17
Tú tendrás por un momento, un lapso, apenas será un sueño, corto...
figuras deformes, creaciones terribles y horrorosas que se manifestarán ante ti.
Tú te sentirás pequeño, diminuto —aún más, si podía ser posible—, como siempre en Tail.
Serás una más... una más de ellas. Caminarás, olerás y escucharás con ellas.
Las venas te palpitarán y las paredes transparentes cubiertas de sangre te envolverán.
Las imágenes serán inexactas, borrosas, y aunque parecerán simples, serán inquietantes. Estarás adentro, pero también te encerrarás. ¿Lo sentirás? No será desprecio lo que te invadirá en la mente, será algo más. Será como volver, desconectarte y sentir, por primera vez, lo que realmente eres.
Tu cuerpo, alargado, liviano, y a la vez duro como el acero, se desplegará.
Todo a tu alrededor será inmenso: el suelo, las escaleras, el baño...
todo será desproporcionado, gigantesco. Tus alas, translúcidas y agrietadas, colgarán inútiles en tu espalda.
Te mirarán, todas te mirarán. Las otras...
tus familiares, enclenques como tú, te observarán con una mezcla de juicio y resignación.
Algunos tendrán ojos completamente negros, líquidos, un tipo de sustancia viscosa.
Otras moverán sus mandíbulas como si intentaran devorar algo, que no podrán alcanzar.
El eco de sus respiraciones entrecortadas llenará el aire, mezclados con murmullos y susurros que se entrelazarán en palabras ininteligibles.
Y entonces, te verás —lo desearás—. Entrarás.
Por primera vez, atravesarás la puerta de tu casa.
Ese serás tú. Habrás surgido, habrás nacido en ese instante.
Te verás a ti mismo, tan atento, tan elegante en tus movimientos.
Pero la indiferencia, empezará a devorar cada sensación.
Las partes de ti crecerán, se multiplicarán, se retorcerán, todas menos una: tu pensamiento. Y ahí estarás. Viéndote a ti.
Viéndolos a ellos. A tu esposa. A tus hijos.
El olor a óxido y carne podrida llenará tus pulmones, impregnará tu piel, y las paredes parecerán estremecerse con cada respiro, como si la casa compartiera tu nuevo cuerpo.
Siempre estarás aquí, ¿no es así? En estas paredes, en esta casa.
En Tail. Tú lo sabrás. Tú siempre lo sabrás.
Desperté lentamente. Tenía un paño húmedo puesto sobre mi cabeza, impregnado del olor de la sangre seca y del sudor que empapaba mi piel.
Mis ojos tardaron en adaptarse a la tenue luz que se filtraba por las persianas, como si el mundo entero fuera un reflejo borroso de mi estado mental —al menos, del poco que me quedaba—.
Sentía un peso opresivo en el pecho, una mezcla de dolor físico y el vacío emocional que amenazaba con consumir lo poco que quedaba de mí.
Mi cuerpo descansaba en la habitación penumbrosa de Charles.
El dolor punzante en mi pierna izquierda me recordó que estaba vivo, pero apenas.
Eva estaba en la esquina de la cama, con su uniforme gris arremangado hasta los codos, sosteniendo un libro con delicadeza, como si temiera que el más leve movimiento lo hiciera desaparecer, temblaba.
Era una primera edición hermosa —quizás la de la mejor portada— de La Danza, el libro que escribí inspirándome en mi hijo Andrew.
La portada original fue un conflicto con la editora, pero logré —luego de unos cuantas ideas creativas— poner el rostro difuminado de mis dos hijos en el fondo.
Apenas notables, cuatro líneas negras, como celdas, los separaban.
Ese detalle me resultó un recordatorio cruel, por parte del destino. Entonces, recordé lo que había pasado.
—La portada son una foto mis hijos —dije, sintiendo cómo la garganta me raspaba con cada palabra—. ¿Lo sabías? Tienes algo nuevo de que escribir…
Eva se sobresaltó. No supo qué responder.
Asintió, puso el separador, cerró el libro y lo dejó en la mesa de noche de Charles.
Se quedó allí un largo rato, con los ojos perdidos en el horizonte a través de la ventana.
Los primeros rayos de la mañana del 9 de diciembre iluminaban su rostro con un resplandor casi etéreo.
Pero sus ojos color miel me miraron con algo más pesado que la pena, fue una tristeza profunda, inquebrantable.
—Debí llegar más rápido, señor Green —murmuró, con la voz quebrada. Los mechones desordenados de su pelo, la hacían ver más hermosa—. Lo siento. Su esposa… sus hijos...
—¿Así que fue real? ¿Eh? —Respondí con una carcajada áspera, sin un ápice de credibilidad en mi tono.
—Todos hubiéramos preferido que no fuera así. —Intenté moverme, pero el dolor de mi pierna me obligó a detenerme—. Tenga cuidado, la bala rozó el músculo. Pude extraerla, pero sigue habiendo un gran hueco. Tenemos que ir a un hospital para tratar la herida...
—¡No! —Se levantó de la cama de un salto, temerosa, no esperaba esa reacción, de afuera oí que alguien se acercaba—. Perdón. ¿Llamaron a alguien? ¿A algún alguacil o…?
—No hay señal, ni tampoco luz —susurró—. Se fue por la noche, cuando llegué. Todo está bloqueado. La señal se fue por toda esta zona de Iowa, Bonanza tampoco tiene señal. Su llamada fue un milagro...
Algo me dijo que no era así. Pero entonces me percaté, ¿qué o quién le había respondido a Sadie? Porque yo oí que ella había contestado… nunca me aseguré de que hubiera sido mi suegro. ¿Me había mentido?
—¿Qué pasó luego de que me desmayé?
—No lo sé con seguridad... cuando llegué, usted ya estaba en esta habitación, muy enfermo, quemaba en fiebre.
Una de las cosas buenas de trabajar en sanidad, fueron los cursos obligatorios de primeros auxilios que me hizo tomar mi madre.
Lo traté de inmediato, no iba a desangrarse, pero la herida estaba muy fea.
Decía cosas incoherentes mientras Charles lo sostenía, estaba muy inquieto.
No pude hacer nada por su mano, no sé qué le pasa.
»Luego pudimos estabilizarlo. Y le pregunté a Charles qué había ocurrido...
—se detuvo un instante, analizando lo que iba a decir—.
Traté de hacer algo, pero, no había nada que hacer.
Luego lo raro ocurrió, todo el pueblo se hizo delante de esta casa.
Yo quería irme. Pero... bueno. Los muy cabrones pincharon todas las llantas de la furgoneta.
También la de su auto. No tenemos forma de irnos, estoy igual de jodida que ustedes dos.
Al menos traje un libro, nada mejor antes de morir, ¿cierto? Porque nos vamos a morir...
La puerta de la habitación se abrió. Mi vecino entró con Becky, pero algo en él había cambiado.
Se veía diferente, casi irreconocible, como si hubieran pasado diez años en tan solo una noche.
Aunque llevaba unos vaqueros diferentes y un saco de lana, parecía mayor.
Un mapa de arrugas descendía desde sus cataratas.
—Perdona por hacerte venir, Eva.
—Vine, señor Green, porque desde que toqué esa puta casa solo he visto cosas... extrañas. Vine porque usted es mi escritor favorito. Porque tampoco he podido dormir con tranquilidad. ¿Cree que hay algo debajo de Tail, señor Green? Charles me lo contó todo, los sueños de él también.
—Sí, hay algo enorme bajo Tail —respondí—. Me ha llamado desde que toqué este pueblo. Lo hizo con ellos, lo hizo con Sadie.
—¿Cree que ella...?
—Sí, ella oyó las voces. Y cedió ante ellas. Yo también tuve la necesidad de creerle, cuando vi lo que hizo. Si Charles no me hubiera detenido, creo que hubiera sucumbido a la voz. ¿Ustedes también la han oído? —Ambos asintieron en silencio—. ¿Dónde están los cuerpos?
—Eva me ayudó a acostarlos en la habitación que era de mi hijo, están los tres bajo la sábana —dijo el anciano—. No quise dejarlos allí en la sala, disculpa.
—No te preocupes, Charles, gracias. Eva, ¿trajiste el DDT?
—Más que eso, conseguí todas las reservas que tenía mi madre, también conseguí unos cuantos insecticidas.
Y encontré en el cajón de mi padre unas armas que guardaba cuando era sheriff en Bonanza.
Están en la sala. Charles me recibió y me ayudó.
Ninguna de esas cosas nos interrumpió. Nos observaban desde las ventanas de las casas…
fue horrible. ¿Qué haremos, señor Green?
Creo que, si esperamos lo suficiente, podríamos huir del pueblo por el bosque y llegar de alguna forma a la Interestatal 35.
—No nos dejarán irnos. Tú lo dijiste, nos perseguirán, en los sueños. Donde sea que estemos —Becky me lamió la mano—. Nos mantienen aquí por algo. Y creo que tengo una idea sobre lo que es.
—Lo que hay debajo de Tail —convino Eva, Charles hizo un gesto de asco—. ¿Y cómo llegaremos hasta abajo? ¿Y cómo lo matamos? Porque es…
—La cocina. Dijiste que todos los ductos convergían allí. Luego, con Charles, vimos que estaba hueca. Allá abajo, no hay nada. Becky también mostró interés al principio, y nunca se acercaba a la cocina. Debe ser allí.
—No me respondió, señor Green. Tengo algunas armas. Pero me temo que no tengo nada más fuerte que el DDT.
—¿Es inflamable? —Ella aceptó—. Bien, el fuego purifica, ¿verdad?
Tomé un montón de analgésicos que tenía guardados Charles en su cuarto.
Algunos ya habían pasado su fecha de caducidad, pero supe que dieron efecto cuando me empecé a sentir adormitado.
Por lo menos, el dolor en la pierna era mínimo; ya podía caminar, o algo así.
Me cambié de ropa, pues toda seguía manchada de sangre y barro del lago Phillips.
Los agujeros en la palma de mi mano eran mucho más definidos, la piel se estaba transformando con ellos.
Se separaba y se volvía a unir para crear unos orificios, como cuevas, húmedas y pulsantes.
No me dolía, pero sí era incómodo y gelatinoso.
Me lo cubrí con el resto de gasa que sobró del repertorio médico de Eva.
Por su parte, ambos también hicieron sus tareas.
Charles buscó entre toda su casa artilugios inflamables y los dejó todos en el cuarto donde descansaban moribundos los cuerpos de mi familia.
Vi cómo llevaba los discos de acetato al cuarto, con una mirada vacía, como si ese acto terminara de quebrarlo.
Eva, por su parte, se dispuso a armar en varios frascos toda la mezcla de DDT, diluyéndolo con otras sustancias que, admito, evité oler. Ella me hizo una mirada disimulada con su máscara de gas y volvió a lo suyo. Luego, creo que llamó a su madre.
Desde la ventana de la habitación principal de Charles, que quedaba al igual que todas en el segundo piso, volví a ver mi casa.