Desdender la Escalera Corporativa La fotografía en el metal frío
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La fotografía en el metal frío

El metal aún estaba frío cuando Elena lo sostuvo frente a mis ojos.

La cadena oscilaba despacio, como un péndulo diminuto, y la luz de las lámparas empotradas del dormitorio arrancaba destellos apagados de la superficie dorada.

Yo seguía con la copa de vino blanco en la mano, el paladar todavía áspero por el whisky de antes, y recuerdo que pensé en lo absurdo de la escena: un ejecutivo de cuarenta y dos años, en mangas de camisa, a punto de prestarse a un juego de disfraces porque su esposa se lo había pedido con aquella voz de seda que tanto le gustaba.

—Quítate la camisa —dijo Elena.

No era una sugerencia. La obedecí sin apartar la vista del talismán.

Los botones cedieron uno tras otro y la tela resbaló por mis hombros hasta el suelo de mármol.

El aire del dormitorio me rozó la piel y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.

Elena dio un paso hacia mí y levantó la pieza hasta la altura de mi esternón.

—¿Cómo funciona exactamente? —pregunté.

—Insertas la fotografía en la ranura, colocas el medallón sobre el pecho y la transformación es inmediata. Al final del mes, todo vuelve a su estado original. Tú conservas el control en todo momento.

—¿Efectos secundarios?

—Ninguno.

No formulé más preguntas. ¿Cómo iba a hacerlo?

Aún no me creía absolutamente nada, así que le concedí su minuto de gloria.

¿De verdad pretendía que me lo tomara en serio?

Elena sacó la fotografía del bolsillo de su chaqueta.

La muchacha rubia, de facciones delicadas y edad imprecisa entre los veinte y los veintitrés, miraba a la cámara con una expresión neutra.

La observé deslizar el rectángulo de papel por la ranura del colgante y escuché un clic diminuto, como el de un mecanismo que encaja tras una eternidad sin utilizarse.

Después, como si tal cosa, me colocó el metal contra el pecho.

El frío fue lo primero. Un frío que no se parecía a nada que hubiera sentido antes: no era la mordedura del hielo ni el golpe del viento en una terraza alta, sino algo que parecía venir del interior del objeto y filtrarse hacia dentro de mí, célula por célula.

Abrí la boca para decir algo —una broma, quizá, un comentario sobre lo teatral del momento – pero el aire se me quedó atascado en la garganta.

Una luz dorada brotó de la ranura del medallón y me envolvió por completo.

No hubo dolor al principio. Hubo presión.

Mis hombros crujieron y se estrecharon como si una fuerza invisible los comprimiera desde los extremos.

Noté cómo la estructura de mi mandíbula se reconfiguraba con una serie de chasquidos sordos que resonaban dentro de mi cráneo.

La piel de los brazos, acostumbrada a la textura áspera y al vello oscuro, empezó a alisarse en una superficie pálida y uniforme.

Mis manos —mis manos de ejecutivo, de hombre que firmaba contratos y estrechaba acuerdos – se encogieron hasta convertirse en algo más pequeño, con dedos más finos y uñas que se curvaban de una forma que no reconocí.

El cabello me creció en segundos. Lo sentí deslizarse por el cuero cabelludo como una enredadera tibia, resbalar sobre las orejas —que también cambiaban de forma – y caer en mechones rubios sobre unos hombros que ya no eran los míos.

Mi columna vertebral emitió una sucesión de crujidos mientras se acortaba.

Perdí al menos quince centímetros de altura en el lapso de tres respiraciones.

Y luego vino el pecho.

El peso apareció de golpe, un lastre blando donde antes solo había músculo y esternón.

Mis caderas se ensancharon con un tirón que me hizo tambalear.

Entre las piernas, la ausencia se instaló como un vacío repentino, una amputación sin sangre que me arrancó el aire de los pulmones.

Quise gritar pero la voz que salió era más aguda, desconocida, una voz de chica que no había terminado de aprender a modularse.

La luz se apagó.

Me desplomé sobre la alfombra antes de que mis rodillas —unas rodillas nuevas, más estrechas, con una piel suave y sin cicatrices – golpearan el suelo.

Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue el rostro de Elena inclinado sobre mí.

No había sorpresa en su expresión. No había preocupación.

Solo la frialdad de quien observa un experimento y comprueba que los resultados coinciden con las previsiones.

—Perfecto —murmuró, y su voz me llegó como a través de una cortina de agua –. Exactamente como estaba calculado.

Después, la nada.

Desperté horas más tarde. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas del dormitorio y dibujaba franjas pálidas sobre el mármol del suelo.

Parpadeé varias veces y traté de incorporarme apoyando una mano en la alfombra.

La mano que vi no era la mía. Los dedos eran largos y delgados, rematados por uñas ovaladas que alguien había pintado de un rosa pálido.

La piel carecía de las venas marcadas que yo conocía, de los nudillos anchos, de la cicatriz en el índice donde me corté con un cristal a los diecisiete años.

Me llevé las dos manos al pecho y el peso estaba allí, blando y ajeno, moviéndose con mi respiración.

Mi respiración, que ahora sonaba más leve, como si mis pulmones se hubieran reducido junto con todo lo demás.

Bajé las manos hacia el vientre —plano, sin el vello que descendía desde el ombligo – y luego más abajo, hacia el lugar donde debía estar mi virilidad.

Nada.

El vacío me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el esternón.

Retiré los dedos como si me hubiera quemado y me quedé sentada en la alfombra, con las piernas dobladas bajo un cuerpo que no me pertenecía, sintiendo el roce de un cabello largo y rubio contra los hombros desnudos.

Mi camisa seguía en el suelo, a medio metro de distancia, y la copa de vino blanco reposaba intacta sobre la mesilla.

Todo estaba exactamente igual que antes, salvo yo.

—Elena.

Mi propia voz me sobresaltó. Era la voz de Clara, la becaria de veintitrés años cuya fotografía había visto desaparecer en la ranura del medallón.

Una voz más aguda que la mía, con un timbre distinto, con una resonancia que no ocupaba el mismo espacio en la garganta.

Pronunciar el nombre de mi esposa con aquella voz me produjo una náusea repentina.

—Elena —repetí, y esta vez fue un chillido.

Me levanté a trompicones. Las piernas me respondieron mal: el centro de gravedad había cambiado, las caderas tiraban hacia ángulos que yo no sabía compensar, y los pies —unos pies pequeños, con el empeine alto y los tobillos finos – tropezaron con el borde de la alfombra.

Me agarré al marco de la puerta del baño y entré tambaleándome hasta plantarme frente al espejo.

La chica del reflejo me miró con los ojos muy abiertos.

Era Clara. Exactamente Clara. El cabello rubio le caía en ondas sobre unos hombros estrechos.

La cara era ovalada, con pómulos suaves, una boca pequeña y una nariz recta que no tenía nada que ver con la mía.

Los ojos eran azules, de un azul claro y acuoso.

No veía bien del todo; entonces recordé que la chica de la foto llevaba gafas.

Levanté una mano y la chica del espejo la levantó también. Toqué el cristal con la yema de los dedos y sentí el frío de la superficie contra una piel que no era la mía.

– No —dije.

La boca de la chica se movió al mismo tiempo que la mía. —No, no, no.

El pánico me estalló dentro del pecho —dentro de aquel pecho pequeño y blando que subía y bajaba con una respiración cada vez más rápida – y empecé a gritar.

Gritos agudos, histéricos, la voz de una muchacha aterrorizada que llenaba el baño y rebotaba contra los azulejos.

Me arañé los brazos, me tiré del pelo, me pellizqué las mejillas buscando un dolor que me despertara de la pesadilla.

Pero el dolor llegó —un escozor superficial en una piel demasiado fina – y no cambió nada.

—¡Elena! ¡Elena, ven aquí ahora mismo!

Salí del baño corriendo y la encontré sentada en el sillón del dormitorio, con las piernas cruzadas y un dossier en el regazo.

No se había movido. No había acudido a mis gritos.

Me esperaba con la misma expresión que le había visto antes de desmayarme: la de un relojero que ha terminado de ajustar un mecanismo y aguarda a que las agujas empiecen a moverse.

—Se terminó la farsa —le exigí, llevando mis manos temblorosas a mi nuca.

Mis dedos —los dedos de Clara, finos y con las uñas pintadas – buscaron el cierre de la cadena de oro.

Esperaba encontrar alguna resistencia mágica, pero el broche cedió de inmediato con un simple clic.

Me quité el collar y lo sostuve en el puño, cerrando los ojos, preparándome para la sacudida, para el crujido de los huesos ensanchándose, para recuperar mi cuerpo y mi voz.

Pasaron cinco segundos. Diez. No ocurrió absolutamente nada.

Abrí los ojos y miré hacia mi pecho. Los senos seguían allí, pesados y ajenos, subiendo y bajando con mi respiración entrecortada. Mis extremidades seguían siendo tersas, frágiles y femeninas.

—¿Qué pasa? —chillé, con esa voz aguda y asustadiza que me destrozaba los nervios –. ¡Venga, funciona!

Volví a ponerme el medallón sobre el esternón.

Lo apreté contra mi piel, lo froté, abrí la pequeña ranura donde estaba la foto y la cerré de golpe intentando forzarlo a reactivarse.

Lo golpeé con desesperación contra mi clavícula.

Nada. El metal estaba frío e inerte. Yo seguía atrapado en este cuerpo.

—La farsa apenas comienza, cariño —dijo Elena, observando mi patético forcejeo con absoluta calma.

—¡No me digas cariño! ¡Esto no es lo que pactamos! ¡Juraste que yo tendría el mando, juraste que al quitármelo volvería a la normalidad!