Descenso por las paredes 15 #2
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15 #2

Charles recargó el arma. La cosa volvió danzante con un plato de cerámica cubierto por una tela blanca...

tirando a gris. Se sentó frente a nosotros.

—Vi que tuvo un problema de plagas en su casa, señor Green —dijo—. De hecho, todos en el pueblo lo notamos. Sí.

—Odio a esos putos bichos —respondí. La criatura quitó su sonrisa inepta, transformándola en una mueca de odio—. Y aún quedan más, ¿sabe? Los mataré uno por uno.

—Es usted un hombre de carácter. Desde que tocó este pueblo lo supe —sus dedos se extendieron hasta tocar sus ropajes—. Pero no debió hacerlo, señor Jonnathan. Fue un grave error de su parte. Sí, un grave error.

—¿Matar a esos cerdos? Sí, fui demasiado cariñoso; ese fue mi grave error.

Debí quemarlos, aplastarlos, buscar cada uno y echarles ácido.

Matar hasta el último de ustedes, hasta dejarlos solo como la cosa nauseabunda e inmunda que son.

¿Dónde está Anais? —Apunté con el arma directo a su cabeza. La criatura apenas reaccionó.

—Habla mucho, señor Jonnathan —entonces retiró la toalla—. Pero se asusta como un bebé. ¿Seguros que no quieren galletas? Las hice especialmente para ustedes.

Giré la cabeza, para evitar vomitar. Las galletas parecían de avena, pero en su interior vi las mismas criaturas muertas: sus alas, cuerpos encorvados y negros resaltaban como si fueran chispas de chocolate.

El color verdoso de las masas no dejaba lugar a dudas.

La cosa tomó una y le dio un mordisco gigantesco.

El sonido fue un "clack" grotesco, como si los dientes chocaran contra algo crujiente y viscoso a la vez.

La galleta, antes de avena, ahora se veía desmenuzada y viscosa, su interior verde y fangoso desprendía un hedor de vainilla mezclado con putrefacción.

Una mezcla de fluidos y migajas resbaló por las comisuras de su boca, mientras un extraño chisporroteo surgía del contacto entre la saliva biliosa y la masa.

La repugnancia se intensificó cuando pedazos de las criaturas incrustadas en la galleta, alas quebradas y patas diminutas, se asomaron entre los fragmentos, moviéndose como si aún tuvieran vida.

Pero el recipiente, el cuerpo que robó, no salió ileso de la acción: por la fuerza, sus dientes se desplazaron hacia adelante, y su mandíbula se quedó colgando de los tendones que la sostenían.

Su sangre, verde y salivosa como bilis, se derramó sobre la galleta.

Sus ojos parecieron querer salírsele de las cuencas, y sus manos se movieron con un frenesí inhumano.

Su piel se volvió translúcida, revelando una coraza marrón y negra debajo.

Las paredes comenzaron a resonar como tambores, chocando y rugiendo con excitación.

Apreté el gatillo y disparé directo al rostro del antiguo propietario de la casa.

¡Pum! La piel se cernió y se envolvió en un tipo de espiral, mientras la sangre del huésped se diluía en el aire como una nube de polvo seco.

La carne, vieja y arenosa, se desprendió, dejando un cuerpo aún más abominable.

La criatura se desplomó al piso, chillando mientras agonizaba.

Las demás hermanas salieron de las paredes en su auxilio, derrumbándose sobre nosotros.

La casa emitió un ruido inexplicable, agudo y ensordecedor, como si el propio Tail gritara.

El monstruo se alzó de nuevo, aun vistiendo la mitad del rostro del anciano.

Los restos de piel colgaban como jirones empapados en sangre coagulada, goteando un líquido parduzco que formaba charcos a sus pies.

De la mandíbula desgarrada surgía un hedor ácido y penetrante, mientras pequeños gusanos blancos asomaban por las grietas de la carne expuesta.

Los globos oculares del rostro, uno casi reventado y el otro ladeado grotescamente, parecían mirarme con rencor.

Al otro lado, la cucaracha negra emergía, con un ojo profundo y cruel.

—¿Te sigo asustando, Johnny? ¿Te sigo asustando? —Charles retrocedía, aplastando todo lo que podía bajo sus botas mientras disparaba en todas direcciones.

El suelo era un caos: pedazos de carne desgarrada y fluidos viscosos volaban con cada impacto, cubriendo las paredes con manchas negras y verdes que goteaban lentamente.

El sonido de la carne desgarrándose y los gritos inhumanos llenaban el aire, mezclándose con el eco de los disparos y el estrépito de los casquillos al caer al suelo.

El olor era insoportable, una mezcla de sangre caliente, bilis con salitre…

algunas chillaban y explotaban al contacto con las balas.

Recuperé mi arma y apunté a la criatura.

—¿Dónde está mi hija? —Rugí. El rostro del anciano comenzó a desprenderse de la coraza.

—Adivina, bastardo —cargué y le disparé directo en la boca.

El cuerpo, sin cabeza, se desplomó al suelo, pero seguía revolviéndose con espasmos violentos.

Las extremidades temblaban y se golpeaban contra el piso, emitiendo chasquidos húmedos y grotescos mientras un fluido espeso, verde y negruzco, burbujeaba de los muñones del cuello.

Charles se quedó en blanco. Las cucarachas volvían a sus huecos, pero una permanecía inmóvil en medio de la sala, tan grande como un ser humano promedio.

Su caparazón era negro y lustroso, con bordes rugosos que reflejaban la poca luz como si estuviera cubierto de una fina capa de humedad.

Sus alas, gruesas y translúcidas, temblaban con un crujido irregular, emitiendo un chirrido que se incrustaba en los oídos.

Las patas delanteras, espinosas y agitadas, arañaban el suelo con movimientos espasmódicos, dejando surcos en la madera.

—Mierda, muchacho —expresó el anciano. Cuando su mirada se desvió a la ventana que daba a Tail Street. Noté cómo su expresión se endurecía.

Me apretó el hombro con una fuerza casi desesperada.

Al girarme para entender su señal, el horror me paralizó: los ciudadanos de Tail estaban allí afuera, en filas indias perfectas.

Sus rostros vacíos eran una amalgama de piel desgarrada y carne expuesta, los ojos les colgaban de sus cuencas o desaparecían por completo, dejando agujeros oscuros que parecían absorber la luz.

Algunos se movían con espasmos grotescos, como si sus huesos estuvieran rotos o mal encajados, mientras que otros permanecían rígidos, sus cabezas giraban lentamente en ángulos cada vez más anormales, como si escrutaran cada uno de nuestros movimientos.

Eran al menos cincuenta, iguales o peores.

Ambos salimos de la casa, tratando de mantener la calma.

La primera arma que tenía seguía con toda su munición intacta, pero su peso en mis manos se sentía casi insoportable, mi mano ardía.

La segunda la arrojé a un lado, y Charles, sin mucha convicción, imitó mi gesto con la suya.

A nuestro alrededor, las criaturas no dejaban de observarnos.

Dentro de la casa, el cuerpo que habíamos dejado en el suelo seguía retorciéndose, luchando contra algo invisible.

Tomé mi Remington 1100, apreté los dientes y levanté el arma.

Si iba a morir, lo haría luchando. Apunté hacia ellos, sin permitir que el miedo quebrara mi postura.

Charles, tras de mí, cargó su arma con manos temblorosas, cuidando mi retaguardia.

Pero entonces, justo cuando esperaba que se abalanzaran sobre nosotros o algún movimiento, algo los detuvo.

De la casa de Charles se escuchó un grito desgarrador.

Reconocí la voz al instante. Sadie.

Las criaturas se detuvieron en seco. Sus cabezas, algunas deformes y ladeadas, se giraron hacia el sonido.

Por un momento pareció que se comunicaban entre ellas, sus mandíbulas se movían como si mascullaran un lenguaje que nuestras mentes no podían comprender.

El sonido era un susurro gutural y húmedo, lleno de chasquidos y vibraciones que parecían resonar directamente en mis huesos.

Era como si cada palabra estuviera diseñada para corroer la cordura, evocando imágenes fugaces de carne putrefacta.

Me sentí mareado, y Charles soltó un leve gemido mientras se llevaba las manos a los oídos, su rostro estaba pálido.

Entonces me miraron nuevamente, pero no hicieron ademán de seguirme cuando rompí en una carrera desesperada hacia la casa.

Charles tardó un poco más en reaccionar, avanzando a un trote pesado, pero también giró la cabeza para observarlas.

Las criaturas seguían inmóviles, sus miradas perversas se mantenían clavadas en nosotros, pero sin moverse de sus posiciones.

Era como si hubieran perdido el interés.

Al entrar en la habitación, me detuve en seco. Una mujer yacía allí, cubierta de sangre. Y el rastro se extendía por las paredes.

El cuchillo seguía aún en el cuello de Andrew.