Desde mis sombras Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Lugares.

Y también expectativas que nunca me atreví a nombrar.

Aquello que empezó como un espacio sin ataduras había terminado convirtiéndose en una parte importante de mi vida.

Y mientras más importante se volvía, más difícil resultaba ignorar sus límites.

Seguía sentada en el mismo bote.

Escuchando la misma música.

Compartiendo las mismas cervezas.

Pero ya no era la misma mujer que había subido allí por primera vez.

Porque ahora tenía algo que perder.

Y eso cambiaba todo.

Hubo un fin de semana que todavía recuerdo con claridad.

La actividad sería en otro pueblo.

Una ruta larga.

Lodo.

Cruces de río.

Subidas complicadas.

El tipo de recorrido que hacía feliz a cualquier persona que disfrutara los vehículos todoterreno.

Axel me había dicho desde el principio que viajaría con su primo.

Pero también me había prometido algo.

—De noche me escapo.

Lo dijo como si estuviera planeando una operación secreta.

Y de alguna forma, después de tantos años, seguía haciéndome gracia.

Aquella vez Marina y Camila decidieron acompañarme.

Las tres viajábamos en mi vehículo.

Lo que inicialmente parecía una buena idea se convirtió rápidamente en una fuente constante de estrés.

—¿Tú estás segura de que por ahí se pasa?

—No.

—¿Cómo que no?

—Porque es mi primera vez haciendo esta ruta.

—Valeria, eso no me tranquiliza.

Yo tampoco me sentía particularmente tranquila.

Hasta entonces había participado en muchas actividades.

Pero aquella era la primera vez que enfrentaba condiciones de monteo realmente exigentes.

El terreno estaba húmedo.

Había zonas profundas de lodo.

Y varios obstáculos que requerían más experiencia de la que yo tenía.

Por suerte, Axel iba delante.

Y cada cierto tiempo aparecía por el radio.

—Vas bien.

—Eso dices porque no me estás viendo por dentro.

Una risa respondió desde el otro lado.

—Confía en mí.

—Esa frase suele terminar mal.

—Solo sigue la huella del vehículo de adelante.

—¿Y si la huella termina en un río?

—Entonces ya veremos.

Marina negó con la cabeza.

—No sé cómo te convence.

—Yo tampoco.

Durante un rato todo salió bien.

Demasiado bien.

Y quizás por eso bajé la guardia.

Llegamos a una zona especialmente complicada.

El terreno estaba irregular.

Había lodo profundo a ambos lados.

Y varios vehículos comenzaban a avanzar lentamente.

Escuché varias voces por el radio al mismo tiempo.

Instrucciones.

Bromas.

Comentarios cruzados.

Por un instante desvié la atención.

Y desaceleré justo cuando no debía.

Fue suficiente.

El vehículo se hundió.

No por completo.

Pero lo suficiente.

—No.

—¿Qué pasó? —preguntó Marina.

—Creo que nos quedamos.

—¿Cómo que nos quedamos?

—Exactamente así.

Nos quedamos.

El silencio dentro del vehículo duró apenas unos segundos.

Luego comenzó la risa.

Primero Camila.

Después Marina.

Y finalmente yo.

Porque ya no había mucho más que hacer.

Minutos después escuché la voz de Axel por el radio.

—¿Necesitan ayuda?

—No.

—Perfecto.

—Axel.

—¿Sí?

—Necesito ayuda.

La carcajada del otro lado fue inmediata.

—Eso pensé.

Cuando finalmente llegaron con el winch, Axel no perdió la oportunidad.

—Impresionante.

Tu primera ruta extrema y ya estás creando contenido para las historias del grupo.

—Fue culpa del radio.

—Claro.

—Todo el mundo comenzó a hablar al mismo tiempo.

—Por supuesto.

—Y además Marina estaba nerviosa.

—Obviamente.

—Y Camila también.

—Naturalmente.

Lo observé cruzarme los brazos.

—¿Terminaste?

—Todavía no.

Soltó una sonrisa.

—Pero me alegra saber que el lodo fue inocente.

Le di un golpe suave en el brazo.

—Es mi primera vez.

—Lo sé.

Y por primera vez en toda la tarde dejó de bromear.

Se acercó un poco más.

—Lo estás haciendo mejor de lo que crees.

Aprovechó para darme un beso.

Aquella frase me acompañó durante el resto del recorrido.

Y aunque nunca lo admití delante de él, significó mucho más que todas las bromas que vinieron después.

A pesar del estrés, aquella tarde fui feliz.

Quizás más de lo que había sido en semanas.

En ese tipo de recorridos no existía señal telefónica.

No había mensajes.

No había llamadas.

No había interrupciones.

Toda la comunicación dependía de los radios de los vehículos.

Y por unas pocas horas, el resto del mundo dejaba de existir.

Solo estábamos nosotros.

El convoy.

El lodo.

Las bromas que viajaban de un vehículo a otro.

Y la voz de Axel apareciendo de vez en cuando por el radio.

Sabía exactamente dónde estaba.

Sabía exactamente qué estaba haciendo.

Y por primera vez en mucho tiempo no tenía que compartirlo con nadie.

No porque fuera mío.

Nunca lo fue.

Pero durante aquellas horas tampoco pertenecía a ninguna otra parte.

No había teléfonos sonando.

No había excusas.

No había conversaciones que me obligaran a guardar silencio.

Solo el ruido de los motores.

Las ruedas buscando tracción.

Y la tranquilidad extraña de saber que, por unas horas, ninguna llamada iba a interrumpir el momento.

Quizás por eso me molestó tan poco quedarme atascada.

Porque incluso cubierta de lodo, escuchando las burlas por el radio y esperando que me sacaran con el winch, seguía sintiéndome más libre que en muchos otros lugares.

Y cuando finalmente logramos salir y continuamos la ruta, comprendí algo.

No era el monteo lo que me gustaba tanto.

Ni siquiera los vehículos.

Era la sensación de vivir,

aunque fuera por unas horas,

en un mundo donde nadie podía reclamar su atención.

Ni siquiera yo.

Y quizás por eso aquel fin de semana terminó siendo especial por más de una razón.

Después de que lograron sacar mi vehículo del lodo, algo inesperado ocurrió.

Las personas comenzaron a acercarse.

Algunos para bromear.

Otros para contarme historias de sus propios errores.

Y muchos simplemente para animarme.

—La próxima vez no te quedas.

—Ya pasaste por el bautizo.

—Si no te enchivas, no estás monteando de verdad.

Aquello me hizo sentir mejor.

Hasta entonces había sido una de las pocas mujeres que participaban activamente en las rutas más complicadas.

La mayoría de los conductores eran hombres.

Y aunque siempre me habían tratado bien, aquella fue la primera vez que sentí que comenzaban a verme como parte del grupo.

No como la acompañante de alguien.

Ni como la chica nueva.

Sino como una persona más dentro de la caravana.

Durante el resto del recorrido varias personas se acercaron a conversar.

A preguntarme cómo me había sentido manejando.

A darme consejos para futuras rutas.

Incluso hubo quienes se ofrecieron a ayudarme a preparar mejor el vehículo para la próxima actividad.

Yo disfrutaba aquellas conversaciones.

Me gustaba aprender.

Y también me gustaba sentir que me estaba ganando mi propio espacio.

Fue entonces cuando empecé a notar algo curioso.

Axel observaba más de lo habitual.

No decía nada.

No hacía comentarios.

Pero cada vez que alguien se quedaba demasiado tiempo hablando conmigo, aparecía cerca.

Como si casualmente estuviera pasando por allí.

Como si necesitara participar en la conversación.

Al principio me pareció divertido.

Incluso un poco halagador.

Después de todo, durante años había sido yo quien buscaba cualquier excusa para acercarme a él.

Aquella vez parecía estar ocurriendo lo contrario.

—Tienes muchos admiradores nuevos —comentó en algún momento.

—No exageres.

—Yo solo digo lo que veo.

—Me sacaron con un winch delante de todo el mundo.

—Precisamente por eso te recuerdan.

Solté una risa.

Pero él no parecía completamente convencido.

Y por primera vez entendí que había algo que no estaba acostumbrado a experimentar.

Hasta entonces siempre había sido él quien ocupaba el centro de atención.

El que conocía a todo el mundo.

El que tenía un lugar asegurado dentro del grupo.

Ahora algunas miradas comenzaban a dirigirse hacia mí.

Y aunque jamás lo habría admitido, creo que aquello lo incomodaba un poco más de lo que quería reconocer.

En ese momento le resté importancia.

Me parecía incluso un poco absurdo.

Después de todo, llevaba años eligiéndolo a él.

Aun cuando no siempre era la opción más sencilla.

Aun cuando habría sido más fácil marcharme.

Aun cuando la lógica llevaba mucho tiempo sugiriéndome otra cosa.

Por eso, cuando volvió a hacer algún comentario sobre mis nuevos admiradores, terminé riéndome.

—No seas ridículo.

—Yo no he dicho nada.

—Lo acabas de decir.

—Solo estoy observando.

Negué con la cabeza.

—Solo tengo ojos para ti.

La respuesta salió con tanta naturalidad que ni siquiera tuve que pensarla.

Porque era verdad.

Lo había sido durante años.

Axel me observó durante unos segundos.

Como si estuviera evaluando la sinceridad de aquella afirmación.

Luego sonrió apenas.

Esa sonrisa discreta que aparecía cuando estaba complacido con algo que no pensaba admitir.

—No te creo.

—Solo tengo ojos para ti.

La respuesta salió con naturalidad.

Porque era verdad.

Lo había sido durante años.

Axel sonrió.

Esa sonrisa pequeña que aparecía cuando escuchaba algo que le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Eso dices ahora.

Pero seguía sonriendo.

Mucho tiempo después entendí que aquello nunca se trató realmente de los otros hombres.

Ni de los comentarios.

Ni de las conversaciones que pudiera tener con alguien más.

La grieta era más profunda.

Con los años, Axel había comenzado a desconfiar de las personas.

De sus intenciones.

De sus palabras.

De sus promesas.

Y quizás era inevitable.

Después de todo, llevaba demasiado tiempo viviendo entre versiones distintas de la misma realidad.

Diciendo unas cosas en un lugar y otras en otro.

Ocultando.

Explicando.

Justificando.

Aprendiendo a convivir con verdades incompletas.

A veces me pregunto si la desconfianza termina convirtiéndose en el precio de ciertas decisiones.

Porque cuando pasas demasiado tiempo mintiéndole al mundo, quizás también empiezas a creer que el mundo te está mintiendo a ti.

En aquel momento no lo entendí.

Solo pensaba que estaba siendo celoso.

Protector.

Incluso halagador.

Pero con los años comencé a ver algo distinto.

Una sospecha constante.