18 #3
Era un nuevo reino, una realidad distorsionada por el lago Phillips y esa nueva ciudad, quería muertos.
—¿Lily...? ¿Eres tú? —Susurró el anciano. El uniforme le quedaba apretado, y por la lluvia y la sangre que caían parecía un carnicero. Un hilillo rojizo le corría desde la barbilla hasta la camisa.
Volví la vista hacia atrás. Eva se hizo a un lado de mí y me tomó desprevenida de la mano.
Temblaba y sufría espasmos, sus ojos desorbitados casi salían de sus cuencas.
Ambos nos alejamos, pero el viejo McCollough se acercó, tendiendo su mano temblorosa cubierta de algo que no podía ser solo sangre: había tejido, carne deshecha adherida a sus dedos.
Del lago, una mujer sobresalía por la cintura.
Estaba desnuda, y sus pechos arrugados y decaídos parecían negros y hundidos, cubiertos de pútridas llagas que rezumaban un líquido gris verdoso.
Sin embargo, algo en su rostro deformado mostraba los vestigios de una belleza antigua, marchita hace mucho.
Fue nadando, poco a poco, dejando un rastro de agua gelatinosa y burbujeante que parecía contener fragmentos de algo vivo, hasta acercarse al monolito —la única zona, al menos a unos veinte metros, que se mantenía por encima del agua—.
Alrededor del monolito, bultos se agitaban como si algo luchara por emerger.
Se levantó y se apoyó, saliendo. Desnuda, totalmente. Su vello púbico negro estaba cubierto de algo aceitoso, que no era solamente rojo, sino también negruzco y purulento. La peste que emanaba era insoportable, aún peor del que tenía la casa.
—Hola, Charles —dijo la criatura con una voz que no era humana—.
¿Cómo has estado? ¿Por qué no has querido responderme, cariño?
—Lo abrazó, situándose frente a él. Sus labios, agrietados y sangrantes, se acercaron a los suyos, dejando caer hilos de baba rojiza que chisporroteaban al tocar su piel—.
¿No me has extrañado? ¿Solo te masturbas y ya, viejo decrépito?
—Ella murió hace años. Tú no eres ella —respondió Charles, pero su voz temblaba. Una de sus manos buscaba en vano ocultar su terror. Yo seguía congelado, el ruido que venía del cielo era un caos creciente de gritos inhumanos y chillidos que rompían todo.
—¿Ah, no? Ya veo —le apretó la entrepierna con una fuerza que parecía destinada a destrozarlo—. Pues, hombre, cuánto lamento decirte que yo también hacía lo mismo. ¡Sí! ¿Recuerdas al cartero que venía de Haringon? ¡Sí, hombre! Era mejor que tú, siempre lo fue, cariño.
—Ella nunca hubiera hecho eso —murmuró Charles, y sus palabras eran apenas un murmullo ahogado por las lágrimas que caían sobre la sangre en el suelo.
Eva sacó su pistola .22 y disparó a la columna de lo que debió ser Lily.
El disparo salió disparado como un trueno, y el agujero atravesó no solo su espalda, sino también un costado del tórax del anciano.
Pero lo más terrorífico fue que el agujero se mantuvo abierto, sin que ninguna sustancia escapara de su interior.
En su lugar, algo comenzó a moverse dentro de ella, como si miles de insectos se retorcieran en sus entrañas. Todos nos veían.
—¡La chica tiene cerebro! —Anunció la criatura, en una mezcla de burla y admiración enfermiza—.
¡Tiene un enorme cerebro! ¡Es tremenda! —Su voz se volvió más gruesa, vi como la tráquea se expandía hacia delante, hasta que se transformó en la de un hombre.
Su rostro adoptó un rasgo más severo, cubierto de una barba que parecía hecha de gusanos—.
Sí, tuviste más cerebro que tu madre. Pero dime algo, hijita.
¿Qué haces aquí? ¿A quién defiendes? ¡No ves que eres más que una putita zorra inservible!
Eva vació el cargador, pero la cosa seguía avanzando, cada vez más cerca, su cuerpo mutaba con cada paso. Eva cayó de rodillas, gritando mientras se cubría los oídos y los ojos, con su cordura hecha pedazos.
Luego me miró, sus ojos eran completamente negros, unas dos antenas sobresalían de su frente. La criatura giró hacia mí, y su forma cambiante adoptó la voz de mi esposa:
—¡Ay, Johnny! ¿No ves qué tan mal te ves? —Alegó con una sonrisa deforme que dejaba ver millones de dientes afilados—. Te queríamos solo a ti. Trajiste a todos a morir aquí. Muy noble de tu parte, Johnny.
—¿Qué es lo que quieren? —Miré hacia el monolito, que ahora brillaba con un fulgor rojo, casi vivo.
—Adivina, bastardo —chilló la criatura, ya no había una voz definida—. ¡Adivina, bastardo! —Su rostro se fragmentó, mostrando todos los rostros que había robado: la de mis hijos, mi esposa, incluso el mío.
Eva gritaba desconsoladamente. Las criaturas más lejanas proyectaban sus ecos, mientras el monolito, cada vez más enorme, se agrietaba como si algo gigantesco luchara por salir. Nos estaban consumiendo.
Saqué de mi mochila el DDT, y lo vertí sobre su cuerpo.
La criatura no tuvo tiempo de asimilar lo que pasaba.
Apunté con mi rifle y disparé. El disparo provocó una explosión de humo negro que envolvió a la criatura, que comenzó a retorcerse y a golpear su cabeza contra el monolito, una y otra vez.
Granitos de piedra se desprendieron, y los gritos ululantes se mezclaron con carcajadas. Algo más estaba a punto de despertar.
—Bien hecho, ¡Johnny!