Descenso por las paredes 16
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Me desplomé en el suelo, llorando. Andrew se veía hermoso y tranquilo; su piel comenzaba a tomar un color marfil.

Sus venas, aún marcadas, se apagaban lentamente.

Arranqué con impotencia el cuchillo; un pequeño chorrito carmesí cayó en mi pantalón.

Sadie temblaba; la sangre se extendía por toda su pijama, sus pezones estaban remarcados.

Se tiró hacia el cuerpo de nuestro hijo con cariño, triste y desolada.

Vi a Howard en una esquina de la habitación abrazando a Becky, llorando y diciendo frases incoherentes. Nos observaba con horror.

—H-h-h-ow-ard… ¿Q-q-qué pa-s-ó-ó-ó? —Tartamudeé.

—Ella… —Señaló a Sadie—. Le pegó a mi hermano con el cuchillo, papá. ¡No quiere despertar, papá! ¡¿Por qué no despierta, papá?!

Sadie trató de hacerme un gesto de inocencia, un movimiento torpe, casi desesperado, como si intentara alcanzar una noción de normalidad que se le escapaba de las manos.

Su rostro se contrajo en una mueca de confusión y pena; sus ojos, antes hermosas perlas grisáceas, ahora eran pozos vacíos de angustia y desesperación.

Las lágrimas no dejaban de brotar, mezclándose con la sangre que ya había manchado su pijama, y su cuerpo temblaba como una hoja al viento, mientras su boca se abría y cerraba, buscando palabras que no lograban salir.

—Vamos a arroparlo, Johnny —propuso, tomándome de la mano. La esquivé con rabia y acaricié el pelo de mi hijo—. Ya es hora de volver a nuestra casa. Hemos molestado mucho al señor Charles. ¿No es cierto, Charles?

Volví la cabeza. El anciano estaba boquiabierto, le resbalaba una penosa lágrima por el rostro.

No dijo nada. Se sostenía de la puerta; su Franchi 48 AL reposaba a su lado, sin el gatillo del seguro.

Afuera, saciadas, las criaturas comenzaban a alejarse hacia sus agujeros de oscuridad.

El anciano entonces se desplomó en el suelo, cayendo de rodillas, sin creer en lo que acababa de ver.

—¿Por qué…? ¿Qué te hizo Andrew…? —Pregunté. Vi en su rostro rastros de miedo e incertidumbre. Le di una bofetada que hizo que se le rompiera el labio; inmediatamente le quedó roja la mejilla—. ¡Qué coño te hizo Andrew!

Y tuve la certeza de que no era ella. Pero esa convicción no me trajo ningún tipo de alivio, sino un odio visceral que me quemaba por dentro.

Con las manos temblorosas, tomé mi arma y se la puse directo en la cabeza.

Mi mente me murmuró —tan real, tan obvio—: "No es ella Jonnathan.

Ella también es como esas cosas. La devoraron desde dentro.

Solo mantiene su voz... no le creas, no la mires.

No es Sadie. No es Sadie. ¡No es Sadie!” .

Sentí el peso del gatillo bajo mi dedo, el sudor bajaba por mi frente y se mezclaba con las lágrimas.

La miré a los ojos, buscando a la mujer que amaba, pero solo encontré un abismo que me devolvía una sombra de lo que fue.

"Hazlo, Jonnathan. Libérala. Libérate." Quería ver esos sesos volar y crear un agujero en su cabeza.

Estaban en su cabeza, todos esos malditos animalejos, controlándola.

Necesitaba ver que no era ella, que no era mi Sadie, la que había asesinado a nuestro hijo.

Pero el gatillo no funcionó. Seguía con el seguro, y cuando iba a quitarlo, Charles se lanzó contra mí para frenarme.

Ambos caímos dando volteretas en la habitación.

Becky ladró y se separó de Howard para ayudarme a luchar contra Charles.

En el forcejeo logró quitarme el arma, que salió volando a una de las esquinas del cuarto.

Los gruñidos y ladridos de la labradora me ensordecieron.

Rascaba y mordía a Charles, que en un intento de zafarse se tiró al suelo, dejando un manchón de sangre de la mordida de Becky.

Me levanté confundido, buscando en el suelo el arma.

Andrew estaba boca abajo, tal vez observando lo que estaba debajo de Tail.

Cuando vi a la mujer que amé toda mi vida, estaba repleta de sangre por toda su pijama.

Su mirada era maniática; abrazaba con el otro brazo a Howard, que gimoteaba bajo sus brazos: “ayúdame, papá”.

Tenía el arma en sus manos y me apuntó directo a mí.

—Tenemos que arropar a Andrew, Jonnathan —me ordenó. Vi sus ojos inyectados de sangre—. Y también a Howard. Tienen que dormir en nuestras casas. Es diciembre y hace mucho frío. ¿No les parece?

—Sadie… suelta el arma.

—¡Tú no lo entiendes! —Gritó—. Desde que estamos en Tail, ¡los veo! ¡Cada puta noche! ¡En mis sueños! ¡Los oigo! ¡Nos quieren a todos, Jonnathan! No dejaré que se lleven a nuestros hijos. ¡Ellos no tienen que ver eso que está más allá! ¡Los volverá locos!

—Mataste a Andrew… ellos no se llevaron a nadie, Sadie. Fuiste tú.

—Sí, lo hice —aceptó mientras lloraba—. Pero es que él lo dijo.

¡Ese maldito nombre! ¡Vocciethum! Dijo que lo había visto, ese es el comienzo.

Comienza con ese nombre, luego todo se pierde…

todo muere. Tu cabeza se ahoga en muerte —gimoteaba, escupiendo saliva—.

No podía dejar que él viera eso y lo torturaran más, de lo que ya me han hecho.

¡Ya me robaron a Anais! ¡No dejaría que lo hicieran con Andrew! Ni con Howard.

—¿No llamaste a tus padres para que vinieran, Sadie? —Me levanté. Becky se hizo tras de mí. Charles veía atónito, tirado en el suelo. Y sospecho que todas aquellas criaturas miraban tras las paredes.

—Sí… pero les mentí —noté un espasmo—. Ellos tampoco tienen que ver esto. Ellos no tienen que sufrir convertidos en esto. Yo los amo. A todos. Nadie más tiene que hacerlo, Johnny. Suicidémonos todos. Así esto va a parar. Durmamos a Howard, acostemos a los dos juntos. Y nosotros nos matamos acá.

—Sadie, deja a Howard vivir. Es solo un niño, podemos sacarlo de acá —ella negó con la cabeza mientras babas de sangre le salían de la boca—. Yo también los he visto…

—¿Cada noche, Jonnathan? ¿Que nuestro hijo vea esas cosas cada noche? No lo permitiré, cariño. Te amo. Lo siento.

Me adelanté corriendo para detenerla, pero ella fue más rápida.

Me disparó en la pierna izquierda y caí al suelo.

Pero vi cómo Howard logró zafarse en el momento en que disparó.

Solo debía correr, pero… no fue así. Sadie lo vio.

Una bala le alcanzó en el pecho. Una nube de polvo y sangre salió disparada del cuerpo de Howard. Luego, por su boca.

—¡Howard! —Exclamé. Mi hijo cayó al suelo. Su cuerpo pequeño se desplomó con un sonido sordo, mientras la sangre formaba un charco bajo él. Mi garganta emitió un grito ahogado.

Y cuando Sadie me miraba, lacónica, preparada para disparar, sus manos temblaron visiblemente, apretó el arma como si fuera un salvavidas en su mar de locura.

Y lo era. Ella los había oído. Sus labios se movieron, como queriendo decir algo, pero solo emitió un leve gemido quebrado.

Fue en ese instante que dos balas disparadas del arma de Charles le atravesaron el pecho, haciendo que su cuerpo se sacudiera violentamente hacia atrás.

La primera bala abrió un agujero justo por encima de su corazón, de donde brotó un chorro de sangre que manchó la pared detrás de ella.

La segunda perforó su abdomen, desgarrándola por dentro, y la sangre fluyó caliente por sus piernas, mezclándose con la de Andrew.

Por un instante, Sadie pareció no comprender lo que había pasado.

Sus ojos bajaron hacia sus heridas, y un rictus de dolor y alivio deformó su rostro.

Luego levantó la mirada hacia mí, su expresión se suavizó, y una sonrisa frágil, casi dulce, se dibujó en sus labios.

Tan hermosa como siempre, tranquila, por fin.

—Te amo, Jonnathan Green —susurró, con un hilo de voz que apenas pude escuchar—.

Seremos más felices muertos. Más… Mu-mu-ertos.

—Y eso fue lo último que dijo antes de desplomarse al suelo con un golpe seco.

La sonrisa congelada en su rostro se quedaría allí para siempre, mientras sus ojos vidriosos seguían mirándome.

—¡Sadie! ¡Howard! ¿Howard?

—¿Pa-a-pá? —Tosió. La sangre burbujeaba—. Duele mucho.

Me acerqué tambaleando hacia él. Mi pierna me ardía, y sentía que estaba a punto de desmayarme…

pero tenía que verlo. Al menos una última vez.

Charles me ayudó a acercarme hasta Howard, tomándome por un lado del hombro, hasta que ambos nos derrumbamos.

Ya no podíamos más. Mucha sangre brotaba de sus labios.

Ya en el suelo me arrastré hacia Howard, ignorando el dolor punzante en mi pierna.

Sentí el calor de la sangre empapando el suelo bajo mis manos, pegajosa como el alquitrán.

Cuando llegué a él, su pequeña mano buscó la mía, temblorosa.

Su respiración era irregular, cada vez más débil, con un sonido tosco y apagado.

Le acaricié el pelo. Becky se acercó, olfateando a Howard, dejando escapar un leve gemido. Me apoyé sobre el suelo mientras su pequeño cuerpo quedó inmóvil. Howard se estaba hiendo…

—Sí, cariño —creo que en ese momento ya estaba viendo el vacío, porque sus ojos me veían, pero no creo que vieran al hombre que lloraba—. Tranquilo, estaremos bien, ¿vale? Duerme, y cuando despiertes… verás a tu madre con Andrew.

—¿Andrew? ¿Y mamá? ¿Qué pasa contigo o con Becky? ¿No los volveré a ver?

—Iremos también, te lo prometo. Estaré con ustedes, cariño.

—¿Volveremos al Maniatic History Circus? Ese día fue muy divertido, jugamos mucho. Vimos al hombre del sombrero… ¿lo recuerdas, papá?

—Sí, estaremos allá —mi voz se cortó. Mi hijo se quedó quieto—. ¿Howard? ¿Howard? ¡Charles! ¡No! ¿Howard?

Grité hasta sentir que la voz me abandonaba.

Mis manos temblaban mientras lo abrazaba, ignoraba el dolor en mi pierna, mi mano y la creciente sensación de vacío en mi pecho.

Howard no me volvió a responder. Luego de eso, lloré por mucho tiempo.

Sentado en el suelo de la sala de Charles, rodeado por el vacío ensordecedor, contemplé los cuerpos inertes de mi esposa y mis dos hijos.

Charles se mantuvo en silencio, sentado a unos metros de mí, contemplando Tail Street, como el atardecer también moría.

Me desmayé.