Descenso por las paredes 6 #2
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Él sabía que había hecho un daño mucho mayor, pero sin proponérselo o siquiera pensarlo.

No me enojé, y aunque lo hiciera, tampoco hubiera podido mandarlo a callar.

—Eso ocurrió hace algún tiempo. —Traté de relajarme y escuchar con cuidado, pero sentí un ligero sudor frío recorrer mi cuerpo, la casa estaba desde un principio marcada de sangre—.

Eso ocurrió años antes de mi llegada. Mi casa, siempre fue propiedad de los McCollough, de mi tío abuelo.

Yo era muy pequeño, pero vi a Jamie en alguna ocasión.

El tipejo era un llamativo homosexual, siempre vestido con colores llamativos o incluso iba sin playera por Tail.

A nadie le agradaba, era de los locos que hacían en sus casas orgías descontroladas al igual que fiestas.

Para la asociación de vecinos era un loco suelto sin rumbo. Quizás lo era.

—¿Cuál era su apellido? —Preguntó Sadie, quien se apretaba el abdomen con fuerza, como si sintiera dentro de ella una presencia oscura y vil.

—Ha pasado mucho tiempo… déjame recordar, guapa. —Se rascó la sien—. Se me escapa, cariño. Lo siento, los apellidos no se le da bien a la gente de calibre antiguo. Como iba diciendo…

—¿Y la edad? —Interrumpió de nuevo.

—Unos veinte o treinta, siempre aparentaba menos de lo que decía, la mayoría lo hace.

—Esperaba otra interrupción. Levantó la ceja en modo de ceño, y cuando vio que no lo hizo, prosiguió—: nunca me importó del todo, se metía en líos de los grandes, en verdad.

Era un buscapleitos, o así lo hubiera calificado mi madre.

Pero creo que esa vez se metió con quien no debió; le dio alguna enfermedad.

»Calmados, muchachos. Este viejo dice muchas estupideces y ustedes parecen no diferenciar el sarcasmo.

Entró en depresión. Cuando notó que tocó fondo y que no tenía salvación ni dinero.

¿Qué vale la vida cuando sabes su fin? Todos en Tail evitábamos acercarnos a él.

La idea del contagio aún era vigente, pero no era solo por eso, ni por sus preferencias sexuales o su enfermedad…

—Sadie hizo un gesto de disgusto hacia Charles—.

Era un pirómano, quemaba cosas en todo momento o sitio, luego las tiraba al lago Phillips. Era su presencia, su estilo.

»Se supone que murió de sobredosis, pero realmente se colgó de una viga.

Como supondrán, a nadie le importó su “repentino” desaparecimiento.

Algunos ni lo notaron, como yo. Pero su olor, mi tío sí, y no fue algo agradable.

La comunidad y él encontraron al tipo un mes después, con los sesos tirados en el suelo y la casa llena de ratas…

el lugar era un basurero, solo libros negros y su piel verde devorada por ellas.

Mi esposa se levantó del asiento, tomó una botella de agua que reposaba sobre nuestro frigorífico y se acercó a nuestro lado. Howard y Andrew fueron tras ella, pero no pasaron de la cocina, al igual que Becky.

—Deberíamos irnos, Johnny. ¿Así no es como empieza todo? Uno por uno, luego matan cada espacio insignificante hasta que se vuelven colonizadores —vociferó—. ¡Por favor! ¿Charles, me ayudas?

—Guapa, era solo una cucaracha —respondió el anciano—. ¿No crees que estás exagerando un poco? Te comprendo, pero ¿estás segura de irte de Tail, de esta casa, por un simple animalejo?

Sadie asintió con la cabeza. Era mi turno de intentar arreglar las cosas.

—Cariño, no podemos abandonar la casa o venderla por una plaga, ni tampoco por una fuga o algunos daños.

Esta es nuestra casa —iba a hablar, pero levanté el tono de mi voz para que no me interrumpiera.

Se sobresaltó—. Sadie, no podemos ir a otro sitio.

¿Quieres pensarlo en otro lugar? Podemos salir todos en familia al circo que está cerca de la carretera. Nos hará bien salir. ¿Te parece?

—Sí… —lo pensó por un instante. Creo que fue por el drama que había causado que accedió—. Todo por salir de este maldito lugar.

—Muy bien, lleva a los niños al auto, Sadie. Espérame allí, ¿vale? Hablaré un momento con Charles.

Ella me sonrió y luego se dio la vuelta.

Sus pelos rubios eran mechones antinaturales, todo su cuerpo transpiraba como si estuviera agitada, y probablemente lo estaba.

Se agarró del abdomen y fue a traspiés hasta la salida de la casa.

La puerta, al ser abierta, chilló; no le importó.

Howard y Andrew corrieron tras ella, soltando los bates en la sala.

Tras ellos iba Becky, con la cola metida entre sus piernas, mirando hacia atrás, como si quisiera asegurarse de que la cocina no la seguía.

Se movió hacia la izquierda, chocando con el marco de la puerta, ladró una vez más y luego siguió su rumbo.

Charles parecía preocupado; se llevó sus pocos pelos canosos hacia atrás, su piel rosada trataba de liberarse de un sentimiento amargo.

—Perdona. Mia culpa. —No le puse atención—. ¿Qué pasa, Johnny? ¿Viste algo… Raro? —Se cogió de la mandíbula ejerciendo presión, como si acabaran de asestarle un golpe.

Los tablones de la casa chillaron. La brisa del aire atravesaba todo. Mi pelo revoloteó unos instantes. Hubo completo silencio. Lo interrumpí mientras sentía un cosquilleo subir por todo el cuerpo.

—Encontré unos insectos muertos bajo la despensa de la derecha, sé que los viste —dije—. ¿Qué crees que pudo matarlos? Que yo sepa, son muy resistentes.

—Tengo la misma duda. Esas cabronas son muy duras.

Aunque, Johnny, encontré algunos en los cuartos de los chicos, quizás unos quince.

Su tamaño es lo que más me preocupa. Vi uno que podía medir unos diez centímetros.

Traía una bolsa de huevos en la espalda.

Lo estallé en el suelo cuando lo vi, pero aquí viene lo extraño…

mi peso, mi fuerza… —dudó en seguir—. La primera vez no le pasó mayor cosa.

Solo se detuvo, un corte en su cuerpo, pero nada más.

Así que volví a intentarlo con mayor fuerza, y así lo maté.

Mi esposa me recuerda a la tuya, Johnny.

Hubiera salido de la casa con solo tener algunas sospechas. ¿Crees que ella ya los había visto?

—No lo sé. Tal vez por el embarazo ha dejado de ser tan cuidadosa, lo ignoro totalmente. Y tampoco quiero preguntarle. Te quiero pedir un favor, Charles. ¿Podrías limpiar y recoger todos estos cadáveres? No quiero que ella entre al baño por la noche y vea un jodido camino de cucarachas.

—Le daría un infarto. ¡Coño! Y yo que pensaba sentarme e irme al bar de la carretera. Lo haré, pero me debes una. Si veo alguna, me encargaré de matarla. No obstante, si son una plaga, ten seguro que habrá muchas más. Tengo unos amigos que trabajan como inspectores, viven en la parte baja de Iowa.

»Cobran mucho, pero podrían acabar con el problema. Son buenos tipos. Seguramente hallarán todos los nidos o escapes. Estaba pensando en el lago Philips; muchos animales viven allí. Como sea, ahora mueve tu trasero, señor escritor. Soy el maldito aseador —bufó.

—Gracias —quisiera decir que me sentí aliviado, o con un peso fuera, pero mientras iba a paso lento hasta mi auto, sentía que no solo Charles veía mi espalda.

Estoy seguro de que no solo Charles me veía.