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La casa medía unos doscientos metros cuadrados, contando el pequeño jardín que teníamos detrás, compartido con la familia Stuart y el lago Phillips.
Por culpa de la bruma, nunca estuvimos mucho tiempo allí, ni antes, ni después.
Sin embargo, lo recuerdo bien: cuando la vi por primera vez, consideré que la bruma era una de las mejores cosas que tenía a su favor la casa, como también lo fue su precio. Pura blasfemia en alta definición.
Mis dos hijos mayores, Howard y Andrew, eran esos tipos de muchachos que tenían la suerte de contar con la mejor parte genética de su madre. Con tres años de diferencia entre ellos, eran extrañamente buenos amigos para la mayoría de los críos de su edad.
El primer contacto verdadero con Tail no ocurrió sino hasta el día en que nos fue entregada la casa.
Recuerdo ese noviembre trémulo y moribundo, ajeno e irreal.
La familia de Sadie y la mía nos ayudaron con gran parte de la mudanza desde Des Moines.
Nos felicitaron por nuestros logros por pura pomposidad y cordialidad.
Sin embargo, la familia de Sadie me era ajena.
Era verdad que nos iba bastante bien; incluso hubo regalos por parte de mis tíos y sobrinos, como la mesa central que instalé al día siguiente en el comedor, o el fantástico horno que Sadie muy pocas veces utilizó, pues no era la más habilidosa repostera ni cocinera.
Y yo —como han de notar— era escritor. No había escrito —según los críticos, naturalmente— ninguna obra merecedora de un elogio meramente crítico, pero para mi suerte, tenía ya varias novelas que eran amadas por el público adolescente.
Mi mayor golpe de suerte había ocurrido recientemente, cuando un cazafortunas de Hollywood buscaba una nueva historia “sutil” para la gran pantalla.
Entre proyectos y proyectos, apareció sobre la mesa, sin saberlo, mi obra más vendida: Ella, su vida, mi vida.
Sin vacilar acepté —Sadie me obligó—. El pago fue más que generoso, contando con las nuevas competencias de aquel momento. Gracias Justin Peerage, por cierto.
Gracias a ello pude conseguir aquella casa.
Así que también podría decirse que era de esos pocos escritores de la región que podía alardear un poco de su profesión, ya que sobrevivía y mantenía, en gran parte, a mi familia gracias a ella.
Mark fue el único que no se presentó a la reunión; mi madre se mantuvo en la mesa más lejana a mí.
—Tienes tus trucos bajo la manga, ¿verdad?
—Dijo mi padre, después de recorrer la casa con una lentitud casi calculada.
Sus ojos castaños se detuvieron en las paredes, en el techo, en los pasillos que todavía olían a pintura fresca.
Sabía a qué se refería: pensaba que la película basada en mi libro era demasiado cruel y pesada.
Lo que no sabía es que revisé el guion y le añadí otras cosas; desde entonces había estado distante conmigo.
Y tampoco se lo diría—. Es una linda casa, hijo.
Demasiado linda. ¿Qué piensa Sadie de ella?
—Supongo que está complacida —respondí. Mi voz salió más seca de lo que pretendía.
—¿Las mujeres pueden ser complacidas? —Preguntó, y soltó una risa breve, áspera, como si la respuesta le resultara irrelevante.
—Buen punto —dije—. Entonces digamos que está… conforme. No feliz como una lombriz, pero no se queja. ¿Alguna otra pregunta? —Sonreí, exageradamente, como si eso cerrara el tema.
Mi padre me miró un segundo más de la cuenta.
—¿Crees que ese cabrón —dijo al fin, refiriéndose a mi suegro— vaya a armar un escándalo aquí? Tu madre no deja de pensar que puede aparecer cualquier día con toda su iglesia, a decir que Sadie es una zorra golfa.
—Qué lindo espectáculo sería —respondí, sin ganas de reír. Entonces su enorme mano cayó sobre mi hombro, pesada—. Puede ser estricto —continué—, pero esta es mi casa. No puede entrar si no lo dejo. Y si se le ocurre intentarlo, colgaré ajos en las ventanas y en las puertas.
—Maldito chupasangre —murmuró.
—Brindo por ello —dije, y chocamos botellas invisibles, como si ese gesto bastara para sellar algo.
Los chicos se acostumbraron al lugar rápidamente, pese a que antes juraban que Des Moines era el único lugar que consideraban hogar.
Esa idea sabía de dónde había venido. No hicieron muchos amigos durante nuestra estadía, ya que eran los únicos críos entre toda una bola de vejestorios retirados.
Pero entre todos ellos, yo sí encontré un amigo.
Lo conocí el mismo día que nos mudamos. Fue mientras intentábamos meter un sofá para la sala, lo bastante ancho como para cubrir por completo la entrada.
Quién lo diría. El hombre apareció sin hacer ruido, como si hubiese estado observándonos desde hacía rato.
Llevaba unos pantalones arrugados que rozaban el pavimento y una cesta con botellas de vino y paquetes de regalo para darnos la bienvenida a Tail.
Mi padre lo miró con respeto. Él, un oficial condecorado de Des Moines, sabía reconocer de inmediato a quienes no estaban precisamente del lado de la ley. El viejo le sostuvo la mirada y sonrió.
—¿Eres de los míos? —Preguntó mi padre con aire petulante. Manteníamos el mueble apoyado sobre los pies, respirando hondo.
—Supongo que podría serlo —admitió, como si la respuesta no le importara demasiado—.
Todavía colecciono discos de acetato y los pongo en estantes llenos de libros.
También tengo un repetidor que nunca repararé.
Aunque, quién sabe. —Sus ojos azules eran la mayor vitalidad en medio de toda esa canicie.
Luego me lanzó una mirada precavida—. ¿Les doy una mano?
—Nosotros podemos hacerlo —respondí—. Pero gracias. Soy Jonnathan Green, aunque todos me llaman Johnny. Él es mi padre.
—Charles McCollough —dijo, tendiéndome la mano. La apreté. Fue un apretón seco, fuerte—. Vivo frente a su calle. Anda, chico, suelta.
Dejó su cesta en el suelo. Tomó el mueble sin pedir permiso y lo dejó cerca de la entrada. Al girar, noté que su piel blanquecina temblaba. En su boca apareció algo parecido al desconcierto.
—No entraba en este lugar desde hace años…
—¿Hace cuánto vive en Tail, señor McCollough? —Pregunté. Su aspecto rústico tenía algo admirable. Sus manos eran gruesas, endurecidas. Evitó responder de inmediato. Mi padre sacó una caja de cigarrillos; le negué con la cabeza y, de mala gana, los guardó.
—El suficiente para olvidar cómo era por dentro —dijo al fin.
—Ya veo… —Sadie salió de la cocina. Estaba con las demás chicas preparando la cena—. Cariño, él es el señor Charles McCollough. Vive frente a nosotros.
Sadie lo observó de arriba abajo. Se detuvo en sus pantalones arrastrándose por el suelo. Mi padre la miró con recelo. Mis hijos jugaban en la parte trasera; Becky ladraba a lo lejos.
—Un gusto —dijo Sadie.
—Bueno, señor McCollough, somos los Green.
Él asintió.
—Los Green —repitió—. Haré el esfuerzo de recordarlo. He oído que la gente de la ciudad tarda en adaptarse. Verán, Tail es como una verga vieja: poco eréctil y mal cuidada. —Reímos. Sadie lo hizo con cautela—. Disculpen, hace tiempo que no decía algo así.
—¿Gusta de una botella, Charles?
—Diablos, sí. Tomar té con Wireman, el de la casa negra, me arruina la garganta. Dice que eso es de señoritas. No lo saluden si pueden evitarlo. Vive al lado de mi casa. Invita a comer galletas. Son asquerosas. Puro azúcar dietético.
Mi padre se apoyó en mí, riendo.
—Señor McCollough —dije—, esos comentarios no debería hacerlos aún para nosotros.
Queremos ser los alegres vecinos Green. Antes de traerle la botella, tengo una pregunta que quizás no le concierne, pero me da curiosidad.
He visto la cocina… pero parece distinta.
Tiene un muro enfrente. Otro cuarto. ¿Todas son así?
McCollough no respondió de inmediato. Ladeó la cabeza, como si midiera el peso de la pregunta.
—No —dijo al fin—. Solamente la suya.
Su tono había cambiado. Ya no era burlón.
—¿Cómo que solamente la nuestra? —Insistí.
—Verán… —hizo un gesto vago con la mano—. Esta casa tiene algo que las otras no. Ese muro… no conduce a nada útil. No es un cuarto, en realidad. Es un espacio que quedó ahí. Cuatro paredes cerradas sobre sí mismas. Los anteriores dueños nunca supieron qué hacer con eso.
—¿Los conoció? —Pregunté.
—Me sorprende que no lo sepan —dijo. Sadie me miró con reproche—.
Esta casa estuvo abandonada durante años.
El último que vivió aquí fue antes de que mi esposa muriera y yo me mudara a Tail para alejarme del ruido.
—Hubo un silencio incómodo. En algún punto de la casa, algo crujió.
Tal vez el suelo. Tal vez nada—. No se lamentan a los muertos —continuó, como si hablara para sí—.
Ella me dio una vida suficiente. Más de la que cualquier hombre podría pedir.
Yo hice lo que pude. La primera vez que entré a este lugar… —se detuvo—. Había ratas.
—¿Ratas? —Preguntó Sadie.
—Un nido grande —asintió—. Asqueroso. El vacío, el bosque, la suciedad. Ya sabe. Todo eso las llama.
—¿Las eliminaron por completo? —Pregunté.
—En casi todo el pueblo —respondió—. Pero el nido nació aquí. No deberían preocuparse. Eso fue hace años. Yo mismo aún tenía un color diferente de pelo.
No reí. Sadie tampoco.
—¿Lo sabías, Jonnathan? —Preguntó ella. Usó mi nombre completo. Siempre lo hacía cuando algo iba mal.
—No.
—¿Y no preguntaste?
—No lo vi necesario.
Mi padre se dejó caer en el sofá, divertido, ajeno. Sacó un cigarro, lo pasó entre los dedos y lo encendió con cuidado. Exhaló humo por la nariz y me sonrió como un niño que acaba de romper algo y sabe que no lo castigarán.
—No me extraña —dijo McCollough—. Pero no debería ser un problema ahora. Aun así, deberían limpiar bien este lugar —Su sombra se alargó hasta tocar la pared—. Nunca se sabe qué se queda dentro —murmuró. Apoyó la oreja contra el muro. El silencio se volvió espeso—. No parece haber ratas.
—Puedes estar tranquilo, Charles —comenté—. Si hay que pagar para limpiar, se paga. La casa estaba decente cuando la vimos. Aunque tomaremos tu consejo. Pero ese muro…
—Errores de construcción —respondió, sin mirarnos—. No olviden que Tail es viejo, seguramente es uno de los pueblos más antiguos sobre la interestatal.
Salimos a los alrededores ese mismo día.
No nos internamos demasiado en el bosque, pero fue suficiente.
Las hojas tenían un tono azulado, áspero, poco natural.
Algunas ramas se retorcían. El lago Phillips permanecía inmóvil, con un color entre negro y gris, como si la superficie estuviera cubierta por una película densa. Había barro, insectos y niebla.