Capítulo 3.
La grúa terminó alejándose poco después.
Observé cómo el vehículo desaparecía lentamente junto al resto del grupo hasta que finalmente quedó fuera de mi vista.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, sosteniendo el teléfono entre las manos.
Era extraño.
Nos habíamos conocido apenas dos días atrás.
Sin embargo, sentía que algo se estaba marchando con él.
Guardé el teléfono antes de seguir alimentando pensamientos que todavía no tenían sentido.
—¿Nos vamos a quedar aquí o piensas echar raíces? —preguntó Marina.
Levanté la vista.
Camila y ella se acercaban caminando por la arena.
—Estaba tomando fotos.
—Claro —dijo Marina, observándome con evidente desconfianza.
Camila soltó una pequeña risa.
—Déjala tranquila.
—Lo que me preocupa es que parece otra persona.
—Marina.
—¿Qué? Solo digo que llevaba semanas arrastrando la cara por el piso por culpa de Lorenzo.
No respondí.
Porque, en el fondo, tenía razón.
En los últimos días me había sentido más ligera.
Más presente.
—Vamos a aprovechar la playa antes de regresar —dijo Camila—. Ya bastante tiempo pasamos encerradas en ese vehículo.
Aquello era cierto.
Durante los dos días anteriores habíamos pasado más de trece horas diarias recorriendo caminos, cruzando senderos y atravesando terrenos.
La expedición había sido increíble. Pero también agotadora.
—Además —continuó Marina— pienso comer toda la langosta que pueda antes de retornar.
—Eso explica tu entusiasmo.
—Y tenemos el paseo a la islita.
Aquello terminó de convencerme.
La zona era conocida por sus mariscos y varios grupos habían organizado pequeñas excursiones antes de emprender el regreso definitivo.
Durante las siguientes horas intenté concentrarme en el presente.
El agua era cristalina.
Las embarcaciones entraban y salían constantemente de la costa.
Los vendedores caminaban ofreciendo pescado, cocos fríos y todo tipo de comidas típicas.
La música sonaba desde distintos puntos de la playa.
Almorzamos frente al mar.
Marina declaró que aquella había sido una de las mejores decisiones del viaje.
Camila tomó fotografías de absolutamente todo.
Y yo intenté convencerme de que mi atención estaba completamente enfocada en lo que ocurría a mi alrededor.
Intenté.
Porque cada cierto tiempo terminaba revisando el teléfono.
No porque estuviera esperando nada.
Pero cuando una notificación aparecía y descubría que no era él, sentía una pequeña decepción difícil de justificar.
La tarde comenzó a avanzar.
Finalmente emprendimos el camino de regreso.
El camino siempre me había parecido más corto que el de ida.
La aventura había terminado.
Cada kilómetro nos acercaba un poco más a la rutina.
Aun así, aquella vez fue distinto.
Solo carretera.
Marina dormía en el asiento trasero.
Camila escuchaba música utilizando un solo audífono mientras observaba el paisaje por la ventana.
Yo conducía.
Y fue entonces cuando el teléfono vibró.
Una vez.
Después otra.
Y otra más.
Aproveché una parada para revisar los mensajes.
Los tres eran de Axel.
Sonreí antes incluso de abrir la conversación.
—¿Cómo va el viaje?
El mensaje venía acompañado por dos fotografías de ellos sonriendo junto a la grúa y otra del vehículo averiado.
Miré la pantalla unos segundos.
No era una pregunta especialmente interesante.
Y, sin embargo, sentí una alegría absurda al leerla.
Cuando retomamos la carretera, Camila tomó el volante.
Yo ocupé el asiento del copiloto.
Y sin darme cuenta pasé gran parte del camino mirando la pantalla y contestándole mensajes.
Lo suficiente para que las horas transcurrieran con una facilidad sorprendente.
En algún momento le pregunté por la avería.
La respuesta llegó acompañada de otra fotografía.
La grúa.
El vehículo.
—Mi primo sigue diciendo que fue mi culpa.
—¿Y fue tu culpa?
—Por supuesto que no.
Hice una pausa.
—Eso sonó exactamente como algo que diría alguien cuya culpa fue.
—Me ofendes.
Sonreí.
Aquella conversación continuó durante horas.
Él seguía burlándose de la avería.
Su primo seguía culpándolo.
Y yo seguía disfrutando aquella dinámica más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—¿Piensas mucho las cosas?
—Depende.
—Porque contigo no lo parece.
Me detuve antes de escribir.
—Eso es bueno o malo.
—Eso es peligroso.
No respondí de inmediato.
Porque entendí exactamente a qué se refería.
Cuando finalmente llegué a casa pensé que la conversación terminaría allí.
Había sido un viaje.
Una coincidencia.
Una buena experiencia.
Lo normal era que cada uno regresara a su vida.
Pero al día siguiente encontré un mensaje suyo esperándome.
Nada importante.
Solo una fotografía de un café y un comentario sobre lo poco que había dormido después del viaje.
Le respondí.
Después respondió él.
Y sin darme cuenta, volvimos a conversar durante gran parte del día.
Lo mismo ocurrió los días siguientes.
Hasta que dejó de parecer extraño.
Comenzó a formar parte de mi rutina.
A veces despertaba con un mensaje suyo.
Otras veces era yo quien escribía primero.
No había reglas.
No había expectativas.
Solo una conversación que parecía negarse a terminar.
—A veces siento que te estoy viendo —escribió.
Leí el mensaje dos veces.
—¿Viendo?
—Así… como cuando hablabas en el agua.
Hizo una pausa.
—Mojada. Distraída. Sin pensar demasiado.
El corazón se me aceleró sin razón lógica.
—Eso suena bastante específico.
—Es que fue difícil no mirarte.
Apoyé el teléfono contra la mesa.
Porque no era lo que decía.
Era la forma en que lo hacía.
Como si me hubiera observado más de lo que yo creía.
De vez en cuando volvía a mencionar la moto acuática.
Parecía divertirle que hubiera acelerado sin miedo siendo mi primera vez.
—Todavía no puedo creer que hicieras eso.
—¿Qué cosa?
—Acelerar como si llevaras años manejando una.
—No iba tan rápido.
—Valeria, casi sales volando.
Sonreí sola frente al teléfono.
—Exagerado.
—Definitivamente no era la reacción que esperaba de alguien en su primera vez.
Aquellos comentarios me hacían reír.
Pero también despertaban algo más.
Hacía tiempo que nadie parecía tan interesado en escuchar mis historias.
Hacía tiempo que nadie parecía encontrar fascinantes cosas que para mí eran normales.
Después de Lorenzo, me había acostumbrado a sentir que mis emociones eran demasiado intensas para los demás.
Que mis entusiasmos eran exagerados.
Con Axel ocurría lo contrario.
Parecía disfrutar escuchándome hablar.
Y yo comenzaba a disfrutar contándole cosas.
Muchas veces me escribía desde el trabajo.
Su jornada rara vez terminaba temprano.
Con frecuencia seguía en la oficina cuando la mayoría de las personas ya estaban regresando a sus casas.
—Todavía me queda mucho por hacer.
—¿A esta hora?
—A esta hora y probablemente a la siguiente también.
Al principio me sorprendía.
Después comencé a preocuparme.
Mientras él resolvía problemas, revisaba documentos o intentaba terminar pendientes que parecían no acabar nunca, yo seguía la conversación desde el otro lado del teléfono.
Y poco a poco empecé a desear estar allí.
No por necesidad.
Simplemente porque me costaba imaginarlo pasando tantas horas solo.
A veces me enviaba una fotografía de la oficina vacía.
O una imagen de la pantalla de su computadora todavía encendida cuando la noche ya había caído sobre la ciudad.
Yo observaba aquellas fotografías y pensaba que preferiría estar sentada frente a él compartiendo una cerveza, escuchándolo hablar mientras terminaba sus responsabilidades.
Pero por el momento solo podía acompañarlo a través de mensajes de texto.
Así que eso hacía.
Le preguntaba cómo iba todo.
Si ya había cenado.
Si seguía trabajando.
Una noche, cerca de las once, descubrí que todavía no había comido.
—¿Todavía estás en la oficina?
—Sí.
—Axel, la gente normal ya cenó hace horas.
—La gente normal no tiene esta semana.
—Eso no responde la pregunta.
—Pediré algo cuando termine.
—Eso dijiste hace tres horas.
Pasaron unos segundos.
Luego apareció otro mensaje.
—¿Me estás regañando?
Sonreí.
—Un poco.
—Creo que me gusta.
Negué con la cabeza, riéndome sola.
Lo curioso era que no sentía presión.
No intentaba impresionarlo.
No estaba tratando de construir una relación.
Ni siquiera sabía qué estaba construyendo.
Simplemente me gustaba conversar con él.
Y eso era algo que no me ocurría con frecuencia.
Con el paso de los días empecé a descubrir pequeñas cosas sobre su vida.
Algunas me hacían reír.
Otras me hacían admirarlo.
Y algunas me recordaban que existía una parte de aquella historia que yo intentaba no mirar demasiado.
La fotografía eliminada.
La mujer.
La palabra esposa.
No la había olvidado.
Simplemente la había colocado en una esquina de mi mente donde resultaba más fácil ignorarla.
No porque no fuera importante.
Sino porque todavía no quería enfrentar lo que significaba.
Unos días después me habló de las reuniones.
Me explicó que el grupo solía reunirse una vez por semana.
Compartían algunas bebidas.
Hablaban de negocios.
De cualquier tema que apareciera sobre la mesa.
Y entonces escribió:
—Deberías venir.
Leí el mensaje varias veces.
No porque fuera una invitación extraordinaria.
Sino porque entendí lo que realmente significaba.
No me estaba invitando a una actividad.
Me estaba invitando a seguir presente.
Apoyé el teléfono sobre la mesa.
Durante unos segundos pensé en rechazar la propuesta.
Probablemente era lo más sensato.
Sabía que estaba entrando en un territorio complicado.
Y también sabía que todavía estaba intentando reconstruirme después de Lorenzo.
Lo lógico habría sido alejarme.
Además, no estaba buscando una relación.
Lo único que quería era sentir algo distinto.
Sentirme viva otra vez.
Y entonces había aparecido una expedición.
Una moto acuática.
Una playa.
Una luna enorme.
Y un hombre que me hacía sonreír cuando sonaba el teléfono.
Quizás aquello no era una buena idea.
Pero tampoco parecía una mala vida.
Tomé el teléfono nuevamente.
Y respondí:
—¿A qué hora es la reunión?