Desdender la Escalera Corporativa Becaria en territorio enemigo
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Becaria en territorio enemigo

El tacón se me torció en la tercera baldosa del vestíbulo.

No fue una torcedura aparatosa —apenas un bamboleo del tobillo, un instante de pánico contenido –, pero bastó para recordarme que aquel cuerpo no era el mío.

Me detuve junto a la puerta acristalada del edificio corporativo y apoyé la palma contra el metal frío del marco.

El gesto me devolvió una imagen que no reconocí: una mano pequeña, de uñas pintadas en un rosa pálido que yo no había elegido, con dedos que se curvaban contra la superficie pulida sin la fuerza que mis manos de hombre habrían ejercido.

Respiré hondo. El aire trajo consigo una mezcla de olores que mi antiguo cuerpo habría ignorado: el perfume floral que Elena me había aplicado detrás de las orejas y en las muñecas antes de salir de casa, el sabor a cera dulce del pintalabios que me embadurnaba la boca, el aroma metálico del esmalte de uñas recién secado.

Cada inhalación era un recordatorio químico de la persona en la que me había convertido.

—¿Vas a quedarte ahí plantada toda la mañana?

La voz de Elena me llegó desde el interior del vestíbulo.

Llevaba un traje de chaqueta azul marino que le sentaba como una armadura y sostenía su bolso de piel con la soltura de quien ha atravesado esas puertas mil veces sin que le tiemblen las rodillas.

Me miró con una expresión que en otro tiempo habría interpretado como preocupación conyugal y que ahora reconocía como el escrutinio de una directora de Recursos Humanos evaluando a una nueva incorporación.

Solté el marco de la puerta y avancé hacia ella.

O intenté avanzar. Porque lo que hicieron mis piernas no fue caminar en el sentido que yo entendía por caminar.

La falda de tubo me ceñía los muslos desde la cadera hasta dos dedos por encima de la rodilla, y el tejido —una mezcla de poliéster y elastano que crujía al rozar las medias – me obligaba a dar pasos ridículamente cortos.

Mis caderas, más anchas de lo que mi cerebro recordaba, se bamboleaban a cada paso sin que yo pudiera evitarlo.

Era una oscilación mecánica, impuesta por la geometría de la falda y la altura de los tacones, pero yo la sentía como una declaración pública: aquí viene una mujer, miren cómo se mueve.

Los tacones eran lo peor. Ocho centímetros de aguja que me desplazaban el centro de gravedad hacia delante y me obligaban a arquear la espalda para no caerme de bruces.

Cada paso era un cálculo: apoyar primero el talón, luego la punta, compensar con la cadera, no mirar al suelo.

El mármol del vestíbulo —ese mismo mármol que yo había pisado durante seis años con zapatos planos de ejecutivo, sin dedicarle un pensamiento – se había convertido en una superficie traicionera, pulida como hielo.

El guardia de seguridad estaba junto al torno de acceso.

Se llamaba Ramón, llevaba doce años en la empresa y durante los últimos seis me había saludado cada mañana con un «buenos días, señor Alcázar» y una inclinación de cabeza.

Ahora me vio acercarme y su mirada hizo algo que ninguna mirada me había hecho en cuarenta y dos años de vida: me recorrió de arriba abajo con una lentitud deliberada, se detuvo en el escote de la blusa, bajó por la curva de la falda hasta las rodillas, y luego volvió a subir.

No me saludó. No me llamó señor Alcázar. Ni siquiera me miró a la cara.

Algo se encendió en mi bajo vientre. Fue una reacción involuntaria, un calor húmedo que no tenía nada que ver con lo que mi cerebro quería sentir.

Mi cerebro quería indignación, furia, el impulso de agarrar a Ramón por las solapas y gritarle que yo era el mismo hombre que le había firmado el aumento de sueldo el año anterior.

Pero aquel cuerpo —el cuerpo de Clara – interpretó el escrutinio del guardia de un modo radicalmente distinto.

Lo interpretó como validación. Como si aquellas caderas anchas y aquellos muslos enfundados en nylon y aquel escote que yo no había escogido fueran un producto que acababa de recibir una buena crítica.

Me ardieron las mejillas. Bajé la cabeza y pasé junto a Ramón sin decir nada. Él no me dirigió la palabra. Oí el clic del torno al desbloquearse y el zumbido de los fluorescentes del techo, y luego el taconeo de Elena detrás de mí, más firme y más rápido que el mío.

—Buenos días, Ramón —dijo ella al pasar.

—Buenos días, señora Delgado.

A mí no me llamó señora Alcázar. A mí no me llamó nada.

El ascensor tenía las paredes forradas de espejo.

Me vi reflejada desde tres ángulos distintos y en los tres vi lo mismo: una joven de veintitrés años, rubia, con el pelo recogido en una coleta baja que le rozaba la nuca, blusa blanca entreabierta en el cuello, falda gris marengo, zapatos de tacón que le hacían daño en el empeine.

Una becaria. Una secretaria. Alguien que no era yo.

Elena pulsó el botón de la cuarta planta. Yo esperaba la tercera —la planta de administración, donde estaba el cubículo diecisiete, donde según el dossier debía presentarme como becaria –, pero el ascensor pasó de largo sin detenerse.

—La tercera —dije. Mi voz sonó más aguda de lo que esperaba, un hilo de sonido que rebotó contra los espejos.

—No —dijo Elena sin mirarme –. Vas a la cuarta.

—El dossier decía que Clara estaba asignada a administración.

—El dossier ha cambiado.

Las puertas se abrieron en la cuarta planta. El pasillo olía a moqueta nueva y a café de máquina, y al fondo se veía la puerta doble de madera oscura que yo conocía demasiado bien. El despacho del director general. El despacho de Iker Goñi.

Me quedé clavada en el umbral del ascensor. Elena dio dos pasos por el pasillo y se volvió hacia mí con una sonrisa que no era una sonrisa —era una mueca contenida, un gesto calculado que le curvaba los labios sin tocarle los ojos –.

—He forzado la baja médica de la secretaria de Goñi —dijo –. Una lumbalgia aguda. Estará de baja todo el mes. Así que tú no eres una becaria anónima en un cubículo de la tercera planta, Clara. Eres la secretaria personal del director general. Vas a trabajar a un metro de su mesa.

Las baldosas del pasillo se alargaron ante mis ojos como una pista de aterrizaje.

El tacón de mi zapato izquierdo me apretaba el dedo meñique.

El elástico de las medias me marcaba un surco en la cintura.

Y la palabra «secretaria» resonó en mi cabeza con el eco de algo que no acababa de encajar, como una llave que entra en la cerradura pero no gira.

—No puedo —dije.

—Puedes —dijo Elena –. Y vas a hacerlo. Es el juego que aceptaste.

No era un juego. Lo supe en ese instante, con la claridad de quien ve caer la última ficha de una partida que ya ha perdido.

Pero no dije nada. Porque las puertas del ascensor se cerraron a mi espalda con un suspiro hidráulico, y Elena ya estaba llamando a la puerta del despacho de Goñi con los nudillos, y mis piernas —esas piernas que no eran mías, enfundadas en nylon y tambaleantes sobre tacones de aguja – ya estaban obedeciendo.

La puerta se abrió.

Iker Goñi ocupaba el umbral como un armario ropero con corbata.

Yo había estado frente a él docenas de veces —en juntas de accionistas, en comidas de empresa, en negociaciones a puerta cerrada – y siempre lo había visto como un adversario de mi misma talla: un hombre corpulento, sí, pero un hombre al que yo podía mirar a los ojos.

Ahora, desde mi metro sesenta y cinco, tuve que alzar la barbilla para encontrarle la cara.

La barba entrecana le cubría la mandíbula como un cepillo de alambre.

Los hombros le llenaban la americana de un modo que sugería músculo debajo del tejido, no solo grasa de directivo.

Olía a colonia de madera y a tabaco frío.

Me miró. No como Ramón —no con el repaso lento del guardia de seguridad –, sino con una atención más inquietante: la de quien evalúa una herramienta nueva y quiere saber si sirve antes de comprarla.

—Así que esta es Clara —dijo. Su voz era grave, arrastrada, con un deje nasal que yo conocía bien pero que nunca había oído desde tan cerca.

—Clara Alcazar – dijo Elena a mi lado –. La nueva secretaria. Veintitrés años, graduada en Administración de Empresas, excelentes referencias.

—¿Alcázar? —Goñi enarcó una ceja –. ¿Parentesco con Marcos?

El pánico me subió por la garganta como un vómito. Elena ni parpadeó.

—Sobrina lejana —dijo –. De la rama de Valladolid. Apenas se tratan.

Goñi asintió sin darle importancia. Se apartó del umbral y me hizo un gesto con la mano —un gesto seco, de dos dedos, como quien llama a un perro –.

—Pasa.

El despacho era igual que lo recordaba: mesa de caoba, sillas de piel negra, una ventana que daba al perfil de rascacielos del norte.

Lo que no era igual era la perspectiva. Antes yo me sentaba en una de esas sillas de piel, del lado de las visitas, y hablaba con Goñi de igual a igual.

Ahora me quedé de pie junto a la puerta, con las manos entrelazadas sobre la falda, esperando a que me dijeran qué hacer.

Goñi se sentó detrás de la mesa y apoyó los antebrazos sobre la superficie de caoba. Elena se quedó de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la misma expresión hermética que había mantenido desde que salimos de casa.

—¿Sabes hacer café? —preguntó Goñi.

—Sí —dije.

—¿Sabes filtrar llamadas?

—Sí.

—¿Sabes obedecer?

La pregunta me pilló con la boca entreabierta.

No era una pregunta de trabajo. Era otra cosa.

Goñi me miraba fijamente, sin pestañear, y su tono no había cambiado —seguía siendo el mismo tono grave y arrastrado de antes –, pero la palabra «obedecer» se quedó flotando en el aire del despacho como una nota sostenida.