Descenso por las paredes 14
61%

14

Charles llegó, solo luego de cuatro horas.

No tocó la puerta; me encontró en cuclillas limpiando el baño de huéspedes.

Llevaba un jersey gris que le colgaba de la cintura.

¿Por qué no comía? Una camisa simple verde y un pocillo con té.

Creí que venía de buen humor, pero al pasar las puertas. Lo inevitable sucedió.

—No harás mucho con una escoba y un recogedor, mi amigo —soltó luego de observarme en mi inmunda tarea.

—Vi en su rostro un asomo de compasión—.

No he dejado salir a Sadie ni a los niños desde que te fuiste esta mañana.

¿Adónde fuiste? —No respondí, porque tampoco sabía qué fue ese lugar—.

Da igual. Como sea... te decía lo de Sadie.

»Intenté hacer lo posible para que mi casa no pareciera un lugar carcelario.

Empieza a pensar que es buena idea venir a esta casa, y entrar a echar el "vistazo divino" —me entregó la taza de té.

Era de manzanilla y contenía una cantidad alarmante de limón y miel.

Igual me lo pasé. Por primera vez, no sentí algún hedor alcohólico que emanara de Charles.

Siguió parloteando—. Pero por lo que veo, el dichoso "vistazo divino" hará que salga corriendo antes de entrar a la sala.

—Charles, agradezco tu compañía y que me hayas traído el té, pero estoy ocupado. ¿Vas a ayudar o te vas a quedar hablando? —Grité. Estaba airado y él venía en el peor momento para querer hablar.

McCollough recorrió todo el baño nuevamente con la mirada. Precavido y nervioso, se rascó la sien, a la vez que se reía como si un niño no hubiera pillado el chiste de los adultos.

—Tranquilo. Ayudaré. Pero no tocaré esas cosas.

Mi esposa practicaba jardinería... lo tomó como pasatiempo antes de morir.

Tengo palas, guantes, bolsas, una carretilla, podadoras.

De todo. Las dejé en la entrada; quería asegurarme de que estabas dentro de la casa —sonrió.

Su vieja sonrisa me reconfortó, pero duró tan poco...

unas cinco cucarachas agonizaban debajo del zapato de mi viejo amigo—.

Eva es muy buena en lo que hace, pero estas zorras lo son más —las apretó con su zapato; ninguna sufrió mayor daño.

—No podrás matarlas así.

—¿Tú crees? Ya lo noté. ¿Cómo no han ido a otras casas en Tail? Han sido veinte largos años... quizá por eso su cantidad.

—Te equivocas, McCollough —dije con el ceño fruncido, la voz me era tan aguda que me ardió la garganta—.

Están en todos lados, no solo en esta casa.

Están en Tail. Ellos son Tail. Se encuentran debajo de cada árbol, caminan por cada milímetro de tierra.

Debajo de hasta la piedra más diminuta. Nosotros somos, en su mundo, los invasores. Somos su plaga. Su jodido problema.

Cerré la bolsa hasta donde el peso me lo permitió.

La bolsa no resistía mucho; y ellas, en montón, pesaban más que yo.

Estropeé unas cuantas bolsas, así que las dejaba hasta la mitad.

Cualquiera pensaría que cargaba con rocas.

Me acercaba a la décima quinta. Suspiré y la levanté con faena.

La cargué al hombro; sus patas, sus antenas... traspasaban un poco.

—Quemaría a estas malditas en el asadero, una por una, hasta que quedaran reducidas a carbón.

—Te prestaría el mío, es una preciosura, pero no quiero arruinar el sabor del tocino que frío en él. Será para la próxima. ¿Dónde las estás dejando?

—Pensé en tirarlas al lago... —no pude decirlo, pero pensaba que aquella cucaracha del tamaño de un perro pug podría estar esperándome en la orilla—.

Pero, ya sabes, contaminación ambiental.

Lo que menos quiero es a la EPA metiendo sus narices.

Las estoy dejando en el cuarto que está detrás de la cocina.

Los niños ni Sadie entrarán allí. ¿Y Becky?

—Fue curioso... la perra estaba jugando con tus hijos hasta que notó que salí de allí. Me siguió hasta que llegué a la entrada de la puerta. No quiso seguir, gruñó y salió corriendo. No me da buena espina.

—A mí nada me da buena espina... Charles, encontré una del tamaño de un pug maduro —entonces Charles arrugó la frente.

Todas sus arrugas se contorsionaron sobre sus cejas.

Se sostuvo del marco de la puerta. Gotas de sudor cayeron silbantes por sus mejillas.

Contuvo el aliento. Oí el gesto de querer vomitar—.

Me hizo esto. —Mostré mi palma. La herida seguía sin cicatrizar, dolía cada vez más.

Sospechaba que pudo inyectarme veneno. Era como si un tripofóbico hubiera hecho real su peor pesadilla en mi piel—.

Algo me dice que habrá muchas más grandes. La arrojé al lago y...

—¿Por qué no la mataste, idiota? —Exclamó. Las venas se le marcaron en el cuello—. ¡¿Por qué dejaste esa cosa viva en Tail?! ¡Maldito idiota!

Me acorraló contra la pared. Me cubrí el rostro porque pensé que iba a darme un puñetazo.

La bolsa cayó detrás de nosotros y se rompió.

Como un volcán, una potente corriente de cucarachas salió.

Lo empujé con rabia, mitad miedo y mitad sorpresa.

Chocó contra el muro y casi cayó de bruces contra la bolsa abierta. Seguía con la mirada rabiosa y fija.

—La dejé ir porque si no podemos con estas cosas pequeñas, del tamaño de nuestra mano, no podríamos con algo que mida media pierna.

Además, piénsalo, anciano —esa le dolió, pero se la buscó—.

Si llegó sola, habrá más. Muchos más. Bajaré por la carretilla, las meteré allí y las echaré por una orilla del lago o las dejaré detrás de un árbol en el bosque. Me cansé —fue mi respuesta seca.

Charles me siguió con la mirada cuando salí de la casa. No lo noté, pero alguien gritó. Sadie corría hacia mí. Se tiró sobre mis piernas, destrozada. Lloraba.

El alguacil más cercano llegó dos horas después.

Para esa hora, Charles ocupaba mi tarea en la casa, sacando las cucarachas en bolsas.

Una idea morbosamente absurda se me cruzó: por su tamaño y complexión, bien podría disfrazarse de Krampus.

Sadie ya no lloraba, pero su mirada perdida gritaba en silencio.

Necesitaba encerrarse en una habitación y derrumbarse. Yo solo pensaba en vengarme.

Nos hallábamos en la cocina de la casa de Charles.

El tipo, de contextura gruesa y melena hasta los hombros, nos observaba con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones.

Su pelo castaño y cejas pobladas eran, quizá, lo único que podía "jugar a su favor".

Porque no era apuesto: un mar de verrugas y acné cubría su rostro y se extendía más abajo, probablemente hasta el pecho.

La camiseta verde tipo militar apenas contenía la masa de su vientre, que sobresalía bruscamente. Alcancé a ver su placa, pero el nombre estaba escondido bajo uno de sus pliegues. Su compañero hablaba con los niños en la planta de arriba.

—¿Cuánto tiempo tenía de nacida? —Preguntó mientras sacaba una libreta de su maletín. Me pregunté si también cargaría rosquillas. Su voz era tosca, aplastada por la papada que debía comprimirle las cuerdas vocales.

—Menos de una semana —respondí.

Mi esposa se volvió hacia atrás, perdida.

La ropa le quedaba holgada desde el nacimiento de Anais, el más difícil que tuvo que soportar.

Becky entró en la habitación con la cola baja, vigilante.

Seguramente el otro oficial la sacó para que los niños no se distrajeran con ella.

Se acercó a la pierna de Sadie, quien le acarició detrás de las orejas.

La perra la miró con nostalgia antes de acostarse a su lado.

—¿Cómo puede explicar que una recién nacida desaparezca? —Quiso saber el alguacil con una torpeza que igualaba a su aspecto. Levanté una ceja, incrédulo.

—Entre los dos, creo que usted debería tener más experiencia en estos casos —espeté, irritado. Ya era suficiente por un día.

Anais había desaparecido de la casa de Charles.

¿Estuvo allí esa mañana cuando desperté?

No lo sabía. No podía confirmar si, al salir, ella seguía en su cuna.

Sadie dijo que había querido dormir más aquella noche porque las pesadillas sobre Tail la habían asaltado sin tregua.

Cuando despertó, no quiso saber de nadie y se acostó hasta el mediodía.

Fue mientras almorzaba con los niños cuando recordó a Anais.

¿Cómo puede perderse una cría que ni siquiera sabe tragar saliva correctamente?

Esa era la pregunta del alguacil, y para sorpresa de todos, nadie tenía una respuesta.

—Jonnathan Green... se dedica a escribir, ¿no? —Dijo con una trampa escondida en sus palabras—. ¿Le es fácil escribir con ruido? Ya sabe, como el de un bebé llorando.

Hijo de puta, pensé. Me contuve de golpearle.

—¿Qué quiere decir? ¿Cree que no soy capaz de cuidar a mi hija? ¿Está ciego? ¿No ha visto a mis otros dos hijos? —Me acerqué, y apenas si se movió. Olía a queso rancio.

—Quiero decir lo que sospecha: una cría no puede caminar sola. Y según lo que todos dicen, usted salió muy temprano. ¿Adónde fue? Al bosque, sí, eso dijo el viejo —bostezó—. ¿La ahogó con una mano y la dejó en el bosque? ¿Está detrás de un árbol cerca del lago Phillips? ¿La mató? ¿Por qué?

—Le advierto que si vuelve a insinuar que maté a mi hija...

—¿Y qué hará? ¿Golpearme? —Su papada tembló cuando bajó la mirada hacia mí. Sin duda, era mucho más grande que yo—. Para mí, las pruebas son claras. Y usted es el único sospechoso.

»Llamé a otros guardias camperos cercanos.

La encontrarán. Por el momento, solo espero que no aparezcan pruebas de que un hombre de su tamaño, con las uñas ensangrentadas y ropa que apesta a fango, sea culpable.

Mis hombres buscarán en el lago y la casa, si no le importa —recordé lo que había arrojado allí.

—No fue mi esposo. Fue Tail. Fueron las cucarachas —atacó Sadie.

El alguacil se sostuvo del mesón y estalló en carcajadas.

Pero ella miraba más allá de las paredes, como si pudiera sentirlas.

En su rostro se dibujaba asco. El hombre dejó de reír, se rascó la papada y volvió a observarme.

Yo mismo habría pensado que era culpable.

Tenía el cabello grasiento y seco, la ropa sucia y cubierta de barro del lago, y el hedor que emanaba no era para nada alentador.

Becky levantó la cola, fijando su mirada en la pared de la cocina.

Se paró sobre sus patas traseras, rasgó la madera y comenzó a ladrar.

—Preguntaremos a los vecinos —dijo el alguacil antes de salir de la habitación.

No quería seguir viendo la expresión sombría de Sadie, pero antes de que saliera, me rodeó la cintura y me abrazó.

Sentí sus pechos contra mi pierna, y su cabello en mis manos cuando intenté consolarla.