Desdender la Escalera Corporativa La fotografía en el metal frío #2
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La fotografía en el metal frío #2

—Y tienes el mando. Tu mente sigue intacta.

Eres tú quien habla, quien elige, quien se mueve.

El mando es tuyo —respondió ella –. Pero el collar no es un simple disfraz de quita y pon.

El artefacto inició el cambio, pero ahora la transformación biológica está fijada en tu sistema durante el lapso convenido.

Quitarte el medallón no lo deshace. Te lo detallé antes de que aceptaras.

—¡No me detallaste nada! ¡Dijiste que no había consecuencias secundarias!

—Y no las hay. Estás viva, estás sana, tu mente trabaja a la perfección. Eso no es una consecuencia secundaria. Es el desenlace previsto.

La palabra «viva» me aplastó como un baldazo de agua helada. Viva. No vivo. Viva. Mi esposa me había llamado «viva» y lo había hecho sin pestañear, sin enmendarse, sin el más leve titubeo.

Dejé caer los brazos a los costados, con el medallón inútil colgando de mis dedos. Me quedé inmóvil en el centro del dormitorio y, por primera vez desde que desperté, el miedo cedió el paso a una comprensión muchísimo peor.

—Tú sabías que esto iba a ocurrir —dije, y mi voz de chica tembló al decirlo –. Lo sabías desde el comienzo.

Elena abrió el dossier y pasó una página sin mirarme.

—Lo sé todo desde el comienzo, Marcos. O debería decir Clara. Es el nombre que aparece en tu nueva documentación. Clara Alcázar, becaria del departamento de administración. Te recomiendo que empieces a habituarte.

—Devuélveme mi cuerpo. Devuélvemelo ahora o juro que…

—¿Que qué? —Elena levantó la vista del dossier y sus ojos se clavaron en los míos con una dureza que no le había visto en seis años de matrimonio –.

¿Que me denunciarás a la policía? ¿Que se lo contarás a Iker Goñi?

¿Que pedirás ayuda a tus contactos? Mira tu reflejo, Marcos.

Mira lo que eres ahora. Nadie va a creer que la becaria de veintitrés años es en realidad un ejecutivo de cuarenta y dos.

No tienes pruebas, no tienes testigos, no tienes aliados.

Tienes un mes de vacaciones por delante y un trabajo que hacer. Te sugiero que te concentres en eso.

Intenté responder. Abrí la boca —la boca pequeña y rosada de Clara – y busqué dentro de mí las palabras que siempre había tenido a mano: la réplica afilada, el argumento demoledor, la amenaza velada que hacía que mis subordinados bajaran la cabeza y obedecieran.

Pero las palabras no salieron. Algo se estaba rompiendo dentro de mi cabeza, algo que no alcanzaba a nombrar.

Era como si mi cerebro —el cerebro de Marcos, intacto y lúcido – chocara una y otra vez contra una pared blanda que no terminaba de reconocer.

—Siéntate —dijo Elena.

Y mis rodillas se doblaron.

No fue una orden violenta. Fue una palabra pronunciada en el mismo tono de seda que había usado para convencerme de que me quitara la camisa.

Pero algo en mi interior respondió a ella sin consultarme.

Me senté en el borde de la cama, con las manos sobre el regazo y la espalda recta, como una alumna aplicada que espera instrucciones.

El gesto me resultó tan ajeno, tan impropio de quien yo era, que sentí una arcada de asco subiéndome por la garganta. Y sin embargo, no me levanté.

—Así está mejor —dijo Elena, y su tono se suavizó en una aprobación que me produjo un alivio inmediato e involuntario –. Sé que estás asustada. Es normal. Es tu primer día en un cuerpo nuevo y todo te resulta extraño. Pero si confías en mí y haces lo que te digo, todo irá bien.

Quise replicar que no estaba asustada, que estaba furiosa, que aquello no era un cuerpo nuevo sino una cárcel de carne y hueso, que ella me había tendido una trampa y que en cuanto encontrara la forma de salir de allí la haría pagar por cada segundo de humillación.

Pero las palabras volvieron a atascarse.

Porque una parte de mí —una parte pequeña pero creciente, una parte que olía el perfume de Elena y escuchaba su voz firme y sentía el peso tranquilizador de su presencia – pensó que quizá tenía razón.

Que quizá lo mejor era confiar en ella. Que quizá lo sensato era obedecer.

Sacudí la cabeza, espantada de mis propios pensamientos.

Yo no pensaba así. Yo no era así. Yo era Marcos Alcázar, el ejecutivo que había construido su carrera a base de imponerse a los demás, no la muchacha asustadiza que asiente y baja la mirada cuando le hablan con autoridad.

Pero la sacudida no disipó la niebla. Solo la hizo más densa.

—Mañana te presentarás en la oficina a las ocho —continuó Elena, y me tendió el dossier –.

Aquí tienes tu nueva identidad: historial académico, referencias, datos personales.

Estúdialo esta noche. Iker Goñi suele llegar a las ocho y media y se reúne con su equipo en la sala de juntas de la tercera planta a las nueve.

Tú estarás en el cubículo diecisiete, en administración.

Desde allí podrás observar sus movimientos sin levantar sospechas.

Mis manos —las manos de Clara – tomaron el dossier sin que yo se lo ordenara.

Lo abrí por la primera página y vi una fotografía de la chica rubia, la misma que Elena había insertado en el medallón, junto a un nombre impreso en letras mayúsculas: CLARA ALCÁZAR.

Debajo, una fecha de nacimiento que me situaba veintitrés años atrás y una dirección que no era la mía.

—¿Y dónde voy a dormir? —pregunté, y la pregunta me salió con una sumisión que me heló la sangre.

Elena sonrió. Fue una sonrisa pequeña, contenida, la misma que no le llegaba a los ojos.

—En la habitación de invitados. A partir de ahora, ese es tu sitio.

Me levanté sin protestar. El dossier pesaba en mis manos como un ladrillo.

Caminé hacia la puerta del dormitorio con pasos cortos e inseguros, sintiendo el balanceo de unas caderas que no eran mías y el roce de un cabello que olía a un champú que yo no había elegido.

Antes de salir, me volví hacia Elena. Ella seguía sentada en el sillón, con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo, observándome con la paciencia de quien ha ganado una partida que la otra persona aún no ha terminado de asumir.

—Elena —dije, y mi voz fue un hilo –. ¿Por qué?

—Porque podía —respondió ella –. Y porque tú nunca te habrías detenido a preguntártelo.

Cerré la puerta a mi espalda y crucé el pasillo hasta la habitación de invitados.

Era un cuarto pequeño, con una cama individual, un armario estrecho y una ventana que daba al patio interior.

Nada que ver con el dormitorio principal, con su cama de matrimonio y sus lámparas empotradas y su suelo de mármol.

Me senté en el borde del colchón, coloqué el dossier sobre las rodillas y empecé a leer.

Clara Alcázar. Veintitrés años. Graduada en Administración de Empresas. Experiencia previa: ninguna. Referencias: impecables. Objetivo profesional: integrarse en un equipo dinámico y adquirir experiencia en el sector.

Leí cada línea dos veces, tres veces, tratando de memorizar los datos de una vida que no era la mía.

Y mientras leía, mientras mis dedos finos pasaban las páginas y mis ojos azules recorrían los párrafos mecanografiados, sentí que algo se asentaba en mi interior.

No era aceptación. No era derrota. Era algo más sutil, más insidioso: una especie de calma impuesta, una docilidad que no venía de mí pero que ocupaba el mismo espacio que mi voluntad.

En algún momento, sin darme cuenta, dejé de pensar en Elena como mi esposa y empecé a pensar en ella como mi jefa.

Apagué la luz y me tumbé en la cama de la habitación de invitados.

El techo era blanco y liso, sin molduras ni lámparas empotradas.

Oía el rumor lejano del tráfico en la Gran Vía y, más cerca, los pasos de Elena moviéndose por el dormitorio principal.

Cerré los ojos y traté de aferrarme a algo que me recordara quién era: el sabor del whisky, la textura de mi camisa de lino, el peso de mi cuerpo sobre el colchón de matrimonio.

Pero lo único que encontré fue el roce de una melena rubia contra la almohada y el latido pequeño y rápido de un corazón que ya no sabía si era el mío.