Becaria en territorio enemigo #3
No era mi cuerpo. Cada centímetro de piel que tocaba era una confirmación de esa verdad: la suavidad del vello fino del antebrazo, la depresión del ombligo más pequeña de lo que recordaba, la ausencia de la cicatriz que yo tenía en la rodilla izquierda desde los catorce años.
Explorar aquel mapa sensorial era como palpar a una persona ajena.
Una persona que respiraba con mis pulmones y bombeaba sangre con mi corazón, pero que no era yo.
Deslicé los dedos bajo el encaje. El vello púbico era más suave que el mío, más fino.
La piel de los muslos internos era hipersensible —cada roce me provocaba un estremecimiento que me subía por la columna y me arrancaba un jadeo –.
Y luego, mis dedos encontraron algo que no esperaban: un pliegue, una hendidura, una geografía de tejidos húmedos y cálidos que se abrían al contacto con una facilidad que me aterró.
Retiré la mano de golpe. El corazón me latía en la garganta. Aquello no era un pene. Aquello no respondía a la mecánica que yo conocía. ¿Dónde estaba el punto de presión? ¿Dónde estaba el equivalente a un glande, a un frenillo, a algo que pudiera estimular con la urgencia que mi frustración exigía?
Volví a intentarlo. Esta vez apliqué la técnica que mi cuerpo de hombre habría agradecido: fricción rápida, directa, localizada.
Mis dedos buscaron un punto concreto —ese nudo de tejido que la anatomía femenina escondía en alguna parte – y lo frotaron con una intensidad que en otro contexto habría sido eficaz.
Pero no lo fue. El roce brusco me arrancó una punzada de hipersensibilidad dolorosa, como un calambre eléctrico que me hizo arquear la espalda y soltar un quejido.
Demasiado fuerte. Demasiado rápido. Demasiado masculino.
Me quedé quieta, con los dedos apoyados sin presión sobre el pubis, respirando entrecortadamente. El calor no se iba. La humedad no se iba. El latido seguía ahí, sordo y punzante, recordándome que aquel cuerpo quería algo que yo no sabía darle.
Cerré los ojos. Y en la oscuridad de mis párpados apareció la imagen de Goñi. Su barba entrecana. Su voz grave diciendo «buena chica». Su mirada evaluándome como quien evalúa una herramienta nueva.
Mis caderas se movieron solas. Fue un movimiento pequeño, un balanceo involuntario que presionó mi pubis contra mis propios dedos.
El placer fue inmediato —una oleada de calor que me subió desde el vientre hasta el pecho –, pero también fue humillante.
Porque no era yo quien se movía. Era ella.
Era Clara. Era el cuerpo de Clara respondiendo a la fantasía de ser dominada, de ser poseída, de ser la «buena chica» que el macho alfa acababa de felicitar.
Abrí los ojos. Aparté la mano. Me quedé quieta, con las piernas apretadas y los puños cerrados sobre el colchón.
No iba a ceder. No iba a masturbarme pensando en Iker Goñi. No iba a darle a aquel cuerpo la satisfacción que pedía si el precio era imaginar a mi peor enemigo encima de mí.
Pero el cuerpo no se rindió. El cuerpo siguió palpitando, húmedo y caliente, durante una hora más.
Y yo seguí intentándolo —con movimientos circulares, con presión suave, con los dedos dentro de mí explorando una anatomía que no entendía –, buscando un clímax que se me escapaba cada vez que estaba a punto de alcanzarlo.
Era como trepar por una pared de vidrio: llegaba a un borde, a un casi, a un umbral donde el placer se acumulaba hasta lo insoportable, y luego resbalaba. Una y otra vez.
La mente de Marcos Alcázar no sabía rendirse.
No sabía soltar el control. No sabía entregarse a la fantasía que el cuerpo de Clara necesitaba para llegar al orgasmo.
Y sin esa rendición, sin esa sumisión psicológica, la biología femenina se bloqueaba.
Se defendía. Me castigaba con una excitación que no culminaba, que no se resolvía, que se acumulaba en capas de frustración cada vez más densas.
A la una de la madrugada me encontré acurrucada en posición fetal, con las sábanas revueltas y húmedas de sudor, las bragas de encaje hechas un ovillo en el suelo y los dedos doloridos de tanto intentarlo. El calor seguía ahí. El latido seguía ahí. Y yo estaba llorando.
No eran sollozos ruidosos. Eran lágrimas silenciosas que me resbalaban por las mejillas y me empapaban la almohada, lágrimas que no venían de la tristeza sino de una impotencia tan pura y tan física que no tenía nombre.
Mi cuerpo me pedía algo que yo no sabía darle.
Mi cuerpo me castigaba por no saber dárselo.
Y en algún lugar de mi mente, la voz de Goñi repetía «buena chica» con una satisfacción que me helaba la sangre y me encendía el vientre al mismo tiempo.
Me sequé las mejillas con el dorso de la mano.
El gesto me dejó un regusto salado en los labios, mezclado con el residuo químico del pintalabios que no me había quitado.
Olí a perfume floral y a sudor y a mi propia humedad.
Y supe, con una certeza que me atravesó como una aguja, que aquello era solo el principio.
Apagué la luz. En la calle, alguien arrastraba un carro sobre los adoquines de la Gran Vía. El ruido metálico rebotó contra las fachadas y se perdió en la noche. Yo me quedé con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando el latido pequeño y rápido de un corazón que ya no sabía si era el mío.