Descenso por las paredes NOTAS FINALES
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NOTAS FINALES

Del diario de anotaciones de Jonnathan Green. (Fragmentos recopilados tras la revisión exhaustiva del motel. Gran parte del contenido fue eliminada debido a incoherencias, errores gramaticales o pasajes ilegibles):

10 de diciembre.

Tras encontrar un mecánico que pudiera reparar las llantas —solo les colocó unos parches, nada especial—, me comentó que algunos mecánicos de mala vida ponían pinchos en las rutas cuando el negocio andaba flojo.

Yo asentí, y le pagué veinte dólares, un precio injusto, pero no había nada qué pudiera hacer.

Cuando me preguntó qué había pasado, le mentí sin esfuerzo: una pelea en un bar.

Su sonrisa indicó que aceptó la respuesta como un hecho cotidiano.

Claro, porque así debía ser. Le pregunté cuál era la ruta más fácil para llegar a Bonanza. Me dijo que tomara la ruta Fantasma.

—Aunque debería tener cuidado. Si salió así de una simple pelea en un bar, en Bonanza no saldrá mucho mejor —comentó mientras su mirada se desviaba hacia el callejón.

Allí, una figura, un hombre con el rostro apagado, fumaba—.

Es ilegal, pero él puede conseguirle algo rápido, si sabe a qué me refiero.

Acepté. Poco después, tras disponer menos de lo que tenía, adquirí una .22. No fue solo una transacción; creo que se debió a la melancolía. Me dirigí al pueblo natal de Eva.

Llegar a Bonanza fue… ¿raro? A diferencia de Tail, no era solo más grande: era más opresiva, más ruin.

El bosque que la rodeaba exudaba una presencia extraña.

Pero yo no estaba allí por simple capricho; estaba allí por Eva.

Encontré la compañía Eva Co., al final del parque Louis en Bonanza Central.

Fue la única brújula que me mantuvo en movimiento.

Esa noche me hospedé en la habitación 9 de Pappy’s Motel.

No dormí. Las pesadillas invadían mi mente como un enjambre de insectos.

Y temo decir, que dolía mucho. El monolito seguía allí.

Lo reconstruían una y otra vez, con una devoción infernal.

Y yo estaba entre ellos, un trabajador más atrapado. Otra pieza más.

Así que decidí escribir, la verdad. Mi verdad.

Una parte de mí insiste en que estoy loco.

Que nada de esto sucedió. Que todo es un replica retorcida de mi propia obsesión.

Me doy miedo. Le temo a todo: a las sombras que se alargan por las paredes, al ruido que parece brotar de grietas invisibles, al silencio que no es más que el preludio de algo peor.

Bonanza no tiene cucarachas; tiene algo infinitamente más grotesco.

Lo comprobé al investigar. Las aguas del río Phillips llegan hasta aquí, filtrándose por la Ruta 14, conectando con otro cauce que desciende hasta el lago Wessel Nike.

Esa red acuática es como un sistema venoso podrido, que propaga corrupción.

Tú vendrás con nosotros, Jonnathan. Aceptarás nuestro llamado y aceptarás a la Madre, al Sabio…

y a mí. A nosotros. A los dos. Mi mente repite esas palabras con una insistencia que raya en lo demencial.

Estoy convencido de que, si cedo, me tomarán por completo.

Mi único consuelo son esos brazos en el otro extremo de la cama.

Están ahí, inertes, pero ofrecen un vestigio de humanidad que intento aferrar.

Tengo que despedirme, de ellos. ¿He perdido mi humanidad?

Mañana los enterraré bajo un árbol. Creo que a Eva le gustaría descansar en su pueblo natal. O al menos, de eso quiero convencerme.

El lago Phillips era el espejo del alma para ellos. Era sangre, miedo y horror. La tierra era su nuevo hogar, su nueva comida, un mundo más para destruir, otra llave. El oeste está plagado de ellos; sus cuerpos son ilusiones para los más débiles, y yo fui su víctima favorita.

El miedo seguía presente en mí. Las ideas más enfermas, más avariciosas, se me hacían honestas y esperanzadoras.

11 de diciembre.

Ahora, mientras escribo esto, observo un cielo triste desde la ventana.

Las ventanas son mi única luz, aunque estoy temblando.

El aire es cálido; el invierno es profundo.

Unos niños juegan afuera del motel. Tal vez sea una familia de viaje, tan tranquila, tan limpia, tan feliz...

quizá puedan escuchar las palabras de un muerto.

He parado un momento. Mis dedos arden, y mis ojos no paran de llorar.

Algunas páginas están manchadas, y temo que tendré volver que reescribirlas.

O quizá las deje así, como están. Creo que a Mark le habría molestado tanto desorden en mis palabras, pero, amigo, no le puedes pedir nada a un cadáver.

A mis padres también les disgustaría un final tan miserable para su hijo.

Todo es tan injusto. Tan sucio. Me siento como un cerdo, un animal parlante que sobrevive por pura misericordia.

Lo que queda de mi familia me obliga a escribir esto. No tienen idea de cuánto me duele y me corrompe con cada palabra que pongo en esas páginas. La oscuridad se entiende mejor cuando la vives. Quiero describir esto como un desasosiego porque, en el instante en que decida continuar, me desbordaré.

Siempre seremos capas, una sobre otra. Y eso es todo…

al final. El tiempo lo decidirá. Odio el tiempo.

Lo arruina todo. Sadie me dijo una vez: escribe por odio, por miedo, por asco, por horror.

Pero escribe por un motivo. Y aquí estoy.

Escribo por mi familia, para que no sean olvidados.

Porque en este vasto universo, ellos fueron mi otra mitad.

He buscado mucho, pero mientras más encuentro, más me veo a mí mismo. En el olvido. Temo haber cruzado un límite, ser una presa de mí mismo. El mundo es... una mierda. Sin óleo, sin colores, sin esencia.

Es solo papel. Solo historia.

Es solo nada. Nada.

Las pesadillas han empeorado, y he sentido algo peor…

creo que ya no estoy solo. No estoy en Bonanza.

Enterré los brazos de Eva en un árbol cercano al cementerio hace dos días.

Luego hui de allí. Nadie me detuvo, nadie hizo preguntas.

Nadie quería saber nada. Y yo tampoco quería saber más de ese pueblo.

Estoy confundido, aterrado, desorientado.

Los adjetivos no bastan; no hay nada que pueda sanarme.

Verán, oigo cosas, más que antes. Y los veo, arrastrándose hacia mí, como sombras hechas carne, con sus patas, su negrura.

Solo tiemblo. Me he hospedado en un hotel a las afueras de Des Moines, en Elkhart.

He perdido la compostura… no creo poder dormirme.

Cada vez que cierro los párpados, en mis córneas se dibuja ese escenario grotesco que vi en monolito: mi familia saliendo de ese lago de sangre, sus cuerpos destrozados, hinchados.

El hedor a podredumbre y hierro quemado llenan el aire, mientras los huesos se crujen al moverse, emitiendo un sonido como el de las ramas al romperse.

Larvas burbujean bajo su piel translúcida, reventando con un chasquido asqueroso que escupe un líquido negruzco y viscoso.

Sus ojos, hundidos y vacíos, parecen mirar directamente dentro de mi mente (están en mi mente).

(Ayuda).

(Ayúdame).

(Se lo suplico, es demasiado, hay más, más, más… y más). (Todos vamos a morir, y no habrá descanso. Iremos luego de la muerte a servir a esas cosas… ayuda).

Ayuda, por favor. Es demasiado. No he salido de esta habitación.

Y hay nuevas voces… cuando trato de dormir, los siseos me obligan, me ordenan, me suplican, me devoran…

¿por qué me obligan? Se lo ruego, que alguien me ayude.

Yo no puedo, ya no puedo. La voz viene de la palma de mi mano.

La observo, y veo los agujeros de mi piel parpadear desde el centro de mi carne desgarrada.

Son vidriosos, amarillentos, con venas rojizas que se extienden como raíces oscuras.

Se dilata y se contrae erráticamente, como si buscara enfocarme, y un líquido oscuro y viscoso rezuma de sus bordes, dejando surcos pegajosos en mi piel.

Luego, se mueve, y un espasmo los hace girar hacia un lado, como si me estudiara desde otro ángulo. Cómo si fuera otra realidad.

Siento que sonríe, aunque no tiene boca, ni ojos, y en mi mente, un murmullo gélido me susurra palabras que no entiendo, pero que me llenan de terror. Creí que podría ignorarla. La voz…

¡Me obligó! ¡La voz me obligó!

Perdón.

Perdón.

Te extraño, Sadie.

12 de diciembre.

Me he quitado una mano. Me la he arrancado con un cuchillo de la cocina.

No encontré ningún tipo de anestesia con que hacérmelo, pero entre en el Cayenne gris descubrí una bolsa de cocaína.

Alguna vez leí que serviría para evitar el dolor…

y sí. Al menos un poco. Pude dormir. Desde que salí de Bonanza no había podido dormir…

Descubrí algo, algo… sí.

La vez en que esa cosa me picó, lo que hizo fue incrustarme sus huevos.

Pero cuando me di cuenta hace unas horas, fue muy tarde.

Ellos salieron de la palma de mi mano, y antes de hacerlo.

Tomé el cuchillo y comencé a cortar. Mi piel se abrió en capas.

Como si fuera levadura podrida, cada pliegue se desgarraba en un sonido viscoso y repugnante.

Los tejidos se retorcieron y crujieron. ¡Crack!

Una mezcla nauseabunda de sangre coagulada y pus brotó.

Entonces, ellos salieron… oh, sí. Decenas de patas diminutas emergieron primero, seguidas por cuerpos segmentados que temblaban, cubiertos de un moco pegajoso.

Cada movimiento de esas criaturas arrancaba tiras de la carne de mi mano, mientras sus mandíbulas chasqueaban como diminutos cuchillos buscando devorarme desde dentro.

Decenas de patas diminutas, ojos vacíos, bocas casqueaban mientras caían al suelo.

No pude matar a ninguno. Intenté aplastarlos, pero eran rápidos, resbaladizos, inmortales.

(No pude).

Ahora están acá, de nuevo… tengo la .22 frente a mí. La pistola parece respirar, jadea, yo también lo hago. Lo juré, lo juré. Ahora… solo será oprimir el gatillo. Dicen que es como dormir. Espero que sea como dormir.

Oigo risas, risas desde las sombras de la habitación.

Sé que me observan. Sus ojos relucen como brasas encendidas, irradiando un fulgor maligno que palpita como si estuvieran vivos.

Sus bocas, imposiblemente anchas, se deforman en un amasijo de dientes irregulares y afilados que parecen crujir mientras se mueven.

De sus gargantas emanan sonidos viscosos, como burbujas reventando en un pantano.

Se acercan en un desfile retorcido, arrastrando sus extremidades torpes que producen un eco húmedo y nauseabundo.

Están aquí. No me dejarán ir. Sus patas, largas y finas como agujas, ya buscan mi piel.

La .22. Tengo que hacerlo… tengo que hacerlo.