Descenso por las paredes 9
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Antes de llegar al hospital, desperté a los niños para dejarlos en la casa de Charles.

Nunca permitiría dejarlos de nuevo solos allí.

Becky fue con ellos, chilló por misericordia.

Llegamos al hospital a las 12:52 de la madrugada.

Esperé los resultados, que llegaron alentadores aproximadamente el 6 de diciembre a las 2:41 de la mañana.

Debo agregar que la ambulancia y los servicios médicos son tan quisquillosos como meticulosamente costosos.

No había mucho de qué hablar esa madrugada.

En el televisor de la sala de espera daban los pasos para prevenir el cáncer de mama, al parecer para que el último turno tuviera algo que ver.

Había otros padres ilusos, al igual que yo.

Pero entre todos esos hombres, hubo uno que llamó mi atención.

Parecía menor que yo cuando tuve a Howard.

Le temblaban las manos, sostenía entre sus dedos flácidos un vaso de café.

Estaba seguro de que ni siquiera se daba cuenta de que el cinturón de su pantalón estaba desabrochado.

Era un padre primerizo que no dudaría en lanzar a su hijo por un tobogán.

Verlo me daba una sensación de morbosidad porque me vi en él como un reflejo.

Howard nació cuando yo tenía veinticuatro años.

Mis antologías y cuentos no llegaban al número que yo esperaba como autor.

Las deudas llegaban una tras otra. Estaba jodido.

Eso era aquel tipejo: un estorbo. Las instalaciones del hospital se me hacían ya conocidas.

Cuando giré a la izquierda, al lado de la sala de espera, comprobé que había todo un cuarto de cirugías.

Metí mis manos en los bolsillos, en un movimiento sin sentido.

Allí encontré la carta que tomé de Maniatic History Circus.

Quizás era la solución a todos mis problemas.

Eva Co., ¿qué tan eficiente podía ser el nombre de una chica que ponía su propio nombre para exterminar todo tipo de plagas?

Por supuesto, estaban los otros tipos que Charles había mencionado, pero, ¿por qué no solucionar las cosas por mí mismo, para variar?

Iba a sacar mi móvil para marcar cuando una enfermera —pasante, me atrevería a decir— llegó a la sala. Todos los presentes giramos. Hizo un sonido gutural, tanto que se rasgó dentro de ella.

—¿Está aquí Jonnathan Green? —Tosió luego. Sin duda, se había lastimado la garganta—. ¿Y bien?

Levanté la mano, me paré de mi asiento y fui hacia ella. Los demás volvieron a su rutina.

—Hemos estado revisando a su esposa. ¿Se encuentra bien?

—Algo nervioso, pero tranquila, es el mareo del viaje. ¿Venden pastillas?

—En el piso de abajo vendemos todo tipo de medicamentos…

Espere, ¿usted es Jonnathan Green, el escritor?

—No se sentía mal ser reconocido—. Ella, su vida, mi vida realmente es una obra preciosa.

No sabe cuántas veces la he leído, al igual que Viaje al corazón o Lo que queda de un hogar.

¿Me podría dar su firma? Diablos, no sabe qué tan celosas estarán mis amigas luego de esto. ¿Puedo tomarle también una foto...?

Me obligué a sonreír.

En el centro del cuarto estaban tirados y destrozados —como si estuviéramos en un cuarto de juegos, de preescolar— algunas revistas masculinas, sobre perfumes o estilo.

A la izquierda, toda una pared de cristal le daba un estilo agradable al hospital.

Unas plantas estaban puestas a ambos lados, para decorar un poco el ambiente, aunque en la noche no lo necesitaba.

La luz de la luna penetraba el cristal, y casi parecía seguirnos.

Algunos autos pasaban despreocupadamente al frente, para tomar la principal.

Vi que algunos enfermeros de espera para el otro turno fumaban un cigarro debajo de un poste de luz. Me pregunté si eran de la morgue.

—¿Me podrías decir cómo está mi esposa y el bebé? —Le interrumpí de una manera fría y cortante—. Luego podemos conversar de lo que quieras. ¿Sí?

—Lo siento, sí, por supuesto. Sadie Morton...

—echó una ojeada a la tabla de registros.

Seguramente se la había grabado; un punto menos para ella—.

Va mejorando. Luego del parto tuvo algunos contratiempos, como fiebre, vómitos y desmayos —eso no era del todo bueno, era terrible—, pero la medicina que puso el jefe de área debe de bastar.

Si no es así, la mantendremos todo el día en observación hasta que evolucione. ¿Quiere saber el sexo del bebé?

—No, quiero esperar la sorpresa…

Nada en mí buscaba esa respuesta. Con Howard y Andrew lo supe al instante, pero con este bebé todo era diferente. Era como si su identidad fuese reconocida, y a la vez vagamente privilegiada.

—¿Tu nombre es?

—Kathleen Faris. ¿Podría firmar estos papeles?

Y luego traeré uno de sus libros, los tengo guardados en mi maleta, ¿puedo, por favor?

No sabe cuánto ha hecho usted por mí. —Sus ojos eran de un color marrón.

Su cabello iba en rizos desde la punta de la coronilla hasta la cintura, rojizos.

Unos cuantos lunares estaban en su frente, que, más que restarle, le daban una hermosura poco común.

Llené los formularios: algunas advertencias, dinero para caridad, niños con cáncer, lo rutinario. El informe no era tan largo como parecía: solo algunas notas sobre el peso del bebé. Kathleen me seguía con una mirada risueña, jugueteaba con el bolígrafo entre sus dedos.

Sadie debía prepararse para una rutina pesada: tomar vitaminas, poca carne y mucho calcio. Al parecer, sus huesos habían sido afectados por el nacimiento. Pesaba más de lo debido. Nada de qué preocuparse realmente, excepto si se trataba de una anomalía.

—¿El bebé está bien? —Cuestioné.

—El bebé se encuentra bien —Kathleen agachó la cabeza confundida—, sin ninguna anomalía al parecer, un poco más de peso, pero no podremos confirmar nada hasta que le hagamos algunos exámenes preliminares. Al igual que su esposa, tendrá que esperar un tiempo.

—Comprendo.

La chica se sentó en la silla de espera; yo me hice a su lado. La sala reanudaba su papel de ser el corazón de la muerte. Sus colores desvaídos bailaban en la penumbra. Me tembló el cuerpo. ¿Por qué me seguía sintiendo observado?

Kathleen me transportó hasta dejarnos en un cuarto donde otro tipo, con el pie hecho añicos, rugía y bramaba palabrotas.

Apenas noté cuando ella me agarró del brazo y susurró: «usted es un grandioso escritor. Espero más libros a su nombre».

Entré en el cuarto sin darle atención a los demás.

Fui directo a la única cuna que vi, y allí estaba.

Era una niña, la única del grupo que realmente se parecía más a mí que a Sadie.

Su pelo era de oro, era el único rasgo que aún mantenía de su madre, su piel rosada, era de un color sano y hermoso…

era hermosa. Su cabeza era más grande que cualquier parte de su cuerpo, pero daba igual.

Era preciosa. Me enamoré de ella al instante.

Era mi niñita hermosa. Mi hija. Mi criaturita.

Volví mi cabeza para verlos.

Sadie aguardaba en una camilla con una sábana del hospital hasta el pecho.

El doctor David, un hombre mayor que dejaba atrás su rostro tipo Hollywood para abrazar la madurez, se hallaba parado a su lado.

El color de sus ojos miel traspasó mi mirada.

Sus arrugas no eran más que marcas, como un mapa que recorría desde su mentón hasta su sien.

La barba estaba sin cortar, y él lo sabía.

Porque la oprimía. Un George Michael en la edad dorada habría dicho algo bastante original.

Noté que su bata estaba sucia. Una mancha de sangre corría desde la cremallera de su pantalón caqui hasta su codo izquierdo. Era apenas una línea, pero era notable.

—¿Usted es el señor Green? —Su voz estaba ronca y perezosa.

En sus manos temblorosas traía una tabla de entradas y salidas de pacientes. Me tendió la mano y se la apreté. Nunca en mi vida había tomado una mano tan helada, sin algún signo de calor. Noté que me sonreía de una manera extravagante, arqueaba las cejas y esbozaba una sonrisa moribunda.

—Un gusto —le solté la mano. Paso siguiente, hundí ambas manos dentro de los bolsillos traseros de mi pantalón. Sadie manejaba mejor este parto, pero seguía con la respiración lenta. Cuánto deseé besarla en la boca y decirle que la amaba.

—¿Ha pasado algo? —Jadeó Sadie.

El doctor apenas si pareció escucharla o siquiera vernos.

Miraba al bebé que reposaba sobre la cuna del cuarto.

Estaba envuelta en una cobija de lana negra con puntos blancos.

Sadie la había comprado con su madre en el centro comercial de Des Moines; según ambas: “para no interrumpir en el sexo del bebé”.

Por primera vez vi a mi suegro con ganas de burlarse a mi lado.

A nuestro alrededor, por el pasillo, algunas enfermeras —Kathleen entre ellas— atendían nuevos enfermos o accidentes.

Noté que los del otro turno, a los que vi fumando debajo del poste, se les unían para ayudarlos.

En poco tiempo amanecería. El color de las paredes alargaba nuestra sombra hasta la cuna de la niña.

El hombre asintió con la cabeza.

—No había visto tanto movimiento desde que la gente dejó de transitar por la Ruta 14 —cerró los ojos; por un momento creí que estaba llorando.

Sus arrugas hicieron una marca más seria e imposible de descifrar—.

Disculpe, el pasado. Una vez un tipo vino aquí, perdió a toda su familia.

Usted me recuerda un poco a él. Tiene ciertos aires.

—Gracias por decir que me parezco a un tipo que perdió a toda su familia, es un honor —respondí con gracia—. Vaya, qué fue lo primero que esperaba cuando lo vi.

—Lo siento. Este día me recuerda al pasado.

A diario venía gente de los condados de Bonanza por esa ruta.

Los enloquecía. Interesante historia de esta parte de Iowa, “la maldita”.

Cambiando de tema... —me acerqué y noté el aliento a alcohol—, su mujer está perfecta.

Nada de qué preocuparnos. Podrá salir esta misma tarde. Yo firmaré el pase, vendré más tarde.

—¿Y mi hija?

—Su hija… sabe, fue raro. No estaba llorando, parecía serena, tranquila. Y juro que habló. Que un recién nacido hablara. ¿Pueden creerlo?

Si me hubiera dicho que gané ocho millones de dólares por sonreír, se lo creería también, pensé. Me guardé la respuesta para mis adentros. Empezaba a pensar cosas, y maldecía por creerlas.

—¿Y qué le dijo? —Mis labios temblaron al final de la frase; apreté con fuerza mi mandíbula. No brotó nada más de ella, pero iba a decir: ¿por qué no creerle?

—¿Disculpe…? —David levantó la voz, molesto y malhumorado; frunció el ceño—. ¿Cree que un bebé recién nacido puede hablar?

Sadie fue la que me rescató del aprieto de incomodidad.

—Mi hija no puede hablar, eso se lo creemos, doctor.

Pero mi esposo es escritor. A lo mejor puede darle alguna idea; escribe últimamente ficción —asentí con la cabeza, no podía salvarme de mejor manera.

Le sonreí—. Y yo soy quien revisa sus escritos.

A lo mejor la idea de un bebé que habla puede ser el comienzo de una novela muy interesante. —Tosió con la voz ronca; seguía débil.

El sujeto alto se llevó el pelo hacia detrás de la oreja. Noté que estaba quemada, y le faltaba un pedazo; por eso la cubría con tanto pelo.

—¿Lo notó? —Se tocó la oreja con asco y desconfianza.

No le daba un aspecto muy humilde—. Es otra historia interesante, señor Green.

Comienza con un gilipollas que acababa de perder a su novia en un accidente y entró por la fuerza a la morgue.

Yo estaba allí, haciendo mi inspección de áreas.

Me tiró en la cara una botella de alcohol, y luego la prendió con un cerillo.

Se tostó toda la carne, pero por dentro es perfectamente oíble.

Es imposible que su hija hubiera dicho algo —volvió a taparse su marca negra, me sonrió.

—Igual quiero oírlo.

—¿Qué diablos se le va a hacer? —Levantó los hombros—. Los artistas son gente bastante sencilla de impresionar.

—Sí… —escapé de su mirada; observé el movimiento de la pantalla, y el de nuestras sombras acorraladas por la luz de la mañana que se acercaba. El tipo rompió a carcajadas.

—No sé cómo mencionarlo. Creo que fue algo cómo: Mortui Soli Voccisthueri.

Vocciethum (yo).