Desde mis sombras Capítulo 12
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Capítulo 12

—Llegaste —le dije cuando cerró la puerta.

Axel dejó las llaves sobre la mesa, sin mirarme.Se quitó el reloj. Luego la chaqueta.

—Tráfico —respondió, como si fuera suficiente.

Ya no era nuevo.

Ya no era inesperado.

Y eso fue lo que empezó a inquietarme.

Que algo así

pudiera sentirse normal.

Lo observé moverse por el apartamento.El mismo recorrido de siempre.La misma forma de ocupar el espacio.

Abrió la nevera.Sacó dos cervezas.Me pasó una.

—Cinco años —solté, casi sin pensarlo.

Se detuvo apenas un segundo antes de abrir la suya.Ese pequeño gesto que casi nadie notaría.

—¿Eso es bueno o malo? —preguntó.

Me encogí de hombros.Di un sorbo.

—No sé.

Camino a la terraza, dejó la botella sobre la baranda.Apoyó las manos a los lados, mirando la ciudad.

Me coloqué a su lado.

—Pensé que esto se iba a acabar rápido —añadí.

No respondió de inmediato.Asintió apenas.

—Yo también —dijo.

El silencio se acomodó entre nosotros.No incómodo.Familiar.

A lo lejos, la ciudad seguía en lo suyo.Carros, luces, movimiento constante.

Aquí, no.

Aquí todo funcionaba distinto.

—La gente se casa, se separa… —continué, más bajo—Empiezan cosas. Las terminan.

Axel soltó una risa corta, sin humor.

—Eso suena más complicado.

Giré la cabeza para mirarlo.

—¿Y esto no?

Por primera vez, me sostuvo la mirada.

—Esto funciona.

Simple.Sin adornos.

Como todo lo que decía cuando no quería profundizar.

Bajé la vista hacia la cerveza.

—Sí… funciona.

Después de un rato entramos.Cada uno ocupó su espacio.

Había aprendido su cuerpo.

No de memoria.

De repetición.

Sabía cuándo se acercaría sin mirarme.

Cuándo iba a tocarme mientras seguía haciendo otra cosa.

Cuándo iba a detenerse justo antes

de que se sintiera demasiado evidente.

Y lo más inquietante…

es que ya no lo esperaba.

Lo conocía.

Como si fuera parte natural del espacio.

Como si ese tipo de cercanía

no necesitara explicación.

Su computadora seguía abierta en la mesa.La mía también.

Correos.Pantallas.Trabajo.

De vez en cuando levantaba la vista.Él seguía allí.En el mismo lugar.

Como siempre.

Como si eso fuera suficiente.

Y, durante un instante, lo fue.

Porque lo nuestro no necesitaba explicación.Ni definición.

Solo los espacios en los que coincidíamos.

Los jueves.El apartamento.Los silencios.

Lo demás…simplemente no existía ahí.

—Otra vez —dije al ver su nombre en la pantalla.

Axel no respondió.Ya tenía el teléfono en la mano.

—No hagas ruido —murmuró, casi automático.

Siempre lo decía igual.

Y siempre dolía un poco más.

Asentí, aunque no me estaba mirando.

Se apartó unos pasos.Lo suficiente.

Yo me quedé sentada.

Misma cerveza.Le di un trago.El líquido sabía igual que la última vez.Su voz bajó.Frases cortas.Respuestas rápidas.

A veces caminaba de un lado a otro mientras escuchaba.Otras, simplemente se quedaba quieto, mirando al vacío.

Esperé.

Miré el mar.Las luces a lo lejos.Cualquier cosa que no fuera él.

—Sí, ya voy para allá…—Ajá…—No, tranquila…

La llamada se alargó.

Siempre se alargaba un poco más de lo necesario.

Dejé la cerveza sobre la mesa.Volví a tomarla.Otro sorbo.

El mismo silencio.

Cuando colgó, regresó como si nada hubiera pasado.

—¿Todo bien? —preguntó.

Asentí.

—Sí.

Sonrió.Subió el volumen de la música.Me acercó hacia él.

Y todo volvió a su lugar.

Como siempre.

Como si la pausa…no hubiera existido.

Las fechas eran distintas.

Ahí no había rutina que ayudara.

Navidad.Año Nuevo.Cenas que no eran para mí.

El teléfono en silencio.O mensajes breves.

“Feliz Navidad.”“Luego hablamos.”

Y yo… sola.

No porque no tuviera con quién estar.Sino porque sabía exactamente dónde no estaba.

—Reserva ese fin de semana —me dijo días antes.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Confía.

El sábado manejábamos sin rumbo claro.

—¿A dónde vamos? —insistí.

—Ya vas a ver.

La carretera iba quedando atrás.Los letreros también.Los lugares conocidos.

—¿No te cansas de esto? —pregunté.

—¿De qué?

—De… inventar cosas.

Se encogió de hombros.

—No es inventar.

Hizo una pausa breve.

—Es elegir algo distinto.

El carro se detuvo frente a un lugar que ninguno conocía.

Un río.Un restaurante improvisado.Gente que no volveríamos a ver.

Axel apagó el motor.

—Feliz cumpleaños.

Lo miré.

—¿Y esto?

Salió primero.Rodeó el vehículo.Abrió mi puerta.

—Esto es mejor que un regalo.

No respondí.

Porque sabía que tenía razón.

Durante unas horas…no hubo llamadas.No hubo pausas.No hubo ausencias.

Solo nosotros.

Y eso…hacía que todo lo demáspareciera manejable.

Otras veces terminábamos descubriendo una playa escondida, un río perdido entre montañas o algún restaurante improvisado al borde de una carretera.

Nunca sabía exactamente adónde íbamos.

Y creo que esa era parte de la magia.

Durante años, mis cumpleaños dejaron de medirse por regalos.

Los medía por lugares.

Por carreteras.

Por fotografías.

Por recuerdos que solo existían entre nosotros.

Porque si había algo que Axel sabía hacer bien, era convertir un día cualquiera en una historia que valiera la pena recordar.

También había aprendido a leerlo.

No tuve que preguntarle cómo le había ido.

Un día cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.Dejó las llaves caer sin mirar.Se quitó los zapatos antes de avanzar dos pasos dentro del apartamento.

—¿Todo bien? —pregunté, sin levantar la vista del libro.

—Sí —respondió.

Pero no lo estaba.

Abrió la nevera.Sacó una cerveza.La abrió sin sentarse.

La mitad desapareció en el primer trago.

Cerré el libro.

—Semana pesada —dije.

Asintió, apoyado contra la encimera.

No dio más detalles.

Dejé mis cosas a un lado y me levanté.

—Traje algo de comer.

Señalé la bolsa sobre la mesa.

—Bien.

Eso fue todo.

Saqué los envases.Serví la comida sin preguntarle.Como siempre.

Él se sentó frente a la computadora casi de inmediato.

La pantalla se iluminó.Correos.Pendientes.

Yo ocupé el otro lado del espacio.Con mi laptop.Mis cosas.

La música empezó a sonar en bajo.

Pasaron minutos.Luego más.

No hablamos.

De vez en cuando lo miraba.La forma en que se pasaba la mano por la cara.Cómo apretaba la mandíbula antes de responder un correo.La velocidad con la que terminaba su segunda cerveza.

En algún momento levantó la vista.

Me encontró observándolo.

Sonrió apenas.

Se levantó.Caminó hasta mí.

No dijo nada.

Solo inclinó la cabeza lo justopara besarme.

Breve.

Casi contenido.

Su mano en mi cintura un segundo másde lo necesario.

Luego volvió a su silla.A la pantalla.A lo suyo.

Como si ese instantehubiera sido suficiente.

Y lo fue.

Seguí trabajando.Él también.

La noche avanzósin hacerse notar.

Sin conversaciones largas.Sin preguntas.

Solo el sonido del teclado.La música baja.Y esa sensación de estar acompañadossin tener que explicarlo.

Más tarde, sin previo aviso,estiró la mano hacia mí.

No miró.

No habló.

Solo la dejó ahí.

La tomé.

Unos segundos.

Después la soltó.

Y siguió trabajando.

Nada cambió.

Axel seguía a mi lado.El mismo espacio.La misma cercanía.

En otra ocasión encendió el motor.El bote avanzó suave sobre el agua.

La música sonaba bajo.Una canción que ya habíamos repetido varias veces.

Me pasó una cerveza.La abrí sin mirarlo.

—Está frío hoy —comenté.

—Sí —respondió, ajustando la dirección.

Silencio.

No incómodo.Conocido.

Me recosté un poco hacia atrás, dejando que el viento hiciera el resto.El sol empezaba a bajar.La luz cambiaba sobre el agua.

—Podríamos quedarnos aquí —dije.

No respondió de inmediato.

—Podemos —contestó al final.

Durante unos minutos, todo se sintió en su lugar.

Sin prisa.Sin interrupciones.

Solo el sonido del agua golpeando el casco.La música.Nosotros.

Su teléfono vibró.

Una vez.Luego otra.

Axel bajó la mirada.

No necesitaba preguntar.

Lo vi desbloquear la pantalla.

—No hagas ruido —dijo, sin mirarme.

Siempre lo decía igual.

Asentí.

Apagó la música.Solo un giro leve del volumen hasta cero.

El motor quedó como único sonido.

Se apartó unos pasos.Lo suficiente.

Yo me quedé donde estaba.

Miré el agua.

Tomé un sorbo de cerveza.

Esperé.

—Sí…—Ajá…—No, estoy por salir…

Frases cortas.Medidas.

Como si todo ya estuviera ensayado.

El bote seguía avanzando despacio.Sin rumbo claro.

Apoyé los codos sobre mis rodillas.

Miré al frente.Luego al horizonte.Luego a cualquier cosa que no fuera él.

La conversación continuó.

Más larga.

Siempre un poco más larga.

Dejé la cerveza en el suelo del bote.Volví a tomarla.

Otro sorbo.

El mismo gesto de siempre.

El mismo silencio.

No había nada que decir.

Y aun así…ya lo estaba escuchando todo.

Él.

Y lo que quedaba del otro lado de la línea.

Cuando colgó, no hubo transición.

Guardó el teléfono.Subió el volumen de la música.

—¿Quieres otra cerveza? —preguntó.

Lo miré.

Como si realmente fuera una pregunta.

—No.

Asintió.

El bote siguió.

La música volvió a llenar el espacio.

Pero no era el mismo.

Nada lo era.

Me recosté otra vez.

El viento en la cara.El mismo paisaje.

Pero la sensación era siempre la misma.

Como si una puerta invisible acabara de cerrarse frente a mí.

No era exactamente celos.

Tampoco enojo.

Era algo más difícil de explicar.

Una especie de invasión no requerida.

La irrupción de una realidad que yo sabía que existía, pero que prefería mantener a distancia cuando estábamos juntos.

Porque durante aquellas horas en el bote resultaba fácil olvidar que compartíamos una historia incompleta.

Y bastaba una llamada para recordarme que, por mucho que me gustara imaginar lo contrario, aquella nunca había sido una vida construida para dos.

Después colgaba.

Me sonreía.

Volvía a poner música.

Y la tarde continuaba.

Como si nada hubiera ocurrido.

Pero yo siempre necesitaba unos minutos más para regresar al mismo lugar donde él ya estaba.

Y con los años, aquellos minutos empezaron a alargarse más de lo necesario.

Nunca terminé de acostumbrarme.

Ni después de tanto tiempo.

Solo que ahora venía acompañada de algo más.

Nostalgia.

Porque al principio aquella relación había sido una escapatoria.

Un lugar donde no hacía preguntas difíciles.

Donde no esperaba demasiado.

Donde bastaba con disfrutar el momento y marcharme cuando terminara.

Pero las cosas habían cambiado.

O quizás la que había cambiado era yo.

Con los años comencé a acumular recuerdos.

Rutinas.

Canciones.