Desdender la Escalera Corporativa La primera orden
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La primera orden

El técnico de informática se llamaba Alberto.

Me lo dijo dos veces, como si el nombre me fuera a importar, y luego se quedó de pie a mi espalda, tan cerca que el roce de su pantalón contra el respaldo de mi silla me llegaba a través de la tela fina de la falda.

Olía a desodorante barato y a café de máquina.

—Aquí tienes el acceso a la intranet —dijo, y se inclinó sobre mi hombro para mover el ratón.

Su antebrazo me rozó la clavícula. Noté el vello áspero contra mi piel y el calor de su cuerpo demasiado cerca.

Mi mente —la de Marcos Alcázar, ejecutivo con doce años de antigüedad en la empresa, responsable de tres despidos fulminantes por conducta inapropiada – formuló la frase exacta que pondría a ese imbécil en la calle antes del mediodía.

Pero mi boca —la boca de Clara, pequeña y cerrada – solo acertó a farfullar un gracias que sonó a disculpa.

Alberto sonrió. Tenía los dientes torcidos y una mancha de mostaza en la solapa.

—¿Eres nueva, verdad? —preguntó, sin apartar la mano del ratón –. No te había visto por aquí.

—Sí —dije, y mi voz salió en un hilo que no reconocí.

Él se tomó su tiempo. Configuró el correo corporativo con una lentitud exasperante, explicándome cada paso como si yo fuera idiota, y en cada pausa encontraba una excusa para tocarme: un dedo en el hombro al señalar la pantalla, un roce en la muñeca al devolverme el ratón, una palmada en el respaldo de mi silla que hacía vibrar toda mi columna.

Yo me encogí en el asiento. Noté que las mejillas me ardían y supe que me había puesto colorada, ese rubor traicionero que no había sentido desde la adolescencia y que ahora me delataba como a una cría asustada.

Marcos Alcázar habría agarrado a Alberto por la pechera y lo habría estampado contra la pared. Pero el cuerpo de Clara solo sabía agachar la cabeza y esperar a que terminara.

—Ya está —dijo Alberto al fin, incorporándose –. Si necesitas cualquier cosa, me llamas.

Dejó su tarjeta sobre la mesa, junto al teclado, y se marchó con una lentitud que era una declaración de intenciones. Yo me quedé mirando la tarjeta sin tocarla. El logotipo de la empresa brillaba en relieve bajo la luz del fluorescente.

Los teléfonos empezaron a sonar antes de que pudiera recuperar el aliento.

Eran las ocho y cuarenta y tres minutos.

Tenía diecisiete llamadas perdidas en el registro y un café que servir a Goñi antes de que se le agriara el carácter, y todavía no había conseguido abrir el programa de gestión de agendas.

La primera llamada que atendí era de una chica de contabilidad que preguntaba por la nueva secretaria con un tono que era puro cotilleo de pasillo.

La segunda era de otra chica, de marketing, que quería saber si era verdad que era rubia.

La tercera colgó en cuanto dije el nombre del despacho.

Pasé los siguientes cuarenta minutos atendiendo a un goteo constante de empleadas que se acercaban a mi mesa con excusas ridículas —un formulario que no era mío, un bolígrafo que pedían prestado, una duda sobre la máquina de café – y que se marchaban con los ojos brillantes de quien acaba de tasar a la competencia.

Me sentí como un animal en un zoológico.

Una de ellas, una morena con gafas de pasta roja, me examinó el escote con tal descaro que me crucé de brazos sin pensar.

—Tranquila, guapa —me dijo, y su sonrisa era un cuchillo pequeño –. Aquí todas empezamos así.

No supe qué responder. La mente de Marcos ensayó tres réplicas cortantes y las descartó una por una: sonaban a hombre, a jefe, a un poder que ya no me pertenecía. La boca de Clara se limitó a esbozar una mueca que pretendía ser amable y que se quedó en súplica.

A las nueve y diez, Goñi salió de su despacho.

Llevaba una americana gris que le tensaba los hombros y una corbata granate que le daba un aire de cardenal satisfecho.

Se detuvo frente a mi mesa y me miró desde arriba, con la barba entrecana recortada en un ángulo preciso y los dedos apoyados en el borde de madera.

—El café está frío —dijo.

No era una queja. Era una constatación, como quien anota la temperatura exterior antes de decidir si lleva paraguas.

Yo había servido el café a las ocho y media en punto, tal como me había ordenado el día anterior, y lo había dejado en el extremo derecho de su mesa, junto al pisapapeles de cristal.

No se me había ocurrido que pudiera enfriarse en los quince minutos que él tardaba en llegar.

—Lo siento, señor Goñi —dije –. Ahora mismo le preparo otro.

—No. —Su mano se alzó un palmo del borde de la mesa, un gesto mínimo que me dejó clavada en la silla –.

Ahora necesito los adjuntos de la reunión de las diez.

Y la tintorería no ha entregado los trajes que dejé ayer.

Localiza al repartidor y exígele que los traiga antes de la reunión.

No pienso recibir a los accionistas con esta americana.

La puerta del despacho se cerró con un clic seco. Me quedé con el auricular en la mano y el pulso golpeándome en la garganta.

Los adjuntos estaban en una carpeta compartida cuyo nombre no recordaba. Tardé doce minutos en encontrarlos, doce minutos de clics erráticos y contraseñas que tecleaba con dedos que no tenían la memoria muscular de los míos. Cuando por fin los imprimí, el teléfono volvió a sonar.

—¿Dónde está Goñi? —ladró una voz masculina al otro lado de la línea –. Llevo tres días esperando una respuesta. Pásamelo ahora mismo.

—El señor Goñi está reunido —mentí, porque no se me ocurrió otra cosa –. Si me deja su nombre y su número…

—¡Que me lo pases, he dicho!

El grito me atravesó el tímpano. Noté que la mano me temblaba sobre el auricular y que un nudo me cerraba la garganta, un nudo físico, caliente, que me impedía tragar saliva.

Parpadeé y sentí algo húmedo en las pestañas.

Aquel tipo me estaba gritando a mí —a Marcos Alcázar, que había cerrado contratos de siete cifras y había despedido a directores comerciales sin alterar el tono de voz – y yo estaba a punto de echarme a llorar como una becaria en su primer día.

—Le paso con su buzón de voz —conseguí articular, y colgué antes de que él pudiera contestar.

Me quedé mirando el teléfono. El auricular temblaba sobre la horquilla. Me sequé los ojos con el dorso de la mano y el maquillaje me dejó una mancha beige en los nudillos.

La tintorería. Tenía que llamar a la tintorería.

Por fin localicé al repartidor. Se llamaba Sergio y su tono al descolgar fue el de un hombre que ha aprendido que la grosería es una forma barata de poder.

—Te he dicho que los trajes no están —masculló al otro lado de la línea, masticando cada palabra con desdén –. El albarán se ha extraviado. Mira, niña, tengo treinta entregas en la furgoneta y no puedo perder el tiempo. Vuelve a llamar por la tarde.

La furia de Marcos pugnó por salir. La sangre me hirvió en las sienes.

Conocía perfectamente a ese tipo de gente, sabía exactamente cómo aplastarlos.

Quise exigirle su número de empleado, amenazarle con cancelar el contrato de logística de toda la maldita empresa y hundirle en la miseria con tres frases bien colocadas. Abrí la boca para soltar el veneno.

Pero la voz que salió de mis labios fue otra. Mi garganta se cerró, bloqueando la ira, y un nudo de ansiedad puramente femenina se instaló en mi pecho.

—Sergio... —dije, y mi propio nombre pronunciado así me supo a caramelo envenenado –. Sergio, por favor, no me cuelgues.

Hubo un silencio al otro lado. El tono imperioso del ejecutivo había desaparecido, reemplazado por un hilo de voz tan dulce, tan impregnado de súplica, que me dio náuseas escucharlo.

—Mira, de verdad que no puedo... —intentó decir él, pero ya no sonaba tan agresivo.

—Lo sé, lo sé —lo interrumpí, bajando el volumen de mi voz, haciéndola casi un susurro confidencial –. Entiendo perfectamente que tienes muchísimo trabajo y que estás súper agobiado. Y los albaranes se pierden, es lo más normal del mundo. De verdad que te entiendo, Sergio.

Me llevé una mano al pecho, apretando la blusa de seda, sintiendo cómo mis propios dedos temblaban. Estaba utilizando un arma que nunca había necesitado empuñar, moldeando mi voz para que sonara frágil, pequeña, absolutamente inofensiva.

—Pero es que... —dejé escapar un suspirito tembloroso, acercando los labios al micrófono del auricular –.

Es que mi jefe es el señor Goñi. Y me ha dicho que si esos trajes no están aquí antes de las diez, la que se queda sin trabajo soy yo.

Acabo de empezar, Sergio. Es mi primera semana. Me va a echar a la calle.

—Joder, chica, ya, pero... no es culpa mía.

—Ya lo sé —gimoteé suavemente. El sonido brotó con una naturalidad pasmosa –. Sé que no es culpa tuya y me da muchísima vergüenza pedirte esto, de verdad. Pero estoy desesperada. ¿No podrías hacer una pequeña excepción? Solo por esta vez.

Hice una pausa, dejando que el silencio se llenara con mi respiración entrecortada.

—¿Me ayudas, Sergio? —añadí, y la palabra «ayudas» se quebró en una sílaba que era pura indefensión –.

Te lo ruego. Te prometo que si consigues traérmelos, bajo a recepción yo misma a recogerlos para que no tengas que subir.

Te tendré un café caliente preparado, te lo juro. Por favor, sálvame de esta.

Al otro lado de la línea, Sergio soltó el aire pesadamente. La dureza de su actitud se había derretido por completo ante la imagen mental de una chica suplicándole un favor.

—Joder... bueno, a ver. No llores, mujer —murmuró, adoptando de pronto un tono protector y condescendiente –. A lo mejor puedo alterar la ruta y pasar por la tintorería antes del reparto de las diez. No te prometo nada, ¿vale? Pero lo intento.

—¡Ay, muchísimas gracias, Sergio! —chillé con un entusiasmo agudo y vibrante, dando un pequeño saltito involuntario en la silla de oficina –. ¡De verdad, me acabas de salvar la vida! Eres mi héroe. Te espero con el café. ¡Mil gracias!

Colgué el teléfono antes de que pudiera decir nada más.