Descenso por las paredes 8
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Exhalaba. Mi cuerpo yacía sobre el suelo, helado y hostil.

Mis ojos, pesados y enrojecidos, aún luchaban por abrirse; la poca luz me cegó por unos segundos.

El piso del consultorio… ¡No! Sala de espera, era áspero y frío, sordo y punzante.

Intenté levantarme con un poco de impulso; lo único que logré fue mantenerme derecho, con todo mi peso sobre la rodilla.

Mi camisa y pantalón estaban húmedos y pegajosos, un olor penetró mis fosas nasales: metálico y dulzón.

No tardé mucho en descubrir que estaba en un hospital.

Las puertas de cada consultorio —del 1625 al 1638— iban una tras otra chocando con violencia, haciendo que el lugar temblara, anunciando las campanadas crueles y ominosas, advirtiendo que la muerte se acercaba.

Detrás de mí, una figura estaba tendida en los asientos de espera, vacilante.

Una manta cubría su cuerpo; no tardé en notar que bultos recorrían su piel. Sin tocarla, seguí adelante.

La voz de una mujer gritaba, agonizaba. En las esquinas de las paredes, enjambres de cucarachas trepaban y se movían con total libertad, de aquí para allá, abultándose en colonias.

Sus cuerpos se entrelazaban y crujían. El suelo, arenoso, parecía casi translúcido bajo la danza grotesca de los insectos. La mujer chilló de nuevo:

—¡Augh! ¡Augh!

La voz provenía de una sala oculta tras la penumbra, aparentemente un quirófano; allí era otro mundo.

Las sombras tenían su propia figura y no eran amigables ni buscaban compañía; ellas eran la compañía.

El silencio tal vez sí existía en aquel lugar…

pero, ¿cómo explicarlo? Era otro sonido, como un eterno silbido, serio y lamentable.

Un par de instrumentos de la misma área médica estaban esparcidos en el suelo, todos con la misma sustancia que humedecía mi ropa.

Sangre. Volví la cabeza a la izquierda; sentí que de la pared —detrás de unas cuantas, sería más exacto—, varios ojos negros, repletos de galaxias y abismos, me divisaban con extrema perversidad, una oscuridad tan primitiva y voraz que cargaba desprecio y una locura ancestral.

Una antena surgió de la pared, se envolvía, palpando el mundo detrás del mundo, del que nosotros nombramos hogar, y ellos: vacío.

—Así que has venido —chilló, entrecortando su voz—.

Tuviste la idea de irte, ¿no? ¿Jonnathan?

—Conocía esa voz… su cabello era un montón de mechones enredados que caían en una baba marrón que goteaba desde su mandíbula, y se torcía en una sonrisa grotesca.

Estaba tirada sobre una cama quirúrgica: mi Sadie.

Era horrenda. Su piel estaba destartalada, como si se estuviera convirtiendo en harina; sus ojos —si puedo llamar ojos, a algo sin alma— bailaban en sus cuencas, flotando y chocando contra los bordes.

Quizás estaba ciega, pero me sentía allí.

Del pecho para abajo, nada la cubría; un flujo de sangre, proveniente de su vagina, caía al suelo.

En su vientre, lo que existía dentro de ella, cada segundo le robaba su realidad, su vitalidad.

Su cuerpo se retorció sobre sí mismo; el sudor era como la savia, pero negro y pegajoso.

En su boca se formó al instante una mueca de horror; sus manos —amarillentas, muertas, deshechas— se levantaron con lentitud.

Cada movimiento era otro dolor para su cuerpo; quería tocar el techo.

No pude hablar; mi lengua se limitó a hacer contacto con mis dientes para crear un maullido de miedo. En una de las esquinas de la sala, la pared retumbó. La estaban golpeando del otro lado.

(Millones).

Chocaban una y otra vez. La única luz pardusca de la sala mostraba lo peor del cuerpo desnudo de mi esposa; sus huesos se veían, su piel estaba tan estirada que se podían contar las vértebras y las costillas.

Estaban tan pegados que cada movimiento de su cuerpo era una articulación no deseada; su pelvis, con su vello púbico de oro marchito, estaba inflamada en un gran círculo carmesí que expulsaba sangre con cada espasmo.

Detrás de mí, la puerta del consultorio se cerró de golpe.

Algo había cambiado, dentro de mí. Algo malo. Mis piernas estaban inmóviles, sangre viscosa me llegaba hasta las rodillas; algunos cadáveres de cucarachas estaban allí. Mi esposa me sonreía desde el otro lado del cuarto, con sus labios embadurnados de rojo.

—Ven, Johnny, como aquella vez que lo hicimos en la cabaña —carraspeó, con una voz gruesa y fría—.

¿Recuerdas que jugamos al gato y al ratón?

—Su mirada era lunática; sus uñas tomaron impulso hacia arriba y se las clavó como cuchillas en su abdomen, como cuchillas rompiendo la carne.

Oí el sonido cuando atravesaba sus músculos, los oía fragmentarse, desgarrarse…

refunfuñó toscamente—. ¡Ahora vuelve a entrar dentro, mi cielo!

¡Necesito una ayudita de tu parte! ¡Mete las manos en mi coño y sácalo! ¡Joder, hazlo! ¡Saca a nuestro hijo!

Gritó de nuevo. Se clavó las uñas más lánguidamente, pero de pronto —como si una fuerza invisible la estuviera controlando— llegó a un frenesí en el que sus dedos se perdían entre toda la sangre que salía expulsada de su cadera; loca de excitación, gemía.

Sus manos escarbaban, y el río de sangre comenzaba a crecer, y su cuerpo temblaba, excitado, horriblemente extasiado.

Jamás me había sentido tan asqueado hasta ese momento, ni tan utilizado; de pronto se me permitió moverme.

Mi sombra se alargaba, y vi un monolito como proyección.

Cuando llegué a su presencia, ella volvió hacia mí.

Lloraba. Intenté acariciarle la pierna, pero estaba rígida y seca.

Noté que en su vientre algo se movía al percibir nuestro contacto; quizás le dábamos tanto asco como nosotros a esa cosa.

Por dentro de ella, aquella presencia era como una sanguijuela, un parásito que succionaba todo para crecer; sin vacilar, introduje mi puño.

—Perdóname, mi amor…

El cuerpo de Sadie estaba dilatado, pero no lo suficiente...

Ella echó la cabeza hacia atrás. Luego de entrar un poco más profundo, logré con mi mano palpar un objeto, frío y extraño; parecía una pierna, pero era mucho más delgada y larga, era como un colmillo alargado, solo que más fuerte y flexible.

Reparé en el cuarto: las paredes eran golpeadas cada vez más fuerte.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Como si enormes martillos las estuvieran golpeando.

Advertí también que la enorme antena de la pared se convertía en una gran mano hecha del mismo material.

No dudo que quisiera tocarnos y llevarnos con ellos, para ver al Enorme, al Sabio, a su líder.

Nos sentía como parte de su especie. Nosotros éramos la puerta que necesitaban para entrar al vacío.

Sonreí de mi propia estupidez; todo era un teatro, ¿cierto?

Entonces, la pared izquierda cayó al suelo; y una montaña de insectos se abalanzó sobre nosotros, juraría que en sus cuerpos, en sus columnas llevaban impresas expresiones de burla. Eran como nosotros, tenían un pensamiento, pero uno loco y desenfrenado, que solo veía control en la maldad.

Me incliné hacia el cuerpo de mi esposa; de un tirón saqué a la criatura.

El cordón umbilical era del grosor de una cuerda gruesa y verde; veía sangre pasar por ella.

Esa es tu fuente, pensé deliberadamente.

Bramó un alarido fluctuante. Era increíble, majestuoso, pero a su vez una obra creada y sostenida en el horror.

Las cucarachas, gusanos, larvas y demás bichos se movían como peces por el mar de sangre.

Y vino a mi mente: “los animales beben en el río, por ver al Dios nacido… beben y beben, y vuelven a beber…”

. Quería desde el primer momento que muriera; lo observé con total desdén.

Era el mismo cuerpo del insecto que había causado tanto escándalo desde el principio.

Entre sus patas tenía el miembro masculino; sus patas eran deformes, era como si estuviera sosteniendo a un demonio entre mis manos.

Su tamaño era mucho mayor que el de un recién nacido promedio; su cabeza era una especie de esfera grisácea.

Pero sin duda, lo que más sorprendía —al menos de su cuello para arriba, o lo que fuera eso—, eran las dimensiones de sus ojos parduscos, eran gigantes, me atravesaban la piel, observaban mis pensamientos, manoseaban lujuriosamente mi alma.

Tuve el impulso de lanzarlo al suelo, ahogarlo, hacerlo sufrir…

convertir sus huesos en añicos, sus alas arrancarlas.

Pero, no pude. Sadie me tomó de la mano; me sonrió con su carne en punto de putrefacción, sus labios temblaban, sus dientes manchados de sangre se veían afilados y quebrados.

Miré de nuevo a la criatura, un amasijo de desproporciones e incoherencias.

Cuando vi debajo de mí, aquellas criaturas ya habían cubierto toda la habitación, arrastrándose como una masa viva sobre mis pantorrillas.

Querían ver a su Dios. Sadie soltó una última exhalación, una risa gorgoteante y ahogada que se extinguió mientras veía a la criatura en el techo.

La Gran Cucaracha llegaba de nuevo. Entonces yo alcé al niño. A mi hijo.

Lo besé.

Desperté gritando. Al voltear a ver el otro lado de mi cama seguía vacío.

—¿Cariño? —Pregunté a las sombras.

Nadie respondió. Mi cabeza retumbaba; debía de tener migraña.

Me sentía como si mi mente se hubiera desconectado del mundo y hubiera sido enlazada con la oscuridad…

no la mayor, ni la más densa. Era solo una pequeña rasgadura, algo que ni siquiera se comparaba con Ellos.

Me puse los zapatos: no quería tocar con mi piel los tablones.

Sabía que algo asqueroso podía haber estado caminando por allí. Mi pijama sintió algo mohoso. Mojado…

Y lo recordé.

Fui corriendo al baño. Sadie debía de estar allí.

No se acercaría ni a la cocina ni a la sala a esas horas de la noche.

El baño principal quedaba entre los cuartos de los niños, separados cada uno por tres metros.

Como lo supuse, la luz del baño estaba encendida: un gran foco de luz entre toda la oscuridad de la casa.

Los árboles golpeaban con sus ramas las ventanas.

Como un espectro, mi esposa, blanca como la nieve, estaba tirada en el suelo.

El agua seguía corriendo por el lavamanos.

—¡Sadie! ¡Sadie! —Me agaché, en cuclillas. La tomé por los hombros; era más que notable que había bajado de peso. La agité—. ¡Sadie! Diablos… ¡Sadie, responde! —Tomé su pulso; era lento, pero existía.