Descenso por las paredes 12
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Cuando desperté, mi sudor había empapado el lado de mi cama. Sadie parecía tranquila. Mis hijos estaban en el cuarto que debió ser del hijo de mi vecino, del que Charles no quiso hablar aquella noche. Me levanté y fui hacia la ventana para recibir el frío helaje de principios de diciembre.

En la cuna, Anais estaba durmiendo. Sus labios rojizos, su piel...

su cuerpecito… Sadie se había levantado repetidamente para moverla, porque ella estaba en diferente posición, y también mi esposa estaba boca abajo.

Delante de mi casa, estaba estacionada una furgoneta de color verde esmeralda; en la puerta un gran título rezaba:

LIMPIEZA ABSOLUTA

¡EXTERMINIO GARANTIZADO!

Una chica esperaba vacilante sobre el techo del aparato mientras leía un libro.

En su espalda cargaba una maleta gris. Desde donde me encontraba no alcanzaba a ver con seguridad sus rasgos.

Su pelo era negro como el carboncillo. Traía una gorra que decía: Eva Co,.

Su uniforme era gris, al buen estilo militar camuflado.

Llevaba una cola de caballo que le llegaba hasta la cintura.

Era delgada y, como jugaba con los pies para no caer al suelo, bastante elástica.

Como si el sol de la mañana llegara a ella, su imagen era bastante amigable.

Creía ver una sonrisa mientras volvía constantemente a la cubierta de la portada, cerciorándose de que ese era el hombre al que iba a ver esa mañana.

Sospechaba que en esa maleta traía no solo material informativo sobre miles de plagas, sino también otras obras a mi nombre.

Vi el bosque de Tail. Ese día estaba intranquilo: tronaban las ramas, y las hojas que se desplomaban de los árboles chocaban contra el suelo.

Retumbaba el agua del lago Phillips; desde la ventana lo divisaba, impasible.

En la cama, Sadie dormitaba. Si alguna vez tuvo el mismo sueño que yo esa noche, nunca lo mencionó.

Una pierna desnuda quedaba fuera de las cobijas; su muslo se veía juvenil.

Deseé quedarme allí, pero debía lidiar con algo.

Me apresuré a cambiarme. La puerta se abrió de par en par.

Howard me observaba, sin atreverse a pasar.

Becky venía tras él, con la lengua afuera.

La baba se desparramó en el suelo. A McCollough no le gustaría.

—¿Qué te pasa, Howard? —Entró a la habitación, paralizado—. ¿Howard?

—Yo vi una cucaracha, papi —iba a llorar—. En mi habitación. Yo vi varias... yo —no pudo seguir hablando; se echó a llorar. Charles apareció por detrás del pasillo, mucho más cansado que antes. Fracasó cuando intentó hacer otro gesto en su rostro que no fuera de asco.

No había cambiado de ropa; su barba era más larga, sus ojeras calcaban el hueso. Se sostuvo antes de caer contra el marco de la puerta. No faltó nada para que cayera directo al suelo.

—Me lo contó a mí —dijo con la voz áspera y rasposa—. Debe ser una pesadilla, y otra, y otra. Como las mías —me señaló con el dedo, gritando—. Desde que llegaron, tengo muchas. Cada noche son más largas. Siempre morimos, todos. Tú eres el último que queda al final, Johnny.

—¿De qué hablas? —Sadie se sentó sobre la punta de la cama. El embarazo le quitó muchas cosas, pero la belleza volvía. Howard corrió hasta el pecho de su madre—. ¿Qué pasa, cariño? —Howard se negó a hablar—. ¿Y Andrew? ¿Qué ocurrió?

—Andrew duerme como un bebé en la alcoba. Al parecer, sigue siendo el único que no ha tenido pesadillas sobre cucarachas —anonadado, sin el menor sentido, comenzó a decir palabras incoherentes y algunas inexistentes, pero mencionó algo que entendí—: Vocciethum.

Era latín clásico, pero no era lo que dijo el doctor David: Mortui Soli Voccisthueri...

¿qué rayos significaba? Charles se tiró al suelo o, correctamente, se desplomó, cubriendo ambas manos con la cara mientras lloraba.

Me acerqué a su lado. Sadie me observaba boquiabierta.

Sin duda, el viejo podía ser un payaso, pero nunca un bocazas gallina.

—¿Qué es “Vocciethum”, Charles? ¿Qué ocurre? —Solo decir la palabra me dio miedo. Mordí la punta de mi lengua para controlarme.

—Es el comienzo, el final y el punto intermedio —sus ojos azules estaban asqueados. Vi en ellos toda la historia de Charles; vi su miedo. El horror que lo estaba llevando a la locura era como el mío. Sentía piedad de él.

—Debemos detenerlo, Charles. Son ellas, con esas cosas —dije.

—Solo quiero que paren… siempre son pesadillas.

Lo son desde que ustedes tocaron esa casa.

Nunca he soñado con Lily desde el día de su muerte.

Sin embargo, Johnny, la voz de Lily sonó anoche en mi cabeza.

Está aquí —oprimió con rabia su sien, y noté que quería atravesarla—.

Y no se quiere callar. Repite muchas palabras, pero más: Vocciethum.

¿Sabes por qué bebo, amigo? Porque prefiero desmayarme a tener que soñar que mueren. La culpa es de esa casa.

Todos callamos. McCollough me sonrió.

—No quiero acabar como una cucaracha, o sirviendo para lo que sea esa cosa. Debe morir, ¿puede morir? Es una cucaracha, no son muy fuertes.

—Estas no son cucarachas normales, Charles —chilló mi esposa, volvió su cabeza hacia las paredes de la casa, las examinó un rato pensativa. Luego giró hacia nosotros toscamente.

—¿Qué haremos contra ellas, mami? —Howard habló con un tono serio y agudo. Su mentón y sus dientes tintinearon, creando un balbuceo.

—Cariño —bajó la mirada cabizbaja y se agarró del hombro para no tiritar—. El demonio nos ha dado la mano, y nosotros no hemos sabido cómo enfrentarnos al tamaño de su maldad. Debemos luchar.

—¿Cómo? —Charles, sus ojos azules color cielo, perdían la esperanza.

—Si un animal ataca, es porque tiene miedo.

—O porque entras en su territorio —agregué—.

Debemos luchar. Ya ha llegado la chica que exterminará la plaga.

—La expresión de Sadie, sus labios carentes de fulgor…

moría; su belleza era la última plaga en su cuerpo.

Anais mantenía su cara tapada con sus manitas; debía estar observándonos, debía estar deleitándose.

—Iré —dijo Charles, con la mirada impávida puesta sobre mí. Ese era el tipo que conocí.

—Yo también iré —secundó Sadie—. Tengo miedo, pero quiero acabar con esto de una vez por todas, y ver cómo se retuercen esas malditas cabronas —mi hijo la vio indignado—. Antes, Jonnathan Green, si esto no funciona, nos iremos del pueblo. ¿Queda claro? —Asentí con la cabeza—. Perdona, Howard…

—Tranquila, mami. Lo son. Son unas cabronas.

Por un instante, la pared que daba a la izquierda rasguñó desde dentro, como si algo estuviera atrapado tras la madera.

Nadie hizo comentario alguno. Abandonamos el lugar a toda prisa.

Howard dijo que se quedaría con Andrew y Becky.

El nuevo trío parecía dispuesto a luchar, pero se quedarían como retaguardia.

Sadie me susurró al oído que iría al baño a tomarse una ducha y saldría cuando el espectáculo de las muertes comenzara.

Charles ya estaba en la puerta cuando yo salí a la única y desolada Tail Street.

El clima nos sobrecogía a pesar del gran sol ígneo que alargaba nuestras sombras hasta volverlas estrechas y deformes.

Las otras casas en el pueblo parecían tumbas mortíferas y secretas.

Mi pelo y mi vestimenta estaban desordenados.

Aunque solía cuidarme, en aquel momento no me importaba.

El viejo seguía sosteniéndose sobre el marco de su puerta.

Cuando vio la furgoneta, comentó con una sonrisa amarga: "la hierba antes movía esos aparatejos".

Cuando Eva nos vio al otro lado de la calle, saltó del techo de su furgoneta.

Al verla, noté que era mucho más alta que yo.

Sus facciones eran intrigantes en todos los sentidos, más naturales que las de los demás.

Ella era diferente. Y eso me agradó. Sus ojos color miel daban al resto de su rostro un resplandor peculiar, una viveza juvenil.

Sus cejas, depiladas a ras de piel; sus mejillas, pálidas como la nieve, contrastaban con su estilo "alternativo".

Intuí de inmediato que era el tipo de chica que buscaba adrenalina, que no le importaba lo que dijeran, y que siempre estaba metida en problemas.

Una versión joven mía que abracé sin juzgar.

—Hola... —dijo, pero se ahogó con la palabra. Se fijó en mis ojos; no apartaba la mirada. Salimos a la calle. Charles se quedó detrás tomando aire, agotado.

—Hola, Eva, buenos días. ¿Cómo estás hoy? —Pregunté. Una sonrisa se dibujó de oreja a oreja. Noté un piercing en su labio superior.

—¡Sí, es usted! Pensé que era una broma —se ajustó la gorra que se había movido con la caída. Sobre su ceja tenía una cicatriz del tamaño de una moneda—. Leí Remolinos del viento cuando apenas aprendía a leer.

Eso me tomó desprevenido. Esperaba que fuera una acosadora que apenas supiera algo de mi carrera reciente, de mis "obras más conocidas".

Pero esta chica sostenía en sus manos la primera edición de mi segunda novela, una que ya no se encontraba en ninguna librería.

Abrió el libro, pasó algunas páginas y lo alzó hacia mí.

Una fotografía mía en blanco y negro me devolvió la mirada con un aire mórbido.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde aquella tarde en Des Moines, cuando me tomé esas fotos.

Debajo de la fotografía, otro escritor rezaba: Talento del nuevo mundo en el romance.

Este hombre los dejará con la boca abierta de tanto suspenso y giros de trama. Solté una risa nerviosa.

—¿Leíste lo que publiqué hace dos años?

Eva lo meditó en silencio, el tiempo suficiente para que yo inspeccionara su mano derecha, que sostenía el libro en el aire. Una vieja quemadura había dejado marcas que enmarcaban sus venas. Me pregunté hasta dónde podrían llegar.

—Habla de La Danza. Amé al personaje puritano de Andrew. Usted lo hizo en honor a su hijo, ¿cierto? Aunque su final me pareció un poco apresurado… demasiado, no soy fan de los Deus ex Machina. Me pregunto qué habrá pensado su esposa cuando lo leyó.

No estaba equivocada. Sadie se había enojado tanto que describió la obra como: "Una historia donde matas a nuestro hijo por una sociedad fascista, odié al puto Tigre".

—¿Qué traes allí?

—¿Habla de mi maleta? Pues... le sonará un poco excesivo, pero traje todas las obras que tengo de usted. Esperaba que pudiera firmármelas antes de que acabara con su problema. Y hablar un poco sobre su vida. Le juro que no mencionaré nada que no quiera.