Capítulo 1
Si me hubieran preguntado aquel fin de semana qué estaba buscando, habría respondido sin dudar que buscaba aventura.
Habría hablado del lodo. De los vehículos. De las playas. De la emoción de recorrer caminos desconocidos.
Nunca habría mencionado a Axel.
Mucho menos a Lorenzo.
Porque entonces todavía no entendía que algunas decisiones cambian mucho más que un simple fin de semana.
Todo comenzó con una elección.
Por un lado, un evento de música electrónica que prometía una noche interminable.Por el otro, una expedición de tres días atravesando el país entre caminos de tierra, campamentos y playas.
Durante años habría elegido la fiesta.
Me gustaban las luces. La música. El movimiento constante.Las botellas de cava llegando a las mesas con velitas bengalas, la euforia, las fotos que intentaban capturar la mejor noche de nuestras vidas.
Pero, con el tiempo, todo empezó a sentirse igual.
Como una escena repetida.
Vacía.
Quizás porque muchas de esas noches estaban asociadas a Lorenzo.
Cuando lo conocí, trabajaba en un call center.Había algo especial en él.
Tenía una facilidad natural para convencer.
Eso fue lo primero que me atrapó.
Y también lo que terminó rompiéndolo todo.
En ese momento estaba entrando en un mundo donde las comisiones y oportunidades eran reales.
Y pensé en él.
Nunca juzgué a las personas por su pasado. Siempre me interesó más lo que podían llegar a ser.
Y Lorenzo tenía potencial.
Empecé a imaginarlo dentro de mi vida.
Como alguien con quien podía construir.
Creí que él también lo veía así.
Hasta que entendí que también sabía vender ilusiones.
Cuando me pidió dinero para una supuesta demostración de negocios, no dudé. Lo vi como una inversión.
Después supe la verdad.
Ese fin de semana estaba oficializando una relación con otra mujer.
Mientras yo seguía creyendo en planes que nunca existieron.
El dinero no fue lo más difícil de aceptar.
Lo que pesó fue haber confiado.
Sin sospechar nada.
Por eso elegí la expedición.
No porque estuviera huyendo.
O eso necesitaba creer.
Solo necesitaba algo distinto.
Aire.Distancia.Ruido de motores en lugar de música.Lodo en lugar de luces.
La aventura siempre había sido mi debilidad.
Desde niña, me atraía la idea de perderme para descubrir algo nuevo.
Me gustaba explorar.
Quizás porque los mejores descubrimientos no ocurren cuando sigues el camino…
sino cuando decides salirte de él.
Así que preparé mis cosas y me fui.
La caravana era inmensa.
Cientos de vehículos, senderos y caminos improvisados.
En algún punto nos perdimos.
Años después sigo creyendo que fue lo mejor que pudo pasarnos.
Porque al intentar encontrarnos, dimos con otro grupo.
Nos hicieron espacio.
Compartieron comida, direcciones, historias.
Como si ya nos conocieran.
Entre ellos estaba Axel.
No recuerdo nuestra primera conversación.
Recuerdo la sensación.
La facilidad.
Hablar con él no requería esfuerzo.
Axel parecía pertenecer a ese mundo. Entendía los vehículos, los caminos, los riesgos. Cuando el terreno se complicaba, todos terminaban mirándolo.
—Bajen la velocidad aquí.—No entren por ese lado.—Mantengan distancia.
No levantaba la voz. No lo necesitaba.
Todos escuchaban.
Y no porque tuviera que imponerlo.
Me gustaba observarlo.
Más de lo que esperaba.
Había algo en la forma en que se movía.
No era solo seguridad.
Era control.
Del entorno.
De las personas.
De la situación.
Incluso de mí.
No hacía nada evidente.
Pero cada vez que se acercaba,
sentía que mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza.
Como si lo reconociera.
Como si ya supiera lo que podía pasar
si lo dejaba demasiado cerca.
Y entonces noté algo inesperado.
Axel tenía mañas al comer, como un niño.
Apartaba con cuidado lo que no le gustaba, como si fuera una amenaza real.
Me pareció extraño. Y extrañamente tierno.
Había algo en ese detalle que no encajaba con lo demás.
Seguimos hablando durante el recorrido.
Intercambiamos números.
Y sin darme cuenta,
comenzó a despertar en mí algo
que no estaba buscando.
Esa noche intentamos encontrarnos en el campamento.
Pero había demasiada gente. Demasiado movimiento. Demasiada oscuridad.
Nunca coincidimos.
Lo dejamos para el día siguiente.
Y aunque no quería admitirlo, me fui a dormir pensando en él.
Al día siguiente llegamos a la playa.
El grupo entero terminó en el agua.
Ese día también ocurrió algo que nunca había hecho antes.
Monté jet ski.
Había visto a otros hacerlo.
Nunca me había atrevido.
Hasta ese momento.
Al principio fui cautelosa.
Después un poco menos.
Y luego aceleré.
El viento golpeaba mi rostro.
Las olas saltaban bajo la moto.
Por primera vez en mucho tiempo no estaba pensando en nadie.
Ni en Lorenzo.
Ni en el futuro.
Solo existían el agua, el viento y el rugido del motor bajo mis manos.
Solo estaba allí. Avanzando.
Aquella sensación de libertad me acompañó el resto del día.
Mucho después entendería por qué me resultó tan difícil olvidarla.
Más tarde, el grupo decidió entrar a la playa.
La temperatura comenzó a bajar.
Axel abrazó a una amiga que tenía frío.
Yo estaba cerca.
—Yo también tengo frío.
Sonrió.
Y algo cambió.
Poco a poco todos comenzaron a salir.
Uno a uno.
Hasta que nos quedamos solos.
Más tarde, mientras Axel y yo hablábamos solos dentro del agua, terminé contándole la experiencia.
Le expliqué que era la primera vez que montaba una.
Cómo había empezado despacio.
Cómo terminé acelerando casi hasta el fondo.
Cómo sentí una mezcla de miedo y emoción que me hizo reír como una niña.
Axel me observaba mientras hablaba.
Sonriendo.
Como si la historia fuera más interesante de lo que yo misma creía.
—¿Era tu primera vez?
Asentí.
—Y aceleraste así de rápido.
Me encogí de hombros.
—Si voy a hacer algo, prefiero hacerlo bien.
Se rió. Pero había algo más en su expresión.
Algo parecido a la admiración.
Como si estuviera descubriendo una versión de mí que no esperaba encontrar.
Y quizás tenía razón.
Porque yo también la estaba descubriendo.
La luna empezaba a elevarse.
Y yo dejé de pensar.
—Qué linda se ve la luna.
Axel observó el reflejo sobre el agua. Luego me miró.
El agua nos envolvía con ese frío que poco a poco dejaba de sentirse.
Estábamos más cerca de lo necesario.
No porque el espacio fuera reducido,
sino porque ninguno de los dos parecía tener intención de alejarse.
Podía sentir su respiración.
El leve roce de su pecho contra el mío cuando una ola nos movía.
Y por primera vez en mucho tiempo,
no quise analizarlo.
Solo quedarme ahí.
Un segundo más.
Y otro.
Sabiendo exactamente lo que iba a pasar.
—Siento una conexión especial contigo.
No sé por qué.
Hizo una pausa breve.
—No sé explicarla.
No quise analizarlo.
Me acerqué.
No se movió.
Y creo que eso fue lo que más me descolocó.
Cualquier otra persona habría acortado la distancia.
Él no.
Solo me miró.
Como si estuviera esperando
a que fuera yo quien cruzara esa línea.
Y por alguna razón,
lo besé.
Durante unos segundos el mundo desapareció.
Y no quise recuperarlo demasiado rápido.
Solo existía el sonido del agua moviéndose a nuestro alrededor.
Entonces hizo algo inesperado.
Sin dejar de besarme, me tomó de la cintura y me hundió.
Todo ocurrió tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar.
Durante un instante seguimos besándonos debajo del agua.
Hasta que sentí que comenzaba a entrarme agua por la nariz.
Me separé de golpe.
Comencé a toser mientras intentaba recuperar el aire.
Axel rompió a reír.
Cuando se reía, inclinaba ligeramente la cabeza hacia abajo.
Como si le incomodara recibir demasiada atención.
—Creo que eso no salió como lo imaginaba.
Yo seguía tosiendo.
—Definitivamente no.
Y aun así terminé riéndome también.
Era la clase de momento espontáneo que no se puede planificar.
De esos que años después siguen apareciendo en la memoria cuando ya casi todo lo demás se ha vuelto difuso.
Entonces recordé la foto.
Su foto de perfil.
Había alguien más.
Una mujer.
Durante unos segundos dudé.
No quería arruinar la noche.
Pero tampoco podía ignorarlo.
—¿Quién es la persona que sale contigo en la foto?
Axel respondió.
Escuché su respuesta.
No era suficiente.
Pero esa noche decidí no exigir más.
Salimos del agua.
Axel me pidió que lo siguiera.
Caminamos por un sendero apenas iluminado por la luna.
Y entonces lo vi.
El mar brillaba.
Miles de destellos azulados aparecían con cada movimiento de las olas.
Nunca había visto luminiscencia.
Era irreal.
Hipnótica.
Por un instante desapareció todo.
Solo quedaban la noche, el mar y una sensación que llevaba tiempo sin sentir:
libertad.
Cuando regresamos, el BBQ ya estaba en marcha.
El aire olía a carne asada. Algunos tostaban malvaviscos. Otros discutían alrededor de una botella de ron que todos llamaban “gasolina”.
—Eso no es ron.—Eso es combustible.
Las risas estallaban.
El primo de Axel apareció a nuestro lado.
Me miró, sonriendo.
—Así que tú eres la responsable de mantenerlo ocupado.
Axel soltó una risa incómoda.
—No empieces.
Levanté las manos.
—Es mi primera vez. Prometo hacerlo mejor.
Reímos.
Pero en su mirada había algo más.
Como si ya supiera.
Acepté un vaso de aquel ron.
Lo probé. Y entendí el apodo.
Alguien empezó a cantar.
En segundos, otros se unieron.
Nos miramos.
No hizo falta decirlo.
—Tenemos que irnos.—Sí.
Nos alejamos.
Hasta que las voces fueron solo un murmullo lejano.
Nos sentamos en la arena.
La luna dibujaba un camino plateado sobre el mar.
El frío volvió.
Intenté ignorarlo.
Axel no.
Se acomodó detrás de mí y me rodeó con sus brazos.
Me apoyé contra él.
Y entonces lo escuché.
Su corazón.
Me quedé quieta.
Solo escuchando.
El mar.El viento.Su respiración.
No quería saber quién había sido antes de conocerme.Tampoco quería explicarle quién era yo fuera de ese momento.
Por una vez, no necesitaba entender.
Me bastaba con el sonido de las olas.Con el reflejo de la luna sobre el agua.Con el calor de sus brazos rodeándome mientras la madrugada avanzaba.
Éramos dos desconocidos.
Dos historias que aún no se conocían.
Y, por primera vez en mucho tiempo,me sentí en paz.
Y no tenía idea
de lo efímero que era todo.
En ese momento no lo sabía.
Pero ese primer beso…
no fue un inicio.
Fue una advertencia.