plantado yo —dijo –. Desde Recursos Humanos. Es una cortina de humo para que Goñi se relaje. Para que baje la guardia y cometa un error. Un error que su secretaria personal va a descubrir.
Me acarició el pelo. Sus dedos trazaron un camino lento desde mi sien hasta mi nuca, y cada centímetro de ese recorrido me vaciaba de preguntas.
—Yo soy su secretaria personal —susurré.
—Y eres mi niña buena. ¿Verdad?
Asentí. El alivio me aflojó los hombros, me desanudó la garganta, me devolvió el aire.
La mente de Marcos detectó las grietas en la historia —una baja médica no se filtra así, un rumor no se controla tan limpiamente, Elena nunca había sido tan solícita – pero el cuerpo de Clara ya se había rendido.
Ya se apoyaba en el pecho de Elena. Ya aspiraba su perfume de gardenia con la avidez de quien necesita una dosis.
—Ve a ponerte la falda gris —dijo Elena, y me dio una palmadita en la mejilla –. Y deja de preocuparte por cosas de mayores.
Fui al dormitorio. Abrí el armario. La falda de tubo me esperaba en su percha, gris y estrecha y corta, y me la puse sin discutir.
El espejo del vestidor me devolvió a una muchacha de veintitrés años con las mejillas encendidas y el dobladillo a medio muslo.
Me miré las piernas. Me miré las caderas.
Me ajusté la blusa sobre el pecho y sentí el roce de la tela en unos pezones que no eran míos y que sin embargo se endurecieron al contacto.
—Date prisa o llegarás tarde —canturreó Elena desde la cocina.
—Ya voy, tita.
Y lo dije sin ironía.
El vestíbulo de la oficina olía a café y a ambientador de lavanda. Crucé el torno con el pase de Clara colgado del cuello y Ramón me saludó desde el mostrador de seguridad con una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—Buenos días, señorita Alcázar.
—Buenos días, Ramón.
No se me ocurrió corregirle. No se me ocurrió decirle que yo no era ninguna señorita, que yo era el hombre al que había franqueado la entrada durante doce años.
Me limité a devolverle la sonrisa y a caminar hacia el ascensor con pasos cortos, los que imponía la falda de tubo y los tacones de ocho centímetros.
En la cuarta planta, el zumbido de los fluorescentes me recibió como un perro fiel.
Dejé el bolso sobre mi mesa —la mesa de secretaria, junto a la puerta del despacho de Goñi – y encendí el ordenador.
El técnico Alberto pasó por el pasillo y me dedicó un gesto con la barbilla que yo respondí con un mohín tímido antes de darme cuenta de que estaba coqueteando.
El teléfono sonó a las nueve y cuarto.
—¿Clara? Soy Lidia, de contabilidad.
Lidia tenía veintiséis años, el pelo cortado a la altura de la mandíbula y una risa que se oía desde el otro extremo de la planta. Habíamos coincidido dos veces en la máquina de café y ya me trataba como a una amiga de toda la vida.
—Las chicas y yo salimos esta noche. Nox, ¿lo conoces? Está en Gran Vía. Hace falta que te diviertas un poco, que Goñi te tiene esclavizada.
—No sé si voy a poder.
—Clara, mira que te lo digo en serio. Trabajas demasiado. Te vendrá bien soltarte el pelo.
Soltarme el pelo. La expresión me rebotó en el cráneo con un eco extraño.
Marcos habría colgado. Marcos habría dicho que no con la frialdad de quien cuelga un teléfono a un subordinado.
Pero Clara oyó «te vendrá bien» y sintió un calorcillo en el pecho, una gratitud desproporcionada, unas ganas repentinas de que Lidia le cayera bien a Lidia.
—Bueno… igual sí. Lo pienso y te digo.
—¡Así me gusta! Te esperamos a las diez.
Colgué. Me quedé mirando el auricular con la sensación de haber firmado algo sin leer la letra pequeña.
Marcos quería negarse. Marcos sabía que salir de fiesta con desconocidas era un riesgo innecesario, una exposición que no podía permitirse.
Pero la personalidad de Clara ya estaba haciendo sus cálculos: le gustaba que la invitaran, le gustaba que la quisieran, le gustaba la idea de ponerse guapa para alguien que no fuera su jefe.
El intercomunicador emitió un pitido seco.
—Señorita Alcázar, a mi despacho.
La voz de Goñi era un ladrido envuelto en estática. Me levanté de un salto, agarré la libreta y el bolígrafo, y recorrí los cinco metros hasta la puerta de caoba con el corazón golpeándome la garganta. No llamé. Entré directamente, como había aprendido a hacer.
Goñi estaba de pie junto a la ventana, las manos en los bolsillos del pantalón, la americana gris oscuro tensándose sobre sus hombros anchos. No se giró al oírme.
—El pedido de material de oficina que tramitaste el jueves no ha llegado. El proveedor dice que no recibió confirmación. Explícamelo.
—Yo… yo envié el correo, señor Goñi. Lo envié a las tres y cuarto. Puedo reenviárselo ahora mismo, de verdad que...
—No me sirve que lo reenvíes. Me sirve que el pedido esté aquí. Llama al proveedor. Arréglalo.
—Sí, señor Goñi. Lo siento muchísimo, enseguida lo miro.
Anoté en la libreta: PROVEEDOR. PEDIDO. ARREGLAR. Mi letra era redonda e infantil, la letra de Clara, y ocupaba toda la página con sus bucles temblorosos.
Goñi se giró. Su barba entrecana enmarcaba una boca que no sonreía. Me miró de arriba abajo con la misma expresión con la que se revisa un informe antes de archivarlo. Y entonces empezó a disparar órdenes sin darme un solo segundo para respirar.
—Necesito que cuadres dos reuniones para mañana. La primera a las nueve con los de fiscal, la segunda a las once con los de operaciones.
—Sí, señor Goñi. Nueve fiscal, once operaciones...
—Y quiero los datos del tercer trimestre sobre la mesa antes de que lleguen los de fiscal. Sin errores. La reunión del comité de las doce, pospónla para la semana que viene.
—Ay, sí, claro... eh, ¿para el martes le viene bien? Vale, súper bien, yo... yo me encargo de moverlo todo. Lo siento, ¿necesita que...?
—Llama a Dirección Financiera —me cortó, alzando ligeramente la voz, dando un paso hacia mí que me hizo encogerme instintivamente –. Avisa de que las cifras de cierre van a salir tarde. Y que no quiero que me estén molestando con el tema.
—Vale, vale, yo les llamo ahora mismito y se lo digo para que no le agobien, señor. Apuntado, de verdad.
—Baja a contabilidad. Tenemos dos albaranes bloqueados de la importación alemana. Es mercancía muy cara, Clara. Muchísimo dinero. Revisa eso línea por línea con ellos y que los liberen hoy mismo. No me jodas con esto.
—Madre mía... sí, sí, bajo yo personalmente, señor Goñi. Lo reviso todo súper detallado con ellos, no se preocupe. Perdone, de verdad, si ha habido algún retraso por mi culpa, yo...
—Y otra cosa. El técnico de sistemas se tiene que quedar en Londres a pernoctar porque se ha complicado la instalación. Llama a la filial de allí y que le busquen un buen sitio, algo céntrico pero que no se salgan del presupuesto. Muévete rápido.
—Sí, a Londres... —Mi mano temblaba tanto que el bolígrafo casi rasgaba el papel –. Enseguida me pongo en contacto con ellos, señor. Un buen sitio, sí, súper céntrico. Yo lo gestiono todo.
—Y el café.
—Ah, sí, claro, el café. Ahora mismo se lo traigo, súper caliente, como a usted le...
—No te he pedido que me lo traigas —su tono fue un latigazo seco que me hizo tragar saliva de golpe –. Te he pedido que no se te olvide.
—No se me olvida, señor Goñi. De verdad que no.
Mi voz era un hilo. Dulce, sumisa, aguda.
La voz de una muchacha aterrada ante la idea de decepcionar a su jefe, saturada de muletillas y disculpas que el antiguo ejecutivo jamás habría pronunciado.
Y mientras la oía salir de mi propia garganta, acribillada por sus exigencias, mientras mis dedos se aferraban a la libreta con una obediencia que ya no necesitaba ensayar, ocurrió.
Goñi apoyó las dos manos sobre el escritorio y se inclinó hacia adelante para revisar unos papeles. El movimiento hizo que su americana se tensara sobre su espalda, sobre sus brazos, sobre unos hombros que parecían capaces de partirme en dos. Y el cuerpo de Clara respondió.
Un calor denso me estalló en el bajo vientre.
No fue gradual: fue una sacudida, un latigazo húmedo que me vació la cabeza de cifras trimestrales y la llenó de imágenes que no había convocado.
Yo —Clara – completamente desnuda, doblegada sobre ese mismo escritorio de caoba, con los pechos aplastados contra la madera fría.
Goñi detrás de mí. Su cuerpo enorme y rudo cubriéndome entera.
Sus manos —esas manos que ahora señalaban una columna de números – cerrándose sobre mis caderas.
Y él entrando en mí sin delicadeza, sin permiso, sin que yo opusiera resistencia.
La fantasía era gráfica. Era precisa. Olía a su colonia y a mi propia humedad. Y era mía. La estaba generando yo.
Mis rodillas temblaron bajo la falda de tubo. Apreté los muslos con tanta fuerza que noté el roce de las medias. El calor no remitía: se expandía, me empapaba, me convertía en un animal pequeño y palpitante que solo quería una cosa.
—¿Me ha oído, señorita Alcázar?
—Sí, señor Goñi.
—Pues váyase. Tiene trabajo.
Asentí. Di media vuelta. Caminé hacia la puerta con las piernas de gelatina y la libreta apretada contra el pecho como un escudo inservible. Abrí, salí, cerré la puerta de caoba a mis espaldas y me apoyé contra mi propia mesa.
Mi respiración era un jadeo entrecortado. Mis pechos subían y bajaban bajo la blusa con un ritmo que no podía controlar. Mis mejillas ardían. Y entre mis piernas, una humedad cálida y persistente me recordaba que el cuerpo de Clara había disfrutado cada segundo de esa humillación.
Me llevé una mano al vientre. La retiré enseguida, como si me quemara. Miré el teléfono. Miré la libreta con sus anotaciones redondas e infantiles. Miré la puerta de caoba que me separaba de Goñi y supe, con una certeza que me heló la nuca, que si él me llamaba otra vez yo volvería a entrar.
Marqué el número de Lidia sin pensarlo.
—Sí, Lidia. Sí, voy. A las diez en Nox. Allí estaré.
Colgué. Me quedé de pie junto a la mesa, con el auricular todavía en la mano, y una voz diminuta y lejana —la voz de Marcos, cada día más tenue – gritó desde el fondo de mi conciencia.
Dios mío. ¿En qué me estoy convirtiendo?
El intercomunicador volvió a pitar. Lo miré. Mi mano se adelantó al miedo y pulsó el botón antes de que la voz de Goñi terminara de formular la orden.