Cajas en la oscuridad
Bajé las escaleras del sótano con la combinación repitiéndose en la cabeza como un mantra.
Treinta y dos a la derecha, diecisiete a la izquierda, ocho a la derecha.
Treinta y dos, diecisiete, ocho. Treinta y dos, diecisiete, ocho.
Los tacones resonaban contra los escalones de cemento y el sonido me devolvía una presencia que todavía no reconocía como mía: pasos cortos, más rápidos que los de Marcos, con un repiqueteo que anunciaba fragilidad en vez de autoridad.
El pasillo del sótano olía a cartón mojado y a grasa de maquinaria vieja.
Los fluorescentes parpadeaban con un zumbido intermitente, y las paredes de hormigón visto estaban cubiertas de tuberías envueltas en aislante amarillento.
Nadie bajaba al sótano a última hora de la tarde.
Nadie excepto yo, con la orden de Elena clavada en el pecho como una astilla.
—Me traes esos documentos como sea. No acepto excusas.
Lo había dicho sin levantar la vista del cuaderno de tapas negras, sentada en el sofá del apartamento, con las piernas cruzadas y el perfume de gardenia flotando en el aire como una amenaza silenciosa.
Yo estaba de pie frente a ella, con las manos entrelazadas sobre la falda, asintiendo antes de que terminara la frase.
Asentir se había convertido en un reflejo. Asentir y obedecer.
Treinta y dos a la derecha. Diecisiete a la izquierda. Ocho a la derecha.
La caja fuerte estaba al fondo del pasillo, empotrada en la pared de hormigón como un mausoleo de acero.
La puerta era antigua, de las que tenían una rueda circular con números grabados en el borde, no de las digitales que se abrían con un código de cuatro dígitos.
La empresa había renovado casi todo el equipamiento de las plantas superiores, pero el sótano seguía siendo un museo de tecnologías obsoletas.
Archivos ciegos, los llamaban. Documentos que nadie consultaba pero que nadie se atrevía a destruir.
Me detuve frente a la caja. La rueda estaba fría al tacto, y mis dedos se posaron sobre el metal con una torpeza que me hizo apretar los dientes.
Treinta y dos a la derecha. Giré la rueda despacio, sintiendo el mecanismo interno deslizarse con un clic sordo.
Hasta aquí bien. Diecisiete a la izquierda.
Los números bailaban bajo mis ojos. ¿Diecisiete o dieciocho?
¿Había dicho diecisiete? Elena me había repetido la combinación tres veces antes de salir del apartamento, pero en el ascensor ya dudaba.
En la calle, camino de la oficina, había tenido que cerrar los ojos para recitarla en voz baja.
Y ahora, con la humedad del sótano pegándoseme a la blusa y el zumbido del fluorescente taladrándome los oídos, los números se borraban como tiza bajo la lluvia.
—Diecisiete —murmuré, y giré a la izquierda.
El clic no sonó igual. O no sonó. O sonó y yo no supe distinguirlo.
Probé a girar a la derecha para el ocho.
La rueda se atascó. Forcejeé con ella, notando cómo el metal me mordía la palma de la mano, y volví a intentarlo desde el principio.
Treinta y dos a la derecha. Diecisiete a la izquierda.
Ocho a la derecha. Nada. La puerta no cedía.
El pánico me subió por el pecho como una arcada. No podía volver al apartamento con las manos vacías. No después de lo que Elena me había dicho. No después de la forma en que me había mirado mientras pronunciaba la palabra «excusas», alargando las eses como si ya supiera que iba a fallarle.
—¿Se te ha olvidado la combinación, bonita?
La voz llegó desde atrás, desde la penumbra del pasillo donde los fluorescentes no alcanzaban. Era grave y arrastraba las erres con un deje rural que yo conocía bien. Me giré tan rápido que tropecé con mis propios tacones y tuve que apoyar la espalda contra la caja fuerte para no caerme.
Pablo Urdiales ocupaba el ancho del pasillo como un armario de tres cuerpos.
Llevaba el mono de trabajo manchado de grasa a la altura de los muslos, y las manos —enormes, callosas, con las uñas recortadas al ras y ribeteadas de suciedad incrustada – colgaban a los costados con la quietud de quien no necesita hacer gestos para imponerse.
Me sacaba más de treinta centímetros incluso con los tacones de ocho centímetros de aguja.
Marcos lo recordaba bien: un metro sesenta y cinco contra más de uno ochenta de puro músculo de almacén.
—No se me ha olvidado —dije, y mi voz sonó demasiado aguda, demasiado rápida –. Solo estoy comprobando algo.
Pablo sonrió. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de quien ha visto a un gato intentando abrir una nevera y espera a que se canse para apartarlo de una patada.
—Comprobando. Claro. Por eso llevas cinco minutos dándole a la rueda como si fuera la primera vez que ves una caja fuerte.
—Llevo aquí dos minutos como mucho.
—Llevas aquí desde que yo he terminado de mover los palés del pasillo tres, y eso ha sido hace un cuarto de hora. —Se cruzó de brazos, y los antebrazos le tensaron las mangas del mono –. ¿Quién te ha mandado bajar?
—Elena Delgado. Directora de Recursos Humanos. —Intenté poner firmeza en la voz, pero las palabras me salieron con un temblor que las dejaba en ridículo –. Necesito unos documentos de esta caja.
—¿Y qué documentos son esos?
—Eso no es asunto tuyo.
La sonrisa de Pablo se ensanchó. Dio un paso adelante, y el olor a sudor rancio y a polvo de almacén me envolvió como una manta áspera. Sus botas de seguridad crujieron sobre el cemento.
—Mira, bonita, yo llevo seis años en esta empresa.
Seis años bajando a este sótano a hacer el mantenimiento que nadie más quiere hacer.
Esta caja —dio una palmada sobre el acero, a escasos centímetros de mi hombro – la abro yo todas las semanas para cambiar los sobres de sílice y comprobar que la humedad no se come los papeles. Así que sí, es asunto mío.
Marcos recordaba a Pablo Urdiales. Lo recordaba bien.
Un mozo de almacén al que había visto docenas de veces en los pasillos de la planta baja, siempre cargando cajas, siempre con el mono sucio, siempre apartándose para dejar paso a los ejecutivos con traje.
Marcos le había dado órdenes sin mirarlo a la cara.
Le había pedido informes de inventario que luego tiraba a la papelera sin leer.
Una vez, después de un error en un envío, había llamado a su supervisor y había dicho en voz alta, delante de él, que aquel hombre era «un lastre para la cadena logística».
Pablo no había dicho nada. Se había quedado allí, con las manos colgando, mirando al suelo.
Y Marcos había salido del almacén sin dedicarle una palabra más.
Ahora Pablo me miraba desde arriba, con los brazos cruzados y la espalda apoyada contra la pared del pasillo, bloqueando la única salida.
—Si sabes la combinación —dije, y me costó tragar saliva –, ábrela tú.
—¿Y por qué iba a hacer eso?
—Porque te lo pido.
Pablo soltó una risa corta, una sola exhalación por la nariz que sonó más a desprecio que a humor.
—No me lo pides. Me lo ordenas. Con esa vocecita de niña buena que te han enseñado en la planta de arriba. —Inclinó la cabeza, y la luz del fluorescente le dibujó sombras en los pómulos –. ¿Tú sabes quién soy yo?
—Pablo Urdiales. Mozo de almacén.
—Jefe de mozos de almacén. —La corrección fue seca, sin énfasis, como quien pone un ladrillo sobre una mesa –. Y tú eres la becaria nueva. La que trajo Elena. La que le sirve el café a Goñi todas las mañanas.
—Soy Clara Alcázar.
—Clara. —Saboreó el nombre como si lo masticara –. Pues mira, Clara, yo no le debo nada a Recursos Humanos. Y desde luego no le debo nada a una becaria que baja al sótano a tocar cosas que no son suyas.
Se apartó de la pared y dio media vuelta, como si la conversación hubiera terminado. El pánico me agarró por la nuca y me obligó a dar un paso adelante.
—Espera.
Pablo se detuvo. No se giró. Solo se detuvo, con la espalda ancha bloqueando la luz del pasillo.
—Necesito esos documentos —dije –. Es importante.
—Importante para ti.
—Importante para la empresa.
—La empresa no sabe ni que esta caja existe. —Se giró entonces, despacio, y me recorrió con la mirada desde los tacones hasta el cuello de la blusa –. Así que no me mientas.
Me quedé sin palabras. La mente de Marcos buscaba un argumento, una estrategia, algo que pudiera usar para doblegar a aquel hombre como había doblegado a docenas de subordinados a lo largo de doce años de carrera.
Pero la mente de Marcos ya no respondía como antes.
Se ahogaba en un cuerpo que reaccionaba más rápido que ella, que sentía antes de pensar, que leía la diferencia de tamaño y fuerza entre Pablo y yo y traducía esa diferencia en un calor húmedo que me estaba empapando las bragas.
—Vale —dijo Pablo, y dio un paso hacia mí –. Vamos a hacer una cosa. Tú me dices para qué quieres abrir la caja, y yo decido si te ayudo o no.
—No puedo decírtelo.
—Entonces no puedo ayudarte.
Otro paso. Estaba a menos de un metro. El olor a sudor y a polvo de almacén se mezclaba con el cartón húmedo del sótano, y yo notaba el calor que desprendía su cuerpo como un radiador a pleno rendimiento.
Mis dedos se aferraron al borde de la falda de tubo, retorciendo la tela sin que yo se lo ordenara.
—Pablo —dije, y mi voz sonó distinta. Más baja. Más dulce. La voz de Clara cuando Clara quería algo –. Por favor.
—¿Por favor qué?
—Ábreme la caja. No puedo volver sin esos documentos. Elena me ha dicho que los necesita esta noche.
—Pues que baje ella.
—Elena no puede bajar. Me ha mandado a mí.
—Entonces que te dé la combinación bien. Porque la que tienes no funciona.
—Me la ha dado bien. Soy yo que... —Me mordí el labio inferior. El gesto fue involuntario, o quizá no. Quizá Clara sabía exactamente lo que hacía –. Soy yo que estoy nerviosa y se me ha olvidado.
Pablo me miró en silencio durante unos segundos. Sus ojos eran pequeños y oscuros, hundidos bajo unas cejas pobladas que casi se tocaban en el entrecejo. Recorrieron mi cara, mi cuello, el escote de la blusa, y se detuvieron en mis manos, que seguían retorciendo la falda.
—Estás nerviosa —repitió, y no era una pregunta.
—Mucho.
—¿Y qué estarías dispuesta a hacer para que se te pasaran los nervios?
La frase cayó entre nosotros como una llave girando en una cerradura. Marcos la reconoció. La había oído antes, en boca de otros hombres, en otros sótanos, en otras vidas. Pero nunca se la habían dicho a él. Nunca se la habían dicho desde abajo.
—No sé a qué te refieres —dije, y bajé la mirada. Mis pestañas proyectaron sombras sobre mis pómulos. El rubor me subió por el cuello y me tiñó las mejillas de un rosa que no necesitaba espejo para saber que estaba allí.
—Creo que sí lo sabes.
Pablo dio el último paso. Su cuerpo me tapó la luz del fluorescente por completo, y de repente yo estaba en una penumbra que olía a él, arrinconada contra el acero frío de la caja fuerte, con la nuca rozando la rueda de la combinación y las palmas de las manos apoyadas contra la puerta metálica.
Mi respiración se había vuelto corta y rápida, y el calor del bajo vientre ya no era un calor: era una urgencia.
Una humedad que me resbalaba por la cara interna de los muslos y me obligaba a apretar las piernas para contenerla.
—Solo quiero abrir la caja —susurré.
—Y yo solo quiero saber qué me ofreces a cambio.
Levanté la vista. Pablo me miraba desde arriba, con la mandíbula apretada y las manos quietas a los costados, esperando. No me tocaba. No me amenazaba. Solo esperaba, con la paciencia de quien ha cargado palés durante seis años y sabe que el peso siempre acaba cediendo.
—Pablo... —Mi voz era un hilo. Un hilo dulce y tembloroso que no reconocí como mío –. Si me ayudas... puedo agradecértelo.
—¿Agradecérmelo cómo?
—Como tú quieras.
Las palabras salieron solas. Marcos no las pronunció.
Marcos estaba en algún rincón de mi cabeza, gritando sin voz, golpeando las paredes de un cráneo que ya no le pertenecía.
Pero Clara había tomado el control de mi lengua, de mis labios, de mis manos que ahora soltaban la falda y se alisaban la blusa sobre el vientre en un gesto que era a la vez sumiso y provocador.
Pablo soltó el aire despacio. Su pecho se hinchó bajo el mono de trabajo y luego se desinfló con un sonido que era casi un ronroneo.
—Como yo quiera —dijo, y no era una pregunta.
—Como tú quieras —repetí, y el simple hecho de repetirlo me arrancó un escalofrío que me recorrió la columna y se me concentró entre las piernas.
El mozo de almacén al que Marcos había llamado «lastre para la cadena logística» delante de su supervisor me miró desde su altura de más de uno ochenta, con sus manos callosas y su mono manchado de grasa, y asintió. Un solo movimiento de cabeza. Seco. Definitivo.
—De rodillas —dijo.
No me moví. No podía. Mis piernas temblaban, y el frío del cemento se me anticipaba en las rótulas como una promesa de dolor.
Pero el calor del bajo vientre era más fuerte que el frío, más fuerte que el miedo, más fuerte que los doce años de carrera de Marcos Alcázar y sus tres despidos fulminantes por conducta inapropiada y su título de ejecutivo de alta dirección y su matrimonio con Elena Delgado y todo lo que había sido antes de ponerse aquel medallón.
—He dicho de rodillas —repitió Pablo, y esta vez su voz fue más grave, más lenta, como si saboreara cada sílaba.
Me arrodillé.
El cemento me mordió las rodillas a través de las medias finas, y noté el frío subir por mis muslos como una caricia áspera.
La falda de tubo se me tensó sobre las caderas.
Levanté la vista, y desde el suelo Pablo era todavía más grande.
Un gigante de hombros anchos y manos enormes que ahora se llevaba los dedos al cinturón del mono de trabajo.
—Así me gusta —dijo –. Así me gusta, bonita.
El sonido de la cremallera al bajar me llenó los oídos. Diente a diente. Lento. Metálico. Y yo me quedé allí, de rodillas sobre el cemento sucio del sótano, con las manos apoyadas sobre los muslos y la boca entreabierta, esperando.