Becaria en territorio enemigo #2
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro.
Sentí un calor repentino en el pecho, un rubor que me subió por el cuello y me tiñó las mejillas.
El corazón me latió más deprisa —un latido pequeño y rápido, como el de un pájaro – y algo se contrajo en mi bajo vientre, algo húmedo y cálido que no tenía nada que ver con el miedo.
Mis pezones se endurecieron contra el encaje del sujetador.
Mis muslos, apretados bajo la falda de tubo, se rozaron involuntariamente.
Era excitación. Pura, física, innegable excitación.
Mi mente —la mente de Marcos Alcázar, ejecutivo de cuarenta y dos años, casado con la mujer que estaba junto a la ventana – gritó de indignación. Pero mi boca —la boca de Clara, la boca pintada de rosa pálido – se abrió y soltó una respuesta que no pasó por el filtro de mi voluntad:
—Sí, señor Goñi. Sé obedecer.
Lo llamé «señor Goñi». Yo, que durante años le había llamado Iker a la cara y cabrón a sus espaldas, acababa de llamarle «señor Goñi» con un hilo de voz temblorosa y sumisa. Y lo peor no fue decirlo. Lo peor fue que, al decirlo, la humedad entre mis muslos aumentó.
Goñi sonrió. Fue una sonrisa pequeña, de satisfacción contenida, como quien prueba un motor y comprueba que arranca a la primera. Luego miró a Elena por encima de mi cabeza y asintió.
—Me gusta —dijo –. Tiene pinta de ser dócil.
—Lo es —dijo Elena –. Te lo dije.
Yo seguía de pie junto a la puerta, con las manos entrelazadas sobre la falda, las mejillas ardiendo y el bajo vientre palpitando.
Quería gritar. Quería arrancarme la blusa, quitarme los tacones, borrarme el pintalabios con el dorso de la mano y decirles a los dos que yo era Marcos Alcázar, que aquello era una farsa, que el juego se había terminado.
Pero no lo hice. No pude. Porque algo en aquel cuerpo —algo que no era yo, algo que estaba creciendo dentro de mí como una enredadera – se sentía extrañamente aliviado.
Aliviado de que el director general hubiera aprobado el examen.
Aliviado de que le gustara. Aliviado de ser dócil.
Goñi me indicó una silla junto a su mesa —una silla pequeña, de respaldo bajo, claramente subordinada a su sillón de piel – y yo me senté sin rechistar.
Elena salió del despacho sin despedirse.
La puerta se cerró con un clic suave, y yo me quedé a solas con mi peor enemigo, a un metro de su mesa, vestida con una falda que me impedía cruzar las piernas sin que el nylon rozara de un modo que me distraía.
—El café lo quiero solo, sin azúcar, a las ocho y media en punto —dijo Goñi –. Las llamadas las filtras con criterio: si es mi mujer, me la pasas; si es un proveedor, le dices que estoy reunido; si es un periodista, no existe. ¿Ha quedado claro?
—Sí, señor Goñi.
—Puedes llamarme Iker.
—Prefiero señor Goñi.
No sé por qué lo dije. Quizá fue el último rescoldo de orgullo de Marcos Alcázar, un intento patético de mantener una distancia simbólica. Pero Goñi lo interpretó de otro modo. Volvió a sonreír —esa misma sonrisa pequeña y satisfecha – y se reclinó en su sillón.
—Buena chica —dijo.
Y aquel cuerpo maldito, aquel cuerpo que no era mío, volvió a humedecerse.
***
La noche me encontró acurrucada en la cama de la habitación de invitados, con la ropa de oficina hecha un bulto arrugado en el suelo.
Me había arrancado la falda de tubo nada más cerrar la puerta, me había desabrochado la blusa con dedos torpes que aún no dominaban el tamaño de los botones, y me había quitado las medias enrollándolas desde la cintura hasta los tobillos con una urgencia que rayaba en el pánico.
Pero la ropa interior seguía puesta —un conjunto de encaje color marfil que Elena había dejado sobre la cama por la mañana, como quien deja el uniforme de una empleada –, y el roce del tejido contra los pezones y el vientre me recordaba a cada movimiento que aquel cuerpo seguía ahí, ajeno y cálido, palpitante.
El fuego que Goñi había encendido por la mañana no se había apagado.
Había sobrevivido a ocho horas de café, llamadas telefónicas y hojas de cálculo.
Había sobrevivido al trayecto en metro de vuelta a casa, de pie entre desconocidos que me rozaban sin verme.
Y ahora, en la oscuridad de la habitación de invitados, se había transformado en un latido sordo y húmedo que me ocupaba todo el bajo vientre y me exigía algo que yo no sabía darle.
Me tumbé boca arriba. El techo era blanco y liso, sin molduras ni lámparas empotradas, igual que la noche anterior.
Pero mi cuerpo no era igual. Mis pechos —unos pechos que no existían cuarenta y ocho horas atrás – pesaban sobre mis costillas como dos frutos tibios, y al tumbarme se desparramaron hacia los lados con una blandura que me resultó obscena.
El vacío entre mis piernas —ese vacío vertiginoso donde antes estaba mi sexo masculino – palpitaba con un calor localizado, una congestión que no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
Bajé la mano. La palma me rozó el vientre plano, la curva de la cadera, el borde del encaje. Mis dedos se detuvieron en la cinturilla de las bragas y se quedaron allí, inmóviles, como un explorador ante un territorio desconocido.