7
Sadie estaba sentada en el puesto del copiloto, los niños en los asientos traseros con Becky.
El sol, un disco abrasador en lo alto del cielo, proyectaba sombras erráticas sobre el suelo.
Los pinos, se agitaban al compás de un viento inquieto, parecían inclinarse hacia nosotros, como queriendo susurrarnos algo.
Abrí la portezuela y entré al auto. El aire acondicionado estaba encendido, un alivio helado que no disfruté.
La mirada de Sadie era una mezcla de cansancio y algo más, algo que no me atreví a descifrar.
No era el mejor día para discutir. Tomé el volante mientras Becky comenzaba a jadear con esa desesperación que tienen los perros bajo el calor del verano, aunque estábamos en otoño. Aún llevaba el bozal puesto.
—Muy bien, ¿tienen los cinturones puestos? —Pregunté. Nadie respondió. La indiferencia flotaba en el ambiente como una nube densa—. Vale, está muy bien. Yo… ¿Tienen alguna petición para el camino?
—Cállate y maneja de una puta vez —exclamó Sadie. No me miró a los ojos; simplemente abrió la ventana, dejando que el aire caliente entrara a bocanadas.
Manejé. La carretera se extendía frente a nosotros como una serpiente pálida, interminable.
No recuerdo mucho de ese trayecto, salvo los ocasionales comentarios sarcásticos de Sadie a nuestros hijos.
Al salir de Tail y tomar la Interestatal 35, sentí que algo quedaba atrás, algo más pesado que el simple pueblo.
La llanta trasera del Porsche Cayenne chilló con esfuerzo en el último tramo.
Cenamos en un restaurante de comida chatarra en las afueras de Halls, cerca de la interestatal 35.
Quizás en otro lugar, como Des Moines, la historia habría sido diferente.
Mis hijos habrían bailado al son de la música sureña, mientras Sadie me tomaba la mano con esa sonrisa que solía derretirme.
Pero esa noche, ninguno dijo palabra alguna.
Cómo quisiera devolver el tiempo… cuando aún me amabas, cuando aún existías.
Comimos en silencio, abrumados por un asco inexplicable.
Sadie apenas tocó su comida. Le retiré el bozal a Becky cuando me miró igual de desconcertada.
—Cariño —intenté, buscando algún tipo de comunicación entre ella, entre su pared helada—, ¿podemos hablar?
—Ahora no, Johnny. Dame tiempo —confesó mientras se levantaba de la mesa.
Sacó un cigarro de entre sus ropas y, apoyándose en el auto, lo encendió.
El humo ascendió en espirales mientras lágrimas silenciosas surcaban su rostro.
Dentro, mis hijos devoraban sus hamburguesas grasientas, especialidad de la casa.
Para distraernos, decidimos ir al Maniatic History Circus, una feria diminuta y desangelada que parecía haber sido montada sobre un parqueadero olvidado.
El suelo era de barro, y el olor a grasa rancia y azúcar quemada, impregnaba todo a su alrededor.
Los feriantes, desesperados por atraer clientes, gritaban con voces roncas, ofreciendo juegos amañados y premios absurdos.
Becky tenía las patas cubiertas de barro, su cola se agitaba frenética, como si hubiera encontrado un nuevo aliento lejos de Tail.
Howard había ganado un peluche grotesco, un sapo rojo que funcionaba como alcancía.
Lo sostenía con orgullo, mostrándolo a todos como si fuera el mayor logro de su vida.
Andrew, por su parte, disfrutaba de unos hot dogs cuya apariencia grasosa hacía que me recorriera un dolor gástrico.
La salchicha tenía un tono marrón rojizo que me recordaba a la cubierta de un insecto, a la de la cucaracha.
Las atracciones del circo eran mediocres: carros chocones, una vieja tetera giratoria, y un juego de golpear topos con un martillo.
Nada que evocara la decadente magnificencia de un Freak Show o un túnel del horror.
Andrew hizo una rabieta tras fallar en uno de los juegos. Pagamos otra ronda, y volvió a perder.
—Fallé. Sí, pero con estilo —dijo al final, como si se convenciera a sí mismo.
Pese a todo, sentí una fugaz liberación, como si una sombra que me perseguía se disipara por un instante, me sentí realmente liberado de una carga qué no sabía qué tenía. Pero sabía que era temporal. La carga espectral seguía allí, agazapada, esperando.
—¡Mamá, papá! ¡Ya casi es hora del gran espectáculo! —Gritó Andrew—. ¡Mike me dijo que era emocionante y oscuro! ¡Vamos!
—Espera un momento —intervino Sadie, con el ceño fruncido—. Andrew, ¿quién es Mike? —El niño alzó los hombros con indiferencia—. ¿Es alguien del circo? —Se golpeó la sien, pensativa.
—No lo sé, supongo. Dijo que el gran espectáculo era algo que nunca olvidaríamos. ¡Vamos ya! ¡Howard está muy contento!
Nos dirigimos hacia un escenario improvisado, rodeado de taburetes desvencijados.
Las lonas estaban parchadas con retazos que apenas ocultaban su desgaste.
Me senté junto a Sadie, rodeados por el olor nauseabundo de palomitas rancias.
La iluminación era pobre, apenas suficiente para distinguir las formas en la penumbra.
—Hola, ¿podemos hablar? —Me atreví a intentarlo de nuevo.
—Hola —respondió, y lo consideré un pequeño triunfo.
Su voz tenía un matiz de nostalgia—. De niña, mi madre nos llevó a mis hermanas y a mí a un circo parecido.
Había mucha más gente que en este lugar cutre.
Mi hermana, tenía miedo de los payasos. Todavía les teme.
Cree que pueden cambiar de forma para asustar a los niños.
—Nunca me lo habías contado… —Detrás de los taburetes, más personas llegaban, sin duda era el centro de atención.
—Le avergüenza. Apenas lo menciono yo misma. —Su tono era frío, distante, pero la manera en que lo dijo me incomodó—. No sé, creo que es para comenzar la historia… lo que sea sobre mi trauma con esas cosas.
Asentí, mientras las luces alrededor del escenario se apagaban. Una figura emergió de la oscuridad: un hombre de estatura promedio, cuya voz resonaba con una gravedad que parecía provenir de otro mundo. No podía apartar la vista. En ese instante, susurré:
—Sadie, ¿me amas? —Mi voz apenas se escuchó, ahogada. Me sentía solo, totalmente oculto en todos mis sentimientos.
—Te amo, Johnny. Y siempre te amaré: en la tumba, en la tierra, y en las flores que crezcan sobre mí; todas ellas serán mis recuerdos sobre ti.
¿Puedo continuar, cariño? —Asentí con la cabeza; mis hijos mantenían sus miradas fijas en el hombrecillo—.
Vale, muy bien. Fue en el campamento de verano.
Mis hermanas habían sido castigadas porque sus notas eran un desastre; mi padre las obligó a asistir a la escuela para mejorar.
Yo no debía ser mayor a la edad que tiene Andrew ahora.
»Debes saber que no me entusiasmaba mucho la idea de estar sola en un campamento con gente que no conocía, y sigo disgustada con esa idea —cerca del gran círculo se colocaba una botella enorme, del tamaño de una caja mediana.
Estaba vacía, quizás de cristal… el hombrecillo hizo una risa burlona para el público; luces salieron expulsadas del suelo—.
Pero, ese verano, fue diferente al de los años anteriores.
Siempre, en todos los campamentos —me tomó de la mano y cerró sus dedos sobre mi palma—, se forman algunos equipos, ya sabes, para competir entre nosotros y demostrar de qué estamos hechos.
Mi padre lo consideraba una idea clasista.
No tengo quejas sobre ello; era divertido.
Pero en los baños… allí pasó. Ellos. El olor…
El hombrecillo sacaba de sus apretados ropajes una chistera gris. Hizo un baile con ella puesta sobre su cabeza. Bailarinas salieron detrás de los asientos del público. Howard y Andrew exclamaron:
—¡Vaya! ¡Genial! ¿Cómo lo hace? ¡Es magia! ¡Increíble!
—Sadie —dije—, está bien si no quieres. No hay ningún problema. Yo también necesitaba salir de Tail, de los tablones de esa casa. No debes darme razones, ¿vale? Todo está bien. No es ser débil —una lágrima recorrió su rostro. Las bailarinas vestían un traje ajustado, rojo carmesí, como su pelo…
—No, no. Me lo he guardado por años. Incluso mi padre solo sabe la mitad de la historia… ¿Lo comprendes? —Asentí con la cabeza—. No quiero que los niños escuchen esto, Jonnathan —iba en serio—. Corre el taburete más cerca y pon atención. No lo repetiré nuevamente.
—Vale —dije entre dientes. Andrew y Howard estaban frente a nosotros compartiendo el hot dog. Las migajas se las comía Becky, que estaba acostada en el suelo, fisgoneando el acto. De los megáfonos salió música. Sadie exhaló con extrañeza—. Me pondré a tu lado… aguarda —me moví.
Continuó:
—Mi padre nunca me dijo nada sobre la menstruación, en palabras de una girl scout: la regla.
Y ocurrió en el momento menos indicado —aceptó cabizbaja—.
Estaba en el baño del campamento, de esos viejos hechos de madera que tienen un hoyo donde cae…
ya sabes, eso. No es nada lindo, ni su olor.
Un foso séptico debajo de mí. En ese momento, mientras estaba sentada allí, orinando…
me vino. Pensé que me había cortado las piernas o la parte baja de mi pelvis.
»No sé cuándo mis pies se cubrieron de sangre.
Comencé a bramar, llamando a gritos para que alguien me ayudara.
Eso alertó a algunos consejeros, pero mientras ellos venían e intentaban tirar la puerta, todo a mi alrededor cambió a una atmósfera atrayentemente sucia, y lentamente el techo de madera, cubierto por una capa de polvo, cayó sobre mí. La vista se me distorsionó.
»Las patadas de los consejeros eran fuertes y resonantes dentro de mi cabeza.
Mis piernas titilaban presa del descontrol.
Chillé algo inaudible, algo como, así: “¡Shaaauiii!”
o algo parecido —noté cómo sus párpados se movían de un lado a otro, descontrolados—.
Un frío helado traspasó mis huesos. Percibía el más mínimo movimiento.
El hedor de allí abajo… de la fosa emanó un olor putrefacto.
Me recuerda al que a veces siento cuando estoy en Tail.
La sangre caía a gotas sobre los tablones, como una gotera.
Delante, podía verme por el espejo, y estaba horrorizada; mi cuerpo parecía estar en completo shock.
El dolor de mi estómago era incesante, como si estuvieran dándome puños.
En los tablones aparecieron… cucarachas, insectos, gusanos…
todos con sus figuras, con la sustancia de abajo sobre sus cuerpos.
Los golpes no hacían más que atraerlos. Caminaban con rapidez hacia mí. Grité con más fuerza.
—Sadie… —Traté de hablar, pero esta vez no me hizo mayor caso que la anterior en el auto.