5
En una ocasión, me encontraba totalmente solo en la casa.
Mi esposa había llevado a los niños a visitar a sus abuelos en Des Moines, nada cercano a Tail.
Volverían al anochecer. Y, hablando en términos para nada matrimoniales, eso me parecía genial: necesitaba tiempo para escribir.
Aquel día tenía un logro del cual alardear por mucho tiempo.
Me gustaba el alcohol; no hay mejor celebración que el alcohol...
y, bueno, las drogas. ¿Por qué negármelo?
Había terminado mi primera antología, y sabía que tenía un respetable trabajo en mis manos.
Quizás incluso mejor que aquella controversial novela de tríos que fue llevada a la pantalla grande.
No, esta era muchísimo mejor; estaban en universos distintos.
Lo otro lo escribí por dinero fácil. Crear una relación de tres es tan simple como describir una escena cliché.
Porque eso era: una novela cliché que capturó la atención de los adultos jóvenes.
Y Hollywood sabía que el morbo generaba dinero, que las relaciones tóxicas atraen miradas.
Estaba en la mejor época de mi carrera —lamento llamarla carrera—, y sabía que probablemente terminaría tan rápido como empezó.
Pero esa antología, esas ideas encerradas, podían cambiarlo todo.
Tenía cuentos y novelas cortas que merecían ser leídas con detenimiento.
Mis suegros me odiarían más, mis tíos me verían como un pecador profanador.
Y mis padres… no quería pensarlo. Pero sabía que al publicar esa antología me separaría de todos.
Porque, por primera vez, no hablaba de romances.
Tomaba el terror como ejemplo, el horror como excusa y el miedo como esperanza.
Hablaba de demonios, de brujería, de monstruos irreales, de orgías negras como cualquier cosa normal.
Era mi propio One Thousand and One Nights.
Y lo había logrado. Lo tenía que celebrar; si no era con mi esposa, era yo solo en mi biblioteca, releyendo el escrito una y otra vez.
Saqué una botella de champán de la cocina.
Sadie no lo había visto; de lo contrario, se habría negado a dejarme solo.
En el peor de los casos, me habría obligado a acompañarlos.
Descorché la botella y me la serví en un biberón de Howard para que Sadie no sospechara. Era feliz, por primera vez en esa casa tenía mi trabajo y futura obra a publicar construida. Me aloqué un poco, comencé a saltar al ritmo de la música. Las paredes susurraban y el techo se agitaba.
Mi equipo de música había entrado en un ataque auditivo; todo era a la sinfonía del rock and roll.
Vieja escuela, por supuesto. Bailaba, no era bueno, pero comencé a bailar, tirando con mis pies montañas de libros.
Giraba imaginativamente con una guitarra eléctrica, con el público a mis pies gimoteando, con la batería detrás de mí, chocando sin control.
—¡Vamos de nuevo, malditos cerdos! —Grité. Imaginé una onda espectral; el escenario se movía conmigo, todo era magia. Más toques de palillos, oh sí. Salté, sin preocupación—. ¡De nuevo! ¡No podrás amarme para toda la eternidad! ¡No!
Fue en ese momento, cuando por primera vez vi algo que no debía estar allí.
Apagué mi equipo de sonido. “Qué gracioso”, creo que me oí murmurar.
Me senté en la silla donde antes había estado corrigiendo por última vez mi cuento titulado: The End of the Old Amerika.
No pude seguir tomando del biberón; la idea me dio asco.
Por unos minutos solo asentí, riendo, llorando como un niño pequeño.
Puse mi mano sobre mis párpados, los apreté con fuerza. No podía confundirme. Eso no era real.
Cuando tuve el suficiente coraje para volver a ver, seguía allí.
En la ventana, al lado izquierdo, estaba una gran mancha de plasma o algún componente verde amarillento con manchas negras y rojas.
Algunas ramas crecían allí, todas esqueléticas y blancas.
Chocaban hasta el comienzo de mi estantería gruesa de pino, repleta de libros.
Sus hojas caían donde yacía eso. Era yo, mi otro yo, el que no pudo escapar.
Mi cuerpo estaba desgarrado, desplegado como una langosta abierta en un festín grotesco, un despliegue de sufrimiento anatómico.
Las vértebras se asomaban como cuchillas oxidadas, y los músculos, deshilachados, pendían como si fueran jirones de tela húmeda.
De mi torso brotaban raíces leprosas, negras y verdes, pulsando como si tuvieran vida propia, mientras un hedor acre y dulzón atravesaba el aire, como si la muerte misma exhalara su aliento desde dentro de mí.
Cada fibra, cada fragmento de piel y carne, parecía retorcerse en un esfuerzo vano por escapar de lo inevitable.
De mi interior salían más ramas putrefactas, esqueléticas, con moho.
Mi cabeza estaba cubierta de sangre y barro.
Y los huesos no existían; habían sido tragados por aquella criatura… como una fruta.
La piel era puro maquillaje, para en lo que me estaba convirtiendo. Creía ver un color marrón, y mis ojos eran totalmente negros, con antenas en la cabeza. Mi mano derecha seguía siendo “humana” en lo que respectaba, pero la otra era la pata del insecto que se movía con espasmos.
Solo dijo una cosa:
—Tú vendrás. Ya estás aquí —se le desbordó medio de su maquillaje, descubriendo en sí una criatura espantosa, con sus masas de cuero bañadas de sangre. Me llevé ambas manos a la boca para no vomitar—. Aquí todo es más dulce, más dulce que Sadie
De su piel a medio armar, salieron, como si hicieran parte de un planeado show. Un oscuro show. Algunos de sus camaradas quedaron atrás; no encontraban por dónde escapar. Y las antenas chocaban unas contra otras. Las huellas que dejaban en el suelo eran oscuras, como las del lago Phillips.
De pronto, se multiplicaron hasta convertirse en millones, trillones, como un vasto universo desatado desde mi piel, una galaxia de caos y sombras que brotaba sin fin.
Mi cuarto dejó de ser mío; cada rincón, cada grieta, era consumido por su presencia.
Las paredes se transformaban en membranas palpitantes, cubiertas por un tejido orgánico que destilaba un líquido negruzco.
El suelo se ondulaba bajo mis pies, pulsando al ritmo de una fuerza viva y ajena.
Libros y muebles se descomponían, integrándose a esta nueva entidad, mientras un coro de susurros guturales corrompía el aire, narrando secretos arcanos que desgarraban mi cordura. En medio del caos, mi calavera se unía a la sinfonía, riéndose con un eco infinito que hacía vibrar mi ser.
Me desplomé sobre el suelo, las lágrimas ardían en mis mejillas, mientras un grito primitivo y desgarrador escapaba de mi garganta. Mis libros ardían, y las palabras para ellos eran tomadas. Se convirtió en una cosa, de enormes fracciones, y mi calavera se reía. Me tiré sobre el suelo, llorando.
Grité.
Entonces me vi de nuevo en mi escritorio, con la música a todo volumen.
Apagué la radio automáticamente, como un muñeco ventrílocuo.
Miré el resto de mi botella; quedaba más de la mitad por acabar.
Pero sabía que no tomaría nada más; el estómago lo tenía revuelto.
Me senté en la silla de la biblioteca, sin pensar en nada.
Me quedé allí hasta que llegó mi esposa.
Tuve que esperar hasta que llegara ella; temblaba de miedo. No me podía mover.
—¿Disfrutaste el día? —Dijo en la noche, cuando estábamos bajo las cobijas de seda de nuestra recámara. Traía el cabello recogido; su aspecto era cuidadoso y hermoso.
Sin responderle, me lancé contra ella en un acto rápido y calculador. Mis labios fueron a los suyos, y ella no intentó detenerme. Lo disfruté. Y estoy seguro de que las máscaras que estaban en ese momento sobre mí también lo hicieron. Al igual que las criaturas que recorrían las paredes.