Descenso por las paredes 18 #2
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18 #2

Caminar allí era extraño. El suelo, aunque duro, tenía una textura engañosa.

A cada paso, se levantaban nubes de polvo fino que se adherían a nuestra ropa y piel, dejando una sensación de picor.

El sonido de nuestros pasos creaba un eco de manera antinatural, como si el suelo mismo estuviera hueco, al igual que Tail, y no evité preguntarme si había algo aún más abajo.

Los edificios a nuestro alrededor eran altos, asimétricos, y parecían observarnos…

o más bien, lo que vivía dentro de ellos.

Algunas de las criaturas silbaban en silencio, emitiendo un murmullo casi imperceptible que se mezclaba con el eco de nuestros movimientos. La distribución era inconcebible, salían de los muros de arena, de pequeños puntos fijos… totalmente desordenados.

El espacio de la ciudad debía ser al menos el doble que Tail.

Al fondo, un monolito enorme se alzaba entre todas las estructuras, gris como el hierro, imponente y frío.

Y sentí una energía propia que salía de ella, emitiendo pulsos leves que hacían vibrar el aire a su alrededor. Nos dirigimos al monolito.

Nunca sabré si ellos sintieron lo mismo que yo, pero me sentía como un imán, y era por el monolito.

Aunque volvía la cabeza de vez en cuando para mirar atrás, más de aquellas criaturas leprosas se acercaban.

Dejé de mirar cuando una, que debía medir casi quince metros, apareció detrás de nosotros.

Pero no nos atacaron; se quedaron allí, alejadas.

En ese lado de esa civilización, muy cerca de aquella montaña de hierro, vimos cáscaras de cucarachas vacías.

Sus cuerpos ya estaban succionados, dejando solo sus caparazones translúcidos, como si nunca hubieran contenido nada, como el cambio de piel de una serpiente.

Me sentí caminando por el desierto del Sahara, entre ruinas antiguas.

Tardamos un momento así, caminando; o más bien flotábamos, alejándonos.

Hasta que Becky paró. Se detuvo y comenzó a chillar, con un sonido tan cruel y espantoso que las criaturas detrás retrocedieron hacia sus nidos.

Sus ladridos se combinaron con un grito.

Se recostó en el suelo y empezó a dar patadas al aire mientras agonizaba de dolor.

Me arrojé junto a ella y traté de moverla, pero me mordió en la palma de mi mano derecha en un acto de desesperación. Eva me alejó de ella.

—¡Aléjese, señor Green! ¡Mire al suelo! —Gritó Eva.

—¡Becky! —Exclamé.

Mi más fiel amiga se retorcía. De la arena surgieron unas patas gigantes, hechas del mismo material, atrapando a mi perra. Cada pata emitía un crujido seco al moverse, como madera vieja rompiéndose.

—¡No la toquen! ¡Malditos! —Vociferé, saqué mi rifle.

Las patas la levantaron hasta lo más alto.

Su pelaje, cubierto por una arena mucho más pura que la del suelo, se distinguía entre todo el bloque que la había elevado unos dos metros.

Becky dejó de rugir y volvió a mirarme, como lo hizo Sadie.

No iba a dejar que sufriera, no. Sí, hazlo, Jonnathan.

Acaba con ella. A Howard le gustará descubrir que pronto se le unirá la mascota de la familia.

Hazlo, prueba. A ti te gusta matar, hazlo sin miedo… sí, murmuró la voz.

Y le hice caso.

Así que antes de que aquellas patas hicieran lo que sabía que iban a hacer, apunté con mi rifle.

Y en un disparo rápido, pero doloroso, apunté a su cráneo.

El eco del disparo retumbó en la ciudad.

Los rugidos pararon. Pero justo después de volarle medio cráneo, ambas patas se le clavaron como espadas en los costados del pecho a Becky.

La tierra alrededor tembló mientras las patas, con un movimiento seco y brutal, se abrieron como tijeras.

Becky fue partida en dos con un sonido desgarrador, como tela rasgándose, mezclado con el chasquido de huesos rompiéndose.

Sus tripas, rosadas y viscosas, se desparramaron por el suelo, creando un charco negruzco de sangre y carne.

Ella no formaba parte de lo que su dios muerto quería. Ambas patas, ahora grises y metálicas, ya habiendo cumplido su cometido, se ocultaron de nuevo en la tierra, llevándose consigo a mi perra.

—Muchacho… —musitó Charles. Cuando todo volvió a quedar en silencio.

Esta vez no lloré, pero… cuánto me dolió.

Sabía que era lo mejor. Toqué la sangre con mi palma, apreté el puño y miré hacia el monolito.

Estaba frente a nosotros. Se había movido, arrastrándose.

Ya había tomado a su primera víctima. Eva vomitó en el suelo y Charles fue a consolarla.

Yo observé la estructura: una piedra parecida a un bloque enorme de acero que tenía tallado entre sus nervios palabras.

Un tipo de canto, una oración que se alzaba en latín clásico.

Aquí un aproximado de las tres frases que más se repetían:

Nympha blattārum, exāudī nōs. Invocā et occīde, dominum āetherium.

Voccā Vocciēthum, dominum mortis et tenebrārum.

Petimus veniam, ab homine miserō, dominō oculōrum.

Cada palabra parecía brillar con un resplandor maldito y oscuro.

Eva regresó temblando; su rostro demacrado intentó esbozarme una sonrisa, pero solo logró llorar mientras Charles la consolaba.

Fue entonces cuando toqué el gigante artefacto de acero.

Ardiente, pero helada. Silenciosa, pero llena de ruido.

Una vibración recorrió mis dedos, un murmullo profundo que parecía golpear mi mente, entrelazando repulsión y una fascinación enfermiza.

Volví entre mis pasos, aturdido y confundido.

Caí en el suelo. Y observé el techo. El lago Phillips, volvía a ser mucho más negro…

y por fin. Todo se mostró como siempre fue.

El espejismo había terminado. Becky vio lo que nosotros no pudimos ver: la tela de la realidad.

Y la hicieron callar antes de tiempo. En lo más alto del espectáculo, lo que antes creíamos que era el “cielo”, el lago Phillips finalmente reveló su naturaleza monstruosa y depravada.

En sus aguas turbias y ensangrentadas, las mayores criaturas acuáticas nos observaban.

Criaturas enormes, longevas, antiguas, viscosas y deformes, semejantes a peces con dientes de sierras, sobresalían como cuchillas oxidadas.

Sus bocas permanecían abiertas, como fosas de perdición llenas de lenguas bifurcadas que se retorcían en un macabro vaivén, y solo sus rostros emergían del agua, portando una perversión desenfrenada.

Rasgos antropomorfos se confundían con pieles escamosas y brazos similares a los de un pulpo, ondeando entre las profundidades como si fueran restos de otro tiempo. Antiguos.

El suelo arenoso que recordábamos ya no existía.

Nunca lo fue. Era un valle pútrido, donde la hierba crecía entre charcos y estructuras de sangre coagulada.

Los árboles, deshidratados y apiñados, apenas sostenían hojas marchitas que caían en un silencio desolador, sus troncos goteaban un líquido oscuro que olía a podredumbre.

Miré hacia el oeste, donde esa región se alimentaba directamente del lago.

Una cascada de cuerpos demoniacos y cucarachas descendían por las paredes del vórtice que mantenía todo bajo el control del sitio.

Entonces comenzó a llover. Gotas de sangre caliente caían en las aberturas del lago, dejando manchas hirvientes que burbujeaban al contacto con la tierra.

En el nuevo río que nacía, se arrastraban demonios semejantes a humanos pero con cabezas de conejo, sus orejas desgarradas y sus ojos vacíos supuraban un líquido amarillento.

Sostenían en alto una especie de trompetas hechas de huesos y emitían un sonido tosco, un canto que ya había oído antes, resonando como lamentos atrapados en cavernas.

Un tipo de polilla rosada, con ojos negruzcos y bigotes felinos, emergió del agua con un gesto de lástima.

Su abdomen hinchado exudaba un líquido lechoso que goteaba con cada movimiento.

Nos observó y nos sonrió, triunfante, dejando entrever diminutos dientes cerrados.

Sapos —o cosas parecidas— levantaban tableros y marcas musicales talladas en su piel, entonando melodías cerca del monolito.

Rostros colosales, despojados de cualquier rastro de humanidad, se ocultaban en las sombras del valle.

Solo sus pupilas eran visibles, brillando en la oscuridad como carbones encendidos, mientras sus risas, profundas y guturales, revelaban dientes afilados como los de un cocodrilo.

Eran las criaturas que siempre habían rondado en Tail.

La gran hilera al fondo se movía. Las cucarachas caminaban, haciendo crujir sus cuerpos esqueléticos en una sinfonía hueca y chirriante que rastrillaba mis oídos. Sus caparazones translúcidos reflejaban la luz rojiza de la sangre que seguía cayendo.

Los tres intentamos refugiarnos detrás de una roca, que ahora proyectaba aún más sus venas palpitantes.

Estas se retorcían como serpientes vivas, arrastrándose por el río negro y pálido, donde surgían más y más criaturas, cada vez más deformes.

Tenían picos de ave en lugar de bocas, y sus ojos eran cúmulos de insectos diminutos que se movían al unísono.

Ya ninguna de ellas era completamente animal ni humana.