Descenso por las paredes 20 #3
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Pero, cuando volví en mí, me di cuenta de que era diferente.

Esta no era del todo… Mi casa. El alfombrado tenía un tono más apagado, como si hubiera sido drenado de su color.

—¿Dónde estamos? —Nadie respondió—. ¿Eva?

Aún sujetaba sus manos... sí, las sujetaba.

Pero de la persona a quien pertenecieron, ya no estaba allí.

Los dos brazos, blancos y delgados, seguían apretadas a las mías, rígidas como el mármol, con el muñón de sangre, apenas coagulado.

No las solté, lo juro. No las solté. Me tiré al suelo y maldije en silencio, me sentí observado, pero ya no importaba.

El calor comenzaba a ser insoportable, y sabía perfectamente de dónde provenía.

Un rato después de llorar. Fui tambaleando con las manos de Eva hacia la cocina, pero incluso allí todo era extraño. Los muebles estaban dispuestos de modo distinto, sus colores eran más pastel.

Y el puto agujero, me daba la bienvenida a la perdición.

Estaba allí, en toda la mitad, el mismo agujero que hicimos con Charles y Eva.

Sabía que si seguía por allí... No volvería.

Aunque bajara, nada cambiaría. Aunque quise bajar, quise enfrentarme a morir, a salvar a Eva.

Pero… ¿Qué cambiaría? Con impotencia, vi el lago desde la ventana; su superficie negra se extendía hasta el fin del bosque.

Este no era mi mundo. Fue uno de los tantos que me mostró él.

Oí los gritos de las cucarachas, cada aullido rebotaba en las paredes como una burla, devolviéndome solo el rumor de mi desesperación.

Entonces, fui al cuarto superior y, mirando por la ventana hacia Tail Street, observé los cambios.

La casa de Charles era negra, totalmente negra, como si el carbón se hubiera fusionado con los ladrillos.

No sé si era por el incendio o por algo más...

pero era diferente. El cuarto de afuera seguía siendo el más destrozado.

Mi Porsche Cayenne azul ya no era de ese color; era gris, al igual que la furgoneta de Eva, que aquí era café. El nombre de la compañía seguía intacto. Eva Co., solo con un cambio en su fuente.

Vocciethum había cometido un error en su gran inmensidad. Sí había "realidades" donde él no lograba proyectarse del todo, pero aun así, conseguía arrastrarme en el vasto universo… y a Eva, dónde fuera que se encontrara.

Traté de buscarla por la casa, pero no hubo rastro, debía estar en otro lugar, sin la mitad de sus brazos.

Pero no me dio asco de ellos… Eva había sido mi último lazo con algo humano, algo real.

Y sostener esas manos, aunque ya no le pertenecieran, aunque comenzaran a helarse, era todo lo que podía hacer para no perderme también en este mundo ajeno, les daría un funeral.

Tomé una sábana y envolví los brazos de Eva con cuidado, tratando de ignorar el temblor en mis manos.

Fui a mi “otra” habitación, encontré algo de ropa y alisté todo en una maleta que nunca tuvimos.

Luego oí otra explosión. El fuego que creció por la casa de Charles iba serpenteando por el resto de las casas de Tail, bajé a la cocina, y abrí el gas.

—Allí lo tienen, malditas cerdas —dije. Vi al lago Phillips.

Insano hasta su muerte, pensé. Tomé las llaves del auto, agarré mi billetera y salí a Tail Street, con la maleta, dónde guardé los brazos de Eva.

La herida de mi pierna, mis laceraciones y mis heridas me ardían...

y seguían consumiéndome. Pero aquella herida en mi palma, con su extraña forma, seguía intacta, como si fuera una marca que nunca desaparecería.

Entré en mi Cayenne gris. Las llantas estaban pinchadas, deformadas por la presión, pero con que pudiera llegar a la Interestatal 35, me las arreglaría.

Además, estaba seguro de lo que iba a ocurrir dentro de poco.

Me apresuré, y cuando presioné el acelerador, Tail Street tembló.

Sus criaturas salieron al pueblo, cada uno de los que debieron ser los vecinos de este Jonnathan, desorientadas y asustadas, saliendo de sus cuerpos. Arranqué y atropellé a las que pude.

El granito reaccionó a lo que pasaba debajo.

Oí de nuevo aquel grito que pertenecía a la Madre.

Un resplandor rojo penetró todo y me cegó.

Todas las casas comenzaron a derrumbarse, siendo atraídas por el lago Phillips.

Incluso allí, la fuerza era abrumadora, arrancaba los pedazos de las casas, como si fuera polvo.

Advertí cómo muchas cucarachas blancas salían desprendidas de cada hogar, y sus recipientes, los cuerpos sin vida, volaban por los aires con ellas.

Cuando llegué al último tramo, la calle se abrió en dos, y detrás, el pueblo colapsó sobre sí mismo, cerrándose como una trampa de oso. La grieta se extendió, arrastrando los restos de Tail hacia el lago que ahora hervía con una furia desatada, maniobré con cuidado, hasta que salí… por fin.

Cuando bajé a la principal, el ruido había hecho estragos.

Muchos conductores salían de las ventanillas de sus autos, observando el escenario.

Creo que estaban demasiado ocupados tratando de entender lo que pasaba, como para fijarse en un Cayenne gris que salía disparado de Old Route, siguiendo la ruta al norte, con las ruedas hechas añicos.

Ni tampoco se fijaron en el conductor que gritaba mientras apretaba el acelerador, golpeaba el manubrio y lloraba.