Descenso por las paredes 13 #2
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13 #2

El viento llevaba las hojas resecas y marchitas como una danza hacia mí; pequeñas gotas de lluvia golpearon sobre mi cuerpo, a la vez que mis pies se sentían atrapados por el creciente fango que venía surgiendo de entre las oscuridades cavernosas del lugar donde me hallaba.

La luz del sol penetraba como siempre las hojas de los árboles más altos de Tail, pero a mí apenas me llegaba una pequeña sombra del gran destello de luz.

El sonido era cómodo, pero vertiginoso. La hierba de allí no debía de haber sido pisada desde hacía mucho tiempo; lo sabía por cómo se veía, alta y redundante.

El color seguía siendo del opacado gris. ¿Y el verde?

... no lo sé.

Sentí una malsana curiosidad; sin siquiera ver a mi alrededor seguí por el prado que se me habría ahora.

Era como una entrada al paraíso, pero negra.

Todos los colores que vi allí no podría decirlos a ciencia cierta; las ramas ondulaban alrededor de las plantas semi marrones, los arbustos tenían cierta asimilación con estatuas de hombres viejos, con ojos como rubíes.

Sus manos eran antenas largas como espadas.

Sus tamaños eran totalmente desproporcionados...

me acerqué más para poder verlos. Para tocarlos.

Sus rostros desfigurados me devolvieron la mirada.

¿Dónde me encontraba? No me lo pregunté, no quería saber nada.

Mi cuerpo se dirigía inconscientemente mientras mi mano se sentía atraída como un imán hacia el rostro de hojas que yacía muerto.

Noté cómo la lluvia se levantaba de la tierra y con ella se levantaban miles de animales que creí que nunca más vería en mi vida —excepto muertos—, cómo las largas hojas marchitas eran absorbidas por el cerebro del seto y se hacía más y más enormes.

El aire de mi alrededor se hacía fuerte y pesado.

Vi la hierba rugiendo, deformando el paraíso.

Supe que eran antenas... y se levantaban, y el suelo era la piel. ¡Habían estado durmiendo!

La cosa-arbusto... me observó. Era un espejo, era “yo”.

Ya tenía vida propia, y me sonreía con sus ojos carmesís mientras el color de su carne volvía a ser café.

Me agarró con sus pesados brazos. Las antenas de nuevo parecían salir del fango.

Eran muchas. Era un universo. Una galaxia.

El suelo se levantó como un puente levadizo se abre ante los grandes señores.

La montaña... veía a Tail. Parecía una maqueta de un niño de seis años, crudo y sin color.

Comenzaron a meterse por mis pantalones. Y no lo resistí.

Abrí los ojos, mis verdaderos ojos. No los que me habían estado manipulando desde que entré a Tail.

Me hallaba dentro de mi casa. El suelo, como era de temer, estaba hundido por un mar de ellas.

Torres y torres de cucarachas estaban apiladas sobre las paredes.

El olor era ácido, olía a un gas potente; a causa del señor DDT, pensé mientras volvía a observar el lugar.

Eva había puesto puntos rojos por toda la casa…

lo que no se le ocurrió mencionar era que no había un punto en el que colocar la vista donde no estuviera uno.

Apreté los dientes, me dio repudio. Y vi en el suelo que una se resistía cercana a mí.

Ya estaba boca abajo, las patas subían hasta su cabeza e intentaba salir de allí.

Su carne… sangre de mi carne. Con repugnancia me obligué a verla.

Su color era también diferente a las ya antes mencionadas.

Era verde, un poco “normal” para lo que es su tamaño, pero seguía siendo bastante grande.

Esta era más gorda y pesada. Sus alas eran negras como las de un murciélago, y su rostro era gris con blanco.

Con la punta trasera de mi zapato, la puse sobre ella, al tiempo que comenzaba a hacer fuerza.

Y golpeé. Al quitar el zapato, una masa blanca y verde aún agonizaba en el suelo, pero sus alas habían dejado de moverse.

Le arranqué tres patas; las otras miraban en mi dirección, como defendiéndose.

Aplasté de nuevo. Esta vez no me detuve a ver.

Tuve miedo al saber que el golpe me lastimó bastante, y que la bestia siguiera allí.

Por un tiempo largo, miré cada parte de la casa: los baños, las salas, los cuartos, las habitaciones, la biblioteca, las dos plantas…

y todas fueron iguales. Repletas de ellos, de tamaños y colores variados.

Entonces me encaminé a la cocina, intentando pisar los menos posibles.

Y allí, a unos dos metros del horno, vi algo que me hizo volver y caminar sobre los cadáveres de ellos.

Me obligué a mirar mientras sentía que se aproximaba un colapso.

Era negro, totalmente negro, pero en sus ojos estaba el mismo color de vivez que había visto antes.

Sus patas eran rechonchas y peludas, estaba encima de sus demás hermanas, mientras otras se quejaban por morir aplastadas tras ese peso que debía tener.

Sus alas eran largas, finas y mucho más transparentes que las anteriores.

Su olor era peor; olía a agua podrida estancada, como a cañería.

Olía a sangre, a vejez, a tiempo. Vi en esa cosa un espejismo alarmante, que se convertía cada vez más en un pedazo atorado en mi garganta, que debía salir de nuevo.

Su cabeza y sus antenas aún me veían, y sonreía. Era del tamaño de un pug.

Vomité de nuevo.

Fui hacia aquella criatura a zancadas. Verla me revolvía todo en el estómago, pero no dejaría que Sadie lo viera.

La puerta de la cocina estaba cerrada, así que antes la empujé, y esta cedió sin el menor esfuerzo.

El lago Phillips se tambaleaba, el agua estaba intranquila.

A su alrededor varias plantas marchitas estaban ahogándose.

El volumen del agua subió considerablemente hasta llegar a los escalones traseros de mi casa. El jardín moría.

El aire me empujó hasta la casa; el bosque, sus cuervos, sus animales, todos ellos, estaban rabiosos.

Buscaban venganza, y en sus ojos lo notaba.

Venados, algunos perros salvajes, gatos y parecidos intentaban rugir.

En cada uno de ellos, varias cucarachas caminaban sobre sus pieles abiertas de par en par, entre sus ojos pulverizados y deshechos, entre sus huesos…

Tomé a mi pug con las manos. Su pelo me pasó la piel como navajas.

Tuve que soltarlo. El golpe hizo que girara, y lo viera por debajo.

Este no tenía seis patas; tenía veinte. Algunos más pequeños se escondían bajo su manto de coraza, y vi que podía mover sus patas como un pulpo.

Mi mano estaba sangrando. Charles sospecharía que no caí en mi caminata, si es que alguna vez salí al bosque.

Decidí que me valdría un cuerno por el momento.

Primero estaba sacar esa cosa de la casa, meterla en el lago y limpiar lo que más pudiera.

Subí al cuarto de los niños. En las camas, unas cuantas se habían refugiado de la ira del DDT entre las sábanas.

Las agarré con ellas, las tiré al suelo, y bajé con tres sábanas.

Tomé a la criatura y le cubrí las patas, le di una vuelta a su coraza, pero sabía que podía atravesarme igual.

Tomé la segunda y le di tres vueltas a todo su cuerpo.

Parecía una pelota. Y por cerciorarme, tomé la tercera.

Hice lo mismo. Entonces la agarré… pesaba quince o diez kilos.

Si el agua bajaba, no podía dejarla en la orilla; los niños podrían confundirla por otra cosa…

y la sorpresa no les haría bien. Me levanté con mucho esfuerzo. La cucaracha chilló.

Comencé a caminar entre el barro. De pronto el agua me llegaba hasta las pantorrillas; el color sucio me mancharía la ropa…

seguí a paso lento, pensando en que una mano o antena saldría del agua y me llevaría con ella hasta las profundidades del lugar.

Pronto estuvo cerca del final de mi cintura.

Y si iba más lejos podía perderme, y no me gustaba la idea de perderme con aquella cosa en mis manos…

menos con ese cuerpo de navajas con el que podía embestirme.

La tiré en dirección al bosque, y antes de que oyera el chapuzón del agua, comencé a nadar con desesperación. Sus largos brazos como pulpos podían tocarme el tobillo.

¿Y si se amarraban alrededor de mi cintura?

¿O si me cogían por el cuello y sus navajas se cerraban contra él?

¿Qué haría? ¿Y si esa no era la única merodeando por allí?

Cuando estuve fuera del agua, en la “comodidad y seguridad” de mi casa, cerré la puerta de la cocina con pasador.

Nunca se sabe cuándo alguien puede tocar, ¿verdad?

Tomé una escoba, vi las bolsas negras y comencé a barrer.

Era 8 de diciembre.