6
Por las mañanas, desde que me casé con Sadie, me acostumbré a prepararme un café —con un poco de vino— para ponerme a escribir.
Así que bajé a la cocina. Frente a mí estaba una pequeña estufa y, debajo de ella, el horno que nos dieron como regalo.
Encima había una separación de un metro y medio, una simple cajonería marrón que apagaba los azulejos verde pastel.
El frigorífico estaba un poco alejado de la ventana, y el cuarto de suministros estaba oculto por unos muebles; decidimos que nunca nadie entraría allí.
Poca o ninguna iluminación llegaba por parte de la ventana, era un día triste y apagado.
Aquella mañana sentía qué mis ideas eran desordenadas y vacías; mis propias creencias eran dejadas de lado.
De niño, odiaba el sabor del café, era amargo y no le encontraba el dulzor del que tanto hablaban mis padres…
pero, mediante el tiempo pasaba, me ayudaba para poder estar hasta altas horas de la noche para revisar mis proyectos; bajé la cabeza, un olor dentro de allí era diferente, mis pantuflas estaban debajo, llenas de tierra, como si hubieran sido embarradas.
No lo había notado, pero un rastro de barro se extendía desde el comienzo de la puerta principal hasta la cocina.
El agua sobre la estufa empezó a hervir y mientras abría uno de los cajones para teñir el líquido, sentí detrás de la espalda, que algo rondaba por allí.
Me giré con rapidez y tomé un cuchillo que reposaba sobre la mesa.
Pero cuando volteé, Becky estaba allí, de nuevo, con su bozal, comenzó a ladrar.
Bajé el cuchillo, ¿qué hubiera pasado si fuera Sadie?
¿Qué le habría dicho? ¿Qué estaba tembloroso hasta los cojones?
—¿Qué te ocurre muñeca? —Le pregunté. Solo me respondió con un ladrido, pero en aquel ladrido encontré desconcierto—. ¿Le temes a algo…? —Está vez echó la cabeza hacia abajo. La acaricié.
—¿Puede tener rabia? —Sadie bajaba de la habitación con su vestido de piel; esa mañana era característicamente madre, su pelo estaba echado hacia atrás, sus ojeras eran mucho más huecas, como si todo su peso hubiera sido absorbido por el bebé—.
¿Pero qué mierda…? ¿Johnny, qué demonios contigo? ¿Por qué el piso está así?
—Buenos días también para ti, cariño —gruñí—, no tengo ni la más remota idea. Quizás tomaron vida propia y fueron hasta el lago Phillips. ¿Quién sabe?
—¿No fuiste tú? ¿Habrán sido los niños…?
La labradora chilló de repente, agazapándose hacia el centro de la cocina, intentando sin suerte alguna cubrir sus oídos con las patas delanteras, pidiendo que hicieran silencio.
—¿Qué ocurre, Becky?
—¿No has visto nada, Johnny? —Y tocó ese tema. No sabía qué responder con seguridad, y me daba miedo que me viera como un loco. Era su esposo, no podía venirle con que me vi derritiéndome mientras insectos salían de mi piel.
—¿Nada? ¿Sobre qué?
—No lo sé, supongo que algo fuera de lo común: sombras o sonidos.
—Tú eres la única cosa fuera de lo común que veo en esta casa —bromeé, pero a ella no le causó gracia; bajó el entrecejo con rabia—. Lo siento. Pero no puedes hablar en serio, ¿verdad? —El animal bajó el hocico y permitió que yo la acariciara. Se relajó, jadeó.
—No ando con bromas, sabes de qué hablo.
Estoy segura de que tú también lo sientes.
¿Podría ser una plaga…? ¿Ratones, insectos…
? —Becky se sentó en el suelo, su cabeza se ubicó sobre mi pecho.
Temblaba desde aquel entonces ya, intentó apretar sus dientes tras el bozal, pero rechinaban al intentar ocultarlo—.
No puedo, no puedo seguir aquí. Algo no me gusta.
—Tail… —Ambos cerramos los ojos. Nos teníamos para los dos, así debía de ser. Ella siempre estuvo para mí, y yo debí tomar las maletas y largarnos de allí. Pero algo en mí, estoy casi seguro… me habría obligado a volver.
—Tail… —Repitió para sus adentros—. ¿Qué?
¿Qué? ¡Johnny! ¡Mátalo! ¡Joder! ¡Qué asco!
—Algo de aspecto café mediano corría velozmente por los azulejos—.
¡Maldita sea, Johnny, haz algo de una jodida vez!
—El animal buscaba esconderse, había salido de uno de los cajones del horno—. ¡Joder, qué asco! —Chilló.
El animal buscaba esconderse, como lo inmundo que era.
Me levanté en una acción vengativa y llena de odio; Sadie se echó hacia atrás, cubriendo su boca, que estaba en una gran “O”.
Al lado del café yacía un trapo de la cocina, lo envolví en mi mano, cubriendo mis nudillos, y sin vacilar me abalancé sobre la pared, pero con cuidado, intentando no llamar demasiado su atención para que pudiera escaparse.
Y cuando estuvo frente a mí, lo presioné con fuerza, descargué en aquella presencia todo mi horror y repugnancia.
Su caparazón tronó en todo el lugar como un eco.
Lo mantuve contra la pared, podía escaparse y volví a oprimir; nuevamente sonó.
Lo separé de la pared y observé cómo su cuerpo se estallaba por la mitad. Sus antenas se movían espasmódicamente.
Sí, era una puta cucaracha. No era muy grande, de tamaño intermedio tal vez, pero…
¿era diferente? Sí, eso era. Su color variaba entre lo negro, su cabeza era de un horroroso café translúcido, sus patas eran mucho más largas que el resto de su cuerpo y mucho más gruesas, peludas y llenas de carne.
Solté el trapo en el suelo, me asqueé al instante. Luego lo boté al cesto de la basura.
Recordé por el hedor que soltó, una escena cuando aún era crío.
Mi madre aún no había comenzado a sufrir de cáncer.
Y quizás mis padres seguían casados, y en alguna laguna desolada de Connecticut, un hombre había sido hallado muerto por algunos granjeros de la zona.
Los oficiales aún no se presentaban, lo que hacía que las demás personas se acercaran para observarlo, y entre todos ellos, Johnny Green Clayton de nueve años vio su primer cuerpo.
Mi madre no me lo había prohibido, quizás sentía curiosidad de ver mi expresión, y no erraba.
Mi rostro se volvió un gesto de horror. El agua demacró sus ropajes, haciendo el color de ellos desvaídos.
Su rostro ya estaba en proceso de putrefacción, una baba le recorría todo su mentón hacia abajo, su lengua estaba hinchada y llenaba todo el espacio de su boca.
Su cuerpo se inflamaba por los gases, sus ojos eran dos perlas vacías de sangre, exorbitantes y llenas de materia.
En una de sus manos le faltaba el dedo corazón; medio brazo se doblaba hasta su cuello. Sus cejas eran irreconocibles, ya habían sido tragadas por peces o sabía Dios qué cosas, pues en vez de eso, parecían capas de masa muscular que descansaban sobre sus mejillas.
Su cabello graso se sintetizaba en fracciones incompletas de mugre y sangre.
Sus labios trémulos… me miraban. Y desde ese momento lo noté, algo parecía escabullirse de la vista humana, la escoria esperaba el momento indicado para salir.
Un sonido salió expulsado desde sus tripas y un fluido salió finalmente de sus labios.
La sangre manchó todo su rostro, desde sus ojos hasta sus orejas y nariz.
No pude evitar pensar en un volcán. La lava eran sus órganos putrefactos, y entre los pedazos de arriba, las cucarachas brotaban como larvas de sus dientes.
—¿Es una cu-cu-cu-caracha?
Asentí con la cabeza.
Telefoneé a Charles para que me ayudara a hacer una revisión completa en la cocina y demás cuartos.
Parecería exageración, pero no. Sadie se echó sobre uno de los sofás de la sala, con los brazos descansando sobre su regazo, acariciando con cuidado donde esperaba nuestra futura hija.
Howard y Andrew montaban guardia con Becky al lado de ella.
Ambos sostenían en cada mano un bate de béisbol.
Volví a ver el cuerpo del insecto, la pata se meneó con el susurro del viento.
Luego de unos segundos, Charles contestó:
—¡Joder, maldito cable! ¿Sí? —Parecía de mal humor. Durante esos diez segundos de silencio llegué a creer que él no sabía cómo contestar el teléfono.
—Hola, Charles, soy Johnny. Tengo un problema, ¿podrías venir?
—Diablos, qué llamada tan inesperada. Hola, Johnny. —Me lo imaginé sin ningún motivo erguido contra la pared, con los ojos bien abiertos, repitiendo una y otra vez: Dios. Era una costumbre muy poco usada de su parte; a veces era tan inaudible que se perdían las palabras.
—Te necesito —susurré.
—Al viejo Charles no lo necesitan desde que estaba en sus plenos veinte. ¿Dime, hay señoritas? ¿Llevo Ron? —De nuevo en tono de burla.
—Charles, va en serio. —Intenté guardarme la preocupación, tragármela hasta donde podía. Pero se notó, temblaba, y desde donde Sadie me observaba, ella también lo hacía. Becky ladró de nuevo, fuerte y contundente, a las paredes.
—¿Le ocurrió algo malo a Sadie o a los niños? —Esta vez oí cómo se quejaba por ponerse los pantalones y soltar maldiciones—. Ya voy, dame unos minutos, este viejo necesita un poco de gasolina para funcionar.
—Ellos están bien, Charles. Es la casa. Creo que puede haber una plaga.
—¿Y…? —Quiso saber Sadie, que se mantenía de pie debajo del arco de madera de la cocina, sin tocar las paredes. Charles me observó con extremo cuidado.
Me agarré del mentón y lo jalé con fuerza hacia abajo, exasperado. Charles se mantenía alejado al igual que nosotros. Mis dos hijos seguían montando su guardia.
—No lo sé —respondió, corriendo cada palabra con su lengua para alargar más la respuesta—, no vi en algún lado de la casa huevos o nidos…
—Nunca estuve más agradecido con alguien—.
Por supuesto podrían esconderse, son muy listos los hijos de puta, tienen tácticas para sobrevivir bestiales.
Podrían estar en los azulejos, en los muebles, en el suelo o…
—En las paredes —determiné. Sadie arqueó los ojos, quejándose.
—Sí, o en las paredes, nunca se sabe. La plaga de ratones en Tail ocurrió luego del suicidio de Jamie… —Lo miré boquiabierto.
Esta vez no quería saber para nada a qué se refería, y una parte de mí prefería no saberlo. Pero mi esposa, mi Sadie, era otra cosa. Ignoro totalmente si eso le excitaba o le daba miedo. Creía que un poco de ambas.
—Aguarde un momento, ¿qué? ¿Suicidio de qué? ¿Tú lo sabías?
Negué con la cabeza cabizbajo, Howard y Andrew parecieron igual de interesados.
Guardé silencio. Con las manos dentro de los bolsillos, mientras que Charles se arremangaba más las mangas y volvía a dejar todo en su sitio.