Desde mis sombras Capítulo 15
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Capítulo 15

Su primo siempre estuvo ahí. En más momentos de los que recordaba.

Había estado presente en algunas de nuestras mejores historias.

En los viajes.

En las expediciones.

En las reuniones improvisadas.

En las escapadas que terminaban convirtiéndose en anécdotas que repetíamos durante meses.

Y, aunque nunca lo dijimos abiertamente, también conocía la verdad.

Toda.

O al menos la mayor parte.

Sabía quién era yo.

Sabía quién era Amelia.

Y sabía exactamente el lugar que ocupábamos dentro de la vida de Axel.

Por eso, cuando comenzaron los silencios, terminó convirtiéndose en algo que ninguno de los dos había previsto.

Un puente.

La primera vez que me escribió después de uno de los bloqueos me sorprendió.

No porque habláramos poco.

Sino porque nunca había cruzado esa línea.

Nunca había intervenido.

Nunca había opinado.

Hasta entonces.

—¿Cómo estás?

Leí el mensaje varias veces.

Porque ambos sabíamos que aquella pregunta significaba algo más.

—Bien.

La mentira salió sola.

Su respuesta llegó casi de inmediato.

—Esa no te la creo.

Sonreí.

A pesar de todo.

—No tienes que preocuparte.

—Ya me preocupé.

Llegó la respuesta.

Y por primera vez en días sentí que alguien estaba viendo lo que intentaba ocultar.

Durante mucho tiempo nuestras conversaciones fueron así.

Pequeñas.

Esporádicas.

Nunca invasivas.

Nunca demasiado directas.

Como si ambos supiéramos exactamente qué temas podían tocarse y cuáles no.

Una tarde terminamos hablando de Axel.

No porque yo lo mencionara.

Fue él quien lo hizo.

—Está complicado.

Leí el mensaje varias veces.

—Siempre está complicado.

La respuesta tardó unos segundos.

—Sí.

Pero esta vez de verdad.

No supe qué contestar.

Porque estaba cansada.

Cansada de las explicaciones.

De los silencios.

De intentar comprender algo que cada vez parecía más difícil de entender.

—No entiendo por qué hace esto.

Fue la primera vez que lo dije.

Y también la primera vez que alguien intentó responderme.

—Porque es terco.

La respuesta llegó de inmediato.

No pude evitar reír.

—Eso ya lo sabía.

—No.

No lo sabes.

Se quedó unos segundos escribiendo.

Después apareció otro mensaje.

—Cuando Axel cree que algo se está saliendo de control, desaparece.

—Eso no resuelve nada.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo hace?

La respuesta tardó más.

—Porque es más fácil encerrarse que enfrentar ciertas conversaciones.

Aquella frase se quedó conmigo.

Porque por primera vez alguien estaba describiendo una conducta.

No justificándola.

No defendiéndola.

Simplemente describiéndola.

—No creo que quiera hacerte daño.

Pausa.

—Pero tampoco sabe no hacerlo.

Apoyé el teléfono sobre la mesa.

Y durante varios minutos no respondí.

Porque era exactamente eso lo que me estaba rompiendo.

Me quedé mirando la pantalla.

Cansada.

Triste.

Molesta.

Con una parte de mí queriendo creerle.

No sentía que Axel hubiera dejado de quererme.

Si lo hubiera hecho, probablemente todo habría sido más sencillo.

Lo difícil era que seguía regresando.

Seguía buscándome.

Seguía apareciendo.

Y al mismo tiempo seguía desapareciendo cuando las cosas se complicaban.

Como si quisiera conservar algo que ya no sabía sostener.

—Siente cosas por ti.

Llegó finalmente otro mensaje.

Lo observé durante varios segundos.

—No parece.

La respuesta apareció casi de inmediato.

—Porque lo estás viendo desde donde estás tú.

Pausa.

Me limpié una lágrima antes de que terminara de caer.

—Yo lo conozco desde hace mucho más tiempo.

Guardé silencio.

—Y créeme.

No supe qué responder.

Porque aquella conversación no resolvía nada.

Axel seguía ausente.

El bloqueo seguía ahí.

Yo seguía sintiéndome rechazada por una decisión que ni siquiera había podido discutir.

Pero había algo en leer aquellas palabras que me hizo sentir menos sola.

No menos herida.

Solo menos sola.

Seguimos hablando un rato más.

De Axel.

De mí.

De nada.

De cualquier cosa que evitara que el silencio volviera a ocuparlo todo.

Pero me dejó algo que no había tenido durante mucho tiempo.

Contexto.

Por primera vez sentí que estaba viendo una parte de Axel que él nunca me mostraba.

La del hombre que se encerraba cuando tenía miedo.

La del hombre que evitaba conflictos que no sabía resolver.

La del hombre que parecía fuerte para todo el mundo, pero que a veces ni siquiera sabía qué hacer consigo mismo.

Y quizás ese fue el verdadero problema.

Entenderlo no me alejó.

Me dio más razones para quedarme.

Por eso terminó convirtiéndose en nuestro cómplice.

No porque facilitara encuentros.

Ni porque guardara secretos.

Sino porque fue una de las pocas personas capaces de ver la historia completa.

Y aun así siguió tratando de cuidar a quienes estaban dentro de ella.

Con el tiempo nuestras conversaciones comenzaron a hacerse más frecuentes.

No ocurrió de un día para otro.

Ni fue una decisión consciente.

Simplemente sucedió.

A veces me enviaba una fotografía de algún lugar que sabía que me gustaría visitar.

O una broma absurda relacionada con alguna expedición.

O algún comentario sobre algo que había ocurrido en el grupo.

Nada importante.

Y, sin embargo, terminé esperando esos mensajes más de lo que estaba dispuesta a admitir.

No porque reemplazaran a Axel.

Nadie lo hacía.

Pero porque no exigían nada.

No tenía que justificarme.

No tenía que explicar la historia desde el principio.

No tenía que fingir que estaba bien cuando claramente no lo estaba.

Él ya conocía el contexto.

Y eso era un alivio enorme.

Había visto cosas que mis amigas nunca vieron.

Momentos que nunca conocieron.

Versiones de Axel que yo apenas comenzaba a descubrir.

Una tarde le pregunté algo que llevaba tiempo rondándome la cabeza.

—¿Siempre ha sido así?

La respuesta tardó unos segundos.

—¿Así cómo?

—Difícil.

La respuesta llegó acompañada de un emoji riéndose.

—Sí.

—Gracias por la precisión.

—Estoy intentando ser profesional.

Negué con la cabeza mientras sonreía.

Después apareció otro mensaje.

—Pero antes hablaba más.

Aquella frase llamó mi atención.

—¿Más?

—Más de todo.

Más impulsivo.

Más directo.

Más transparente.

Me quedé observando la pantalla.

—¿Y qué pasó?

Tardó más en responder.

—La vida.

No insistí.

Porque había algo extraño en esa respuesta.

Algo que sonaba demasiado simple para contener todo lo que intentaba explicar.

Y poco a poco empecé a notar algo.

La imagen que yo tenía de Axel estaba incompleta.

No equivocada.

Solo incompleta.

Había pasado años viendo al hombre que aparecía cuando quería sentirse libre.

El hombre de las carreteras.

De los viajes.

De las escapadas improvisadas.

El hombre que me hacía reír.

El que parecía capaz de resolver cualquier problema.

Pero existían otras versiones.

Más silenciosas.

Más complejas.

Más difíciles.

Y era su primo quien me permitía verlas.

Quizás por eso comencé a buscarlo cada vez más.

Porque, de alguna manera, conversar con él me permitía entender cosas que Axel nunca explicaba.

Y comprender algo siempre resulta más fácil que convivir con una incógnita.

O al menos eso creía entonces.

Y mientras más entendía a Axel, más difícil se volvía renunciar a él.

Porque entenderlo no facilitaba nada.

Solo hacía más difícil soltarlo.

Capítulo 16

A la semana siguiente me escribió de nuevo.

—¿Qué harás este fin de semana?

—Nada.

—Eso no es un plan.

—Es exactamente un plan.

—Uno pésimo.

No pude evitar sonreír.

—No tengo ganas de salir.

—Precisamente por eso.

—No.

—Sí.

—No insistas.

—Ya estoy insistiendo.

Dos días después estaba frente a mi casa.

No dijo que venía a rescatarme.

Ni a animarme.

Ni a evitar que pasara otro fin de semana mirando el teléfono.

Simplemente tocó bocina.

Bajé con pocas ganas.

Él bajó el cristal del vehículo y me miró como si aquello fuera completamente normal.

—Sube.

—Todavía puedo arrepentirme.

—No.

—Qué considerado.

—Soy excelente amigo.

—Eso está por verse.

Sonrió.

Y, sin darme cuenta, terminé subiendo.

No teníamos un destino específico.

Solo carretera.

Música.

Y la extraña capacidad que tenía para actuar como si todo fuera más sencillo de lo que realmente era.

Durante el primer tramo casi no hablamos.

Yo observaba por la ventana.

Él cambiaba canciones.

Y el paisaje iba sustituyendo lentamente los pensamientos que llevaba acumulando durante semanas.

Mientras avanzábamos por la carretera me descubrí pensando en algo extraño.

Había cosas de él que me recordaban a Axel.

La forma de reír.

Algunas expresiones.

Ciertas historias compartidas que parecían pertenecer al mismo universo.

Pero también había diferencias.

Muchas.

La principal era la tranquilidad.

Con él no tenía que pensar qué decir.

Ni cuánto quedarme.

Ni cuándo iba a desaparecer.

Y aquella sensación resultaba tan inusual que tardé un tiempo en reconocerla.

La clase de comodidad que nace cuando alguien simplemente está presente.

Sin condiciones.

Sin castigos.

En algún momento paramos a comprar algo de tomar.

Durante un largo rato simplemente manejamos.

Sin rumbo.

Sin prisa.

La música sonaba baja mientras el paisaje iba cambiando poco a poco frente a nosotros.

A veces alguno comentaba algo.

Una canción.

Un vehículo que pasaba.

Alguna anécdota absurda que nos recordaba una expedición.

Pero la mayor parte del tiempo permanecimos en silencio.

Y era un silencio cómodo.

De esos que no exigen conversación para sentirse completos.

De vez en cuando él cambiaba la música.

Yo observaba el camino.

Los árboles.

Las montañas a lo lejos.

Y por primera vez en semanas sentí que mi mente dejaba de correr en círculos.

No estaba pensando en Axel.

No estaba repasando conversaciones.

No estaba intentando descifrar silencios.

Simplemente estaba allí.

Presente.

—¿Sabes que todavía hablan de lo del winch?

Solté una carcajada.

—Han pasado años.

—Precisamente por eso.

—Fue mi primera expedición complicada.

—Y aun así lograste convertirte en la atracción principal del día.

—Eso es una exageración.

—Tuvieron que detener toda la caravana para sacarte.

—Porque ustedes gritaban por el radio.

—Era apoyo moral.

—Era pánico colectivo.

Se rió.

—Lo mejor fue cuando saliste del vehículo convencida de que había sido culpa del terreno.

—Porque fue culpa del terreno.

—Claro.

—Era mi primera vez.

—Y sobreviviste.

—A duras penas.

—Pero sobreviviste.

Guardamos silencio unos segundos.

—¿Sabes qué fue lo curioso?

Lo miré.

—¿Qué cosa?

—Que después de eso empezaste a aparecer en todos los eventos.

Sonreí.

—Supongo que me gustó la gente.

—No.

Negó con la cabeza.

—Te gustó sentir que pertenecías.

Aquella respuesta me tomó por sorpresa.

Porque no estaba completamente equivocado.

Durante mucho tiempo aquellos recorridos habían sido más que vehículos y caminos difíciles.

Habían sido una segunda familia.

Un lugar donde podía ser simplemente yo.

Sin explicaciones.

Sin expectativas.

Sin máscaras.

Cuando finalmente abandonamos la carretera principal ya comenzaba a caer la tarde.

Seguimos avanzando por un camino de tierra que parecía no llevar a ninguna parte.

Hasta que apareció un lago.

Tranquilo.

Escondido entre árboles.

Como uno de esos lugares que encuentras por accidente y después dudas si realmente existen.

—Este sirve.

Asentí.

Como si hubiera habido algún plan previo que aprobar.

Nos desmontamos.

Sacó unas bebidas de una neverita que había llevado en la parte trasera del vehículo.

Buscamos un lugar cerca de la orilla y nos sentamos.

La música seguía sonando desde el vehículo.

Lejana.

Suave.

Me apoyé sobre las manos observando el agua.

Durante varios minutos ninguno dijo nada.

Y curiosamente no resultaba incómodo.

Porque algunas personas hablan para llenar silencios.

Y otras terminan convirtiéndose en parte de ellos.

Él pertenecía al segundo grupo.

Fue allí.

Con una bebida en la mano.

Escuchando música junto al lago.

Cuando Axel volvió a aparecer en la conversación.

Como siempre.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?

Pregunté.

Él levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

—Que sigo intentando entenderlo.

Asintió lentamente.

Como si ya conociera la respuesta.

—Eso haces desde hace años.

—Porque nada tiene sentido.

—Para ti no.

Lo miré.

—¿Y para él sí?

Soltó una pequeña risa.

—Tampoco.

Aquella respuesta me sorprendió.

—¿Entonces?

Se encogió ligeramente de hombros.

—Axel lleva mucho tiempo reaccionando a las cosas en lugar de enfrentarlas.

Guardé silencio.

—Cuando Axel cree que pierde control, desaparece.

Tomó un sorbo de su bebida.

—Y cuando finalmente entiende que hizo un desastre, intenta volver como si nada hubiera pasado.

No pude evitar reír.

—Eso fue demasiado específico.

—Porque es verdad.

Durante unos segundos permanecimos en silencio.

—A veces no sé qué hacer con él.

Lo dije mirando hacia el horizonte.

Él soltó una pequeña risa.

—Créeme.

Llevo años preguntándome lo mismo.

Sonreí.

Y entonces dije algo que llevaba tiempo pensando.

—Me gustaría que Axel fuera un poco más como tú.

Se hizo silencio.

—No digas eso.

—Lo digo en serio.

Negó con la cabeza.

—No.

Porque si fuera como yo, probablemente te aburrirías en dos semanas.

Solté una risa.

—No hablo de eso.

Su expresión cambió.

Y comprendió exactamente a qué me refería.

—No desapareces.

Durante unos segundos no respondió.

Después observó la carretera vacía frente a nosotros.

—Es más fácil cuando no eres tú quien tiene que vivir con las consecuencias.

Aquella respuesta me hizo guardar silencio.

Porque era verdad.

Él no estaba atrapado en aquella historia.

No tenía que dividirse.

No tenía que mentir.

No tenía que sostener mundos incompatibles.

—Aun así.

Me encogí de hombros.

—A veces me gustaría que fuera un poco más como tú.

Sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Melancólica.

Como si estuviera recordando algo.

—Y a veces a mí me gustaría que él fuera un poco más como él mismo.

Aquella frase me acompañó durante mucho tiempo.

Porque no supe exactamente qué quiso decir.

Pero por primera vez me pregunté si el hombre que yo estaba intentando entender seguía siendo el mismo hombre que su primo había conocido años atrás.

Y por primera vez...

no supe si estaba intentando entenderlo

o dejar de hacerlo.