Desde mis sombras Capítulo 2
15%

Capítulo 2

La expedición despertó mucho antes que yo.

Cuando abrí los ojos, la claridad de la mañana ya atravesaba la tela de la tienda de campaña.

Permanecí unos segundos observando el techo mientras intentaba ordenar los recuerdos de la noche anterior.

Todo seguía demasiado presente.

Por un instante tuve la sensación de que, si salía de la tienda, aquella noche se convertiría en un recuerdo.

Y todavía no estaba lista para dejarla atrás.

Afuera todo ya estaba en movimiento.

Mis amigas ya estaban despiertas.

Una de ellas intentaba cerrar una maleta.

La otra luchaba con una lona llena de arena mientras se quejaba por tercera vez del calor.

—La próxima vez hacemos una reserva en una habitación de hotel —declaró Marina, sacudiendo la lona.

No pude evitar sonreír.

Esas conversaciones formaban parte de nuestros viajes.

—Buenos días, dormilona —dijo Camila al verme acercarme.

—Buenos días —respondí.

—Pareces feliz —comentó Marina, mientras continuaba sacudiendo la lona y tratando de doblarla.

Levanté una ceja.

—¿Y eso qué significa?

—Que pareces feliz.

—O que todavía sigo dormida.

Las tres nos reímos.

—¿Y qué hicieron anoche después de que nos fuimos? —preguntó Marina.

Sentí una pequeña alerta encenderse dentro de mí.

Nada.

Solo esa sensación que aparece cuando todavía no estás lista para compartir tus pensamientos.

Me encogí de hombros.

—Nada especial.

—Claro —respondió Marina.

La forma en que lo dijo dejaba claro que no me creyó.

—Vi los restos de la fogata—intervino Camila—. Eso ya cuenta como algo especial.

— Hubo fogata, ron y alguien tomó la terrible decisión de cantar—respondí.

—Entonces pasó algo interesante —dijo Marina.

—Créeme, escucharlos fue una experiencia traumática.

Volvimos a reír.

Por suerte nadie insistió.

Y yo tampoco ofrecí más detalles.

No quería hablar de aquella noche.

Había algo hermoso en conservar ciertos recuerdos intactos,

antes de que el resto del mundo los tocara.

Salí de la carpa y observé el campamento.

Había cerca de cincuenta casas de campaña repartidas frente a la playa.

Era el último día de la expedición.

Solo quedaba disfrutar del ambiente antes de emprender el regreso a casa.

Y aquella idea me produjo una tristeza inesperada.

Mientras el campamento continuaba desmontándose a mi alrededor, tomé mi cámara y me alejé un poco del movimiento.

Encontré un longchair vacío cerca de la orilla y me acomodé en él.

El sonido de las olas rompía contra la arena con una tranquilidad hipnótica.

Las aves comenzaban a acercarse al campamento.

Levanté la cámara.

Siempre me habían gustado esos pequeños momentos.

Hasta que el teléfono vibró.

Lo tomé distraídamente.

Pensé que sería algún mensaje del grupo.

Pero no.

Era Axel.

Fruncí ligeramente el ceño.

No esperaba un mensaje suyo.

Abrí la conversación.

Había una fotografía.

Tardé unos segundos en comprender lo que estaba viendo.

Era yo.

Sentada en el longchair.

Con la cámara entre las manos.

Observando el horizonte.

La fotografía había sido tomada desde cierta distancia.

Debajo aparecía un mensaje.

"Me gusta cómo te ves así de pensativa. ¿Cuándo me enseñas lo que ha captado la atención de tu lente?"

Sentí el impulso inmediato de levantar la vista.

Y allí estaba.

A varios metros de distancia.

Observándome.

Hice una pausa antes de voltear.

Cuando nuestras miradas se encontraron, levantó una mano saludándome.

Sonreí.

Durante un instante pensé que se acercaría.

Pero entonces escuché una voz.

—¡Axel!

Era su primo.

Lo llamó una vez.

Después otra.

Y luego una tercera con suficiente insistencia para que resultara imposible ignorarlo.

Axel volvió la cabeza.

Respondió algo que no alcancé a escuchar.

Luego volvió a mirarme.

Pensé que se acercaría.

No lo hizo.

Y por alguna razón,

el hecho de que decidiera no hacerlo

pesó más que si lo hubiera hecho.

Se encogió ligeramente de hombros, como disculpándose en silencio.

Y comenzó a caminar en dirección contraria.

Observé cómo se alejaba.

Y me sorprendió la forma en que me afectó.

Nos conocíamos desde hacía apenas dos días.

No deberían ser suficientes para extrañar a alguien.

Ni para sentir que una despedida llega demasiado pronto.

Pero, aun así, mientras lo veía alejarse, tuve la sensación de que el viaje estaba terminando antes de tiempo.

La pantalla volvió a iluminarse.

Era otro mensaje.

"El vehículo se ha averiado. Nos retornamos en grúa. Acaba de llegar. Tengo que irme."

Leí el mensaje dos veces.

Después levanté la vista.

A lo lejos vi la grúa estacionada cerca del vehículo.

Varias personas se movían alrededor organizando el regreso.

De repente todo se sintió mucho más real.

El viaje había terminado.

De verdad.

Y con él terminaba también aquella burbuja extraña en la que habíamos vivido durante los últimos días.

Pensé en responder varias cosas.

Finalmente escribí:

"Espero que lleguen bien."

Mientras esperaba una respuesta, volví a abrir la conversación.

No tenía ningún motivo para hacerlo.

Observé la fotografía que me había enviado.

Después miré su perfil.

Y entonces noté algo extraño.

La foto había desaparecido.

No pregunté.

Pero lo entendí.

Parpadeé.

Volví a revisar.

La imagen seguía sin estar.

La noche anterior le había preguntado quién era la mujer que aparecía junto a él.

No había insistido.

Ni siquiera estaba segura de haber quedado satisfecha con la respuesta.

Y, sin embargo, la fotografía ya no estaba.

En ese momento no le di demasiada importancia.

Me pareció una coincidencia curiosa.

Nada más.

Sin embargo, años más tarde seguiría recordando aquel detalle.

Porque después de aquel día nunca volvió a utilizar una fotografía donde aparecieran juntos.

La pantalla volvió a iluminarse.

"Lo haremos ??"

Sonreí.

Después guardé el teléfono.

Las olas seguían rompiendo contra la orilla.

Todo parecía exactamente igual.

Y, sin embargo, algo había cambiado.

Mientras observaba cómo la grúa comenzaba a preparar el vehículo para el regreso, tuve la extraña sensación de que aquella despedida no era realmente una despedida.

—¿Qué estás mirando con tanta concentración?

La voz de Marina me sobresaltó.

No las había escuchado acercarse.

Camila y ella se encontraban observando en dirección al mar.

Seguí su mirada.

La grúa continuaba preparándose para partir.

—¿Quiénes son? —preguntó Camila—. ¿Los de la grúa?

—¿O los que se van en ella? —añadió Marina, cruzándose de brazos.

Aparté la vista del vehículo.

—Nadie.

Marina arqueó una ceja.

—Claro.

Ignoré el comentario.

—Solo me alegra que nosotros no tengamos problemas de vehículos.

—Eso sí es verdad —dijo Camila.

—Apenas sé cambiar el aceite —continué—. No puedo estar lidiando con reparaciones de piezas ni con mecánicos.

Camila soltó una carcajada.

Las tres nos reímos.

Por suerte, el tema murió ahí.

O al menos eso aparentó.

Porque antes de darse la vuelta, Marina volvió a mirar en dirección a la grúa.

Después me miró a mí.

Esta vez con una expresión diferente.

Más suave.

Y sonrió.

Como si hubiera entendido algo que decidió no decir en voz alta.

—Por lo menos me alegra que no estés pensando en Lorenzo.

Camila giró la cabeza inmediatamente.

—Marina.

—¿Qué? —respondió ella encogiéndose de hombros—. Es verdad.

El ambiente se volvió un poco más silencioso.

No porque me molestara escuchar su nombre.

Sino porque me sorprendió darme cuenta de que tenía razón.

Marina continuó hablando antes de que alguien pudiera cambiar de tema.

—En serio, Valeria. Te he visto estas últimas semanas.

Hizo una pausa.

—Y también te he visto estos últimos días.

Bajé la vista hacia la arena.

—No exageres.

—No estoy exagerando.

Esta vez su tono era completamente sincero.

—Te ves más ligera.

Más tranquila.

Más presente.

Camila asintió.

—Yo también lo he notado.

Marina sonrió.

—Fue una buena decisión hacer este viaje.

Miré hacia el mar.

Las olas seguían llegando a la orilla.

Una detrás de otra.

Constantes.

Pacientes.

Quizás tenía razón.

Quizás había sido una buena decisión.

Aunque sospechaba que no era únicamente por el viaje.

Esa tarde todavía no lo sabía.

Pero antes de que terminara el día, Axel volvería a escribirme.

Durante mucho tiempo fingí que no había escuchado correctamente su respuesta aquella noche en la playa.

Como si ignorarla pudiera volverla menos real.

Pero, si soy completamente honesta, creo que sí escuché la palabra esposa.

Y quizás por eso seguí recordando aquella fotografía que desapareció al día siguiente.

Porque algunas partes de nosotros reconocen la verdad

mucho antes de que estemos preparados para aceptarla.

No me despedí de él como quería.

Ni como debía.

Ni como alguien que sabía lo que estaba dejando atrás.

Y por alguna razón…

eso no se sintió como un final.