Descenso por las paredes 17 #2
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17 #2

Tenebrosa y oscura, como un mausoleo. En el reflejo, volví a encontrarme con mi rostro, demacrado, agotado y anciano.

Pero el que estaba allí estaba serio, con una expresión que no reconocí.

Tenía depilada la barba. Era como verme…

sin ser yo. Cargaba entre sus brazos un cuerpo pequeño, como el de un bebé.

Pero esta vez, solamente miré hacia otra dirección.

El lago Phillips tras mi casa era rojo como la sangre. Eso, aunque increíble, no me sorprendió. Lo que sí lo hizo fue que dentro algo se movía; circunferencias salían, como lo hacen al caer las gotas de lluvia. Nos estaba viendo.

Volví al cuarto. Oí patas esqueléticas deslizarse por las paredes, con un chirrido metálico que hacía rechinar la madera.

Apunté con el dedo corazón a todos los rincones.

Luego, salí, cerrando la puerta tras de mí.

Becky ladró hacia las paredes, rasgando el tapiz con desesperación, como si intentara arrancar algo.

Fui a la habitación del hijo que quedaba en el primer piso.

La sábana era bastante corta, y los tres no cabían bajo ella, por lo que quedaban pedazos de su cuerpo desnudos al aire decembrino.

Sadie estaba en la mitad de ambos, con los brazos extendidos.

Le habían cerrado los ojos, pero su sonrisa —ya imborrable por el resto de la eternidad— seguía intacta.

Eva se había encargado de cambiarla; le quitó esa pijama asquerosa y le colocó encima un lindo vestido que debió pertenecer a la esposa de Charles, una hermosa pieza de color celeste, ahora teñida con manchas pardas, donde el cuerpo había comenzado a ensancharse.

Mis hijos descansaban cada uno a su lado, uno a la derecha, el otro a la izquierda, como acurrucados.

Sus cabellos, enmarañados, seguían manchados de sangre ya coagulada.

Sus manos pequeñas, ennegrecidas en las puntas, aún parecían aferrarse a su madre.

Me sentía roto. Y tenía todo el derecho para hacerlo.

Ese cuarto de tonos grises era donde todo acabaría para ellos.

En el suelo, desparramados, polvos de limpieza, detergentes, los discos de acetato, botellas con alcohol —esa debió dolerle más que los acetatos a Charles—, ceras, cartones, todo estaba organizado.

Volví a llorar. Y estoy seguro de que ellos lo notaron, porque cuando volví a ver hacia atrás, ellos dos ya estaban tras de mí, lacónicos.

Eva agarraba en su mano una cajetilla de fósforos.

Me la tendió con melancolía y luego se fue a la sala, a sentarse a ver Tail Street, Becky se sentó al lado de ella, ya había dejado todo en la entrada de la casa.

Y justo cuando Charles iba a hacer lo mismo, lo retuve del hombro.

—Tampoco tienes que verlo, Johnny. Con que los prendas ya está —dijo nervioso y abrumado—. Es tu familia, no va a ser lindo lo que verás si te quedas plantado acá. Anda, préndela y vamos. Yo no quiero ver eso…

—Tengo que verlo con mis ojos —aseguré—. Tú viste lo que pasó con el señor Wireman. Ellos lo suplantaron. Tomaron su piel y se convirtieron en eso… yo no dejaré que esas cosas hagan lo mismo con mi familia. Tengo que ver, pero tengo miedo, Charles. ¿Podrías ver conmigo, por favor?

—Jonnathan… muchacho…

—Te lo ruego, Charles. Sé todo lo que has dado por mí. Pero no puedo. Tengo que hacerlo, pero me da miedo hacer esto…

Me abrazó. Quise en ese momento que fuera mi padre.

Lloré en su hombro no sé por cuánto, pero creo que lo hacía por alargar el tiempo.

Quería volver mi cabeza y ver a los tres, despertando.

Como cualquier mañana, como lo hacían antes de ir al colegio, o Sadie, luego de despertar de hacer el amor.

Cuando me solté y vi, los tres seguían acostados, inmóviles.

El vestido de Sadie se había comenzado a arrugar, las manchas de sangre se expandían lentamente sobre la tela.

Los niños, pálidos, parecían aún más frágiles bajo la tenue luz que se colaba por la ventana.

Abrí la cajetilla, mis manos no paraban de temblar.

Charles me las sostuvo, firme pero con compasión.

Tomé el fósforo, lo presioné sobre una de las paredes, lo bajé con lentitud, pero igual encendió.

Lo observé: el fuego, azul, con esos tonos rojizos anaranjados, danzaba sobre mi piel.

Antes de que quemaran las yemas de mis dedos, lo lancé hacia la cama.

Al principio, creció poco. Una mera fogata pequeña que se extendió por todo el suelo, abrazándolo todo, extendiéndose por todo el espacio de la habitación, serpenteando por el suelo, atrapando los vinilos y convirtiéndolos al instante en plástico negro que se alzaba en el humo.

Los jabones y botellas hervían y salían volando por doquier.

En ese instante, se volvió enorme, una bocanada enorme que creció por todo, hasta comenzar a tocar los cuerpos que reposaban en la mitad de la habitación.

Los primeros chasquidos del fuego fueron reemplazados por un rugido que parecía devorar hasta el silencio.

Las llamas lamieron los bordes del vestido de Sadie, consumiendo los colores celestes en un torrente anaranjado.

Los niños quedaron envueltos en una danza macabra de sombras y fuego.

Pero algo me obligó a mirar más. Antes de aceptar el comentario de mi amigo, vi cómo de las paredes comenzaban a salir a montones...

cucarachas desesperadas que huían del calor.

Trepaban por la cama y se posaban sobre los cuerpos de mis hijos y Sadie.

Sus alas, sus ojos brillantes y sus grotescos tamaños parecían observarnos, inmóviles, como si contemplaran el destino que compartían con ellos.

Y entonces, todo comenzó a explotar. Un olor penetrante, similar al de una cloaca, llenó la habitación.

El salitre se mezclaba con un hedor pútrido que arañaba el aire.

El fuego cobró vida, devorando con avidez cada superficie que tocaba.

Las llamas lamían las paredes con un furioso crepitar, haciendo que la pintura se deshiciera en burbujas viscosas que rezumaban un hedor químico insoportable.

La piel de ellos reaccionaba aún más cruelmente: se despegaba en capas delgadas y brillantes, como plástico fundido, dejando al descubierto músculos que se retorcían bajo el calor.

Un sonido sibilante acompañaba la destrucción, mientras la carne se reducía a cenizas negras que flotaban como partículas grotescas en el aire abrasador, como el carbón.

No pude apartar la mirada. La escena me atrapó con una determinación morbosa, obligándome a presenciar cómo la habitación se convertía en un mar de cucarachas ardiendo.

Corrieron desesperadas, los cuerpos crepitaban al incendiarse, buscando salvarse en una danza infernal.

Una de las paredes, la que daba hacia Tail Street, se derrumbó de golpe, cayendo sobre la cama con un estrépito ensordecedor.

Los tablones rechinaron y se soltaron, revelando más de esos demonios.

Y en el centro, enorme, una gran cucaracha yacía inmóvil.

Sus antenas eran como la lengua de una víbora, largas y sinuosas, se extendían por toda la habitación.

Su cuerpo, de un blanco fantasmal, tenía proporciones irregulares, con al menos cincuenta patas que se aferraban a las venas mismas de la casa.

Sus ojos, de un rojo profundo como el lago Phillips, parecían mirarme con un odio primigenio.

Ella también ardía junto a sus súbditos.

La habitación entera era un infierno viviente.

Sabía que todo acabaría ahí, que esa cosa moriría con esa casa.

Eva apareció corriendo y se quedó en la puerta, observando con horror y expectación.

Yo, sabiendo que ese era el final, solo miré los cuerpos de mi familia.

El calor era insoportable, pero me sentí cómodo, me querían invitar a unirme a ellos en las llamas.

El cabello cobrizo de Sadie ya se había consumido por completo, dejando su cuero cabelludo expuesto, brillante bajo la luz del fuego, y cubierto de ampollas gigantescas.

Estas se inflamaban lentamente, temblaban como si estuvieran a punto de explotar, al igual que un globo.

¡Pum! Un sonido gorgoteante sonaba, liberando un líquido amarillento que se mezclaba con la sangre fresca.

El hedor a carne quemada y putrefacción llenaba la habitación, la descomposición avanzaba ante mis ojos.

Sus labios se hinchaban, desgarrando los tejidos hasta abrirse por completo.

Miré hacia mi hijo. Ahora el cráneo de Andrew estaba cubierto de montañas de hongos negros que hervían y explotaban, dejando manchas carbonizadas en su frente.

Sus orejas, ennegrecidas, parecían a punto de desintegrarse.

La sábana que había intentado cubrir sus cuerpos no era más que un montón de cenizas desmoronándose en fragmentos.

Sus cuerpos se hinchaban como burbujas, con su ropa fusionándose con la carne tostada.

De Sadie apenas quedaba algo reconocible: su seno expuesto se había carbonizado, deformando la imagen de la mujer que tanto había amado.

La gran cucaracha blanca cayó al suelo con un ruido que sacudió todo el pueblo.

Su rostro deformado, enorme y cubierto de fuego, se consumía junto con el resto.

Justo cuando creí que podía hacer algo, las cucarachas más pequeñas se reunieron a su lado.

Hirviendo en el infierno, golpearon el suelo una y otra vez, creando un agujero por el que comenzaron a escapar.

Eva me empujó al suelo y roció DDT en la habitación.

Charles me sujetó del hombro, tirándome hacia la salida.

Salimos corriendo tras Eva y Becky hacia Tail Street.

Un momento después, la casa entera se hundió en un océano de fuego que se extendía por todas las habitaciones.

Los vidrios explotaron, enviando fragmentos por el aire, mientras el DDT hacía su trabajo, alimentando el incendio.

Miré hacia las casas vecinas. El fuego comenzaría a propagarse.

Por primera vez, los rostros tras las ventanas, siempre con esa sonrisa estúpida, mostraron una expresión diferente: miedo.

Becky ladró. Nos levantamos, miré por última vez al cuarto dónde descansarían por la eternidad mi familia.

Luego tomamos todo y atravesamos el umbral de mi casa.