Descenso por las paredes 13
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Gastó al final más de tres galones y medio de Dicloro Difenil Tricloroetano por toda la casa.

La limpieza terminó ese día a las seis y veinte de la tarde.

Sadie estaba tan feliz, que cuando Eva llegó a la casa de Charles se fue a la cocina a preparar el único postre que dominaba a la perfección: un hojaldre de canela y azúcar.

El anciano parecía contento, mis hijos estaban frente al televisor de la sala, viendo Scooby-Doo.

Pero, por algún motivo —la casa en sí—, yo no me sentía igual.

Era como apagar una vela que podría volver a encenderse, esta vez con más calor.

Me senté en las escaleras que daban entrada a la casa de Charles, tomando una botella de zumo con whisky, especialidad del viejo. Le añadí un poco de miel para suavizar el sabor.

—¿Podría hablar con usted? —Era Eva. Se había cambiado de atuendo: ahora llevaba un holgado jersey que le llegaba hasta las rodillas, hecho de lana y algodón.

Pero lo que me sorprendió fue el color: beige.

Usaba pantalones ajustados y unas botas vaqueras—.

No es mío —aclaró sin rodeos—. Mi madre también trabaja para la compañía, es la jefa.

Eva Co., es mi maldición. Debió tomar la bolsa con mi ropa, y yo tomé la suya…

en algún lugar debe estar vestida de negro, con un pantalón roto hasta el glúteo y un camisón corto con las letras de My Chemical Romance.

Tengo buenos gustos —bromeó, aunque sin sentido alguno.

—Nunca pensé en ver algo así —dije sin sonreír, ella tampoco lo hizo—. Ven, ¿qué quieres decirme?

Se sentó a mi lado, vio la botella y, sin preguntar, tomó un enorme sorbo.

—Muy gracioso. Iba a contarle todo lo que hallé en esa casa.

No puedo describir cómo fue estar sola allí, ¿lo ha sentido?

—Dijo, y comprendí que ella también había sentido algo extraño—.

Llené cinco bolsas extra grandes solo con esos animalejos.

Se quemarán a lo lindo en el vertedero de Bonanza.

Cubrí toda la casa con una cinta especial para que el gas se concentre mejor.

El olor durará semanas; es bastante potente.

Recomiendo una buena limpieza en las zonas que marqué con tiza roja, las verá al instante, y el uso constante de desinfectantes por las noches.

Luego limpie todo. Encontrará más durante estos días.

Y apuesto que, cuando entre, hallará colinas de cucarachas.

—¿Nos venderás un galón de DDT? —Pregunté. La chica alzó los hombros con lentitud.

—Se la di de regalo a su esposa. Le pregunté por el libro.

Le dio un nombre bastante curioso; debo creer que la veía algo diferente, ya sabe…

"seria", es una mujer muy empática. Siempre la menciona en sus libros de alguna manera, es bastante amoroso —hizo una pausa, no pensaba en mí—.

Yo pensé que podría tener algo parecido.

Usted escribe romance… ¿sabe qué es el amor?

Sus labios pintados de negro me parecieron borrosos, muertos sin maquillaje. Sus ojos cafés inspeccionaban su furgoneta y la casa donde había pasado las últimas horas. Dejé la botella que temblaba entre mis manos en la pavimentación.

—Creo que aún no, por eso dejaré de escribir romance por un lapso de tiempo. Luego de la película que hicieron me sentí…verbalmente prostituido. ¿Sabes? Ni siquiera sé por qué escribí una obra sobre un trío amoroso; no era mi estilo. Tal vez por eso tuvo tanto éxito.

—La película… debo aceptar que sexualiza mucho a Sarah. Los chicos son los súper dotados apuestos que luchan por la chica linda de buenos pechos. ¿Qué género tomará ahora? ¿Volverá cómo antes? ¿A la ficción?

—He terminado una antología de terror y horror. Veintidós en total, entre novelas cortas, historias y relatos —Sadie se acercó. Dejó unos hojaldres dorados tras de nosotros en una bandeja. Vio la casa y volvió adentro—. Gracias, amor. ¿Qué piensas, Eva?

—No me sorprende —tomó el hojaldre; las capas finas de masa chocaban contra sus dientes, crocante y dulce—, en varias novelas habla de miedos dentro de nosotros, y puede ser muy explícito cuando lo quiere.

¿Terror, eh? —Se preguntó en voz alta—. He leído un poco de Barker.

A Lovecraft también; es casi obligatorio leer a Poe.

Ya sabe: ¡Nunca más! graznó el cuervo —citó en un grito—.

¿Qué estilo tomó de ellos? —La brisa de la noche fría levantó su capul; la herida era más profunda.

—Mucho y a la vez nada. No quiero que me vean como una continuación o un nuevo autor de terror; quiero que me vean simplemente como Jonnathan Green, el escritor que pudo tomar varios géneros y ser exitoso en ambos.

No puedo vivir como la sombra de alguien —la chica chupaba sus dedos como un bebé—; es tarde ya.

Deberías volver a casa. He escuchado muchas cosas sobre Bonanza.

—¡Bah! —Exclamó—. La mayoría de las historias no son del todo estúpidas, pero hay muchas cosas que resolver sobre esa parte de Iowa, aunque tomaré por precaución la Ruta Fantasma.

Le doy la idea —observó lejos, sin clavar sus ojos en las estrellas, inexpresiva— de una carretera maldita donde la niebla toma forma cuando la luna está en lo más alto del cielo.

Y “quizás” un pueblo maldito que va directamente a la desgracia.

—Es una bella noche para hablar de demonios o fantasmas, Eva.

Me gustan las historias, eso debes saberlo ya…

—No quería, o más bien no necesitaba, encariñarme mucho con ella.

Me caía bien, era agradable. Examiné el cielo en busca de alguna parte de la oscuridad estrellada, que me respondiera que eso iba a acabar alguna vez, que Des Moines no era el mejor lugar para mi familia.

Que debía ser Tail. Me encontré con el rostro de Eva—. ¿Qué te ocurrió en la cara?

—Es lindo saber que hablar de demonios es algo grato para su estilo de escritura —bromeó en tono casi irónico—.

Fue mi padre. Lo pillé con su amante; no resistió la presión.

Necesitaba dejarme callada. No encontró otra manera más inteligente que clavarme un bisturí en la cabeza —suspiró—.

Era médico. Me abrió media cabeza; tuve suerte de sobrevivir.

Luego mi madre me lo cosió. Nunca supe nada más de él.

Antes era peor —aceptó—. Ahora solo se nota cuando alguien me ve por mucho tiempo.

—¿Qué le ocurrió?

Esta vez lo meditó un rato, buscando una respuesta sincera y concreta.

Atrás, dentro de la casa de Charles, podía escuchar el paso de todos en la sala; el viejo había puesto a funcionar su rockola de los años cincuenta.

Sadie bailaba rock and roll con el anciano; oía sus risas desde donde me encontraba.

Mis hijos la perseguían; Becky los seguía con la cola agitada hacia arriba.

A su vez, comían los postres de ella. Sonreía.

La luz cálida se derramaba sobre el prado, dibujando sombras fragmentadas y oscilantes que parecían desvanecerse en el ritmo intranquilo de Tail.

—Saltó al Abismo, se suicidó. O eso dicen… —Antes de poder preguntar, cambió de tema con agilidad—. Así que mi escritor favorito cambiará el romance.

—Dijiste que no te sorprendía.

—Sí, pero nunca que no me importara —alzó los hombros de nuevo, sacó el móvil de su camisón holgado—.

Usted tiene un estilo simple pero fino en la escritura.

Habrá personas que hablen de más sobre sus novelas, pero al final, siempre la crítica puede hacerse a un lado y ver la obra como una merienda.

Cada uno elige si es buena o mala. Estoy escribiendo una biografía sobre usted.

—¿Cuánto llevas escrito?

—Diría que unas 97 páginas o quizás más. Encontré un montón de artículos sobre su adolescencia colgados en la red, pero sobre su infancia, no hallé mucho. Pienso llamarlo "El origen del choque".

—¿Por qué? —Ese nombre no me vinculaba con nada que yo supiera.

—Porque todos sabrán de "choque" lo que buscaba decir.

Su poca filosofía es bastante buena entre los párrafos que he escrito.

Usted no busca escribir por escribir, escribe por un motivo.

¿Cuál será? ¡Nunca lo sabré! —exclamó triunfante—.

Pero sé el principio, como el Big Bang. Con eso me conformo.

Y creo que, si alguien tiene medio cerebro funcionando, podrá ver el daño que la misma sociedad ha ejercido sobre temas de banalidad extrema.

—Eres inteligente, Eva. ¿Qué le viste al cabrón de Sam?

—En eso podré ser un poco menos lista —ambos reímos—. Tiene lindos ojos —cabeceó—. Y es bueno en la cama. ¿Puedo hacerle una entrevista?

Podía. Me acomodé sobre los escalones que daban a la casa, divisando sin parar mi biblioteca.

Era poco lo que podía observar desde donde me encontraba, pero podía ver algo…

y no era un reflejo. Era mi otro yo. Bajé la vista.

Crucé mis manos sobre los hombros. Duramos dos horas allí afuera, ella con el micrófono de su móvil tomando nota. Eva se fue luego de eso.

Charles comentó luego, a la hora de dormir, que el aire estaba cinco grados debajo de lo normal en el pueblo, pero yo apenas si lo noté.

Y algo me dice que Eva tampoco. Fue una conversación cálida en un lugar que no llamaría precisamente "hogar".

Anormal para alguien a quien apenas conocía.

Ella también estaba destinada a perecer en Tail.

Sin despertar a nadie, me cambié y salí de la casa de Charles. Sé que el viejo estaba en su cocina tomando su “zumo”, pero no me dirigió palabra alguna cuando salí. Tampoco yo le hablé; esa mañana ambos queríamos ser perfectos desconocidos para el otro.

¿Cómo describir que Tail estaba adormitado?

Porque supe en ese instante que estaba enojado...

callado. Caminé por el bosque, sin ningún rumbo en particular.

En Des Moines, hubiera ido por alguna principal y detenido en una librería a hojear algunos conocidos, algunos libros con oferta, o pequeñas miradas curiosas a ciertos actos en calles principales.

No divisé a nadie por Tail Street, pero los sentía detrás de la espalda, pegados en las ventanas.

Por lo menos, nada me perseguía esta vez.

No que yo notara. El cielo era tan claro que casi podías ver cómo a lo lejos el universo te saludaba; el color del bosque estaba gris.

Entonces seguí caminando. Y seguí. Y seguí. Fue cuando el bosque me tragó.

¿En qué pensaba? Lo ignoro. Solo sé que estaba aireado; mis pensamientos me daban rabia.

Y seguí. Supongo que mencioné algunas palabrotas entre mis “momentos de ira”.

El bosque, sus columnas de árboles marchitos, grises, penumbrosos, me hacían sentir peor.