10
La registramos como: Anais Green Morton.
El nombre fue elección de mi esposa, y me encantó.
Los padres de mi esposa siempre buscaban nombres bíblicos, algo que logré salvar de Andrew y Howard.
Y el trato había sido ese: si nacía varón, yo me encargaba de su nombre; pero si nacía mujer, ella se encargaba.
Anais fue su mejor elección, derivada del nombre Ana, que en hebreo significaba: “compasiva”.
Pero luego de buscarlo en el navegador encontré algo más curioso: también era un derivado de “pura o santa”. Regresamos a Tail por la tarde. Sadie me rogó que no entráramos a nuestra casa hasta que me encargara de la plaga. Acepté sin quejarme; yo tampoco quería poner un solo pie en ella.
En su lugar, nos quedamos en la casa de Charles. Caminaba cojo, y ese día su barba blanca le cubría todo el mentón en forma de candado. Sus ojos estaban agitados y desencajados; a ambos nos observaba con banalidad.
—Los dos niños —dijo luego de darnos una taza de café a ambos y darnos nuestras felicitaciones—, estuvieron jugando conmigo con unos antiguos juegos de mesa que tenía escondidos bajo mi cama.
Andrew, según parecía, sabía jugar más ajedrez que un veterano de guerra; le ganó 7-4 a Charles. Es un juego, le repetí con la sonrisa más burlona que pude darle. La respuesta salió con brusquedad:
—El juego se acaba cuando tocan el honor. Desde allí es guerra, Johnny.
La casa de mi anciano amigo estaba distribuida de manera muy diferente, y la decoración estilo disquera era agradable y “perfecta”.
Charles sabía de distribución y orden. Sobre todo, de estilo elegante.
Era un coleccionista. Y cuando hablo de coleccionista se me queda corta la palabra.
Discos de vinilo —todos con sus portadas en perfectas condiciones— estaban en cada habitación.
Tenía, por lo menos, cada tres metros una estantería de ellos.
Me recordó a mí: de niño quería ser cantante —nunca, ni como escritor, sobresalí por saber construir un poema—.
Conseguí tener más de setenta discos, la mayoría pirata.
No tardaron en desaparecer cuando mi madre tomó uno por curiosidad y lo escuchó.
Quise saber el motivo, así que le pregunté a Charles.
Dijo que lo acompañara a la cocina. Yo lo seguí.
Sadie subió con los niños a la habitación de visitantes; mis hijos no querían dejar descansar a Anais, estaban contentos de ver a la nueva integrante de la familia.
Mis suegros llamaban alegres a su hija. Becky los cuidaba, acostada en el suelo, al lado de Anais.
Me senté en la silla que quedaba más alejada del lavaplatos.
Una escena de horror se construyó rápidamente.
Unas enormes antenas salían del fregadero; Charles apenas si lo notaba.
Estaba ocupado buscando algo en el frigorífico.
Yo me quedaba sin habla. Y lo peor es que también mi cuerpo se paralizaba.
Las ventanas se cubrían de pequeños seres marrones que iban haciéndose más extraños, más fornidos y asquerosos.
Sus cuerpos explotaban en la ventana por el peso de los demás.
Del piso de la cocina, por las pequeñas entradas, más antenas e insectos salían en busca de nosotros.
Todo pasaba rápidamente por mi mente: la luz de la cocina se transformaba en una enorme cucaracha, con sus ojos relucientes y sombríos mirándome fijamente, sus patas llegaban hasta el sinfín de la casa.
Nada de esto pasó naturalmente —creo—, al menos no en mi mundo. El anciano sacó unos vasos de cristal y los dejó sobre la mesa. A continuación, vi cómo exprimió unas naranjas. En todo momento estuvo en silencio, y yo no quería perturbar algunos de sus pensamientos.
Finalmente, lo sirvió.
—Luego de la guerra, en mi otra vida, antes de que mi hijo se mudara a Francia y se olvidara de sus viejos, fui dueño de una distribuidora disquera en Nueva York.
Mi esposa era abogada; ella era quien leía meticulosamente los jodidos contratos y fechas de grabaciones —sacó una botella de whiskey entre sus ropajes, y sin pedir que me diera un poco, me sirvió un trago que dejó chorrear unas gotas en la mesa.
Me guiñó el ojo—. ¡Vive la puta vida, Johnny!
No siempre se tiene una linda esposa, encantadores hijos y una casa a las afueras de la gran ciudad.
—Él tomó directamente de la botella—. ¡Arde!
—¿Has estado bebiendo mientras cuidabas a mis hijos? —Cuestioné.
—Hey —alegó ebrio—, tranquilo oficial. Primero, no soy tu niñera para cuidártelos. Te hice el favor; normalmente no soy tan adicto… pero el dolor es refrescante cuando pierdes la memoria. Bebí, pero no fue mucho. ¿Sigo con la historia o no señor escritor?
Miré mi vaso de naranja repleto hasta la coronilla con whiskey. Tomaría, pero no era el momento. A lo lejos, por el sur, un rayo cayó. Comenzaría una tormenta dentro de poco; gotas pesadas de agua chocaron contra las tejas, asentí con descuidado.
—Eso, me agradas Johnny. ¿Qué podría haber pasado en la enorme ciudad de New York? Te preguntarás. Pues bien, la calidad cambió de un día a otro; todos preferían los de acetato, y más tarde llegarían las grabadoras para acabar en el increíble CD.
—No pudieron con el nuevo mundo.
—Hubiéramos podido si lo hubiéramos querido, Jonnathan.
Simplemente nuestra felicidad no era “actualizarse”; ya la habíamos encontrado ella y yo.
La música cambió; los artistas se veían ahora como íconos para la política o una campaña sexual.
El pop destruyó muchos movimientos, y por supuesto “las vibras”.
Algo que realmente respetas y amas no puede hacer cambiar tu pensamiento.
Excepto que te hagas llamar ramera desde ya —soltó una risita nerviosa, pero no sonreía; su mirada era fúnebre—.
Luego las grandes compañías nos utilizaron como guardería.
Eso no fue nada lindo; decidimos sacarles el dedo corazón y llevarnos todos los discos que pudimos.
Podrás hallar en esta casa discos que creías muertos.
—Tuvo que ser duro.
—¿De qué hablas, crío? —Vio mi vaso y lo tomó—.
Con tu permiso. Fueron buenos años, mi amigo: productivos y de amor.
Aún mantengo algo de la riqueza de esos años dorados.
Además, tengo los discos, cada uno de ellos.
Hay una historia detrás de cada portada, y cada rayón lleva más vida que otros.
Lily vivió aquí; dio su vida por ellos. Por mí, y por el cabrón de nuestro hijo.
Tú eres escritor; debes entenderlo: en lo más pequeño de todo hay historias. Solo hay que fijarse en los detalles.
—¿Por qué se fue tu hijo, Charles?
—Basta de mí. En muchas culturas uno da algo para recibir. Déjame ser curioso y preguntar: ¿por qué eres escritor?
Esa pregunta me la hacían a menudo. A veces respondía por lo que yo creía que me impulsaba a crear historias.
¿Qué era? El amor al arte y la eternidad de mi esencia en los demás.
Sin embargo, a esa respuesta le faltaba más creatividad.
Y vida. Así que una que otra noche —cuando la oscuridad no me aterraba tanto como lo hace ahora—, llegué a pensar que escribía por una razón importante, por una misión que tenía.
Pero eso sería solo subirle los humos a cualquiera.
Escribía no por existir, o para sobresalir del mundo, y temía que el motivo fuera tan simple, tan simple, que lo había olvidado.
Lo observé meditando. Las nubes eran totalmente grises, y los rayos caían sin cesar a lo lejos por la Interestatal 35. Le respondí sin seguridad:
—Antes tenía muchos motivos. Algunos eran superar a otros grandes escritores, la fama, la riqueza —aquí sabía que mentía; nunca me importó el dinero. ¿Entonces para qué decirlo? Me mordí las uñas—. El arte, el amor, pero hace mucho tiempo olvidé el motivo. O quizás nunca hubo.
—Jonnathan —la botella, sin duda, cumplió su cometido. Estaba ebrio—, no te hagas tanto daño, muchacho. Esperaba algo más: “porque me gusta escribir, vejete”. Puedes ser muy sentimental cuando lo deseas.
—Jódete, Charles —en esta ocasión fui yo quien inició con la carcajada. Tuve que pararme de mi asiento para no caerme de espaldas sobre el suelo—. Era bueno para variar; que en Tail sobrevivieran las risas.
—Y algunas cucarachas —añadió—. Oh, sí, apuesta también que hay una casa de las risas con payasos pederastas incluidos. ¡Hijo de puta! Se dice que si los pillas en las noches, los verás jugando como niñitos asustadizos en los arbustos.
Charles me lo recordó: tenía que encargarme del asunto de esos insectos.
No había payasos pederastas en Tail —eso espero—, pero sí una plaga enorme con la cual debía tratar urgentemente.
Encontré el papel en el bolsillo de mi chaqueta de cuero; apenas se había salvado de caer en algún lugar.
La punta de su hoja sobresalía del bolsillo, incluso el viento pudo haberla hecho volar.
Estaba doblada en tres lugares diferentes y unas pequeñas letras habían desaparecido del título, pero el número de atrás y el nombre se mantenían legibles. El anciano captó la indirecta.
—Puedes utilizar el fijo, está colgado en una de las paredes que rodea la otra sala. Iré a pedir revancha a tu hijo; esta vez sí voy en serio.
Claro, también tan ebrio que confundirás el movimiento del alfil con el de una dama china, pensé. Se levantó con esfuerzo y se fue a grandes zancadas con sus piernas rellenas. En Tail, las penumbras tendrían otro nuevo significado.
Tomé toda la bebida restante que quedaba en el vaso.
Mi vista estaba cubierta por los pinos y la nueva niebla creciente entre los montones de hierba espesa.
Fui a traspiés hasta la otra sala. El color de los muebles aquí era rojizo; esta habitación se parecía demasiado a los bares de la época country.
Un mini bar —con botellas finas, mi ojo no pudo evitar notar eso— se hallaba ubicado al lado de una mesa de billar. Me cuestioné por qué nadie en el pueblo hablaba mucho con él, o tal vez, por qué Charles era tan cerrado con los demás habitantes del pueblo.
Mentiría si dijera que encontrar el teléfono me fue una tarea sencilla.
Me llevó mi tiempo; me perdí en los detalles.
Esos momentos eran en los que mis ojos, conducidos por mi mente, me obligaban a especificar cada pequeño aspecto.
Los colores danzantes de la rockola alumbraban la docena de tacos colgados en la pared, frente a unas guitarras.
Las estanterías de discos no interferían con el ángulo del juego, incluso si necesitabas un movimiento complicado.
Mi padre era un monstruo en ello; le habría encantado entrar allí alguna vez y jugar con el veterano.
Sus movimientos eran bruscos, pero efectivos.
Otros adornos —guitarras de hierro, símbolos musicales, partituras, calaveras y saxofones—, se contorneaban en el techo con el movimiento del aire gélido de esa tarde.
A ambos lados había unos pósteres de los íconos del rock.
Vi a Elvis sonriéndole a la mujer más hermosa.
Marilyn Monroe, el amor de mi padre y seguramente también el mío.
—Cuánto quisiera que volviera ese lugar donde nada realmente importaba mucho —susurré para la habitación. El silencio me correspondió.
Hallé el fijo en una de las intersecciones de los estantes de discos, detrás de una guitarra gigante de color azul plateado. Descolgué el auricular; el ronroneo estático me golpeó con fuerza. Marqué el número con rapidez; para mi sorpresa, no tardaron más de cinco segundos en responder.
—¡Hijo de puta, Sam! —Y esa fue su brillante entrada—. Te dije que no me molestaras, vete a la mierda.
La voz era la de una adolescente, seguramente el chillido había hecho un gran daño en su garganta.
Era una voz cómoda y suave, parecía exaltada.
O seguramente enojada. A la distancia, un ruido incesante sonaba entre una discusión de pareja; venía de la televisión y, tristemente, me sabía el diálogo tanto como conocía la historia. La había escrito yo.
—Voy a colgar; no quiero de nuevo una llamada tuya —pero antes, como si se arrepintiera de lo dicho, volvió a hablar—: ¿no dirás nada, Sam? ¿Para qué llamaste?
—Oye, parece que tienes ganas de ahorcar al chico, y por mí está bien.
Por lo que sé, Sam parece ser un bastardo, pero no soy él.
Me llamo Jonnathan; estoy llamando a Eva Anderson Co,.
Tengo un problema de plagas —debí haber colgado mucho tiempo atrás, pero, una parte se negó a hacerlo. En su lugar, acerqué más el auricular.
La chica guardó silencio, tiempo suficiente que pensé que ella habría acabado la llamada. Oí su respiración chocar contra la estática.
—Disculpe —soltó al fin—, tengo la línea compartida entre mi vida personal y "profesional", si exterminar cucarachas podría decirse así.
Dijo que se llamaba Jonnathan, ¿podría darme también su apellido?
—Oí como el ruido del televisor bajaba mágicamente—.
Y también, ¿qué tan avanzada va la plaga, señor?
—La plaga… no sé, niñata —eso era por el "señor", era un quisquilloso, y me había ardido—.
Mi apellido es Green, Jonnathan Green —al otro lado de la línea, un chillido brotó de la boca de Eva, tal vez de exclamación—.
¿Sigues ahí? —Mis dedos comenzaron a palpar la pared de la casa de Charles; me parecía más hueca que la mía.
Becky corrió en las habitaciones de arriba.
—¡Usted escribió "Ella, su vida, mi vida"!
¡También tengo todos sus libros! Algunos son difíciles de conseguir, y casi hurto uno una vez de una biblioteca.
¡Soy su fan número uno! ¡Amo su trabajo!
¡Y también soy gran seguidora de su película!
¿Habrá segunda parte? ¡Le quedaría genial una trilogía! —Alejé un poco el auricular.
—Eva, tengo una plaga. Necesito tu ayuda. ¿Me ayudas?
—Sí, lo siento. Va. Es que nunca había hablado con un escritor, al menos no reconocido —alguien más había entrado. Solo la oí susurrar: "ahora no mamá"—. ¿Qué tipo de plaga? —Su voz endureció de repente.
—Cucarachas…
—¿Sabe de qué tipo? ¿Color, tamaño, forma? —Movía unas hojas; estaba anotando algo.
—Son cafés, algunas translúcidas, otras negras —me sentí avergonzado; no sabía nada de ellos—. Y he visto algunas bastantes gigantes; vi una de casi quince centímetros.
—¿Quince centímetros? —Chilló, dejando su voz gruesa—. Vale… quince centímetros. Las cucarachas japonesas suelen ser muy grandes, pero no estoy segura… puede ser una especie híbrida, pasa más de lo que piensa. Veré algunos informes de la zona. ¿Dónde es que vive señor Green?
—En Tail. Arriba de la Interestatal 35.
Siguió anotando.
—Está muy cerca, vivo en Bonanza —me interrumpió—, podría ir mañana. Veré qué puedo hacer; sé que las casas allí son muy antiguas. Iré recargada. Que tenga buena noche —y colgó. Dentro de las paredes de Charles, oí como algún enorme ser se arrastraba.