Descenso por las paredes 7 #2
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7 #2

—Parecía ser el centro de todo el universo, su bicho raro —trató de reír, pero solo gimió. Me llevé ambas manos a la cabeza. Una hormiga pasaba penosamente por el suelo, recogiendo las migajas. La pisé. Y no fue sorpresa que lo hubiera disfrutado—. Eran muchas, Jonnathan —se le quebró la voz.

De los megáfonos del circo:

—¡Damas y caballeros! Estamos observando la presentación de…

Sadie levantó su rostro. Lloraba. Veía impotencia dentro de ella.

Tenía los ojos rojos; las venas se le marcaban en el cuello y frente.

Le dio un vistazo al show. Hice lo mismo.

El tipejo corría hacia la botella, dando volteretas.

Las bailarinas bailaban en zigzag, haciendo que su cintura se moviera en un movimiento encantador e ilusionante.

Toques de batería salieron detrás del escenario.

Mis hijos se levantaron de sus sillas para ver mejor el acto.

Becky se tapó las orejas con las manos. Ladró.

—¡Genial! ¿Si lo viste, Andrew? ¡Es un maldito mago! —Sadie no lo escuchó, pero yo sí. Volvió la mirada para vernos. Levanté el entrecejo, y pensé: alto ahí, señorito. Nada de malas palabras.

—¡Shhh…! —Ese fue mi otro hijo—. No es para tanto. Yo creo que es un hombre de goma. Solo un hombre de goma puede hacer tantos movimientos sin dañarse los huesos.

Mi esposa tartamudeaba. Noté sudor recorrer su frente. Cómo se clavaba las uñas en las piernas para evitarlo. Entonces, me acerqué a ella, y con fuerza —más de la que planeé al principio—, agarré su mano y la entrelacé con las mías.

—Tranquila, cariño —le sonreí, y no tuvo tiempo para notar que yo también estaba asustado.

—Yo debí levantarme del asiento sanitario y comenzar a aplastarlos con mis pies.

Pero con solo ver sus antenas, sus cuerpos longevos, transparentes, y ese murmullo entre cortado, me congelé.

Subían por mi cuerpo, desnuda, sangrando.

Era muy tarde cuando entré en razón. Daba puños descontrolados, manotadas y varios movimientos bruscos.

Pero ellos no se iban. Llegué a pensar que me estaban comiendo…

»Fuera del baño, varios chicos intentaban desesperadamente tirar la puerta o un tablón para entrar.

Creo que hubieran echado a correr si me hubieran visto.

Quizás era una alucinación. La escena era imposible de creer.

Pero fue muy real. Los sentía dentro de mi boca, como sus antenas rasgaban mi lengua y sus patas, mis dientes.

Incluso creí que se habían escabullido por…

por abajo —hice una mueca de desconcierto y asentí con la cabeza—.

Me resbalé con mi propia sangre. Fui de narices hacia dentro… lo sé.

—Sadie… No… —Mi mente siempre pudo describir perfectamente una escena: mi esposa, con las bragas en los tobillos, gritando. Trastabillando con un pequeño chorro de sangre.

—Entré por el espacio. Fueron dos o tres metros de caída.

No fue una caída dura. Entró dentro de mi boca, mis oídos y todo sitio.

Caí dentro del foso. ¿Has oído que la sociedad es una mierda?

Pues sí. Aquella vez, mientras me negaba a ahogarme en las heces de las demás personas, lo supe.

Los insectos iban de aquí para allá. La luz era nula, pero lo sabía.

Y había algo más grande… algo más oscuro. Perdí el conocimiento.

—¿Y qué era, Sadie? —Para ese punto, ya no sabía si era puro miedo o curiosidad.

—No lo sé —susurró—. Solo sé que era algo oscuro.

Algo… como una criatura llena de maldad.

Porque en sus ojos, en la oscuridad, pude ver luz, pero era otro tipo de luz que no se podía guardar para siempre y que estaba en camino.

Los chicos me ayudaron a salir de allí. Tardé dos días en expulsar el hedor que quedó sobre mí.

El resto del verano fui llamada: the girl from the shit hole.

Cabronazos. Nunca más volví al campamento.

»A veces, cuando cierro los ojos, siento sus patas aún dentro de mí, moviéndose lentamente, como si nunca me hubieran abandonado. El olor… el olor nunca se va. A eso me huele Tail. Eso me recordó está mañana cuando vi esa cucaracha.

Cuando volví la vista al escenario, todo su cuerpo se hallaba atrapado en su interior de la botella. Las bailarinas jugaban alrededor de él, como si dudaran de su existencia. Sadie aplaudió. El público hizo lo mismo, pero yo no; ahora entendía su reacción en Tail, con la cucaracha, con el olor.

Vi cómo se agarró fuertemente del estómago, manteniéndolo así durante unos segundos, antes de soltarlo con precaución. Todos se levantaron de los taburetes y aplaudieron con más fuerza.

—Pero... creo que está bien, ¿no?

—Siempre fuiste terrible mintiendo, Sadie.

—Supongo que es verdad —respondió alzando los hombros—. Nada está bien, Johnny. Tenemos que irnos de Tail, por favor. No puedo estar cómoda en un lugar como este. O al menos exterminar la plaga. Sé que es una plaga. Nunca es solo una.

—Sí, está bien. Hablaré con Mark o Charles para buscar un lugar igual de cómodo que esta casa. A lo mejor podemos vivir en Bonanza... o limpiar. Ambas opciones estarán bien.

—O volver a Des Moines —hice silencio—. Bueno, está bien con salir de Tail, pero promételo, Jonnathan .

—¡Papi, mami! ¡Estuvo genial! ¿Lo podemos repetir? —Dijo Howard. Mantenía esa cara rechoncha y alegre que solo un niño puede tener.

—No, Howard —comenté casi flemático—. Lo siento, pero debemos volver a Tail. El espectáculo estuvo genial. Si ustedes dos se comportan, podremos regresar.

—¿Es una promesa? —Inquirió Andrew. No pude verlo más esa noche como la sombra de su madre. Mi querido hijo.

—Lo es —respondí—. Algo cerca de aquí me tienta demasiado. Vamos a Tail, Becky, delante de nosotros.

La perra se quedó quieta unos segundos, como si el nombre de Tail le hubiera hecho cavilar que no quería moverse de allí. Finalmente, avanzó, moviendo sus patas una tras otra con pereza. De nuevo noté que escondía la cola entre las patas. Sentía miedo. Salimos de allí.

A lo largo de mi vida, conocí a muchas personas. Algunas personas las conocí perfectamente y fueron bastante importantes, pero hubo una que no encajó en esa descripción: entró sin dar aviso. Eso nos conduce a una joven muchacha de Iowa.

En una de las paradas de feria, una publicidad rezaba:

¿TIENE INCONVENIENTES DE PLAGAS?

¡NO LO DUDE! ¡LLÁMENOS!

EVA ANDERSON Y PLAGAS CO., SE ENCARGARÁ DE SU PROBLEMA

La arranqué sin cuidado; mi cuerpo fue quien la tomó y la guardó en los bolsillos.

En la parte trasera se leían algunas curiosidades sobre plagas: su control, sus clases, algunos de sus métodos de supervivencia —he de aceptar que son bastante extensos—, además de una red de mitos sobre su resistencia nuclear y las pisadas humanas.

Pero, ¿por qué Charles había dicho eso? Y era verdad: su longitud, tamaño, color. Incluso su coraza era una armadura.

Volví a mirar mis nudillos: seguían rojos.

Regresamos a la casa antes de las diez de la noche.

Charles ya no estaba en la casa. Noté a Sadie pálida e intranquila esa noche; no se acercaba a los cimientos de las paredes.

Cuando por accidente las rozaba con sus hombros, sentía unas horribles ganas de ir al retrete y vomitar.

Dios, a mí también me daban ganas de hacerlo.