15
—No la hallarás —Sadie lo había dicho antes, y lo repetía ahora, con un tono que se mezclaba entre certeza y resignación.
Sus palabras no eran un presagio sin fundamentos —yo sentía lo mismo, pero todavía no quería caer en la tentación—, sino el eco de algo que había visto, algo que sabía y que no podía o no quería compartir.
Sus ojos, enrojecidos, se clavaron en mí, buscando que entendiera lo que no se atrevía a decir.
Los niños dormían en la habitación de Charles; esta vez no los perderíamos de vista.
Sadie se recostaba contra el marco de la ventana, divisando el lago.
Llevaba puesto un pijama que apenas cubría sus enormes y pesados pechos.
No quería contradecirla. Pero no podía quedarme con los brazos cruzados, esperando a que Howard o Andrew fueran los siguientes…
incluso a ella, o yo. Golpeé la pared con impotencia; apenas si lo notó.
Se acarició el abdomen, casi tan plano como antes.
Sus ojos, cubiertos de una capa de lágrimas, reflejaban más desesperación que rabia.
Era un tipo de desesperación que no nacía solo del momento, sino de algo mucho más profundo: semanas de silencio, noches en vela escuchando ruidos que no podían explicarse, y esa certeza insoportable de que algo, allá afuera, los acechaba con paciencia inhumana.
La madera de la casa rechinó. Nos vigilaban.
—Sadie… iré con Charles al bosque. No más de dos kilómetros a la redonda —propuse, pero su rostro se deformó en una mueca de disgusto—. Y luego llamaré a Eva. La necesito. O más bien, al DDT.
—Haz lo que quieras, Jonnathan —cerró los ojos, dejando que más lágrimas corrieran por su rostro—. Siempre lo has hecho. Llamaré a mis padres, tienen que llevarse a Andrew y a Howard.
—He pensado en todos —admití. Charles estaba en una esquina cabizbajo.
—¿En serio? Entonces, ¿dónde está nuestra perfecta casa?
¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está el amor de esta familia?
No lo veo. ¿Cuándo olvidamos lo que éramos?
¿No teníamos más planes? ¿No íbamos a vivir en Inglaterra, en un viejo castillo, mientras tú escribías y yo dibujaba?
¿No era ese el plan? ¿Cuándo quisiste dejar Des Moines…
para esto? Dímelo Jonnathan… —me señaló con el dedo, acusándome, y no podía culparla, lloró desconsolada—. ¿En qué momento ocurrió, Jonnathan…?
Solo observé a la mujer que alguna vez fue tan hermosa...
tirada. Ahora, su cabello dorado había adquirido un espeluznante tono de cobre oscuro.
Sus dedos y brazos estaban tan huesudos que apenas si distinguía la carne entre ellos; eran como las ramas de la primera pesadilla que tuve en ese maldito pueblo.
El pijama… antes tan ajustado, ahora le quedaba suelto, muerto, apagado.
Y entonces tuve la idea de ahorcarla. Si algo iba a matarla, debía ser yo.
Oprimí mis nudillos con la palma de la otra mano.
Los huesos tronaron como metal en el cuarto.
Sería simple: con una sola mano aplastaría su cuello…
y el cuerpo desaparecería. Algo me lo decía.
Mis dedos rígidos querían rodearla por detrás y oprimir la manzana de Adán hasta que el hueso descendiera, la piel se volviera como goma y se partiera a la altura de la nuca. Era mi otro “yo”.
El viejo pasó su pesada mano sobre mi hombro, sobresaltándome.
—Tengo cuatro escopetas semiautomáticas Johnny.
Las compré hace unos años para irme de caza…
hasta que descubrí que esta zona está prohibida —levantó la boca, imitando seguramente a algún oficial—: “los toca y la ley lo buscará”.
Muchos venados blancos. Nunca he visto uno en mi residencia aquí.
Sobre las balas, temo decir que no tengo muchas.
Algunas están agrietadas. Y las escopetas no se ven tan mal.
Me entregó dos Remington 1100, largas, con estilos viejos de cacería.
Una tenía tallado su nombre. La miré detenidamente; su peso era familiar, mi padre me había enseñado a utilizarlas cuando era joven, pero no fue tranquilizador.
Sentía como si el metal frío vibrara en mi mano, como si intuyera que pronto sería usado no contra venados, sino contra algo mucho más siniestro, algo que acechaba en las sombras de Tail.
Sadie se levantó tambaleándose, con los hombros caídos y una expresión melancólica en el rostro.
Al llegar al teléfono, marcó el número con dedos temblorosos, sin dirigirme la mirada.
Apenas escuchó la voz al otro lado de la línea, rompió en llanto.
Yo no soporté el peso de su desesperación y salí con Charles hacia Tail Street.
El anciano llevaba dos Franchi 48 AL apoyados contra su hombro huesudo y caminaba con una cojera que delataba su cansancio.
Mientras avanzábamos, mi casa, colosal y agrietada, parecía observarnos con una sonrisa torcida y malsana; sus ventanas se hundían con pesadumbre, y la puerta principal nos invitaba con una hospitalidad fingida de cordialidad.
Saqué mi móvil del bolsillo del pantalón y llamé a Eva Anderson.
Del otro lado de la Interestatal 35, interrumpida solo por la estática:
—¡Señor Green! —Exclamó con entusiasmo. Me la imaginé sentada en su habitación desordenada, vistiendo pantis desgastados y su camiseta de My Chemical Romance—.
No sabe cuánto he estado pensando en usted.
Terminé anoche toda la primera parte de su infancia.
¡Es oro puro! Incluso logré hablar con el bastardo de Sam sobre...
—Eva —la interrumpí con brusquedad—. Mi hija desapareció. Y fue por la casa. Necesito más DDT, todo el que tengas. ¿Eva?
Nada.
—¿Estás allí, Eva? ¿Hola?
—Voy para allá —colgó.
Volví la mirada hacia Charles. El anciano, que normalmente irradiaba una especie de calma estoica, ahora lucía derrotado.
La sangre seca en su mentón y el hinchazón de su labio le daban un aspecto casi desquiciado.
Señaló el bosque con su escopeta, aunque no parecía convencido.
Las casas vecinas, al igual que la mía, parecían estar vivas, observándonos con un aire de expectativa sombría.
Cuando levanté la mirada hacia las ventanas, noté que cada "vecino" estaba allí: inmóvil, con sus rostros escondidos tras máscaras grotescas que no parecían humanas.
No solo nos miraban; se burlaban, silenciosos.
—Ambos sabemos que no vamos a encontrar nada aunque revisemos todo el puto bosque —murmuró Charles con voz apagada, apoyando su peso en mi hombro—. Lo siento, muchacho. No hallaremos nada, ni aquí ni al otro lado de la Interestatal 35. Y lo sabes.
Quise protestar, pero tenía razón, maldita sea. Sabía que tenía razón, pero también sabía que no podía rendirme. No aún.
—¿Qué propones entonces, Charles? —Pregunté, sintiendo cómo la frustración me hacía latir las sienes. Mis puños temblaban de rabia contenida—. No puedo perder a mi hija. ¡No les daré el placer!
—Solo te digo que dejes de ser un gilipollas.
Y piensa —respondió con un tono más firme mientras señalaba la casa del señor Chester.
Algo en la ventana pareció captar el gesto y se ocultó tras la cortina violeta—.
Si todo esto es verdad, es momento de confirmarlo.
Si Tail es la maldición, no hay mejor manera de saberlo que ahora, Johnny.
—¿Estás dispuesto a matar, Charles? —El aire se cargó de un murmullo escalofriante. El pueblo entero parecía respirar en nuestra dirección, y los susurros se alzaron como un coro siniestro.
—Esas cosas ya no son humanas —respondió.
Asentí, y juntos nos dirigimos a la casa.
La puerta de lo que fue la vivienda del señor Chester se abrió lentamente, como si nos estuviera esperando.
Aunque lo había visto antes, nunca me había fijado en cuán grotesco era.
Sus manos, deformes hasta el punto de lo inhumano, parecían extremidades de araña: alargadas, cubiertas de vello oscuro, y terminadas en dedos que se torcían en ángulos extraños.
En su rostro, las venas latían de manera antinatural, no como si fueran a explotar, sino como si algo las succionara desde dentro, que se ocultaba en la oscuridad de la residencia.
La cosa me sonrió con pereza, y sus ojos, que parecían estar a punto de desprenderse de sus cuencas, bailaron con un brillo cruel al notar nuestras armas.
A nuestras espaldas, los "vecinos" seguían inmóviles, observando. Sus figuras se apretaban contra las ventanas, sus máscaras retorcidas ahora parecían fusionarse con sus rostros.
—¿Sí? —Habló la figura que se parecía a un humano.
Los dedos de sus manos temblaban espasmódicamente, como si estuvieran huecos.
Su voz era tosca y fingida. La piel, arrugada y flácida, se ensanchaba y contraía, almacenando fluidos que burbujeaban con un sonido sibilante y nauseabundo, como si hirvieran dentro de un saco orgánico.
Cada burbuja se rompía con un chasquido húmedo, liberando pequeñas ráfagas de un hedor que hacía que el aire pareciera gritar de repulsión.
—Ujúm… —Ambos salimos del trance. Su ojo inmóvil no se despegaba de mí mientras yo apretaba con fuerza el arma—. ¿Qué pasa, Charles? ¿Quieres más de mis galletas?
—No, no. La verdad, me gustan más las de la carretera; tienen leche de coco, una maravilla gastronómica —respondió el viejo.
La criatura pareció entender el chiste, pero su ojo seguía sin parpadear—.
Mi buen amigo Johnny, perdió a su hija. Una chiquitilla hermosa, recién nacida. ¿No sabrás algo? ¿Viste algo?
—No —mintió la criatura—. Pero pueden entrar. Hablemos un poco.
Estuve a punto de objetar, pero Charles siguió a la casa.
La criatura se hizo a un lado, sosteniendo la puerta para que yo pasara.
Me miraba más allá de lo que yo podía conjeturar.
Sin dejar de observarlo, pasé al interior.
Charles se acomodó en el sofá de la entrada.
El color de las paredes era de un blanco antiguo, como si durante años no hubieran sido retocadas.
El hedor también era más potente en esta casa.
Las escaleras, desgastadas y podridas, crujían.
Todo olía a mortecino, a muerte pura. Las paredes parecían estar vivas, repletas de algo que se retorcía en el silencio.
La criatura cerró la puerta, deslizándose por el suelo con sigilo.
Fue a la cocina sin parar de sonreír. A través de las aperturas de la casa vi enormes agujeros que parecían escarbar más allá de las profundidades de estas.
Me miré la mano: los círculos eran más pequeños, pero había más, y de ellos comenzaban a salir esporas.
La carne se separaba de mis dedos, dejando un rastro salivoso y pegajoso.