Desde mis sombras Capítulo 17
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Capítulo 17

No recuerdo exactamente cuándo empezó a cambiar.

No hubo una conversación.No hubo un punto exacto.

Solo dejó de ser igual.

Al principio eran espacios.

Momentos en los que no respondía.

Horas.

A veces días.

Pero no fue eso lo que lo cambió todo.

Fue cuando entendí que no era silencio.

Era decisión.

Abría la conversación.

Y algo faltaba.

Su foto.

Su nombre.

No podía escribir.

No podía enviar nada.

No era que no respondiera.

Es que no podía llegar a él.

Me había bloqueado.

La primera vez me quedé mirando la pantalla más tiempo del que quería admitir.

Como si fuera un error.

Como si fuera a volver.

No volvió.

Ahí empezó todo.

No era solo la ausencia.

Era la incertidumbre.

Cada bloqueo traía consigo la misma pregunta:

¿Esto terminó?

Y nunca tenía respuesta.

Porque no había despedida.

No había discusión.

No había cierre.

Solo un límite.

Me había dejado fuera.

Y, sin embargo…

nunca era definitivo.

Horas después.

A veces días.

Volvía.

La foto regresaba.

El nombre aparecía.

Los mensajes entraban como si nada hubiera pasado.

Y yo también.

No hablábamos de ello.

Simplemente seguíamos.

Como si una parte de la historia se borrara cada vez.

El problema no era que me bloqueara.

Era que siempre volvía.

No desaparecía del todo…

solo lo suficiente para que no pudiera soltarlo.

Con el tiempo, empezó a volverse frecuente.

Un comentario que no le gustaba.

Un momento incómodo.

Algo que yo decía.

O algo que a ella le molestaba.

Y entonces…

el corte.

Sin advertencia.

Sin explicación.

Bloqueo.

Y lo peor no era el acto.

Era lo que pasaba después.

El cuerpo lo sentía de inmediato.

No era solo ansiedad.

Era físico.

Como si me arrancaran del lugar donde estaba.

Como si algo se apagara de golpe.

Veía la pantalla vacía.

La conversación inaccesible.

Y sentía una desesperación difícil de explicar.

Como si, por un instante,

se me fuera la estabilidad.

Como si se me fuera la vida.

Ahí comenzaba otra parte.

La más difícil.

Intentar entender.

¿Qué hice?

¿Qué dije?

¿Fue esta vez diferente?

Y cuando no encontraba respuestas…

buscaba a alguien que sí pudiera alcanzarlo.

Su primo.

—No sé si ya hemos terminado definitivamente.

Nunca lo decía con calma.

Nunca sonaba igual.

Siempre había algo desordenado en esa pregunta.

Y él siempre respondía igual.

—Tranquila… ya pasará.

Siempre lo mismo.

Y por unos minutos,

yo intentaba creerle.

Pero el ciclo ya estaba instalado.

Bloqueo.

Ansiedad.

Búsqueda.

Alivio temporal.

Y luego…

espera.

Empecé a notar cambios en mí.

Revisaba el teléfono sin pensar.

Una y otra vez.

Sin tener acceso.

Sin poder hacer nada.

Como si insistir fuera suficiente para cambiar algo.

Dejé de tener hambre.

No lo decidí.

Simplemente dejó de importar.

Podía pasar horas sin comer.

Sin sentirlo.

Dormir se volvió fragmentado.

Me dormía.

Y despertaba.

Buscando el teléfono.

Aunque supiera que no podía encontrar nada.

Cinco minutos después…

otra vez.

Aprendí a vivir mirando una pantalla que no me permitía entrar.

No me dolía que no respondiera…

me dolía no poder existir en su espacio.

Mientras eso pasaba, otra realidad empezaba a instalarse.

Ya no eran solo menciones.

Era convivencia.

rAmelia dejó de ser una idea incómoda.

Pasó a ser algo constante.

No siempre visible.

Pero siempre presente.

En los tiempos.

En los cambios.

En lo que se decía y en lo que no.

Había momentos en los que, de alguna forma, estábamos los tres.

Y aprendí a sostenerlo de una manera que no esperaba.

Empecé a hacer un esfuerzo por no verlo como hombre.

Era la única forma.

No pensarlo como alguien mío.

No pensarlo como alguien que debía elegirme.

Separarlo.

Reducirlo.

Y lo más extraño fue darme cuenta de que, a veces…

no me incomodaba.

Había algo en la forma en que se veían juntosque parecía estable.

Correcto.

Y eso me tranquilizaba.

Porque entonces no tenía que competir.

Solo tenía que encontrar mi lugar dentro de algo que ya existía.

Y él lo reforzaba.

—Contigo es diferente.—Hay cosas tuyas que sí me gustan.—Con ella hay cosas que no.

Fragmentos.

Lo suficiente para hacerme sentir elegida.

Lo suficiente para quedarme.

Hasta que algo cambiaba.

Y volvía el bloqueo.

Sin transición.

Como un castigo silencioso que nunca terminaba de entender.

Y aun así…

seguía adaptándome.

Ajustando lo que decía.

Midiendo lo que mostraba.

Como si necesitara ocupar menos espacio para no desaparecer.

Recuerdo uno de esos bloqueos con demasiada claridad.

No porque hubiera ocurrido algo grave.

Sino precisamente porque no lo hubo.

Habíamos estado hablando con normalidad.

Nada distinto.

Nada fuera de lugar.

En algún momento supe que había compartido varias horas con una persona que días después desarrolló una infección respiratoria contagiosa.

No pensé demasiado en ello.

Simplemente se lo comenté.

Por precaución.

Como habría hecho con cualquier persona que me importara.

—Solo quería que lo supieras por si empiezas a sentirte mal.

Eso fue todo.

No hubo reclamo.

No hubo discusión.

Ni siquiera una sugerencia de que hubiera hecho algo incorrecto.

Hubo un silencio.

Uno breve.

Y luego…

Abrí la conversación otra vez.

Y ya no estaba.

Su foto había desaparecido.

No podía escribir.

No podía enviar nada.

No había respuesta posible.

Solo ese cierre

que aparecía sin aviso.

Me había bloqueado.

Mientras tanto, intenté construir algo fuera de él.

Compré un vehículo de monteo.

Salí.

Hice planes.

Me moví.

Pero eso tampoco le gustaba.

No lo decía directamente.

Pero estaba en las preguntas.

En el tono.

En lo que venía después.

Y, sin darme cuenta,

empecé a justificarme.

Mientras intentaba avanzar afuera…

él seguía ocupando todo adentro.

Incluso cuando me dejaba fuera.

Cada bloqueo traía la misma incertidumbre.

No sabía si esa vez era definitiva.

Y aun así…

no podía dejarlo ir.

No porque no quisiera.

Porque ya estaba demasiado dentro.

No era el silencio.

Era saber que podía romperlo

en cualquier momento.

Y que no lo hacía.

Eso era lo que dolía

Y fue ahí cuando empecé a buscar otras conversaciones.

No para reemplazarlo.

Para poder respirar.

Pero incluso ahí…

seguía esperándolo.

Porque el problema no era que se fuera…

Era que siempre volvía.

Y cada vez que lo hacía,

todo reiniciaba.

Una noche dejé el teléfono sobre la mesa.

Lo miré.

Sabiendo que no podía hacer nada.

Y aun así…

esperando.

Esperando algoque no dependía de mí.

Fue entonces cuando lo sentí con claridad.

El desgaste.

No solo emocional.

Físico.

Como si mi cuerpo estuviera sosteniendo algoque ya no podía cargar.

Y aun así…

no hice nada distinto.

Porque a pesar del cansancio,

de la contradicción,

de lo evidente,

todavía no estaba lista para soltarlo.