Capítulo 4 #2
Me robó un último beso antes de alejarse.
Y luego regresó junto al resto del grupo.
Lo observé ayudar con el cable.
Coordinar el rescate.
Ensuciarse las manos.
Reír junto a los demás.
Mientras tanto, volví a levantar el teléfono.
Y continué grabando.
El rescate tomó más tiempo del que había imaginado.
No porque fuera particularmente complicado.
Sino porque nadie parecía tener demasiada prisa.
Cada sugerencia generaba tres opiniones distintas.
Cada maniobra venía acompañada de comentarios, bromas y discusiones sobre cuál era la mejor forma de hacerlo.
Aquello me hizo reír más de una vez.
Especialmente porque todos parecían disfrutar el problema tanto como la solución.
Finalmente el cable se tensó.
El vehículo comenzó a moverse lentamente.
Las ruedas encontraron tracción.
Y después de varios intentos consiguió salir del lodo.
Un pequeño aplauso espontáneo recorrió el grupo.
Como si acabaran de completar una hazaña mucho más importante de lo que realmente había ocurrido.
—¿Siempre celebran así? —pregunté.
Axel soltó una carcajada.
—Claro.
—Pero si solo sacaron un vehículo del lodo.
—Precisamente.
—Definitivamente son extraños.
No respondí.
Porque tenía razón.
Seguía viniendo.
Y comenzaba a entender que no era únicamente por las rutas.
Ni por los vehículos.
Ni siquiera por la aventura.
Esta vez yo permanecí más atenta.
Observando cómo se ayudaban entre ellos.
Cómo se organizaban.
En algún momento hicimos una parada cerca de un río.
Varias personas aprovecharon para descansar.
Otros abrieron neveritas.
Alguien repartió algo de comer.
Y como ocurría casi siempre, las conversaciones volvieron a aparecer de forma natural.
Yo permanecí cerca de la orilla observando el agua.
La luna se reflejaba sobre la superficie con una claridad impresionante.
Saqué nuevamente el teléfono.
Tomé algunas fotografías.
Y grabé un pequeño video.
—Sabía que ibas a hacer eso.
La voz de Axel apareció detrás de mí.
Sonreí sin necesidad de girarme.
—¿Tomar fotos?
—Guardar el momento.
Observé nuevamente la pantalla.
—Si no lo hago, después olvido detalles.
—Yo creo que los momentos importantes se recuerdan solos.
Bajé el teléfono.
—No siempre.
Aquella respuesta salió más seria de lo que había pretendido.
Por un instante permanecimos en silencio.
—¿Y por eso tomas tantas fotos?
Asentí.
—Me gusta poder regresar a los lugares.
—Las fotos no hacen eso.
—A veces sí.
Volví a observar la imagen recién tomada.
La luna.
El río.
Las luces de los vehículos reflejándose sobre el agua.
—A veces una fotografía te recuerda exactamente cómo te sentías cuando la tomaste.
Axel guardó silencio durante unos segundos.
—Nunca lo había pensado así.
Sonreí.
—Porque ustedes viven las aventuras.
Yo las documento.
Volvimos a reír.
Y durante unos segundos me permití observarlo.
La forma en que la luz de la luna iluminaba parcialmente su rostro.
La tranquilidad con la que parecía moverse en aquel entorno.
Como si perteneciera allí.
Como si aquel mundo hubiera sido construido para él.
Y quizás eso era parte de lo que me atraía.
La seguridad.
La libertad.
La forma en que parecía disfrutar cada experiencia sin necesidad de analizarla demasiado.
Mientras yo intentaba comprender todo.
Él simplemente lo vivía.
Aquella diferencia me parecía fascinante.
Porque empezaba a importarme más de lo que debía.
Y a gustarme estar cerca de él más de lo que resultaba prudente.
Y, aun así, cuando horas después emprendimos el camino de regreso hacia la ciudad, lo único que podía pensar era que no quería que la noche terminara.
Porque los miércoles estaban comenzando a convertirse en algo más que una costumbre.
Y Axel estaba comenzando a convertirse en algo más que una aventura.
Sin darme cuenta, había comenzado a reconocer pequeños patrones.
Sabía aproximadamente a qué hora me escribiría.
Sabía cuándo estaba teniendo un día complicado.
Y también sabía cuándo seguía trabajando más tarde de lo que debería.
—Todavía me quedan varias horas.
Leí aquel mensaje una noche cerca de las diez.
—¿Todavía estás trabajando?
—Todavía.
—Eso debería ser ilegal.
—Ser dueño de negocio tiene sus desventajas.
Sonreí.
Porque aquella respuesta parecía resumir perfectamente su vida.
Siempre había algo que resolver.
Algo que supervisar.
Algo que mejorar.
A veces continuábamos escribiéndonos hasta entrada la noche.
Yo desde mi casa.
Él desde el negocio.
Y mientras la conversación avanzaba, comenzaba a ocurrirme algo que no terminaba de admitir.
Quería estar allí.
No por el negocio.
No por curiosidad.
Ni siquiera porque tuviéramos algo importante que hacer.
Simplemente porque me gustaba su compañía.
Me gustaba la idea de compartir el mismo espacio.
Aunque cada uno estuviera ocupado en cosas distintas.
Aunque no habláramos constantemente.
Solo estar.
Una tarde, mientras hablábamos de cualquier tontería, me preguntó qué estaba haciendo al día siguiente.
Le respondí que nada importante.
La respuesta llegó pocos segundos después.
—Entonces almorcemos.
Me quedé observando el mensaje.
Era una propuesta simple.
Dos personas almorzando.
Nada más.
Y sin embargo sentí el mismo nerviosismo que había sentido antes de asistir a aquella primera reunión.
Porque algo estaba cambiando.
Hasta ese momento los miércoles habían sido nuestro espacio.
El grupo.
Las rutas.
Las excusas compartidas.
Un almuerzo era tiempo para nosotros.
Sin espectadores.
Sin conversaciones paralelas.
Sin nadie más ocupando espacio entre ambos.
Y aunque todavía no estaba preparada para admitirlo,
aquello me emocionaba más de lo que quería aceptar.
—¿Dónde?
La respuesta llegó casi de inmediato.
Como si hubiera estado esperando que aceptara.
Y mientras observaba la pantalla comprendí algo.
Los miércoles seguían siendo importantes.
Pero comenzaban a dejar de ser suficientes.