Desde mis sombras Capítulo 11
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Capítulo 11

La conversación empezó sin intención.

Hablábamos de cualquier cosa.

Trabajo.La semana.El cansancio acumulado.

Hasta que, sin pensarlo demasiado, recordé algo.

—Una vez fui a pescar.

Levantó la mirada, apenas.

—¿Ah sí?

—Con unos amigos… hace tiempo.

Hice una pausa.

—Capturamos muchísimos peces.

—¿Y?

Sonrió, anticipando algo.

—Los arruinamos.

Soltó una risa breve.

—¿Cómo así?

—Los hicimos fritos.

Negué con la cabeza.

—No me gusta así. Se sienten demasiado las espinas. No tengo paciencia para eso.

Axel me observó unos segundos.

Se acercó lo suficiente.

No para tocarme.

Para ver si yo me movía.

No lo hice.

Y en ese segundo,

todo dejó de ser una posibilidad.

—Eso tiene solución.

—¿Ah sí?

Se acomodó ligeramente, como si fuera cualquier cosa.

—Tengo un bote.

La frase cayó simple.

Lo miré.

—¿Tienes un bote?

Asintió.

—Podemos ir a pescar cuando quieras.

No insistió.No explicó.

Como si ya estuviera hecho.

Sentí esa facilidad otra vez.

Esa forma en la que algo encajaba sin esfuerzo.

—Me gustaría.

Días después, lo mencionó otra vez.

Más concreto.

—Este fin de semana podemos salir.

—¿Solo nosotros?

Hizo una pausa breve.

—Voy a necesitar a alguien que atienda el bote… mientras yo me distraigo contigo.

Asentí, sonriendo apenas.

—Perfecto.

—¿Entonces el sábado? —escribió Axel.

Miré el mensaje unos segundos.El cursor parpadeaba.

Tecleé.Borré.Volví a escribir.

—Sí.

Enviado.

El chat quedó en silencio.Su último mensaje arriba.El plan, claro.Definido.

Salí.

Abrí el de Camila.El chat seguía donde lo habíamos dejado: un video que me había mandado en la tarde, un comentario mío, un emoji sin responder.

Escribí:

“El sábado tengo un plan—”

Me detuve.

Leí la frase otra vez.

Sabía exactamente lo que venía después.

—¿Con quién?—¿Otra vez con él?—Valeria…

Borré todo.

Cerré el chat.

Abrí el de Marina.

Nada nuevo.Solo el último audio suyo, todavía sin escuchar.

Presioné para responder.

Silencio.

El teclado volvió a aparecer.

“Este fin de—”

Me quedé mirando la pantalla.

La imaginé mirándome fijo antes de decir algo.No juzgando…pero no del todo cómoda.

Solté el teléfono sobre la cama.

Suspiré.Volví a tomarlo.

Los dos chats seguían ahí.Abiertos.Disponibles.

No respondí.

Regresé a la conversación con Axel.

El mensaje seguía intacto.Sin urgencia.Sin preguntas adicionales.

Simple.Claro.

Y sin necesidad de explicar nada más.

Apoyé el teléfono sobre mi pecho.

Durante unos segundos no pensé en el bote.Ni en el sábado.

Pensé en lo fácil que se había vuelto esto.

Elegirlo.

Aunque dejara todo lo demás en pausa.

Cerré los ojos.

Y no volví a escribir.

No necesitaba a nadie más.

Solo quería sentirlo.

Vivir ese momento sin interrupciones.

El sábado llegó.

Estaba nerviosa. Me probé varios vestidos, faldas y trajes de baño.

Era la primera vez que volvía a estar con él así… casi solos.

O al menos, eso era lo que esperaba.

El bote tenía un pequeño camerino donde podíamos desaparecer un momento, mientras su amigo navegaba, bebía y dejaba las cañas reposar en el agua.

Ya en el bote, volvió a enseñarme a usar la caña de pescar.

Había pasado demasiado tiempo desde la última vez.

Se acercó por detrás, acomodando mis manos sobre la suya, corrigiendo cada movimiento con una calma que contrastaba con todo lo que empezaba a sentirse.

Yo apenas podía concentrarme.

Sus brazos rozaban los míos.

No sé si era la emoción de volver a pescar o su presencia tan cerca,

pero mi corazón latía con una fuerza que me empujaba hacia lo desconocido.

Pasamos así un buen rato.

El tiempo se interrumpía solo cuando alguien ofrecía bebidas. El sol caía con fuerza, y el calor nos obligaba a detenernos de vez en cuando.

Las cervezas estaban frías, y en ese momento sabían mejor de lo que recordaba.

El bote tenía una pequeña hornilla. Más tarde prepararíamos algo sencillo, sin prisa, como si el día no tuviera que avanzar.

Él y yo compartíamos una cerveza.

Se había vuelto una pequeña costumbre, casi un juego.

De vez en cuando me acercaba a él,

lo suficiente para besarlo,

para dejarle en los labios el sabor de la cerveza.

Él fingía no perder la concentración, seguía atento al agua, a la línea tensa.

Pero entre nosotros ya había otra espera.

Entre el roce de nuestros cuerpos y los besos, la pesca dejó de importar.

Entre el roce de nuestros cuerpos y los besos, la pesca dejó de tener sentido.

Las cañas seguían en el agua.

Todo lo demás…

ya no importaba.

No dejamos de hablar.

Pero ya no importaba.

Las palabras se estaban volviendo una excusa.

Para no decir lo evidente.

Para no cruzar esa línea que llevaba demasiado tiempo

esperando.

Se acercó un poco más.

Sin romper la conversación.

Como si pudiera tocarme

sin admitir que lo estaba haciendo.

Y por primera vez en mucho tiempo,

no quise detenerlo.

Su amigo atento, el bote en movimiento.

Y nosotros,

finalmente,

sin distracciones.

Bajamos a la recámara del bote.

El espacio era pequeño. Cercano.

Nos besamos.

Sin prisa.

Sin urgencia.

Conscientes de que no estábamos completamente solos.

Fue allí donde lo dijo.

Que me había extrañado.

Como si no hubiera pasado nada.

Como si el tiempo no contara.

Y luego,

sin cambiar el tono,

añadió que no quería que volviera a irme.

Lo miré a los ojos.

Y quise creer que había sinceridad.

También algo de melancolía.

Lo suficiente

como para convencerme

de que no quería hacerme daño

y fue justo en eso donde comencé a dudar.