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Los azulejos del muro detrás de la cocina no lograban ocultar las grietas.
Había zonas donde el material se abombaba como si algo lo empujara desde adentro.
Andrew sugirió colgar fotos para disimularlo y ambos aceptamos.
Cubrimos lo que pudimos con fotografías: Sadie y yo, Becky corriendo en un parque de Des Moines y los niños riendo bajo un cielo limpio que ya no parecía pertenecernos.
La otra habitación quedó prohibida, no como un gesto dramático sino por necesidad: el suelo cedía en algunas partes y, cuando llovía, el lago Phillips se filtraba hasta alcanzar las pantorrillas.
El agua dejaba grietas nuevas, arrastraba tierra y con ella venían insectos, ranas y otras cosas…
Aun así, los días parecían transcurrir con normalidad.
Los niños asistían a Mayerland, un instituto pequeño después de la Interestatal 35.
Antes, en el departamento, yo agradecía su ausencia: el silencio me pertenecía y podía escribir.
En Tail, en cambio, ese silencio lo detestaba.
Había una presencia que me observaba sin importar dónde me ubicara; la sensación llegaba desde las esquinas, desde debajo de los tablones…
Sadie lo llevaba peor: se sobresaltaba con cualquier ruido que no fuera del viento y evitaba las paredes. Con el tiempo, yo también.
Becky había estado conmigo desde mis primeros intentos de escribir.
Era una labradora vieja, noble, de mirada clara, que me había acompañado en decisiones difíciles, en días en los que nada me salía bien.
Siempre encontraba la forma de acercarse, de apoyarme el hocico en la rodilla, de recordarme que aún había algo firme en el mundo.
En Tail dejó de ser la misma, y el cambio fue sutil al principio.
Sadie tenía ocho meses de embarazo. El parto estaba previsto para diciembre, pero la mudanza y el estrés parecían haber alterado su cuerpo. Había ganado más peso que en los anteriores embarazos y se movía con dificultad; sin embargo, lo que más la irritaba no era el cansancio, sino el olor.
—Huele a… —se llevó una mano a la boca—. A muerte. —No lo dijo en voz alta; lo dejó caer como si temiera que algo pudiera oírla.
—¿A qué te refieres?
—A todo. A las paredes. A la madera. A los rincones. —Tragó saliva antes de añadir—: cuando me baño… siento que algo me mira. Y le complace.
No supe qué responder. Había algo en la penumbra que me atraía, y en Tail esa atracción se volvió correspondida.
Becky empezó a ladrar la primera noche. Y no era un ladrido común: no advertía, insistía.
Se quedó fija en un punto de la cocina, el centro exacto; olfateaba, gruñía, retrocedía y volvía.
Nosotros lo ignoramos. Era lógico pensar que necesitaba adaptarse.
No era eso. Siempre regresaba a los cimientos.
La pared parecía sólida, pero había zonas donde el sonido cambiaba al golpearla: hueco.
Becky se detenía frente a esos puntos y erizaba el lomo.
A oscuras, el comportamiento empeoraba; gruñía bajo, casi como si respondiera a algo.
Las noches trajeron el sueño, siempre el mismo, sin un inicio claro: yo ya estaba allí.
Caminaba sobre una acumulación gigantesca de huesos.
No estaban secos del todo; algunos conservaban restos de carne, húmeda, oscura.
Al pisarlos, cedían con un crujido blando; otros se partían.
El sonido se repetía, constante, como si algo debajo respondiera a mi peso.
El aire era espeso y cada paso me hundía un poco más.
Intentaba avanzar sin dirección, ascendiendo por una pendiente irregular hacia una neblina compacta que no era luz ni oscuridad, sino algo intermedio, ajeno.
Entonces los veía: figuras altas, desproporcionadas.
Que no descendían; se desplazaban entre estructuras invisibles, como si el espacio tuviera una arquitectura que yo no podía comprender.
No usaban alas, pero se sostenían en el aire con una naturalidad obscena.
Cuando se acercaban, el suelo cambiaba y los huesos se movían, como si algo tirara de ellos desde abajo.
Sentía cómo mis manos se abrían paso entre astillas, cómo la carne de mis dedos se desgarraba al intentar sujetarme; el dolor no me hacía retroceder, al contrario, me impulsaba.
Ellos me tocaban, no con cuidado ni con violencia, sino con interés.
Sus extremidades, largas y cubiertas de una textura irregular, se enroscaban en mis piernas, y algo similar a antenas recorría mi torso y mi cuello.
No buscaban dañarme: buscaban conocerme.
Y en ese contacto había una certeza insoportable: yo les pertenecía.
El ascenso terminaba siempre en un borde abierto, una extensión sin caída ni fondo que, aun así, me llamaba por mi nombre. Una voz —o algo que ocupaba su lugar— me invitaba; no me obligaba, me elegía. Y yo quería caer. Sonreía, reía, hasta que el mundo temblaba.
—¡No se acerquen a las paredes! —Desperté de golpe, mis hijos estaban cerca de la cocina.
—¿Por qué, papá? —Los niños me miraban.
—Podrían caerse —no tenía una respuesta coherente—. No quiero que se acerquen. O tendría que sacarlos con una soga. ¿Se lo imaginan? ¿Cómo podré sacarlos de las paredes, eh, niños?
—O llamamos a los bomberos —Howard y Andrew asistieron convencidos.
—Me parece una buena idea; sin embargo, ¿saben qué tan largo puede ser la distancia de aquí a allá abajo? ¿Existirá una soga tan larga?
—Entonces… no sé —Andrew dudó.
—Miren. ¡Becky está buscando algo en las paredes!
Becky estaba contra la pared. Golpeaba con el cuerpo, desorientada, hasta que se detuvo de pronto, levantó la cabeza y pegó la oreja a la madera. Escuchó. Yo también contuve la respiración; no oí nada, pero eso no significaba que no hubiera nada.
—¡Papá dijo que no podíamos acercarnos mucho! Papá, ella no...
El gruñido de Becky lo interrumpió. No era para nosotros.
—¿Qué pasa, muchacha? ¿Algún ratón dentro? —Mis hijos se hicieron detrás de mí. Le temían cuando ella comenzaba a moverse con furia. Su cola estaba hacia abajo, metida entre sus patas—. ¿Becky...?
Se volvió. Y me atacó. El impacto fue inmediato.
Sus dientes se cerraron sobre mi brazo con una fuerza que no le conocía.
Sentí el calor de su boca, la presión, la resistencia de mi propia carne.
La aparté como pude. No soltó de inmediato; cuando lo hizo, retrocedió un paso, rígida, con la mirada fija en mí. No había odio. Había miedo.
—¡Coño! ¡Augh! ¡Demonios, Becky! ¿Se encuentran bien, niños?
Andrew asintió, pálido. Vio la sangre y se llevó las manos al rostro.
—¡Estás sangrando! ¡Voy a llamar a mamá!
Eran unas gotas de sangre apenas, nada de qué preocuparse. Howard se mantenía a una distancia aceptable. Becky seguía allí, enojada, con la baba colgando de sus dientes filosos y sus ojos flameantes, rabiosos e inapetentes parecían gritar. Con mi sangre en su baba.
—¿Te duele?
—Un poco… sí. Sí. Howard... ¿Has visto algo en la casa?
—Veo la tele. No, papá.
Becky volvió a la pared y rascó. La madera cedió apenas; el sonido fue seco. Yo, en cambio, me sentía bien, demasiado bien. La herida ardía, pero había algo debajo de ese dolor, algo que me mantenía alerta, despierto, como si la casa respirara y yo, por primera vez, lograra seguir su ritmo.
—Debería sacarla a pasear —dije—. A todos nos vendrá bien. —Él vio la herida con preocupación—. No te preocupes Howard, tiene todas las vacunas, no me voy a morir.
Sadie venía trotando desde lejos, y Andrew corría tras de ella a toda velocidad.
Becky, inquieta, lo sabía muy bien. Había algo allí abajo.
Mi esposa me vendó el brazo mientras yo miraba a nuestra labradora con preocupación.
Luego le colocó un bozal; con ese simple acto, le habíamos arrebatado el habla.
Ese fue nuestro primer gran error.