Descenso por las paredes 20
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Mis brazos cicatrizaron casi al instante, pero quedaron lacerados con surcos profundos que revelaban más carne fibrosa.

La palma de mi mano, donde la cucaracha me picó, se mantuvo cruda y abierta, palpitando, debajo de la piel.

Creo que fue porque mi piel volvió a ese mundo, lejos de la sustancia espumosa rubí.

Aunque, sabía que aquello —lo que le había hecho—, no le haría daño.

No era más que una distracción efímera. Que solo logró encolerizarlo. Me giré hacia Eva.

Hundía las manos frenéticas en su mochila, arrojando frascos, vendas y lo que encontraba hacia Charles, que estaba sentado, sosteniéndose del costado de su pecho.

Su uniforme estaba empapado, y debajo, la carne parecía deslizarse como si intentara despegarse de los huesos, la lluvia era más intensa.

Volví a ver arriba, las cosas, sus demonios, se acercaban.

—Bueno, ahora sabemos que disparas como el demonio, chica… —Charles salivó algo oscuro antes de hablar, y cuando Eva trató de acercarse para ayudarlo, él la detuvo con un gesto seco—. No hay nada que hacer, cariño. Salgan de aquí.

—Charles… —Eva apenas logró musitar, sus labios temblaban como si intentaran negarse a todo lo que pasaba—. Nadie va a salir de aquí. Jonnathan, ¿qué hacemos?

—Vocciethum no busca nuestra muerte, no por ahora —dije, tratando de ignorar la pulsación dolorosa de mi mano—. Quiere aceptación. Busca que lo encadenemos a este mundo. A esta realidad.

—¿Y si destruimos eso? ¿Esa piedra? —Preguntó Charles con dificultad.

—No serviría de nada, nada… —respondí con voz melancólica—.

Perdimos desde que descendimos por ese túnel.

Esto lo ha hecho infinitas veces, me hizo verlo.

Lo he visto… —miré a Eva, que parecía a punto de desmayarse, solo me observó cautelosa—.

Siempre bajo yo. Solo. Con Becky. Pero esta vez fue diferente.

Es la primera vez que ustedes dos están aquí conmigo.

—¿Qué diablos estás diciendo? —Gruñó Charles—. ¿Este es el fin del mundo…? ¿Qué demonios, Jonnathan?

—Si Vocciethum entra, el mundo como lo conocemos dejará de ser así. No lo entenderemos. No lo controlaremos. Lo he visto, he visto demasiado…

Levanté la mirada hacia las criaturas y fenómenos que antes merodeaban en la distancia.

Ahora se deslizaban hacia nosotros, en una amalgama cruel y desproporcionada de extremidades esqueléticas y torsos hinchados.

Algunos no tenían ojos, pero sus rostros se torcían con expresiones de hambre primitiva.

Unos cuerpos, similares a los nuestros, se levantaban del río viscoso, pero eran todavía más abstractos, incompletos.

Eran nuestras familias, o algo que intentaba imitarlas, de nuevo, eran las cucarachas, pero ya no venían a jugar con nosotros, no. No.

Esta vez las cucarachas no solo volvían a materializarse en Lily, la esposa de Charles, sino también en todos los que alguna vez nos habían marcado.

Eran cuerpos humanos, pero despojados de vida.

La piel parecía demasiado delgada, como el plástico, como si estuviera a punto de desgarrarse y dejar caer la carne en tiras, colgando como trapos húmedos.

Las extremidades estaban torcidas, los dedos se convertían en garras que arañaban su propia carne.

Los genitales, hinchados y deformes, exudaban fluidos que parecían bullir como un caldo pestilente.

Las bocas estaban costuradas, dejando escapar gemidos guturales y jadeos que vibraban con un rumor profundo.

Mi Sadie, mis hijos, todos estaban ahí, convertidos en parodias grotescas hechas para hacernos sufrir.

Y allí, más lejos, vi a un hombre. Por su rostro debía ser el padre de Eva, pero su mirada era un abismo profundo y deteriorado.

Las figuras de mi esposa y mis hijos emergieron lentamente, desnudos.

Sus bocas estaban cosidas con algo que se movía entre los puntos, como larvas largas y anchas.

Desde sus costillas abiertas brotaban brazos diminutos, que se estiraban y crispaban hacia el aire.

Charles vio a su esposa, Lily. Su rostro se hundía en sí mismo, dejando un hueco negro y brillante, de donde salían fragmentos de dientes que crujían al chocar entre sí.

—Podemos matarnos aquí mismo —murmuré, tomando el rifle que yacía cerca de mis pies, poniéndome en cuclillas. Aún tenía una bala—. Es la única forma. No quiero que esas cosas nos tengan.

—Cállate, Jonnathan —dijo Charles, tosió más sangre—. Si Vocciethum necesita algo, entonces me necesita a mí. Si puedo tomarlo, quizá ustedes tengan una oportunidad —Eva sollozó. Su rostro estaba cubierto de mugre y sangre seca, sus ojos ardían en la desesperación.

—¡Charles, no digas estupideces…! Si te toma, te matará —arriba, los grandes, antiguos y deformes abrían más sus fauces de mil espadas directo hacia nosotros.

—Muchacho, más muerto no puedo estar. ¿Qué otra alternativa le queda al cabrón ese? Si nos trajo aquí, es por algo. Nos necesita.

—Charles… no puedo perderte a ti también, amigo. Por favor, te lo suplico, amigo. Anciano… no lo hagas.

Pero ¿cómo decirle que no quería verlo morir, al igual que a mi familia o a Becky? Que había aceptado nuestro destino caótico. Incluso dudé. Tomé el rifle y, viendo que solo le quedaba un disparo, pensé en utilizarlo en Eva, la más inocente entre nosotros, y sacrificarme con Charles.

Pero justo antes de cometer la acción, el río volvió a hervir.

Las criaturas que antes se mantenían lejanas en su valle pútrido comenzaron a moverse hacia nosotros, retorciéndose como serpientes heridas, sus torsos se desojaban.

Las cosas que tomaron los disfraces de nuestros familiares ya casi salían a la orilla.

El monolito empezó a apagarse, cubierto por la lluvia de sangre, ahora más espesa y corrosiva, que caía como una tormenta de veneno ardiente.

—Muchacho —me tomó de la mano el anciano, su piel se deshacía como barro empapado—, creo que es hora de irme. He hecho un buen trabajo. Hasta peleamos mucho. Mata al cabrón, por todos. Ya me regué todo el DDT… el fuego purifica, ¿verdad?

—Charles… —Murmuró Eva.

—¡Charles, detente! —Grité, pero fue en vano.

Con un último esfuerzo, extendió la mano hacia la piedra. Una línea negra comenzó a ascender por su brazo, arrastrando su piel como la envoltura de un caramelo, lo desgarraba. El monolito reaccionó. Emitió un destello que no era luz, sino algo que quemaba. Charles gritó, pero no fue un grito humano.

Y sus criaturas sonrieron.

Hizo lo que yo no pude hacer: aceptar a Vocciethum en su totalidad.

Su cuerpo comenzó a convulsionar mientras un grito desgarrador escapaba de sus labios.

El sello o protección, lo que mantenía la galaxia rojiza del monolito contenida, estalló.

Un rastro de rubí cósmico, ardiente como la magma, se deslizó hacia el río pútrido de cuerpos.

Las criaturas, ya frente nosotros, se detuvieron, pero sus formas comenzaron a mutar.

Sus torsos se rasgaron como frutas podridas, dejando al descubierto órganos que palpitaban al unísono, los senos deformes de Sadie y Lily se abrieron en bocas llenas de dientes puntiagudos, que chorreaban una baba negra de bilis. Rugían y escudriñaban.

De entre las piernas de mis hijos y del padre de Eva surgieron masas serpentinas, negras y brillantes, retorcidas como parásitos gigantes.

Aguijones largos y cimbreantes, coronados con puntas oscilantes que goteaban, se alzaron hacia nosotros.

Un humo negro y etéreo, se desprendió del monolito y voló hacia Charles, envolviéndolo en una sombra viviente.

Su piel comenzó a desprenderse en capas, sus músculos se retorcieron y expusieron huesos ennegrecidos que crujieron al pasar los tendones.

Mi amigo, se había ido.

El dios muerto nos miró, sus ojos azules celestes, brillantes como agujeros...

parecieron hablarnos. Era como mirar directamente al más allá, un abismo sin fin que devoraba todo nuestro juicio.

Su presencia no solo llenaba toda la ciudad, sino que la desbordaba, derramándose como un río enloquecido que arrastraba todo a su paso.

Verlo era como contemplar la cúspide de lo inevitable: un esplendor que quemaba los sentidos, tan bello que dolía, tan vasto que asfixiaba.

Sus ojos, celestes como fragmentos arrancados de la luna, brillaban con un fulgor que no era luz, sino algo más antiguo y despiadado, un destello que prometía comprensión, pero traía locura.

—¿Qué hacemos, Jonnathan? —Sostenía su .22 en las manos.

—Purificarlo —respondí, tomé la última bala de mi rifle y disparé directo a su cuerpo.

El fuego estalló, extendiéndose sobre su figura.

Su recipiente, envuelto en llamas, se retorció.

La carne se carbonizó, los tejidos se tensaron como cuerdas al rojo vivo, pero el ser, omnipotente, permaneció impasible.

La lluvia cesó abruptamente, y las cucarachas, como obedeciendo un llamado ancestral, regresaron a él.

Una marea negra de cuerpos segmentados lo envolvió en un manto vivo que crujía y susurraba. Sus ojos, ahora ríos de sangre, parecían grietas... sus tendones expuestos y palpitantes goteaban un fluido viscoso y oscuro que hervía al contacto con el suelo.

Eva se tambaleó hacia mí, sus manos temblorosas buscaron algo en lo que aferrarse. Habíamos perdido. Los cánticos volvieron, lúgubres y desesperantes. Se desplomó contra mi pecho.

—No… No… —Sollozó—. ¡No!

Mis ojos regresaron al ser, y fue entonces cuando lo noté.

Su cuerpo, que ahora se movía en espasmos grotescos, reveló un detalle espeluznante: un cordón umbilical, tenso y palpitante, se conectaba al cuerpo desfigurado de Charles.

El bebé lo controlaba, una criatura parásita que dirigía cada movimiento del dios como una marioneta de carne. ¡Era otra marioneta!

—¡El bebé! —Grité a Eva—. ¡Aún vive! ¡Ya no tiene su cápsula! ¡Ya no tiene más a dónde ir!

Esa cosa, consciente de nuestra intención, reaccionó. Emitió un sonido indescriptible, una mezcla de gruñido y sollozo que parecía provenir de un abismo indescifrable. De inmediato, sus criaturas me atacaron, lanzándome al lago pútrido. Ya no me necesitaba.

—¡Jonnathan! —Oí, antes de que el agua penetrara mis oídos.

Sentí cómo mi piel comenzaba a quemarse en contacto con el agua, infestada de demonios.

Y fue entonces cuando lo vi. Abajo, en lo más profundo del mar, estaba ella.

La Madre. La más gigante de todas las cucarachas, la más horrible y despiadada.