Descenso por las paredes 12 #2
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—¿Y las cucarachas? —Charles intervino. Su pregunta fue absurda, casi senil, pero ambos entendimos.

—Vive en una linda casa, señor Jonnathan —dijo Eva mientras caminaba hacia la furgoneta.

Ambos la seguimos—. Verá, las cucarachas son una de las plagas más comunes.

Algunos hasta tienen granjas con ellas. Son útiles en cierta medida; limpian pequeños desastres.

Son grandes conductoras de bacterias. Las más comunes son las americanas, esas que viven en restaurantes de comida china.

Pero... ¿dijo que vio cucarachas de diferentes colores?

Eso no es bueno. Podría tratarse de una mutación genética, una mezcla entre las alemanas y las orientales.

—¿Y si no son cucarachas normales? —Pregunté. Eva levantó el entre cejo, divertida—. Sé que sabes mucho sobre cucarachas, sus familias y cuidados. Pero aquí hay algo más grande. Necesitamos matarlas.

Nos miró con la mirada extraviada, perdida en su mente. Arrugó la frente y tomó un galón de su furgoneta con cuidado. Al parecer, era más fuerte de lo que aparentaba.

—Se llama Dicloro Difenil Tricloroetano, o DDT.

Tengo cuatro galones más dentro. Creo que bastará con uno, aunque primero debo ver la casa y las zonas más afectadas.

Esto... deben entender que el DDT es una sustancia muy fuerte, tóxica y jodidamente inflamable si se le combina con algo más.

Digamos que es "ligeramente prohibida en algunas zonas del país" —levanté una ceja—.

Estaba registrado solo para uso agrícola hasta 1972, pero es lo mejor contra las plagas más complicadas.

—¿Cómo sobrevives con un método ilegal? —Charles rió con una amargura apenas fingida.

—Tengo otros métodos… no solo uso DDT, pero parece que están muy urgidos.

Y todo por el señor Green… esto las acabará rápidamente.

No obstante —suspiró y se metió en la furgoneta—, necesito ver las dimensiones de la casa y los puntos más afectados, un cálculo ayudará a medir la dimensión del problema. No quiero envenenar a todo el pueblo.

La casa parecía rugir desde donde estábamos.

Charles me tocó el hombro; la primera vez lo ignoré, Eva descargaba su maleta de libros sobre el suelo del vehículo.

De la parte trasera sacó una bolsa negra con guantes especiales, linternas, cubrebocas y otros utensilios de desinfección.

Me entregó un panfleto; dentro explicaba lo que iba a hacer.

Había un cuadro en blanco para escribir el tipo de sustancia a usar.

Más tarde, me diría que pusiera un nombre diferente al del señor Green.

Sentí nauseas al saber que yo tendría que limpiar toda la casa, después de terminar con la fumigación.

Entonces, Charles volvió a tocarme el hombro, esta vez con más fuerza. No tuve que mirarlo para saber que su rostro estaba teñido de horror, porque yo mismo lo sentí. En las otras casas de Tail Street, sus habitantes habían abierto las ventanas y nos observaban. Éramos una amenaza.

—Esas galletas saben a mierda —opinó Charles. El señor Chester Wireman, el vecino de la casa en diagonal, saludó. Ninguno de los dos le devolvimos el gesto.

Entramos a la casa. Eva examinó cada rincón con una minuciosidad que no esperaba.

En la planta superior encontró dos focos de actividad: lugares donde las cucarachas emergían cuando nadie las veía, cuando ni yo me atrevía a voltear por miedo a lo que podría encontrar.

Los cadáveres de insectos eran incontables.

Calculo que eran millones. Toda la casa era un cementerio romano de insectos, pegados a las paredes, sus patas sobresalían de las cavidades de la madera.

Eva recogió una cucaracha de la planta superior.

Antes, se colocó los guantes. La luz que entraba por los agujeros de la casa era inútil, pues las nubes cubrían con sus sombras el techo.

Sacó una linterna y la apuntó. La cucaracha medía más de veinte centímetros.

Sus antenas estaban recogidas hasta lo alto de sus alas, que tenían un color plateado irreal, casi fantasioso…

pero insano. Las patas, de un dorado tirando al cobre, parecían metálicas.

El tórax, delgado y alargado, sobrepasaba las alas, mientras unas líneas verdes rodeaban su cabeza.

Los ojos, de un rojo escarlata, parecían brillar con rabia.

La tiró al suelo con una mezcla de asco y resignación.

Guié a Eva por la planta junto a Charles.

No dijo nada durante todo el recorrido, solo alumbraba con su linterna.

Observaba los cadáveres y seguía adelante.

Bajamos a las habitaciones. En el cuarto de los niños encontró otro ejemplar, aún más grande.

Sus patas abiertas equivalían al tamaño de la mano de un hombre corpulento.

Su piel grisácea y su tórax parduzco evocaban un hueso desgastado. Sus ojos grises eran opacos y turbios.

—Es del tamaño de una rata negra promedio. Pesa más de lo que aparenta, casi trescientos gramos... la más grande registrada mide nueve centímetros y pesa treinta gramos —comentó aturdida, dejándola en el suelo. Empapó su guante con alcohol etílico antes de apartarse.

La segunda planta estaba peor que la tercera.

En la biblioteca encontró tres focos más.

La hilera de libros era solo una distracción; detrás, gran parte de la pared estaba hueca.

¿Ellas lo habían abierto? ¿Cómo no había visto nada de eso antes?

¿Cómo pasaron desapercibidas? Eva intentó aplastar una con sus dedos, pero le fue imposible.

Charles lo intentó también, pisándola con todo su peso.

Oímos un "¡clack!", pero el insecto seguía intacto, apenas abollado.

Charles volvió a intentarlo, esta vez dándole un fuerte golpe contra el suelo.

La baba verde y pegajosa manchó su zapato, y el olor que emanó fue tan nauseabundo que casi vomitó.

En el baño, debajo del mueble donde Sadie guardaba sus cosméticos, Eva encontró un agujero en el muro.

—Si rompiéramos esta zona, por la mesa de cerámica —dijo, dibujando un círculo en el aire con el dedo, noté un rastro de discordia y ansiedad—, encontraríamos el resto del túnel.

Las tuberías bajan desde la planta superior por aquí, por los baños.

Se mueven dentro de las paredes. Esta casa es una estructura enorme, hay un enorme nido.

—¿Qué vas a hacer? —Pregunté, sintiendo el vacío de la madera a mi alrededor. La casa estaba hueca, algunas tuberías y cables eran todo lo que tenía.

—Es de madera —respondió mientras observaba el techo—. Caliente, húmeda, fresca… todo un paraíso. Tienen todo el puto paquete de Suite.

Ya en la primera planta, Eva encontró cadáveres desproporcionados debajo del sofá, entre las plantas que un primo había regalado casualmente a Sadie, debajo del televisor, en los tablones rotos del suelo, en los escalones de la escalera caracol, debajo de la alfombra… en todos los muebles.

En la cocina, Eva se detuvo de golpe. Observó la separación que marcaba el pasillo. Se acercó a la ventana con pasos rápidos. Todo el suelo estaba cubierto de cucarachas. El agua del lago Phillips parecía agitarse, como si respondiera al movimiento.

—Es aquí —dijo Eva, señalando el lugar con una mezcla de miedo y fascinación—. Todas las tuberías convergen aquí. La cocina es una anomalía. Debería dar al frente de Tail Street. La habitación que veo por la ventana, ¿qué es?

—El antiguo dueño guardaba herramientas allí. No hay mucho —respondió Charles con irritación. Todos estábamos al límite.

—Ya veo. Señor Green, seré sincera: nunca he visto nada así.

¡Miren el suelo! Estas son más grandes que mi pie.

Y todas están muertas. ¿Cómo serán las vivas?

Dios… Y esos colores. ¿No les parece una advertencia?

—Se quitó la gorra, dejando al descubierto su cabello mojado de sudor—.

Hay que limpiar toda la casa. Esto va a llevar tiempo, y no será barato. Lo siento señor Green.

—Da igual. Hágalo —ordené, sin dudar.

La chica se puso manos a la obra.