11
Esa noche, cuando nos quedamos en la casa de Charles, tuve la peor noche de mi vida.
Al abrir los ojos, veía las sombras deformándose, retorciéndose como cuerpos humanos consumidos por el abismo del más allá.
Sus figuras cambiaban constantemente: a veces tenían rostros alargados con bocas que se desbordaban en un grito superfluo; otras, eran extremidades de criaturas que se extendían como raíces en todas direcciones.
Emitían un susurro que resonaba en lo más profundo de la discordia de mi mente.
Más lúcido entonces reconocía los espectros bailando entre la discordia.
Aquella vez, pensé en cómo tapar el ruido proveniente del pueblo y de la casa.
Creí que al colgarme de la viga con una soga, sería capaz de parar esa noche.
No estaba bien. Esa noche, Tail me observaba solo a mí.
Me dejaba sus criaturas para mi mente. Las alucinaciones eran tan reales que casi podía palparlas.
Me querían llevar, necesitaban callarme, cegarme el pensamiento y amarrarlo a sus tinieblas. Eran vagas, pero muy peligrosas.
Me querían robar la forma de razonar, y debo decir que esa noche lo lograron.
El tiempo es solo otro triste pedazo de estímulo para los seres con forma.
En pocas palabras: Ellos. La verdad no puede distinguirse, porque allí no existe.
Yacer en el escatimado horror no es nada, es solo un evaluable olvido.
¡Yo necesito creer eso! ¡Nada dura para toda la eternidad!
Nada se lo puede merecer... y se pudre con tal pulcritud del hecho que está constatado en la piel. En la sangre.
Anais se envolvía en el piso con la cobija que Sadie compró.
Cada músculo chocaba contra su columna vertebral, su diminuta columna vertebral…
su cuerpo emitía un hedor que mezclaba la dulzura empalagosa de la carne corrompida con un ácido toque de podredumbre, un aroma tan penetrante que hacía lagrimear los ojos.
A medida que se agitaba, los restos de su piel desprendían un crujido seco, como hojas marchitas triturándose bajo los pies.
Su presencia era como un miasma, una nube tóxica que lo envolvía todo, mientras su carne se reducía a fragmentos grises que se adherían al suelo.
Me sentía paralizado, con una mezcla de repulsión y una mórbida fascinación.
Cada tendón parecía una escisión de la obra ecuánime de su pecho.
La agitación de su ser me daba náuseas. Otra débil cáscara de su mentón caía.
Las pesadillas me llevaban a la psicosis porque cada vez que parpadeaba, veía aquella silueta agazapada sobre el suelo, cubriendo su anorexia, tapando su delgado rostro con el codo, ocultando penosamente su olor putrefacto...
Ella no estaba viva. Era la máscara de un ser oscuro que quizás alguna vez no deseó lastimar, pero ahora necesitaba sangre, mucha sangre.
Espera y sangra, porque todos caeremos en el mismo vacío.
Su inmundicia nació del otro lado. Me nacieron unas ganas incontrolables de asesinar a todos esa noche.
Debía ser con mis manos, no con otro material que mis huesos y la carne maldita de la sustancia que por ella corría, hasta que su piel se pusiera morada.
Fui al cuarto de los chicos. Mis pies se conducían solos, y mis manos se apretaban contra mi pantalón.
Vi a mi hijo allí. Fue entonces cuando tuve la necesidad.
Debía observar cómo los ojos de Howard salían disparados de sus cuencas mientras lo sostenía de la nuca y hacía que su cuerpecito se estrellara contra las paredes.
(Esas terribles paredes).
Me cubría de sangre, la sangre de ellos. Y aun así quería más. Howard quedaba respirando. ¡No moría! Entonces seguí. Tomé con fuerza ahora su cabeza. No me era difícil. Media cara quedaba en mi mano, y volví a mi tarea.
Una, dos (su sangre caía como un chorro hirviendo sobre mi cara), tres (su cuerpo se tambaleaba como un muñeco sobre mí), cuatro (comencé a reír mientras lo hacía, me gustaba), cinco (el crío gesticuló y escatimó dolor.
Su piel se cernía entre bultos y bultos de materia.
El demonio ululante, su padre, sonreía cada vez más).
Los veía como la criatura, con la misma piel fibrosa, con un cascarón.
Uno marrón. Si no los mataba, me hundiría en la desesperación de los murmullos.
La sangre de mi hijo era como la miel, dulce y provocativa.
La casa de Charles palpitaba con un ritmo enfermo, un compás que no era humano ni mecánico, sino algo visceral y ajeno.
Las paredes, hechas de carne traslúcida, temblaban con cada pulsación, mostrando un laberinto de venas por donde corría una sangre negra, espesa y pestilente.
Un líquido aceitoso se filtraba de las grietas, chorreando al suelo con un sonido viscoso, mientras un hedor acre y metálico se envolvía con el aire, como si la propia casa exhalara un aliento corrupto.
Cada latido parecía más fuerte que el anterior, hasta que sentí como si el ritmo se sincronizara con los latidos de mi propio corazón, oprimiéndolo, absorbiéndolo.
Entre los pliegues de la carne, pequeñas protuberancias se retorcían, como si algo estuviera vivo y atrapado en su interior, gimiendo débilmente, casi inaudible…
Y los quería matar. Quería matarlos a todos.
Me debía controlar. Howard había tenido la peor parte, pero volví la cabeza.
Estaba seguro de que eso no era mi hijo, o siquiera algo que yo pudiera conocer.
Charles estaba en su cuarto, dormitando como el resto.
Sadie acurrucaba a Anais… ella tampoco era mi hija.
¿Qué estaba viendo? Todo pasaba sin la menor elocuencia, y mi cuerpo necesitaba más sangre.
Mucha más. Sabía que no quería matar a Sadie.
Me volví a verla, luché contra mi cuerpo, y por fin me liberé.
Corrí hacia la cocina, así escaparía de mi instinto.
Al llegar, divisé cuerpos de animales sin forma pudriéndose.
Vi una mano ladeada, una baba pegajosa que se me adhirió a la ropa cuando pasé por la puerta trasera que daba al bosque.
A unos kilómetros, una hilera resplandeciente se extendía, como una línea serpenteante de luz líquida que pulsaba débilmente en la oscuridad.
Emitía un brillo antinatural, fluctuante, que parecía cambiar de tonalidad como si fuera un espectro tangible.
Al observarla, un escalofrío recorrió mi espina dorsal; su resplandor no irradiaba calidez, sino frío.
Al acercarme, un zumbido bajo, profundo, resonaba en mis oídos, como el murmullo de miles de voces ahogadas en desesperación.
Había algo hipnótico en su danza ondulante, y sin embargo, cada fibra de mi ser quería apartar la mirada, como si contemplarla demasiado pudiera desgarrar mi cordura.
Cuando salí, lo supe. La casa era el cuerpo de una cucaracha, e iba por mí.
Fui corriendo, gritando. Sentía que por cortos períodos de tiempo—momentos en que no daba traspiés y perdía la conciencia—, que mis manos mugrosas con antenas me rozaban el pecho.
Cada contacto era frío, húmedo y resbaladizo, como si una sustancia viscosa se impregnara en mi piel.
Las antenas no solo rozaban, sino que parecían explorar, temblando ligeramente como criaturas vivas con voluntad propia.
Una corriente helada recorría mi espalda cada vez que sentía ese roce, y un picor punzante se extendía desde el punto de contacto.
Una mezcla de asco y pánico invadía mi mente, como si con el roce estuviera dejando algo detrás, una sensación residual que parecía filtrarse más allá de mi carne.
Algunos incluso bajaban desde mi columna hasta mis pies, y de allí se alargaban como tentáculos.
Apretaban su objetivo y lo estrujaban hasta que un chorro de sangre brotaba de mis dedos.
Lo succionaban. Los insectos se alojaban en mis uñas; iban comiéndome, pero yo seguía intentando avanzar.
El barro, el color verde oscuro de las plantas, los árboles y su movimiento hacia Tail, el murmullo que parecía venir de la casa.
Rastrillaban mi ombligo; querían entrar dentro de mí.
Sus antenas entraban como miles de agujas por mi columna; sus patas se impregnaban dentro de mis orejas; sus asquerosas puntas se revolvían dentro de mi cráneo.
Esos bichos se movían en mí, caminaban por mi rostro, y estaba seguro de que era un excelente lugar para sus huevecillos.
Miré mis brazos—como semillas— sobresalían mis nervios y venas, más marcados que nunca, como a punto de explotar.
Cuervos albinos de enormes tamaños volaban sobre mí. Me daban la bienvenida al infierno.
Mi mente me mostraba a un hombre, un hombre encorvado, con sus labios inexistentes, con la saliva fluyendo por sus mortecinos ojos, abriéndose a la par.
Sus movimientos eran erráticos, casi como un títere de hilos rotos, mientras sus huesos crujían con cada paso que daba hacia mí.
Un escalofrío me recorrió al notar que sus dedos, al torcerse grotescamente, dejaban pequeñas marcas en el suelo, como si estuviera derritiendo todo lo que tocaba.
Un mechón de sangre se le caía de su frente, a la vez que sus dedos se torcían.
El hombre sacaba su larga lengua. Una sustancia mocosa rodeaba todo su mentón y mejillas, y los párpados parecían estar unidos por una tela poco resistente.
Sus uñas no existían. En su lugar, un lago de esporas y fluidos amarillentos se balanceaban como péndulos.
No tardé en notar que era Charles. Me perseguía.
¿Qué pasaba con el bosque de Tail? Era mucho más longevo, más oscuro entre sus ramas y frutos. Mientras me acercaba, los árboles estaban deshidratados; la luna crepuscular alumbraba todo el bosque. Sonidos metálicos, entrecortados, arremetían entre gritos. ¿Estaban cantando?
Un nuevo fragmento: Sadie, con sus tripas en el suelo desnudo al lado del lago Phillips.
El agua, iluminada por la pálida luz de la luna, tenía un tono turbio, casi negro, y un brillo aceitoso que parecía ondular con una vitalidad propia.
Cada pulsación en la superficie producía un eco hueco.
Desde la orilla, emanaba un olor metálico y acre, como el aliento del salitre.
El lago, más que agua, parecía un abismo líquido, un portal hacia algo oscuro, y el simple hecho de mirarlo me llevaba a un estado de desprecio.
Hilos de sangre fluían por todo el rostro de Charles.
Sus ojos se duplicaban entre lágrimas y pedazos de músculos perpendiculares.
Me acercaba a la hilera. Mientras más ponía atención, más sentido les daba a las figuras. Anulado, esa era la palabra.
Faltaba poco. Mis piernas chocaban entre estallidos de dolor y pánico; el frío penetraba mi cuerpo hasta helar la sangre.
Intenté limpiarme el sudor que me rodeaba; me resbalé por un bajo camino.
Caí hacia el suelo. Medio rostro mío quedó suelto ante mis dedos.
Mi cuerpo se convertía en un cascarón. Mi pelo se demacraba; mis ojeras—antes presentes— se inflamaban y convertían en bultos flácidos de gas.
Un último recuerdo: el otro se arrancaba su piel y se disfrazaba de mí.
Entonces... ¿Qué era yo? Me levanté. No llegaría muy lejos.
Mi masa muscular se derretía a cada paso.
Atrás, la casa rugía, y los cuervos, atentos, esperaban mi último aliento para ir a comerme y llevar mis restos al pueblo. Por fin llegué a la hilera: todos mascullaban, todos recibían latigazos… la luz flameante era la sangre que se escurría en su espalda. ¡Todos eran yo!
—¡Guaaaa! ¡Guaaaa! —Y entre ellos. Cuando los hombres cantaban en la desdicha de su final, el otro me miraba con fascinación…
con mi cuerpo, partiendo a otro lado para alimentarse de un nuevo huésped.
Volví hacia atrás: una columna de cucarachas traía mis nuevos ropajes, Charles tomó mi mano.
Lo último que vi fue cómo, al oeste, el dios muerto nos observaba.