18
El agua del lago Phillips estaba turbia, mucho más que antes, rojiza.
Los tres, con Becky, estábamos en la cocina.
Ya no había cucarachas, al menos rondando las paredes como antes.
La luz que proyectaba la casa de Charles apenas llegaba, pero apostaba que pronto todo se extendería por todo el pueblo.
La casa, amenazadora como siempre, estaba muy silenciosa, pero creo que estaba expectante, tanto de emoción como de conmoción, que por primera vez sentí que nos dio libertad.
Quería que hiciéramos lo que íbamos a hacer. Todos evitamos rozar las paredes.
—¿Bastará con el martillo? —Cuestionó Eva tras un largo rato en que los tres quedamos en silencio total—. Lamento decir, señor Green, que…
—Bastará. Será como romper un cristal, estoy seguro —le arrebaté el martillo. Charles acomodaba y distribuía todo en unas maletas—. ¿No olvidaste las linternas?
—Hay de todo: linternas, pilas de recarga, fósforos, el DDT, municiones… me temo que las utilizaremos. Las máscaras —asentí con pesar; mi mano me ardía de nuevo—. Tenía en la furgoneta, por suerte, otros dos uniformes de la compañía. Uno fue de mi padre; tal vez le quede pequeño, señor McCollough.
—Tranquila, primor —respondió—. Cualquier cosa es cariño. Jonnathan, ¿entonces qué mantiene esta cocina de pie, si está hueca por debajo?
—Ya lo averiguaremos —dije.
Y di el primer martillazo hacia el suelo.
La cerámica tronó, pero no pasó nada. Así que seguí.
Me puse de rodillas y, abajo, comencé a golpear con movimientos débiles, sintiendo cómo el mango del martillo ardía en mis manos, como si estuviera hecho de hierro al rojo vivo.
Creo que Charles o Eva dijeron algo sobre relevarme, pero ese era el momento exacto en que podía liberarme de toda mi frustración.
Comencé a golpear más duro con el martillo; mi sudor, sangre y las lágrimas que caían congeniaban en el mismo sitio donde la cerámica comenzaba a abrirse.
El granito y el polvo se elevaban. Allí, mi mente tomó poder y vociferó. Cerré los ojos.
(Uno), el cuerpo de Andrew, con un cuchillo en la mitad de la garganta. Malditos bichos, criaturas asquerosas.
(Dos), el rostro tan sádico de Sadie, como si nada, pidiéndome que arropáramos el cuerpo sin vida de él. Sucias y enfermas criaturas, detestables de mierda.
(Tres), Sadie disparándole por la espalda a Howard. Jodidos y cabrones demonios, ¿por qué yo…? ¿Por qué ellos…? ¿Por qué…?
(Cuatro), el cuerpo del amor de mi vida desvaneciéndose. ¡Fue mi culpa! ¡Yo debí salvarlos! ¡Debí irme…! ¡Debí irme de Tail y de esa maldita casa!
(Cinco), maldita puta alegoría, repitiéndose en un ciclo interminable. Andrew muriendo. Sadie muriendo. Y Howard en mis brazos, muriendo. Y yo vivo, inestable, demacrado.
(Seis). Nosotros, tú y yo.
La potestad de la acción era inocente, yo era un hombre despojado y desdichado, descargando su ira sobre el suelo con cada golpe.
La piel de mis manos ardía, desgarrada por el contacto con el mango del martillo.
Golpeé, golpeé, hasta que, cuando advertí, ya no había nada más que golpear.
Sin fijarme, había hecho un agujero, apenas un hoyo donde cabía una mano…
pero hueco. Me alejé tambaleando. Eva se acercó y limpió las lágrimas que recorrían mis mejillas.
—Dámelo, Jonnathan —le tendí el martillo.
Cuando me vi las manos, sangraban. El cemento, la arena y la cerámica habían rasgado y penetrado mi piel.
Cuando me levanté, Becky me las lamió. Sentí un ardor, pero evitó tocar la palma de mi mano.
Charles me tendió una mochila con la linterna.
Yo me la puse. Y vi a la chica apuntar con la linterna por el agujero; pareció asqueada y con miedo.
—Son como vigas… se sostiene a través de vigas —anunció anonadada—, pero no logro ver de qué son. Es como un túnel, al parecer, va hacia abajo. Creo que si seguimos rompiendo, por acá, por debajo de la cerámica, donde hay más humedad, será más fácil —y antes de que yo la interrumpiera—. Yo seguiré.
Y comenzó. Se acomodó su piercing y golpeó con fuerza el suelo.
Becky lanzó un gruñido bajo y cortante, sus patas arañaban el suelo como si intentara advertirnos de algo, algo que se retorcía bajo las vigas.
Las sombras en la habitación parecían temblar con cada golpe que Eva daba al suelo, proyectando formas que eran casi humanas, pero no del todo.
El aire comenzó a oler diferente, como si algo antiguo y perdido estuviera a punto de liberarse de su encierro. Pronto, nuevos visitantes llegarían.
El hueco ya era suficiente para entrar; Eva tenía razón, por la humedad fue casi como golpear arena.
Al final, se desplomó una parte, pero tuvo su cometido.
Finalmente todos pudimos ver el rastro con claridad.
Apuntamos con la linterna… y el primer vistazo y deducción de Eva también resultaron ciertos.
Era algún tipo de túnel, pero sin tener del todo características similares a las que yo hubiera visto antes.
La cosa o cosas que cavaron eso sabían lo que hacían.
El pasadizo descendía, pero no de forma pronunciada; estaba hecho de tal manera que se inclinaba suavemente, y se veía una negruzca mancha que se abría camino entre el pueblo maldito.
Quién sabe desde cuándo no habían sido perturbados.
La estructura de las paredes era singular, parecían un tipo de membrana orgánica que apenas podía llamarse pared.
Larvas enormes y gruesas se extendían por toda la superficie, como columnas retorcidas que se hundían en la tierra y desaparecían en la oscuridad.
Estas criaturas, o lo que fuera que habían sido, parecían haber muerto hace poco; algunas aún exudaban un líquido viscoso y opalescente, un olor acre que mezclaba putrefacción con un extraño toque metálico.
Pensé en la criatura blanca de la casa de Charles.
Las criaturas que debían nacer de ellas ya no estaban, pero las cavidades dejadas por sus cuerpos indicaban que habían sido masivas, dejando rastros profundos en la superficie blanda de la tierra.
Empezamos a descender, apuntando a todos lados con las linternas.
Los tres nos mantuvimos en silencio, bajando y enfocándonos en sombras irregulares que parecían arrastrarse por la tierra húmeda.
Raíces nudosas y ennegrecidas colgaban del techo como dedos torcidos, goteando un líquido transparente que caía en pequeños charcos.
Había rocas incrustadas en las paredes, pero estas parecían erosionadas por algo más que agua; algunas brillaban débilmente, como si los cristales en su interior aún contuvieran algo más. Algo maligno.
El suelo era arenoso, húmedo y extraño. Con cada paso, nuestros zapatos se hundían un poco más en una mezcla resbalosa.
En algunas partes, al golpear el suelo sin querer, parecía resonar un eco hueco, como si cavidades más profundas acecharan justo debajo de nosotros.
Becky fue adelante, moviéndose con cautela, sus patas dejaban marcas entre los surcos y agujeros abiertos en la tierra.
Pero hubo algunos que eran aún más grandes.
—Esto es bajo el lago Phillips —anunció Charles al mismo tiempo que yo concluía lo mismo—. Pero eso es imposible. Ese maldito lago tiene de profundidad unos veinte o quince metros.
—Creo que allá más abajo se expande —alumbró Eva. En efecto, el túnel parecía chocar con un suelo duro y rígido—. ¿Les dije que sufro de claustrofobia?
Becky ladró en modo de respuesta. Sus ladridos resonaron, rebotando en las paredes vivas del túnel, como si el mismo lugar devolviera el sonido con un eco distorsionado.
Las sombras temblaban alrededor de nosotros, proyectadas por nuestras linternas, y parecía que algo más se movía entre ellas, algo que nuestras luces no podían captar del todo.
Las paredes de tierra parecían estar hechas de algo más que solo sedimento.
Más raíces retorcidas colgaban como venas abiertas.
Entre ellas, pequeñas criaturas translúcidas, de aspecto larvario, se agitaban perezosamente, como si la luz las irritara.
Algunas se encogían, mientras otras se deslizaban hacia las sombras más profundas, dejando un rastro de mucosidad brillante tras de sí.
Continuamos. Tomé con fuerza la Remington 1100; bajamos... hasta que la tierra, en algún punto, dejó de ser ocre. Pensé al principio que la pigmentación era un juego de color a nuestros ojos, pero no era así. Era como la arena de una playa. Blanca como los huesos. Y fue cuando terminamos el túnel.
Y nació la luz. Pese a que estábamos en lo más profundo de Tail, parecía que ese lugar tenía un rastro de luminosidad extraño que se reflejaba en la arena.
Becky guardó silencio, sus patas se hundieron levemente en el suelo blanquecino, mientras olisqueaba con desconfianza.
Frente a nosotros, una vasta extensión se desplegaba, revelando lo que solo podía describirse como una ciudad.
Una colmena inmensa, con estructuras que se erigían en formas asimétricas, como si fueran el resultado de una arquitectura ajena a todo entendimiento humano. Las construcciones, hechas de lo que parecía ser la misma “arena” blanquecina, demostraban un diseño macabro y preciso.
Cada edificio estaba cubierto de detalles orgánicos construidos del mismo material, como si hubieran sido moldeados por algo vivo.
El suelo bajo nuestros pies no se sentía del todo arenoso; era duro, como si la superficie estuviera compactada por siglos de presión.
Sin embargo, al caminar, pequeñas partículas se levantaban y flotaban a nuestro alrededor, reflejando la luz con un brillo etéreo.
Estábamos dentro de la montaña de Monta.
Arriba, como una cúpula, los sedimentos del lago Phillips estaban suspendidos en un tipo de vórtice, un torbellino que parecía contener el agua, separándola de la ciudad, y era más rojo que antes.
Era como si todo el lago estuviera encapsulado, amenazando con derramarse en cualquier momento.
El ambiente olía a humedad, con un toque metálico que se adhería al paladar.
—¿Esto es real? —Preguntó Eva, mientras guardaba la linterna, pues era inservible—. Esto... ¿qué es esto?
Ninguno de nosotros respondió. Ella comenzó a caminar hacia adelante, con movimientos lentos y cautelosos.
Charles me dirigió una mirada llena de desconcierto, buscando una respuesta que yo tampoco tenía.
Becky la siguió, con las orejas bajas y el cuerpo tenso, como si también percibiera algo fuera de lugar.