Desdender la Escalera Corporativa
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El último brindis del rey
El hielo se había reducido a una astilla transparente en el fondo del vaso.
Lo hice girar con un movimiento de muñeca, observando cómo el whisky reserva dibujaba un remolino ámbar antes de llevármelo a los labios.
El ventanal del salón me devolvía el perfil recortado del distrito financiero: las torres de cristal y acero tiñéndose de naranja bajo la última luz del atardecer.
Mi ciudad. Mi skyline. Mi reino, reducido a una postal que contemplaba desde la arrogante altura de mi décimo piso.
Dejé el vaso sobre la mesa. Los dossiers de la empresa seguían abiertos, plagados de mis anotaciones.
Cifras, proyecciones, y un organigrama donde mi nombre aparecía justo debajo del de Iker Goñi.
Llevaba meses asfixiando su autoridad, arrinconándolo en cada junta directiva con la frialdad de un cirujano.
Goñi era un dinosaurio corpulento que basaba su poder en el miedo de los mediocres; yo era el meteoro que venía a extinguirlo.
Solo me faltaba una cosa: el golpe de gracia.
Un error suyo, un documento confidencial, algo que lo fulminara definitivamente.
El sonido de la puerta abriéndose a mis espaldas interrumpió mis cálculos. No necesité girarme para reconocer el taconeo rítmico e impecable sobre el mármol.
—Te has servido sin mí —dijo Elena.
Su voz era baja, precisa. Mi esposa, además de la implacable directora de Recursos Humanos de mi propia empresa, era una mujer que medía cada palabra como si costara dinero.
Llevaba su habitual vestido oscuro y el cabello recogido en un moño estricto.
Dejó una bandeja con dos copas en la mesa baja de cristal.
—Estaba haciendo tiempo —respondí, señalando el vaso –. Goñi ha intentado colar hoy una reestructuración comercial a mis espaldas. Lo he destrozado con un informe de veinte páginas.
—Habrás disfrutado como un niño psicópata —comentó ella, sirviéndose vino blanco y sentándose frente a mí con una elegancia calculada.
—Ha sido un buen aperitivo. Pero quiero el plato principal. Lo quiero a él fuera.
Elena esbozó una sonrisa levísima, esa que no llegaba a los ojos y que reservaba para cuando tenía la sartén por el mango. Bebió un sorbo de vino, cruzó las piernas y me miró fijamente.
—Quiero proponerte algo, Marcos. Un juego.
La palabra me hizo arquear una ceja. Juego. Durante años, esa había sido nuestra vía de escape: juegos de rol, dinámicas de poder a puerta cerrada que mantenían vivo nuestro matrimonio. Pero llevábamos meses sin jugar, demasiado absorbidos por la guerra corporativa.
—Te escucho —dije, reclinándome en el sofá.
Elena abrió su bolso de diseño y sacó un objeto que depositó en la palma de su mano. Era un medallón de metal antiguo, dorado, con una ranura en el centro. Parecía una antigualla barata.
—¿Qué se supone que es eso? —pregunté, sin ocultar mi decepción –. ¿Vamos a jugar a los piratas?
—Es un medallón mágico —dijo ella, con una seriedad pasmosa –. Lo he conseguido a través de un contacto muy particular.
Me quedé mirándola un segundo antes de soltar una carcajada seca que resonó en las paredes del salón.
—¿Mágico? —repetí, incrédulo –. Elena, por Dios, tienes treinta y nueve años, un máster en dirección de empresas y despides a gente basándote en algoritmos. ¿Me estás hablando en serio?
—Funciona, Marcos. Transforma a quien lo lleva puesto. Cambia tu cuerpo, tu voz, tu biología entera. Te convierte literalmente en la persona de la foto que pongas dentro.
Volví a reír, esta vez negando con la cabeza. Me levanté para servirme más whisky.
—Vale, ya lo capto. Es una metáfora para el juego de rol de esta noche. Muy poético.
—No es una metáfora. —Su tono cortante me hizo detenerme –. Tienes un mes de vacaciones por delante. Iker Goñi se queda al mando de la oficina. ¿Y si pudieras estar allí sin que él lo supiera? ¿Y si pudieras escuchar sus conversaciones privadas y rebuscar en su ordenador personal?
Me giré, apoyándome en el mueble bar. La idea táctica era brillante, pero el método propuesto era un absurdo.
—¿Infiltrarme? ¿Disfrazado con bigote postizo, al estilo Mortadelo?
Elena ignoró mi sarcasmo. Abrió el medallón y me mostró una pequeña fotografía recortada. Era una chica joven, rubia, de gafas y labios gruesos. Voluptuosa pero con cara de asustada. Veintitrés años como mucho.
—Se llama Clara —explicó Elena –. Es... mas bien será una becaria de administración.
Insignificante, torpe, invisible. Nadie le presta atención.
Quiero que metas la foto en el medallón, te lo pongas y te conviertas en ella durante tu mes de vacaciones.
Por el día espías a Goñi en su propia cara.
Los papeles para que esta chica entre en la empresa están listos.
La miré en silencio, buscando la cámara oculta o el brillo de burla en sus ojos. No había nada. Estaba hablando completamente en serio.
—Estás loca —sentencié, volviendo a sentarme –. Es el guion de una película barata de serie B. No me voy a colgar un trozo de bisutería de latón esperando convertirme en una becaria tetona.
—¿Tienes miedo de que funcione? —me desafió, inclinándose hacia delante.
—Tengo miedo de que hayas perdido la cabeza por el estrés del trabajo —repliqué, tajante –. No existe la magia, Elena. Es un trozo de metal.
—Si estás tan seguro de que es solo un trozo de metal, póntelo.
—Es ridículo.
—¿Qué pasa, Marcos? —Su voz adquirió ese tono aterciopelado y condescendiente que sabía que me sacaba de quicio –.
El gran tiburón financiero no se atreve a seguirle el juego a su mujer en sus propias vacaciones.
Si no funciona, te ríes de mí, me llamas ingenua, y esta noche pagas tú la cena.
Pero, ¿y si es verdad? ¿Y si te estoy dando en bandeja la cabeza de Iker Goñi?
Miré el medallón. Era absurdo. Físicamente imposible.
Una estupidez mayúscula. Pero Elena me miraba con esa intensidad que siempre lograba arrastrarme a sus juegos de alcoba, a sus dinámicas retorcidas.
Pensé que todo aquello no era más que una elaborada fantasía preparatoria; ella quería verme actuar de forma ridícula para luego llevarnos el juego a la cama.
Suspiré, cediendo ante lo que consideraba un capricho inofensivo.
—De acuerdo —dije, extendiendo la mano con una sonrisa de suficiencia –. Brindo por tu inagotable imaginación, Elena. Dame ese trasto. Pero que conste en acta: me lo pongo para demostrarte que te han estafado y porque espero que este teatrito termine en el dormitorio.
Elena depositó el medallón en mi mano. Estaba helado. Mucho más de lo que debería.
—Por supuesto, cariño —susurró ella, y por primera vez vi cómo su sonrisa se ensanchaba de forma extraña –. Póntelo. Vamos a ver si me equivoco.
Levanté el collar, negando con la cabeza y riéndome de mí mismo por prestarme a semejante idiotez, completamente convencido de que nada en absoluto iba a suceder. Y entonces, me lo pasé por el cuello.