Descenso por las paredes 20 #2
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20 #2

Era la que daba la tonalidad a aquel lago: roja…

Más que roja, un color oscuro, profundo, casi como si absorbiera toda la luz a su alrededor.

Sus antenas se retorcían como anguilas, y sus millones de patas parecían moverse en un ritmo lento y profundo.

Su rostro era una amalgama de antigüedad, la primera criatura de la existencia.

Todo lo demás nadaba alrededor de ella, protegiéndola, orbitando como si fueran satélites alrededor de un dios primordial.

El canto metálico sonaba aún allí, distorsionándolo todo.

Para esas criaturas, nosotros no éramos un peligro, éramos mártires andantes.

Pero mi posición no les interesaba. Me lancé hacia la superficie, nadando desesperado, sintiendo cómo mi cuerpo se desgarraba.

Me enganché entre las raíces del valle pútrido, que desgarraron mis manos mientras me abría paso, como cuchillas.

Al llegar arriba, vi cómo el vórtice del lago giraba, y los Sabios deformes se colaban en la ceremonia.

A unos metros, el cuerpo de Charles intentaba articular palabra, pero su mandíbula se había desprendido, colgando grotescamente antes de caer al agua.

Era como si su maldad, o quizás la carga de Vocciethum, estuviera destruyéndolo desde adentro.

Sus dedos comenzaron a desintegrarse, volviéndose polvo mientras su cuerpo se deshacía.

Todo lo que quedó fue un manto de cucarachas protegiendo la sustancia negra que aún burbujeaba en su pecho.

Eva estaba allí. Temblaba, pero sus manos no dudaron.

Cogió la .22 que descansaba a sus pies y disparó.

Primero, un tiro al núcleo deforme del monolito.

El disparo causó un poco de daño, y grietas comenzaron a expandirse por la roca.

Disparó de nuevo, y este comenzó a resquebrajarse como vidrio bajo presión.

Finalmente, giró el arma hacia el bebé que reposaba en la piedra.

El ser era pequeño, casi humano en su forma, pero terriblemente errado.

Su piel transparente dejaba ver un interior retorcido: órganos que palpitaban como si quisieran escapar, huesos que se movían bajo la carne como criaturas independientes, imperfectas.

Su rostro, una caricatura horrible de un niño, sonreía con dientes demasiado grandes y oscuros.

Antes de que Eva disparara, el bebé habló con una voz que no pertenecía a este mundo.

Era una cacofonía de llantos, risas y susurros, todos hablaron al mismo tiempo:

—No han visto el arder. No han visto el final. El ciclo volverá, y tú te convertirás en solo un punto minúsculo más en el abismo.

Eva cerró los ojos, apretó los dientes, y jaló del gatillo.

Pero justo antes de que el disparo diera al blanco, una de las criaturas, con humanos fusionados, se lanzó hacia ella, derribándola.

El arma cayó al suelo, resbalándose hacia el borde de la piedra.

La criatura intentaba rodearla, sus brazos deformes y húmedos se aferraban a su cuello, mientras su rostro lleno de bocas siseaba palabras incomprensibles.

Eva luchó, golpeó frenéticamente con sus manos, mientras los gritos de la cosa se entrelazaban con los suyos.

Me lancé al agua, y atravesé lo más rápido que pude el lago, que trató de jalarme para abajo.

Salí mientras mi ropa, se diluía en mi piel.

Me abalancé sobre la criatura, arrancándola de un tirón mientras sentía cómo su piel gelatinosa se quedaba pegada a mis manos.

Eva jadeó, sus dedos buscaron desesperadamente la pistola.

Otra criatura, una cubierta de espinas, emergió del vórtice, arrastrándose hacia nosotros.

Eva rodó, tomó la .22 y disparó dos veces a quemarropa.

La primera bala atravesó la cabeza de la criatura, pero la segunda se perdió en el caos.

Aprovechando un instante de tregua, giró el arma hacia el bebé de nuevo.

El ser, ahora consciente del peligro, comenzó a retorcerse.

De su boca salió un grito agudo que hizo sangrar mis oídos.

Su piel comenzó a desgarrarse desde el abdomen, dejando salir una masa viscosa que se extendía hacia Eva.

La masa, negra e indiferente, parecía tener vida propia, buscaba envolverse alrededor del brazo de Eva. Quería tomarla, como hizo con Charles.

—¡Hazlo ahora! —Exclamé, intentando contener a la otra criatura que se lanzaba hacia nosotros.

Eva jaló del gatillo. El disparo fue definitivo.

La cabeza del bebé explotó en una masa de fluidos negros y carne translúcida.

Fue como si el mundo se quebrara. Las grietas que antes habían sido pequeñas fracturas se convirtieron en fisuras enormes.

El vórtice se ensanchó, y todo comenzó a ser arrastrado hacia el lago Phillips.

Las criaturas hechas de cucarachas comenzaron a disolverse, retorciéndose en agonía mientras caían al agua, una por una.

La Madre, en lo profundo, soltó un rugido que hizo vibrar todo lo que debió ser Tail, un resplandor rojizo de su colera salió atravesando el lago, misma antes de hundirse en la oscuridad.

La lluvia volvió a caer, pero ya no era cálida. Era fría, húmeda y negra como la tinta. Eva salió corriendo hacia mí, su cuerpo estaba empapado y sus manos temblaban, aún sostenía la .22. Vocciethum, la figura etérea que se proyectaba comenzó a temblar. La realidad misma se distorsionaba con él.

—¡Eva! ¡Acá! —Grité, extendiendo mi mano hacia ella.

Ambos nos lanzamos al lago, y juntos salimos tambaleándonos hacia la orilla más cercana que pudimos encontrar.

La ayudé a levantarse, y ambos, abrazados, miramos cómo el caos se apoderaba del lugar.

Lo que quedaba del bebé pataleaba en su piedra, agonizando en un espectáculo grotesco.

Su cuerpo se retorcía, deshaciéndose en charcos de un líquido espeso que parecía devorar la misma piedra en la que descansaba.

Y entonces, todo comenzó a desaparecer, tragado por el lago.

La Madre, los necesitaba de nuevo, allá abajo, para que le sirvieran por otra eternidad.

Pero, justo antes de salir, una explosión enorme se dio en el monolito.

La piedra nunca fue una prisión, y los dos lo sabíamos.

Servía como manifestación, ya sin nada que "representar"; la roca se consumió a sí misma, como si se estuviera abriendo.

Se desplomó en una espiral de colores que no deberían existir: violetas grisáceos, negros infinitos y un rojo parecido al de la Madre.

Como polvo espacial, se manifestaron alrededor del valle pútrido.

Y al igual que un vórtice, hizo un agujero abismal, que comenzó a consumirlo todo, jalando todo.

La fuerza de succión arrancó los árboles, parte del río y la hierba.

Y pronto haría lo mismo con nosotros. Traté de agarrar a Eva con fuerza y arrastrarnos por el suelo, mientras la tierra, y parte del río con algunas cucarachas que no habían logrado llegar al fondo, eran absorbidos.

La grieta era una puerta a una galaxia, a un cosmos de donde provenían Ellos.

Las paredes se partían en grietas luminosas, enormes rocas que eran succionadas y aspiradas.

El suelo temblaba. Me agarré de una de las raíces filosas.

Eva y yo estábamos a solo unos metros de la grieta.

La fuerza del vórtice tiraba de nuestras ropas, nuestros cabellos...

De nuestro mundo. Mis manos estaban sudorosas, y mi mente era un torbellino de recuerdos y arrepentimientos.

Sadie. Mis hijos. Charles. Todos ellos, tragados por algo que nunca entendí.

—Casi creí que lo habíamos logrado —dijo Eva, siendo eclipsada por el rugido del apocalipsis. La sangre y las lágrimas en su rostro se mezclaban, creando una máscara de derrota—. Pero... esto siempre iba a pasar, ¿verdad?

Quise responder, pero las palabras no salieron. Ella se giró hacia mí, con una mirada que ya no buscaba respuestas, solo compañía en la oscuridad.

—¿Y si simplemente saltamos? —Preguntó—. Tal vez, tal vez sea mejor que esperar aquí. Tal vez... ya no sintamos nada.

—No lo sé —Admití. Las raíces me cortaban, y pronto acabaríamos tragados por eso. Ella asintió lentamente, como si mi duda fuera suficiente. La vi observar el enorme vórtice. No era mi Sadie, pero también había perdido demasiado. No podía dejarla así—. Lo siento, Eva... No debiste venir.

—No pida perdón ahora, Jonnathan. ¿Cree que moriremos?

—Tampoco lo sé, Eva.

—¿Quiere tomar el riesgo? Tarde o temprano nos jalará —sus ojos, cargados de terror y algo de esperanza rota, me buscaron.

—Lo sé. Hagámoslo, pero juntos. Los dos.

—¿Lo dice en serio? ¿Incluso ahora? —Afirmé con la cabeza.

Y entonces, solté la raíz.

El mundo fue en cámara lenta. El vórtice nos arrastró como si fuéramos hojas secas de otoño en el aire.

La tierra se desgarró, los árboles y las sombras fueron tragados por la grieta mientras colores que nunca había visto inundaban nuestra visión.

Sentí el frío del abismo envolverme, pero también algo más: una calma, como si la locura misma nos diera la bienvenida.

Abracé más fuerte a Eva; solo tenía una cosa en la mente: no la sueltes.

Cuando volvimos a abrir los ojos, vimos estrellas rotas, galaxias deformes que morían y renacían en un ciclo interminable.

Formas serpenteantes se movían entre los escombros celestiales, gigantescas y abstractas.

Se retorcían como si disfrutaran de su libertad…

era la galaxia. Los planetas chocaban. Y todo terminaba.

No la sueltes.

Eva se aferró a mí con todas sus fuerzas, y yo a ella.

Éramos dos almas flotando en el espacio, enfrentando el infinito.

A lo lejos, vi mundos colapsar y nacer en un suspiro, universos enteros destruyéndose para alimentar algo más grande.

El aire, si es que había algo parecido al aire, vibraba con un coro antiguo, una melodía que no se podía escuchar, solo sentir.

Solo no debía soltarla. El cosmos nos devoró.

Abracé a Eva más fuerte que nunca. Y el universo lloró con nosotros. Perdí la consciencia.

Choqué contra algo que me resultó familiar cuando desperté.

El golpe silbó en mi cabeza, con un estrépito distante.

Fue como si despertara con jaqueca. Me sentí confundido; el uniforme dado por la compañía Eva Co.

, seguía sobre mí, medio deshecho, con los bordes diluidos y manchas oscuras que no reconocía si eran mi sangre o la de la lluvia.

La luz entró por las ventanas, pero no era la luz cálida del sol.

Era pálida, casi enfermiza, se filtraba entre las cortinas, de la sala.

Era la sombra del fuego, de la casa de Charles.