Desdender la Escalera Corporativa La primera orden #2
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La primera orden #2

Me quedé mirando el auricular parpadeante.

El corazón me latía a mil por hora. Me sentí sucia.

Me sentí completamente desnuda y despojada de cualquier rastro de dignidad.

Había actuado como una niña indefensa y coqueta, mendigando compasión a un repartidor incompetente que, de haber sido Marcos, habría despedido sin miramientos.

Y lo peor, lo que realmente hizo que la mente de Marcos se estremeciera de terror y asco, fue comprender que había funcionado a la perfección.

Los trajes llegaron a las nueve y cincuenta y tres. Los colgué en el perchero del despacho de Goñi con las manos todavía temblorosas y salí sin hacer ruido. Él no me dio las gracias. Ni siquiera me miró.

A media tarde, cuando el sol empezaba a rebotar en los cristales del distrito financiero y el aire acondicionado me había dejado los brazos como papel de lija, Goñi salió de su despacho y se detuvo frente a mi mesa.

Esta vez no apoyó los dedos en el borde.

Se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, y me miró con una sonrisa que yo conocía bien: la misma condescendencia con la que yo había mirado a docenas de subordinados a lo largo de los años.

—Clara —dijo, y mi nombre en su boca sonó a diminutivo –. Necesito que entres a la sala de juntas.

—¿Ahora, señor Goñi?

—Ahora. Se ha caído un documento detrás del escritorio grande. Está justo debajo, contra la pared. Quiero que te arrodilles y lo recojas.

Lo dijo con la misma naturalidad con que le había pedido el café. Pero algo en el ángulo de su barbilla, en la pausa que hizo antes de pronunciar la palabra «arrodilles», me indicó que aquello no era una petición administrativa. Era una prueba.

Me levanté de la silla. Las piernas me sostuvieron, pero noté un temblor en los muslos que no venía del cansancio.

Crucé el pasillo que separaba mi mesa de la sala de juntas y empujé la puerta de cristal.

La sala estaba vacía, con la mesa alargada rodeada de doce sillas de cuero negro y la luz de la tarde filtrándose por las persianas entreabiertas.

El escritorio grande estaba al fondo, junto a la ventana. Me acerqué y vi el papel en el suelo, un folio blanco que asomaba por debajo del mueble, contra el zócalo. Para recogerlo, tenía que arrodillarme y meter el brazo hasta el hombro.

La mente de Marcos Alcázar dijo: no.

Fue una orden clara, una negativa rotunda que resonó en mi cráneo con la autoridad de cuarenta y dos años de privilegio masculino. Yo no me arrodillaba delante de nadie. Yo no obedecía órdenes humillantes. Yo era el que daba las órdenes.

Pero el cuerpo de Clara ya estaba doblando las rodillas.

Lo sentí como un impulso ajeno, una corriente cálida que me bajaba desde el vientre hasta los muslos y me empujaba hacia el suelo sin pedirme permiso.

Mis rodillas tocaron la moqueta con un golpe seco que me subió por los huesos.

Noté el tejido áspero contra la piel desnuda, por debajo del borde de la falda, y supe que cualquiera que entrara en la sala me vería así: de rodillas, inclinada, con la espalda arqueada y el trasero alzado en una postura que no dejaba lugar a interpretaciones.

Y entonces sentí el calor.

No era el calor de la vergüenza, aunque la vergüenza también estaba allí, ardiéndome en las mejillas y en la nuca.

Era otra cosa. Un calor húmedo que me nacía entre las piernas y se expandía en ondas concéntricas, como una marea que subía sin que yo pudiera contenerla.

Mi cuerpo —el cuerpo de Clara – respondía a la humillación con una excitación tan inmediata y tan involuntaria que me dejó sin aire.

Metí el brazo bajo el escritorio. Mis dedos rozaron el folio, pero no llegaban.

Tuve que inclinarme más, apoyar la frente contra el borde del mueble y estirarme hasta que el hombro me crujió.

En esa posición, con la mejilla aplastada contra la madera y las rodillas clavadas en la moqueta, noté que la humedad me empapaba la ropa interior.

Quise levantarme. Quise gritar. Quise arrancarme el medallón del pecho y arrojarlo por la ventana.

Pero no me moví.

La puerta de la sala se abrió. Entraron tres pares de zapatos: unos mocasines marrones, unos Oxford negros y los zapatos de Goñi, que reconocí por el brillo de la puntera. Las voces me llegaron desde arriba, amortiguadas por la madera del escritorio.

—…la reestructuración de la división comercial —decía Goñi –. Marcos Alcázar ha dejado un agujero importante, pero lo cubriremos antes de que acabe el trimestre.

—¿Qué ha pasado con él? —preguntó otra voz, la de los mocasines marrones –. Lleva una semana sin aparecer.

—Baja médica —dijo Goñi, y su tono era el de quien hojea un periódico atrasado –. Estrés, por lo visto. Estas cosas pasan cuando alguien no está a la altura de su puesto.

—¿Y volverá?

Goñi tardó en contestar. Oí el crujido de una silla al ser ocupada y el golpe de una carpeta sobre la mesa, justo encima de mi cabeza.

—No —dijo al fin –. No volverá. Elena está gestionando los papeles.

Elena. Mi esposa. Gestionando los papeles de mi baja médica mientras yo estaba arrodillada debajo de una mesa, con la falda subida y las bragas empapadas, escuchando cómo mi rival corporativo me daba por acabado. ¿Que estaba pasndo aqui?

La excitación no disminuyó. Al contrario: al oír mi propio nombre —mi nombre de hombre, mi nombre de ejecutivo, mi nombre de marido – pronunciado como quien menciona un expediente cerrado, noté que el calor se intensificaba.

Un espasmo me recorrió el vientre y tuve que morderme el labio para no soltar un gemido.

Mi cuerpo disfrutaba de aquello. Disfrutaba de la humillación, de la obediencia, de la anulación de todo lo que yo había sido.

Y el placer era tan intenso, tan devastador, que por un instante la mente de Marcos Alcázar se quedó en blanco.

No había furia. No había resistencia. Solo había un cuerpo de rodillas, una humedad que me corría por los muslos y una orden que se había cumplido sin que yo pudiera detenerla.

La reunión duró diecisiete minutos. Los conté por el segundero del reloj de pared, cuyo tictac me llegaba desde algún lugar por encima del escritorio.

Durante diecisiete minutos permanecí inmóvil, con la frente apoyada contra la madera y el folio olvidado entre los dedos, mientras tres ejecutivos hablaban de cuotas de mercado y de reestructuraciones y de la caída de un hombre al que ya daban por muerto.

Cuando los zapatos se marcharon y la puerta se cerró, me incorporé despacio. Las rodillas me dolían. Tenía la falda arrugada y una mancha de polvo en la blusa. Recogí el folio y lo dejé sobre la mesa sin mirarlo.

Salí de la sala de juntas. El pasillo estaba vacío y el fluorescente parpadeaba con un aleteo de insecto atrapado. Me senté en mi mesa y me quedé mirando la pantalla del ordenador, donde el cursor parpadeaba sobre una hoja de cálculo en blanco.

Intenté formular una frase de resistencia.

Algo que me devolviera el control, que me recordara quién era yo antes de que Elena me colgara aquel maldito medallón del cuello.

Pero las palabras no llegaban. En su lugar, solo había un zumbido sordo en mis oídos y el tacto de mi propia humedad enfriándose contra la tela de las bragas.

El teléfono volvió a sonar. Lo atendí.

—¿Clara? —dijo la voz de Goñi al otro lado de la línea –. Tráeme un café. Y esta vez que esté caliente.

—Sí, señor Goñi —dije.

Y colgué antes de darme cuenta de que no había dudado ni un segundo.