14 #2
"Es mi niña —pensé mientras las lágrimas caían—. Es la única persona que juré proteger, y aquí estamos. Es la mujer que amo... ella lo es todo".
Y porque lo era todo, debía luchar. Perdiera o no.
Sadie se quedó en el cuarto junto a Andrew y Howard.
Los niños no extrañaban la presencia de su hermana menor, pero estaban impactados.
El mayor cargaba entre su buzo de camiones una llave alemana; no se la quité...
era mejor que la tuviera. El menor se escondió entre los pechos de su madre.
Becky bostezó en la entrada de la puerta.
Salí a Tail Street. Otras dos patrullas se unían al nuevo caos de la zona. Y el único sospechoso era yo. Los oficiales me observaban como buitres alrededor de un cadáver. Uno habló por el radio, mientras el otro sacaba de su cartuchera una enorme soga. Suspiré y seguí mi camino.
Encontré a Charles en la cocina de mi casa.
Algunos tipos entraron y dieron una vuelta por las habitaciones; para entonces, el anciano ya se había ocupado de lo demás.
Parecía cansado. La mancha de vómito ya no estaba allí, y tampoco las cucarachas.
Al menos, no a simple vista. Cuando entré, quise disculparme con él; no quería empujarlo.
Esos últimos días eran como un mal sueño.
Pesadillas constantes, la desesperación me agarraba del tobillo y subía con pasos alargados.
Podía sentir una mano atravesándome el pecho.
Pero cuando me vio, volvió la cabeza y señaló hacia el suelo de la cocina.
—Comencé a limpiar todo este desastre. Mi vieja columna ha estado jugándome malas pasadas —hizo ademán de sonreír, pero temblaba—. En fin, limpié todo cuidadosamente. Tampoco era muy difícil verlas. Saqué unas veinte bolsas, y de la cocina, unas cinco. Hasta que noté esto.
Sus dedos arrugados seguían señalando el mismo lugar, con un gesto de incredulidad y odio.
Recordé a la criatura que estuvo allí horas antes, sobre sus hermanas.
El suelo estaba agrietado; del tamaño de una moneda, un agujero profundo y silencioso se abría ante nosotros.
El anciano golpeó cerca de la abertura. ¡Toc, toc, toc! Hueco... jodidamente hueco.
—No es muy común hallar algo así en el suelo, Jonnathan, y ambos sabemos que no tiene que ver con la humedad. La adherencia del yeso y la madera es resistente. No eterna, pero lo es. ¿Cómo explicas eso? —El miedo se reflejaba en sus palabras, pero su cuerpo no respondía.
—Es una madriguera... están debajo de Tail —me acerqué allí y tomé la linterna cerca del fregadero—. ¿Has medido cuánta distancia hay hasta tocar tierra firme?
—No me he movido de aquí desde que lo vi. Jonnathan, también escuché una voz. Es la de mi esposa, te lo dije antes y te lo digo ahora. Me está llamando. Me quiere muerto. Sabe lo que hice. Y quiere vengarse —las manos oprimieron su sien. Ese era el amigo más humano que tenía.
Recordé en ese momento a Mark, cuando tuvo su segundo matrimonio fallido.
Las discusiones con Suzanne —una chica universitaria de Maine—, eran intensas, y su gesto era parecido al de Charles.
Mark se acostaba con prostitutas mientras su esposa cuidaba de su recién nacido.
Lo hacía constantemente. Decía que "uno debe purificar la verga de vez en cuando".
La idea siempre me repugnó. No le di un golpe cuando fumé con él, tampoco cuando dijo que Sadie se le hacía "apetecible".
Pero lo hice cuando descubrí la verdad. Y tampoco tendría piedad con Charles. Le escupí en la cara.
—¿Te gustan las zorras, viejo? —Se pegó contra la pared, boquiabierto.
La saliva corría por su boca. Le di un golpe en el pecho—.
¿Qué hacía tu "esposa"? —Estaba a la defensiva, pero no me tocaría—.
¿Lo supo? ¿También tu hijo? —Empezó a gimotear; escuché algo como: "S-sí... ella lo supo"—.
¿La mataste cuando descubrió tu lindo secretico? ¿Qué le hiciste, cobarde?
—No-u... a ma-té... —Gimió. Le di otro golpe en la mejilla. Más saliva salió disparada de su boca, mezclada con sangre—. ¡Par-po-fa-or!
—Creí que eras diferente, Charles. Pero eres más cobarde que todos los que he conocido en mi vida. La muerte vendrá por nosotros. Y espero que seas el primero —el anciano se levantó, oprimiéndose con fuerza el costado izquierdo del pecho.
—Últimamente solo vienes a golpearme —chistó con amargura—, pero ambos estamos igual de muertos, Jonnathan. Lo estamos desde que tocamos esas cucarachas. Tú mataste. Yo abusé de la confianza de mi esposa.
»¿Qué diferencia hay? Tú estás de acuerdo con el aborto; yo, con el suicidio.
¿Qué más da? Muerte es muerte. Sangre es sangre —corrió hacia mí, y esta vez no quise detenerlo.
Me dio un puñetazo en la mejilla, haciéndome retroceder.
Pero no era suficiente dolor—. ¡Espera y sangrarás! ¡Lucha y morirás! ¡Golpea y defiéndete!
—Golpeas como un niñato —le devolví el golpe. Increíblemente, lo esquivó—. ¡Metiste a mi familia en esto! ¿Lo sabías, Charles?
—¡Y sabía cómo el coño de tu esposa! —Exclamó testarudo. Giró sobre su peso y me dio un traspié. Caí al suelo—. ¡No tenía idea de nada! Me agradaste. Te parecías a mi hijo...
La pelea terminó. Charles se sentó en el suelo, malhumorado, con una mirada nostálgica. Con los ojos abiertos de par en par. Quise pensar que eran como el mar. De un pálido color mar. Me senté a su lado. No era el momento; Charles no tenía la culpa. Ni yo.
—Lo siento, muchacho. Me dejé llevar.
—Me agradan las buenas historias, Charles. ¿Por dónde comenzar tu desastre? —Como no teníamos una botella de alcohol, fingí ser el camarero de un restaurante. Destapé mi botella fantasma y serví en mi vaso imaginario.
Charles lo aceptó.
—Sabe bien con pimienta —comentó—. Hace mucho empezó, no sé cómo, o tal vez no lo recuerdo…
solo sé que me dejé llevar cuando un amigo llamado Jimmy me dejó tirado en un burdel por la zona baja de Nueva York.
Nada raro, al hombre le encantaban los lugares oscuros.
Murió de sida mucho antes de que yo viviera en Tail. Bueno…
»El deseo de la carne es bastante tentador cuando ves mujeres de enormes proporciones, en los lugares justos cuando andas con más de una copa en la cabeza. El tipo me pagó una. Nada cariñoso, ¿no? Llegué esa madrugada tarde a casa… y la otra, y la otra.
En Tail Street los autos arrancaron fuera para tomar la Interestatal 35. El sonido fue melifluo, corto y cesante. Charles se levantó, dejó su vaso fantasmal en el suelo. Me tendió la mano.
—Pero pude parar, no fueron muchas veces. Pero el recuerdo del gusto sigue en mí. Aún me da asco cuando lo recuerdo y siento una erección. Ha bajado el tamaño del lago Phillips —agregó cuando divisó el otro lado del pueblo; los árboles bailaban en su choque de ramas—. ¿Qué harás con Anais?
La respuesta salió sin algún rastro de seguridad:
—Buscarla. Viva o —seguramente—, muerta. Buscaremos lo que podamos. No enterraré los huesos de mi hija en un lugar como este. No nos iremos hasta encontrarla. Nos quedaremos en tu casa, Charles, si no te molesta —el anciano no se negó—. Gracias. Ahora… ¿guardas armas?
Charles paró a mitad de la sala. “Siempre, muchacho, siempre confía en el viejo anciano decrépito”, oí que murmuró. Me dio una palmada en la espalda. Pero, antes debía hallar algo sobre Anais.