Desde mis sombras Capítulo 4
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Capítulo 4

Todo empezó con aquella invitación aparentemente inocente.

Con el tiempo se convertiría en una tradición que se mantendría durante años.

Pero aquella noche yo todavía no lo sabía.

Solo sabía que estaba nerviosa.

Había aceptado reunirme con ellos.

Con los amigos de la expedición.

Y, por supuesto, con Axel.

Sería la primera vez que lo vería desde que regresamos de la playa.

Me encontré frente al clóset más tiempo del que estaba dispuesta a admitir.

Durante la expedición apenas me había visto arreglada.

Había pasado la mayor parte del tiempo usando jeans cómodos, camisetas sencillas y ropa apropiada para pasar horas bajo el sol, atravesar caminos de tierra o dormir en una tienda de campaña.

No exactamente la ropa que eliges cuando quieres llamar la atención de alguien.

Y aunque todavía no estaba preparada para admitirlo, quería llamar su atención.

Probé un vestido. Después otro.

Cambié de opinión y volví al primero.

También consideré usar tacones.

Y por primera vez en mucho tiempo me descubrí sonriendo frente al espejo.

Aquello me pareció extraño.

Hacía apenas unas semanas me sentía atrapada en los recuerdos de Lorenzo.

Había pasado demasiado tiempo intentando entender una historia que ya había terminado.

Sin embargo, aquella noche era distinta.

Por primera vez en mucho tiempo tenía ganas de salir.

Ganas de arreglarme.

Ganas de ver a alguien.

A Axel.

Cuando llegué, varias personas ya estaban reunidas alrededor de una mesa larga.

Reconocí algunas caras de inmediato.

Algunos habían estado en la fogata.

Otros habían compartido vehículo durante la expedición.

Varias personas me devolvieron el saludo al verme llegar.

Aquello ayudó a disipar parte de mis nervios.

Y entonces lo vi.

Axel estaba conversando con varias personas cuando nuestras miradas se encontraron.

Sonrió.

Y casi de inmediato se puso de pie.

Tomó una silla vacía y la colocó junto a la suya.

—Pensé que te habías arrepentido.

—Lo consideré.

—Mentira.

—Un poco.

Su sonrisa se amplió.

Y por alguna razón, aquello hizo que todos mis nervios desaparecieran.

Me senté a su lado.

Y fui consciente de algo que intenté ignorar.

Me había reservado un lugar.

Como si supiera que iba a regresar.

Se inclinó para hablarme.

No hacía falta.

Nadie más podía escucharlo.

Aun así, lo hizo.

Su mano quedó en mi cintura.

Sin moverse.

Como si no estuviera seguro de poder soltarla

sin cambiar algo.

Su primo también estaba allí.

Al verme, levantó una cerveza a modo de saludo.

—Mira quién decidió aparecer.

—Todavía no estoy segura de haber tomado una buena decisión.

—Eso mismo dijimos todos la primera vez.

Las risas alrededor de la mesa ayudaron a romper la tensión.

La conversación comenzó a fluir con naturalidad.

Me sorprendió descubrir que la mayoría eran empresarios.

Personas que administraban sus propios negocios.

Algunos tenían talleres.

Otros tiendas.

Aquello explicaba muchas cosas.

Especialmente la facilidad con la que parecían organizar aventuras improvisadas en mitad de la semana.

En algún momento terminé preguntándole por el vehículo.

—¿Qué pasó al final con la avería?

Axel negó con la cabeza.

—Nada demasiado grave.

—Eso no fue lo que parecía cuando vi la grúa.

—Porque hacen que todo parezca más dramático.

—Claro.

—Se rompieron algunas piezas. Tengo que dejarlo en mantenimiento unos días.

—¿Y eso es normal?

—Más de lo que imaginas.

Lo dijo con una tranquilidad que me sorprendió.

Como si destruir piezas costosas formara parte habitual de la vida.

—No entiendo cómo puedes decir eso con tanta calma.

—Porque es parte del deporte.

Las risas aparecieron de inmediato.

—Además tengo otro vehículo.

Lo miré.

—Por supuesto que tienes otro vehículo.

—¿Eso fue una crítica?

—Fue una observación.

—Creo que fue una crítica.

No necesitaba acercarse tanto para decirlo.

Pero lo hizo.

Y su voz, tan baja, tan cerca,

no fue lo que me hizo perder el hilo.

Fue su mano quedándose

donde nadie más estaba mirando.

Volví a reír.

Y por primera vez desde que llegué dejé de pensar en mí.

Y empecé a disfrutar el momento.

—Axel, ¿y tu esposa? Tengo mucho que no la veo en los eventos.

Sentí algo frío recorrerme por el cuerpo, después de ahí no pude escuchar su respuesta.

La reunión terminó mucho más tarde de lo que había imaginado.

Cuando finalmente llegó la hora de despedirme, Axel se ofreció a acompañarme al vehículo.

Aquello parecía un gesto insignificante.

Pero terminé descubriendo que se convertiría en una costumbre.

Caminamos despacio.

Hablando de cualquier cosa.

Ninguno parecía tener demasiada prisa por llegar al estacionamiento.

Cuando finalmente llegamos, permanecimos unos segundos en silencio.

—Me alegra que vinieras.

La sinceridad de aquella frase me tomó por sorpresa.

—A mí también.

Sonrió.

Y por primera vez tuve la sensación de que aquella invitación nunca había sido realmente para el grupo.

Era para mí.

Los miércoles comenzaron a repetirse.

Hasta que dejaron de sentirse como eventos aislados.

Comenzaron a formar parte de mi rutina.

Hablábamos todos los días.

Mensajes al despertar.

Conversaciones durante el almuerzo.

Fotografías.

Comentarios sobre el trabajo.

En ocasiones me decía que le esperaba una jornada larga.

Que todavía le quedaban varias horas por delante.

Y yo me quedaba haciéndole compañía desde la distancia.

Resolviendo asuntos propios mientras respondía sus mensajes.

Aquello podía parecer insignificante.

Pero para mí no lo era.

Porque cada vez que me decía que seguía trabajando,

una parte de mí deseaba estar allí.

En el mismo espacio.

Aunque cada uno estuviera ocupado en sus propios asuntos.

Simplemente estando cerca.

Con el paso de las semanas descubrí que los miércoles comenzaban a tener un significado especial.

Me sorprendía pensando en ellos varios días antes.

Organizando horarios.

Buscando cualquier excusa para no faltar.

Porque, aunque hablábamos constantemente, seguía sintiendo que nunca era suficiente.

No reemplazaban su presencia.

Fue durante uno de aquellos miércoles cuando alguien propuso un monteo nocturno.

Era noche de luna llena.

Y la idea fue aceptada casi de inmediato.

Como si atravesar caminos llenos de lodo en mitad de la noche fuera una actividad perfectamente normal.

Yo todavía estaba intentando entender cómo funcionaban.

Y cuanto más los observaba, más fascinantes me parecían.

Cuando llegué al punto de encuentro, varios vehículos ya estaban estacionados.

Las conversaciones iban de una camioneta a otra.

Algunos revisaban neumáticos.

Otros discutían la ruta.

Y otros simplemente aprovechaban para bromear mientras esperaban.

La luna llena iluminaba gran parte del lugar.

Lo suficiente para que los vehículos proyectaran sombras largas sobre el terreno.

Axel apareció pocos minutos después.

Se acercó sonriendo.

—Ven —dijo, sin levantar mucho la voz.

No era una orden.

Pero tampoco parecía opcional.

Cuando llegué, acomodó una hebra de mi cabello detrás de la oreja.

Sin urgencia.

Sin intención aparente.

Y por un segundo…

todo se sintió demasiado fácil.

—¿Lista para arrepentirte de haber venido?

—Todavía estoy tratando de entender cómo funcionan ustedes.

—¿Nosotros?

—Sí. Las personas que consideran una buena idea atravesar ríos y lodo en mitad de la noche un día de semana.

Su risa apareció de inmediato.

—Es divertido.

Observé la fila de vehículos.

—Lo sé.

—¿Entonces cuál es el problema?

Sonreí.

—Que empiezo a entender por qué les gusta tanto.

Aquello pareció divertirle más de lo que esperaba.

Me puse el cinturón y ocupé mi lugar a su lado.

El motor cobró vida.

Y poco después comenzamos a avanzar junto al resto de la caravana.

Durante la primera parte del recorrido apenas hablamos.

No porque no tuviéramos temas de conversación.

Simplemente ambos parecíamos disfrutar el momento.

La luna.

El sonido de los motores.

Las radios transmitiendo comentarios y bromas entre los distintos vehículos.

Había algo extrañamente relajante en todo aquello.

El camino se fue volviendo cada vez más complicado.

Aparecieron los primeros charcos.

Luego el lodo.

Después los cruces de río.

Y mientras más difícil se volvía la ruta, más parecía emocionar al grupo.

Yo comenzaba a disfrutarlo.

Quizás parte de la magia consistía precisamente en eso.

Llevábamos cerca de una hora cuando la fila comenzó a detenerse.

Las luces rojas de los vehículos se encendieron una tras otra.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Axel observó hacia adelante.

—Parece que alguien se enchivó.

La palabra ya comenzaba a resultarme familiar.

Aunque todavía no terminaba de comprender por qué parecía ocurrir con tanta frecuencia.

Varios vehículos se detuvieron.

Las puertas comenzaron a abrirse.

Y poco después varias personas descendían con linternas.

Nosotros hicimos lo mismo.

El vehículo había quedado atrapado en una zona de lodo más profunda de lo esperado.

Lo que para mí parecía un problema.

Para ellos parecía entretenimiento.

Mientras tanto yo saqué mi teléfono.

Comencé a grabar.

Las luces.

Las linternas.

El reflejo de la luna sobre los charcos.

Las personas cubiertas de lodo dando indicaciones de cómo resolver el problema.

Todo me parecía interesante.

Axel me observó durante unos segundos.

—¿Qué tanto grabas?

Bajé el teléfono.

—Todo lo que me parece interesante.

Miró la pantalla.

—¿Y eso te parece interesante?

Observé nuevamente el grupo.

Las linternas.

El lodo.

Las personas discutiendo la mejor manera de sacar un vehículo que ellos mismos habían metido allí.

Sonreí.

—Mucho más de lo que debería.

Axel soltó una pequeña risa.

Poco después nos alejamos unos metros del grupo.

Lo suficiente para escapar del ruido.

Lo suficiente para encontrar un pequeño espacio que pareciera únicamente nuestro.

A la distancia seguían escuchándose motores.

Y por un instante todo pareció quedarse en silencio.

Axel me observó.

Yo lo observé a él.

Y esta vez ninguno de los dos apartó la mirada.

El beso llegó con una naturalidad que me sorprendió.

Fue largo.

Tranquilo.

Y mucho más difícil de interrumpir de lo que cualquiera de los dos habría querido.

Hasta que una voz apareció a la distancia.

—¡Axel!

Nos separamos entre risas.

—Creo que me necesitan.

—Creo que sí.